Shaki, o el precio de intentar repetir el pasado

 Shaki es una ciudad en la ladera del Cáucaso. Aquí me alojé en mi primer viaje a la región y por eso he realizado el largo

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    Shaki es una ciudad en la ladera del Cáucaso. Aquí me alojé en mi primer viaje a la región y por eso he realizado el largo viaje desde la frontera sin descansar en ningún otro sitio. Es el magnetismo del recuerdo lo que determina ahora mis decisiones. Los días son largos ya en esta época del año y al anochecer consigo entrar en la población tras doce horas de conducción. Llego al centro y encuentro sin dificultad el hotel de 4 estrellas donde ya me alojé en aquel verano del 2009. Podría haber buscado otro. El tétrico Intourist parece haber sido remozado y ya no ser aquella cueva que me espantó hace cuatro años; pero el caso es intentar repetir paso por paso, hotel por hotel, aquel periplo iniciático. Así que penetro en la recepción e intento el regateo.

    Por supuesto, el lugar es caro. Me piden 90 manats y el manat está casi en proporción de 1 a 1 con el euro.  O sea, 90 eurazos. Azerbaiján y su maldita opulencia petrolífera y sus malditos altos precios. Demasiado dinero incluso para alguien tan romántico como yo. En 2009 pagué 80 manats y eso es lo máximo que estoy dispuesto a apoquinar por el absurdo valor sentimental del recuerdo. Tanto es el empeño que empleo, que me lo dejan en 72 manats por la habitación individual.

     
    Cerrado el trato, salgo a por mi equipaje. Cuando me planto otra vez ante el recepcionista con mi pasaporte en ristre, me dice contrito que el sistema estaba equivocado y que no les queda libre ninguna habitación individual, que tiene que ofrecerme la doble pero al precio de 80 manats. Estoy cansado, deseando tirar los trastos y regalarme una cerveza fría y un kebab. La noticia me sienta a cuerno quemado e intento hacerle entender que una vez que hemos cerrado un precio por la habitación, si resulta que no puede dármela por un error suyo, ha de respetar el precio pactado.
     

    Imposible que lo entienda. Para este sencillo empleado, si la habitación es mejor, el precio es más caro. Me dan impulsos de largarme y mandar al carajo al hotel, al recepcionista, al recuerdo y a mi estúpido romanticismo de viajero buscador de rutinas pasadas, pero tengo ya las bolsas a mis pies, el casco quitado, la moto aparcada… malditas las ganas de montar todo otra vez y perderme de noche a buscar otro hotel. 

    La ruta me salva la noche

     - Ok, -admito enfadado-. Pagaré los 80 manats, pero que conste que estoy muy disgustado con el trato de este hotel.

     Tras el mostrador aparece un hombre regordete de mediana edad vestido con traje de chaqueta. Pregunta qué ocurre y el recepcionista le cuenta lo sucedido. Es el director. Informado, se gira hacia mí y trata de hacerme entender que la habitación es mejor y que cuesta más.

    - Mire, -resoplo hastiado-, ya le he dicho que pagaré los 80 manats aunque creo que las cosas no se hacen así en los establecimientos de esta categoría, pero vengo de Gori y estoy demasiado cansado para buscar otro sitio. Denme la habitación y asunto arreglado.

     -¿De Gori? ¿Georgia? ¿En moto? -pregunta.

     Asiento. Él se gira hacia el recepcionista. Cruzan unas palabras ininiteligibles para mí. Cuando me vuelve a mostrar el rostro sonríe y dice.

     -Hemos cometido un error. El sistema estaba equivocado. Sí tenemos habitación individual por 72 manats. El botones le acompañará.

    Agradezco el cambio y sigo al joven empleado. Cuando entro en el dormitorio, lo veo amplio y espacioso. No es una habitación individual. Es una doble al precio de individual, pero al mentirme en mi provecho diciendo que lo era, ellos salvan la cara sin prestarse a rebajar públicamente el precio de la doble y a mí me mantienen el precio pactado. Me parece una forma muy elegante de resolver la discrepancia.

    Tras el diluvio, la frondosidad

    Al despertar salgo a correr por las empinadas cuestas de Shaki hasta salir del pueblo y encontrar una pedregosa rambla con las imponentes montañas del Cáucaso al fondo. Hoy está muy gris y nuboso el día e imagino que lloverá. Y lo hace. Como si Dios quisiera castigarnos de nuevo por nuestros pecados. Además, me ha dado por intentar un camino alternativo, que en el mapa de Google parecía más recto. Debería haber aprendido ya que los mapas son representaciones ideales que en Asia pocas veces se corresponden con la realidad. Y la realidad aquí es que de esas moles montañosas caucásicas descienden torrentes que resultan casi imposibles de cruzar. Así que tras arduas dificultades, consigo acceder a la carretera principal y descubro otra novedad respecto a mi anterior visita. Existen los puentes que no había en el 2009.

    Y menos mal, porque en aquella ocasión el verano estaba mediado y el calor era fuerte. El nivel de los arroyos y ríos era bajo y pude vadearlos no sin alguna dificultad. Con la que está cayendo ahora, el caudal es enorme y la impetuosa fuerza del agua me habría hecho imposible avanzar.

    Otra cosa que cambia es mi impresión del paisaje. A pesar del diluvio, soy capaz de apreciar la frondosidad de los bosques que me rodean. Esta zona es de vegetación  continental espesa. Es una maravilla. O lo sería si la lluvia no me calase hasta los huesos. No hay material que resista la inmersión salvo los trajes de neopreno. El mono amarillo de BMW al final acaba cediendo cuando recorre cientos de kilómetros bajo una cortina de agua. Lo mismo las botas. Lo mismo los guantes. Y hace frío. Y viento. Y mucho tráfico. Y estoy harto pero tengo que seguir. Los de aduanas me han dado 72 horas para registrar la moto o salir del país.

    Más o menos a mitad de camino de Bakú, se asciende unas lomas y empieza un pronunciado descenso. Es el desierto. O al menos lo que yo vi como un desierto amarillo en el 2009 y ahora una verde pradera debido a la cantidad de agua caída los meses pasados. El tiempo mejora y sale el sol. Me acompañará hasta la capital más surrealista de Asia Menor, donde el lujo se alterna con la miseria. El barrio donde me alojo es completamente decrépito, alejado de la zona noble de los bulevares y el paseo marítimo, pero es lo más barato y la habitación está bien y los empleados son simpáticos y amables.


    Voy al puerto a comprar billete para el barco que ha de llevarme a Kazakhstan. Para mi sorpresa resulta que el ferry zarpará mañana. Temía tener que esperarlo una semana completa como en el 2009 en Aktau. El procedimiento no es especialmente complicado. 200 dólares y pronto embarco. Otra sorpresa que me llevo, en parte grata en parte decepcionante, es que el barco, llamado Barda, es completamente nuevo y mi cabina muy confortable. Nada que ver con el infierno flotante que viví a bordo del Mercury. Pero también es cierto que semejante comodidad hurta sensación de aventura al tránsito.

    Por la noche compraré cerveza a la cocinera y conseguiré que me lave la ropa por  cinco manats. También que me de comer de lo que sirve a la tripulación. Es una buena mujer pero al irme a acostarme observo como coge la basura metida en una bolsa de plástico y la arroja por la borda. Me sobrecoge contemplar ese ritual que repetirá varias veces al día y que sin duda es práctica común en los barcos que atraviesan el Caspio, ese montón de agua salada, 28 metros por nivel del mar, que no se sabe si es lago o mar interior, pero que se está llenando de mierda por culpas de prácticas que esta buena mujer realiza sin pensar siquiera que está mal. Si tan solo arrojara la basura orgánica tal cual, pero metida en plástico es como arrojar bombas contra su futuro y el de sus hijos y nietos.

    La emoción del nómada
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