Tarfaya, cuna de El Principito

Dejamos atrás Sidi Ifni y nos dirigimos hacia el sur por la N12 recorriendo unos sinuosos cerros de color ocre y verde. La ruta es revirada y divertida

Foto: Miquel Silvestre sobre el acantilado.
Miquel Silvestre sobre el acantilado.

Dejamos atrás Sidi Ifni y nos dirigimos hacia el sur por la N12 recorriendo unos sinuosos cerros de color ocre y verde. La ruta es revirada y divertida y el asfalto estrecho, pero en buen estado. Es la carretera ideal para la vieja R50/2 de 1965. Me sorprende su agilidad y potencia. Esta moto era una maravilla técnica en su tiempo y aún hoy demuestra su raza en este terreno. En una autovía quedaría completamente obsoleta, pero en el recorrido ratonero que me toca realizar resulta una máquina divertida y llena de encanto. Me entusiasma el sonido rotundo de su motor y un punto de sorpresa siento cuando responde con brío a cada golpe de acelerador.

Me cruzo con borricos, viejos coches de gasolina y ciclomotores desvencijados. Marruecos es un país pobre, pero avanza hacia la modernidad. Crece a un 8% anual y eso se advierte en las ciudades, aunque los pequeños pueblos que atravieso parecen dormir el sueño de hace un siglo.

Aparece Guelmin. Es una población mediana con mucha vida y tráfico. La moto no va tan fina en las aglomeraciones urbanas. Sus frenos son bastante flojos, especialmente el delantero y hay que anticiparse a los obstáculos para no empotrarse contra ellos. Eso es algo muy difícil de conseguir en Marruecos a no ser que uno sea vidente, mago o tenga una bola de cristal. Aquí la conducción es caótica y agresiva. Perros, carros, coches, motos, niños, hombres, mujeres… todos a la vez y sin mirar se interponen en tu camino. Apretar la maneta de freno de una R50 sirve tanto como intentar detener la lluvia cantando. O sea, aquí solo te puede salvar la Providencia.

Tras varios sustos, consigo salir a la N1 rumbo Tan Tan. La ruta se aplana y el llano se me ofrece infinito. El horizonte es una línea marrón que choca contra el intenso azul del cielo. Un cielo metálico con ribetes de algodón muy blanco. Son las nubes, que no detienen un sol que se va poniendo poco a poco clavándose en  mis ojos al llevar rumbo suroeste. Estamos en el desierto. Esto ya es el Sahara aunque la frontera administrativa esté mucho más al sur. El camino se hace largo, arenoso, interminable, agotador y algo aburrido.

Hasta que aparece el mar. Entonces la retina se llena de alegría. Un océano Atlántico embravecido se agita a mi derecha. El cansancio se evapora al sentir la amable y fresca presencia de este profundo azul. La marea está baja, la arena húmeda relumbra bajo el sol naciente como plata vieja. Sin embargo, una sombra afea el paraíso. La basura. El plástico. El maldito plástico. Toneladas de desechos se acumulan a lo largo de la línea costera. Hace unos cinco años que pasé por aquí en mi viaje a Dakar y ha sido un lustro desastroso. El horizonte se ha llenado de mugre. A este ritmo el futuro se presenta muy negro.

A unas pocas decenas de kilómetros la ruta se aparta del litoral para proteger el parque nacional de Khnifiss, donde se encuentran las lagunas de Naila. Y entonces aparece Tarfaya. Se encuentra en Cabo Juby. La población se llamó en tiempos Villa Bens y fue una de esas posesiones españolas en el Sahara. El origen de nuestra presencia aquí se remonta a 1916 cuando el capitán Francisco Bens fundo la población para que sirviera como escala aeronáutica. Aquí repostaban los aviones en su ruta Europa América. Por eso, con beneplácito de las autoridades españolas, aquí se instaló la compañía francesa Aeropostale, que tenía su sede en Toulousse.

El monumento a Saint de Exupery se trata de un avioncito biplano en la playa. Hasta allí me voy con la R50 que cabecea en la arena. Me hace ilusión rendir homenaje aquí a uno de los escritores que más me han influenciado con un solo libro, el magistral El Principito, que pasando por cuento infantil es en realidad un tratado de filosofía completo que hace reflexionar sobre muchas cosas importantes de la vida.

Antoine de Saint Exupery fue nombrado jefe de escala en Tarfaya en 1927 por la compañía Aeropostal. Gracias a ello, se mantiene su recuerdo en el Sahara. Sentado a los pies del monumento mientras contemplo las ruinas de la fortaleza fundada en 1879 por la británica Compañía del África Noroccidental, imagino la soledad del piloto francés, rodeado de sol y arena. Así era el escenario donde al narrador del relato se le presentó un extraño niño venido de otro planeta. Aislamientos semejantes son los que hacen que los hombres inquietos alumbren los grandes sueños de evasión. En Tarfaya Antoine de Saint Exupery escribió su primera novela: Correo del Sur.

De pronto siento una rara satisfacción al darme cuenta de que el inmortal Principito comenzó a existir en lo que una vez fue suelo español.

La emoción del nómada
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