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El asalto al Capitolio, la culminación física de esa realidad alternativa que se ha ido fraguando en el corazón de Estados Unidos, no fue cosa de cuatro 'freaks', como se ha dicho varias veces

Foto: Seguidores de Donald Trump irrumpen en el Capitolio de los Estados Unidos. (EFE)
Seguidores de Donald Trump irrumpen en el Capitolio de los Estados Unidos. (EFE)

“Hoy es 1776”, tuiteó Lauren Boebert, congresista republicana, la mañana del día 6 de enero. Como más de un centenar de sus colegas de partido, Boebert se disponía a objetar con su voto la victoria del demócrata Joe Biden en las elecciones presidenciales. La suya, dijo, es la voz del pueblo, que en ese momento se congregaba cerca del Capitolio donde tenía lugar el debate. “Señora presidenta, tengo votantes fuera del edificio ahora mismo y he prometido ser su voz”, dijo Boebert. Poco después, los partidarios del presidente Donald Trump, incitados por este, irrumpían en las galerías, causando cinco muertos y decenas de heridos.

El asalto al Capitolio, la culminación física de esa realidad alternativa que se ha ido fraguando en el corazón de Estados Unidos, no fue cosa de cuatro 'freaks', como se ha dicho varias veces. El tipo de las pieles y los cuernos, un actor fracasado que cree que los demócratas son una cábala satánica que se alimenta con la sangre de niños, solo era uno de los centenares de personas que entraron por la fuerza en la casa del parlamento. Además de extremistas y conspirativos, había empresarios, abuelas, dos policías, veteranos del Ejército y hasta un diputado estatal de Virginia Occidental.

La mayoría, además, iba con la cara descubierta y no dudaba en sacarse fotos o en hacerse vídeos para inmortalizar el momento mágico: una Segunda Revolución Americana, similar a la que iniciaron George Washington y compañía en 1776. Estaban tomando parte en el derribo de un presunto régimen corrupto; una mafia de políticos enquistados en el poder cuya última conjura había consistido en robarle las elecciones a un verdadero emisario del pueblo, Donald Trump.

Foto: Seguidores de Donald Trump irrumpen en el Capitolio. (EFE)

“Hay muchos conservadores, [en las] redes sociales, que dicen que cualquier violencia o agresión es inaceptable”, dijo en las horas siguientes al asalto Rush Limbaugh, estrella radiofónica de la derecha. “Me alegro de que Sam Adams, Thomas Paine, los verdaderos chicos del Tea Party, los chicos de Lexington y Concord [lugares de las primeras batallas contra los ingleses, al principio de la Guerra de la Independencia] no se sintieran de esa manera”.

Limbaugh solo ponía en palabras lo que pensaban algunos de sus compatriotas. “Quiero contaros lo que realmente ha sucedido hoy”, dijo Judy Cudd, procedente de Midland, en Texas, desde los insignes pasillos del Congreso. Iba sin mascarilla, maquillada y con una tranquila expresión luminosa. “Cuando Pence nos traicionó es cuando decidimos tomar el Capitolio”. Aparentemente, a Cudd no se le ocurrió que estaba cometiendo un crimen por el que seguramente acabará en prisión.

Foto: El vicepresidente estadounidense, Mike Pence, durante la confirmación de la victoria del presidente electo, Joe Biden.

La actitud de Cudd y Limbaugh proliferaba en los hoteles de Washington después de la violencia. Los seguidores de Donald Trump trababan contacto entre ellos, en el vestíbulo o junto a la mesa de recepción. Formaban círculos y compartían teorías conspirativas. Luego se hacían vídeos dirigiéndose a los 'patriotas' y vaticinando nuevas hazañas. Lo que el mundo veía como el desgraciado golpe de una turba fanática, con base en un bulo, el fraude electoral, mil veces desmentido por los medios de comunicación, decenas de jueces y la mayoría del propio Partido Republicano, ellos lo percibían como su gran día. El inicio de la liberación popular.

La congresista Boebert, simpatizante de la teoría conspirativa de QAnon, que el FBI considera una “amenaza de terrorismo doméstico”, y dueña de un restaurante de Colorado en el que los camareros llevan armas a la vista, ganó las elecciones de su distrito parlamentario con más de 220.000 votos. Por eso es congresista. El drama es precisamente ese: que el extremismo ya no está, numéricamente, en el extremo, sino que ha tomado el centro del escenario político de Estados Unidos.

Foto: Nacionalistas blancos durante la marcha "Unid a la derecha" en Charlottesville. (Reuters)

Se trata de una realidad alternativa que seguimos sin tomarnos en serio. Lo que para la mayoría de observadores (los de la Sala 1) es un acto delirante, peligroso y muy triste, en esta realidad alternativa (la Sala 2 en su versión más cruda) tenía su propia coherencia interna. El supuesto robo de las elecciones a Trump encaja perfectamente con el 'impeachment' que le hicieron el año pasado, con la conspiración de Rusia enarbolada por los demócratas y por los medios, y con todas y cada una de las polémicas que hemos vivido a ración diaria desde 2016. El “Estado profundo”, dicen los simpatizantes de Trump, jamás pudo digerir su victoria y trata desde hace cuatro años de obstaculizar su gestión y de librarse de él.

El espúreo fraude, además, fue delicadamente narrado por Trump desde muchos meses antes de las elecciones. Como estaba claro que la pandemia aumentaría la proporción de votos por correo y haría que los estados ajustasen las leyes para facilitar el voto de la población vulnerable, Trump atacó por ahí: vinculó, pese a las pruebas de lo contrario, el voto postal con el caos y el fraude, y fue enterrando semillas en la mente de su audiencia. Días antes de los comicios, muchos de sus seguidores ya lo tenían claro: “Los demócratas robarán las elecciones”. Los bulos de estos últimos dos meses fueron construidos sobre una base muy firme. Si no firme en los hechos, firme en algo mucho más terco y duradero: las creencias.

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters) Opinión

El golpe nos pareció espontáneo por la sencilla razón de que, como de costumbre, no estábamos prestando atención. En los días y semanas anteriores a la revuelta, varios extremistas distribuían panfletos y compartían consejos en el propio Facebook: informaban sobre cuáles son las leyes de Washington respecto al derecho a portar armas, cómo eludirlas o cómo esconder un cuchillo. Cuando el hilo se volvía detallado, los extremistas invitaban a continuar la charla en una cuenta de Parler o de Gab, plataformas alternativas que se precian de no tocar lo que se dice en ellas.

Ahora mismo, es imposible saber hasta qué punto el asalto al Congreso ha hecho reconsiderar las cosas a algunos partidarios de Trump, conscientes quizá de que la cosa ha ido demasiado lejos y que lo más razonable es pasar página y aceptar al nuevo presidente. Sean un 10, un 20 o un 40% quienes ajusten su punto de vista, lo que está claro es que una gran porción de Estados Unidos seguirá sin confiar en las instituciones: ni en el Congreso, ni en el Tribunal Supremo (que ni se molestó en aceptar la demanda del falso fraude), ni en los medios de comunicación.

En los días y semanas anteriores a la revuelta, varios extremistas distribuían panfletos y compartían consejos en el propio Facebook

No solo no confían en ellas, sino que el sistema los está empujando hacia una especie de clandestinidad. Las pocas personas a quienes escuchan, empezando por Donald Trump y sus aliados, han sido suspendidas en las redes sociales más importantes: de Facebook a Twitter, pasando por Reddit, Instagram, Twitch o Discord. Parler ha sido directamente arrancada de los servidores de Amazon y va a tener que volver a levantarse de nuevo. Desde la Sala 1 resuenan los aplausos: bravo, ya era hora de cerrarles la boca a ese atajo de fanáticos que tanto daño han hecho.

Pero quizás esto solo equivalga a empujar los problemas debajo de la alfombra, o a ponernos una venda sobre los ojos. “Quiero a Trump donde pueda verlo”, decía el comediante británico Jonathan Pie, porque, si no, el próximo Trump saldrá de la nada. No sabremos ni quién es, ni qué es lo que quiere, ni quiénes lo apoyan, porque no habrá ni un espacio común, aunque sea, para insultarse y medirse con la mirada. Si estos años nos hemos estado observando el ombligo, pese a tener la película de la Sala 2 en la habitación de al lado, imagínense que la Sala 2 se muda al sótano y alguien le pone un candado. Quizás un día el asalto al Capitolio se quede pequeño.

“Hoy es 1776”, tuiteó Lauren Boebert, congresista republicana, la mañana del día 6 de enero. Como más de un centenar de sus colegas de partido, Boebert se disponía a objetar con su voto la victoria del demócrata Joe Biden en las elecciones presidenciales. La suya, dijo, es la voz del pueblo, que en ese momento se congregaba cerca del Capitolio donde tenía lugar el debate. “Señora presidenta, tengo votantes fuera del edificio ahora mismo y he prometido ser su voz”, dijo Boebert. Poco después, los partidarios del presidente Donald Trump, incitados por este, irrumpían en las galerías, causando cinco muertos y decenas de heridos.

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