Sala 2 | ¿Tiene futuro el centro del Partido Republicano?
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Sala 2 | ¿Tiene futuro el centro del Partido Republicano?

El ala contraria a Donald Trump del partido es, en términos electorales, una marginada. Tras su salida de la Casa Blanca, el expresidente se está encargando de que se mantenga así

placeholder Foto: El expresidente estadounidense Donald Trump durante su discurso en la CPAC el pasado domingo. (Reuters)
El expresidente estadounidense Donald Trump durante su discurso en la CPAC el pasado domingo. (Reuters)

La gama de grises no va con la telerrealidad, ni tampoco con el populismo, y el maestro de estas dos disciplinas volvió a apelar al ardor guerrero de sus seguidores. El expresidente Donald Trump recordó al Partido Republicano que las bases son suyas, echó mano del repertorio de bulos electorales y concluyó recitando a viva voz la lista negra de sus enemigos: aquellos republicanos que se atrevieron a respaldar el 'impeachment' por su incitación a asaltar el Capitolio el pasado 6 de enero. “¡Deshaceos de todos ellos!”, gritó Trump desde el escenario de la conferencia CPAC.

El dominio de Trump del grueso de votantes, a tenor de las encuestas, no es tan sólido como solía ser, pero sigue siendo mucho mayor que la influencia de cualquier otro republicano. Los votantes son la fría navaja que tiene Trump en el cuello de personas como Kevin McCarthy o Mitch McConnell. A un gesto suyo, muchas carreras republicanas pueden fracasar en las urnas de sus respectivos estados.

Los periodistas solemos cometer el error de mirar casi exclusivamente a Washington, como si el centro del universo político fueran el despacho oval y las cámaras del Capitolio. Pero el paisaje de Estados Unidos se decide también en cada uno de los 50 estados, y de hecho son los aparatos republicanos estatales los que, en estos momentos, efectúan una purga de elementos antitrumpistas.

Foto: El presidente estadounidense, Joe Biden, durante un breve comunicado. (EFE) Opinión

Recordemos que el Partido Republicano, en las últimas elecciones, mejoró sus posiciones estatales. Los conservadores ganaron 14 escaños en la Cámara de Representantes, quedándose a solo seis de la mayoría, y quitaron a los demócratas el Congreso de New Hampshire. En el Senado, pese a que perdieron el control por un escaño, quedaron mejor de lo que anticipaban la mayoría de los sondeos.

Así que los republicanos, pese a estar técnicamente en la oposición, tienen el poder de redibujar los distritos electorales de 18 estados (frente a 15 de los demócratas), incluidos aquellos más grandes y con mayor crecimiento demográfico. Con algunos trazos pueden embolsarse trocitos de condados en Florida o Carolina del Norte y darse un empujón electoral para las legislativas de 2022. Los partidos estatales, por tanto, tienen mucho que agradecer a Trump y de momento no ven motivos por los que deban darle la espalda a una marca política que sigue siendo rentable.

Desde el proceso de 'impeachment', prácticamente todos los republicanos que fueron a por el expresidente han sido censurados por sus respectivos partidos estatales. Los republicanos de Wyoming exigieron a la congresista Liz Cheney, tercera conservadora más importante de la Cámara de Representantes, que dimitiera “inmediatamente” por su “inmensa traición”. Sus compañeros de partido han dicho además que “retendrán cualquier financiación” de sus campañas en el futuro.

Foto: Marjorie Taylor Greene habla durante una conferencia en Dallas, Georgia. (Reuters) Opinión

Lo mismo les ha pasado a los otros nueve republicanos de la cámara que votaron a favor de imputar a Trump. En al menos uno de los casos, el del representante Adam Kinzinger, el ataque ha venido también de su propia familia. 11 parientes suyos le enviaron una carta acusándolo de trabajar para el “Ejército del Diablo” (los medios de comunicación y el Partido Demócrata) por haber suscrito el 'impeachment'. “Oh, qué decepción eres para nosotros y para Dios”, decía la carta, escrita a mano y revelada por el 'New York Times'. “¡Has avergonzado al apellido Kinzinger!”.

Los republicanos que se opusieron a Trump parecen resistir en una solitaria colina, rodeados de fuego y cañones, vestidos en harapos, racionando el agua de la cantimplora y mirando al cielo esperando refuerzos. Pero ¿refuerzos de quién? Desde un punto de vista puramente electoral, son unos marginados. Acercarse a darles agua sería tentar al diablo: poner un pie en el limbo de los tibios.

Para ellos todo son malas noticias. Lee Drutman, autor del libro 'Breaking the Two-Party Doom Loop' ('Rompiendo el bucle maldito del bipartidismo'), dice que los moderados son una especie en peligro de extinción. “En las últimas décadas, especialmente desde 2010, casi todos los potenciales moderados o bien han gravitado hacia Trump para seguir siendo relevantes o bien simplemente se han marchado”, escribió en 'FiveThirtyEight'. “Y toda esa tendencia apunta en una dirección más confrontacional, más trumpiana. Incluso si él no sigue al frente”.

Foto: Congresistas demócratas abandonan el Senado tras trasladar el artículo de 'impeachment' contra Donald Trump. Opinión

Perry Bacon Jr identificó en 2019 cinco ramas dentro del partido, todas en función de su relación con el entonces presidente. Se trataba de los trumpistas, los pro-Trump, los escépticos, los escépticos moderados y, finalmente, los anti-Trump, que ya entonces eran el grupo más pequeño y hoy casi se ha extinguido.

Varias razones explican esta dinámica, unas superficiales y otras profundas. Las superficiales obedecen al hecho de tener a Trump en la Casa Blanca. Desde 2017 en adelante, el republicano se fue deshaciendo de todas las voces críticas de la Administración y poniendo en su lugar a elementos leales, aunque en muchas ocasiones no tuviesen la experiencia gestora que demandaban sus cargos.

Al mismo tiempo, Trump fue elevando a candidatos afines en las sucesivas elecciones estatales a gobernador o a algún puesto parlamentario, a veces en contra de los candidatos favoritos del 'establishment' conservador. Es un ejercicio sencillo: elogia y respalda y publicita a quienes sean leales e insulta, mancilla y córtale la financiación a quienes, como Jeff Flake, Bob Corker o Mitt Romney, te critiquen.

La razón profunda, que quizás tenga que ver en parte con el auge de las redes sociales, es que la política norteamericana se ha nacionalizado: las cuestiones locales, que antes podían dar brillo a los congresistas que prometían trabajar, una vez en Washington, por los intereses de Okalhoma o de Rhode Island, han sido reemplazadas por las grandes batallas nacionales: la corrección política, el aborto o el derecho a portar armas. Estas son las cosas que movilizan las pasiones electorales y atacar a la tribu contraria se ha convertido en un requisito del éxito político.

Foto: Donald Trump. (Reuters) Opinión

El hecho de que a los congresistas les importe más hablar de la “cultura de la cancelación” que del precio de la carne de cerdo en su estado natal, o del estado de sus infraestructuras, o de sus programas de salud, también hace más difícil negociar con ellos: un presidente o un jefe del partido contrario ya no puede, como sucedía antes, ofrecerles ayuda en estos frentes a cambio de un voto en el Congreso.

El ecosistema mediático, eclipsado por las suculentas emociones que ofrece internet, no quiere perder vigencia y adopta las mismas técnicas que los políticos: sobre todo el comercio de indignación. Cada día es una competición por ver quién pone sobre la mesa el escándalo más grande, con más capacidad de atraer audiencia.

Quienes todavía se mueven en el territorio gris de la deliberación y la letra pequeña, en ese mundo antiguo donde aún importan los modales y el análisis más o menos racional de las situaciones, son como reliquias que se tragan las dunas del desierto. La telerrealidad y el populismo mandan, y no sabemos cuánto aguantarán en su colina los moderados, o si tirarán la toalla y se pasarán a las filas populistas.

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