Frontera sur: ¿a quién le importan las personas que migran?
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Chema Vera

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Frontera sur: ¿a quién le importan las personas que migran?

Las personas dejan de serlo cuando migran, para convertirse en armas amenazantes, cartas de chantaje o monedas de cambio de tratos diplomáticos

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Un migrante marroquí en la frontera con Ceuta. (Reuters)

Así sean protagonistas en las crisis de fronteras, la vida, dignidad y derechos de las personas que migran o buscan refugio, son casi siempre un asunto secundario, salvo para activistas, organizaciones humanitarias, y periodistas comprometidos. De hecho, los análisis han agotado todos los ángulos posibles de las relaciones entre Marruecos y España, mientras que la mayor parte de las noticias se han centrado en los aspectos más dramáticos y de seguridad de la situación en las costas y playas de Ceuta, sin una mirada más honda a los migrantes.

Las personas dejan de serlo cuando migran, para convertirse en armas amenazantes, cartas de chantaje o monedas de cambio de tratos diplomáticos. Para algunos políticos, brutales en su inhumanidad, se convierten incluso en soldados invasores, así sean niños o adultos desarmados y agotados. Ha ocurrido lo mismo en otros lugares como la frontera entre Estados Unidos y México o las tensiones entre Turquía y la UE en relación con los refugiados sirios. Personas que acaban siendo masas anónimas, reflejadas como hordas crueles, humanizadas en todo caso en el instante de mayor sufrimiento y utilizadas siempre para otros fines que nada tienen que ver con ellas.

Foto: Foto: Unsplash/@parradesign

Debería ser innecesario afirmar que todas las personas tienen derechos. Todas, sí, independientemente de su origen, raza o credo. También quienes se desplazan. Se llaman Derechos Humanos, son universales, y se despliegan a través del derecho internacional, que incluye la Convención de Derechos del Niño, la Convención de Ginebra sobre Refugiados y el Derecho Internacional Humanitario.

Constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad en lo que esta tenga de humana y justa. Además, estimado lector, el derecho internacional también le protege a usted y a mí. Tras haber conocido a personas perseguidas por sus ideas o devastadas por conflictos y desastres climáticos, le aseguro que valoraríamos mucho más el amparo, así sea frágil, que dan estas convenciones, si estuviéramos en su lugar. Una necesidad de protección que sería ingenuo descartar para la vida que nos quede, menos aún para la de nuestros hijos.

placeholder Migrante fallecido en la playa de El Tarajal, en Ceuta. (EFE)
Migrante fallecido en la playa de El Tarajal, en Ceuta. (EFE)

Aplicado a una situación como la provocada en Ceuta, esto incluye el deber de salvar vidas. También exige un trato individualizado que asegure un debido proceso que permita a la persona plantear su caso y valorar si está en necesidad de protección internacional, por persecución o conflicto armado. Por lo tanto, pone en cuestión las devoluciones sumarias que han sido amparadas por el Tribunal Constitucional solo cuando cumplan ciertas condiciones y nunca para personas de especial vulnerabilidad como los menores. De hecho, aplicarlas sigue siendo inconsistente con los compromisos internacionales asumidos por España.

Aunque las devoluciones ocurren regularmente en la frontera sur, la entrada de la semana pasada ha sido tan excepcional que ha asentado como inevitable lo que no debería ser aceptable, la devolución en caliente, en horas, de casi 5.000 personas, entre las que podría haber menores y víctimas de persecución o conflictos.

Las personas que migran se encuentran entre la espada y la pared. La espada de gobiernos, como el marroquí, que les utilizan en función de su cálculo y necesidades políticas. Una agenda que puede ser internacional, como es el caso del momento caliente sobre el Sáhara Occidental, pero que bien puede obedecer a una dinámica interna, de crisis económica o política, y servir para redirigir la opinión pública y enardecer pasiones con fines electoralistas o simplemente de control social.

Foto: El ministro de Exteriores marroquí, Nasar Burita. (EFE)

La crisis económica en Marruecos está siendo durísima y cae sobre una población joven, ya castigada por un sistema fuertemente desigual en el que la riqueza y el poder están concentrados. Con el objetivo de ahogar económica y socialmente a las dos ciudades, el gobierno de Marruecos mantiene cerradas a cal y canto las fronteras con Ceuta y Melilla, que son fuente de ingresos, y no solo de desafíos, para la población de ambos lados de las vallas. No le importa que su gente se empobrezca hasta el hambre como tampoco que se ahoguen frente al roquedal de la costa ceutí.

De hecho, no le importan las migraciones, ni por supuesto buscar un abordaje multilateral de estas. Simplemente las usa. Acogió el Foro de Marrakech donde se firmó el Pacto de Migraciones, pero salta por encima de sus principios de corresponsabilidad o migración legal y segura.

La pared, o muro o valla, para los migrantes es la UE. Desde hace dos décadas la política europea ha pasado de la gestión de las migraciones al control de la migración irregular, alimentando una industria que vive de ello, también en Ceuta y Melilla, y condicionando de forma determinante las relaciones y la cooperación con los países afectados. Solo esto ha supuesto un cambio no solo político sino de mensajes que calan en el debate y la opinión. Se acaba convirtiendo las migraciones en un riesgo para la seguridad más que en un asunto con indudables retos y notables oportunidades, que hay que gobernar.

Mientras la mayoría de los migrantes entran por los aeropuertos, la UE y España han puesto el énfasis en la externalización de fronteras

Mientras la mayoría de los migrantes entran por los aeropuertos, la UE y España, como estado miembro y alumno estrella, han puesto el énfasis en la externalización de fronteras confiando su control a estados fallidos en algún caso y que vulneran sistemáticamente los DDHH en casi todos. El resultado de esta política disfuncional lo hemos visto estos días en Ceuta.

Las alternativas pasan por reforzar la cooperación multilateral al tiempo que se reasume la responsabilidad de las fronteras, pero no para reinstalar concertinas más afiladas. La realidad es que apenas hay vías legales para que quienes tienen su vida en riesgo puedan solicitar asilo, cuando esta posibilidad debería acercarse físicamente a las personas que lo necesitan. Tampoco para buscar trabajo en la UE cuando hay otros países que han puesto en marcha esquemas circulares o estables de mercado laboral. Hay algunas experiencias probadas en esta materia de gestión de las migraciones que se anticipan a las situaciones más extremas.

Dicho lo anterior, lo que no puede estar en cuestión son los derechos humanos de cada persona que huye o emprende una ruta migratoria. Para garantizarlos, es necesario poner a las personas de nuevo en el centro y dejar de usarlas como pelota de beisbol a golpear cuanto más duro y más lejos mejor.

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