En defensa del sistema multilateral. No olvidemos la II Guerra Mundial
Cuando más necesitamos de la cooperación y colaboración entre estados y de estos con empresas y organizaciones sociales, para abordar retos comunes, es cuando más se pretende debilitar este sistema e incluso demolerlo
Un gazatí sentado entre los escombros tras un ataque aéreo israelí contra el edificio donde se refugiaban un padre y sus tres hijas. (EFE/Ahmad Awad)
Crecen las corrientes políticas y de pensamiento que cuestionan el sistema de reglas y organismos que la humanidad se dio tras el desastre de la II Guerra Mundial. El sistema multilateral.
Nadie lo ha defendido mejor, ni en mejor lugar, que S.M. el rey Felipe VI en su reciente intervención ante la Asamblea General de Naciones Unidas.
"Es este un mundo trepidante y desbocado, que en demasiadas ocasiones nos sitúa ante el vértigo del precipicio, en el que no faltan voces que preconizan el fin del multilateralismo y la obsolescencia e ineficacia de las Naciones Unidas. Es el efecto -se nos dice- de la sustitución de una lógica de diálogo y cooperación por una lógica de competencia, rivalidad y tensiones extremas."
Los ataques se centran en agencias y acuerdos, así como en la actuación de la Justicia internacional. En la ineficiencia del sistema y en las interferencias con la soberanía nacional. Dicho esto, lo que se cuestiona en el fondo es la piedra angular de este edificio: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Aprobada en 1948, conviene releerla hoy mirando al despliegue de un autoritarismo sustentado en valores identitarios e individualistas, que tritura la disidencia y aterroriza al débil y al diferente con la mentira, la amenaza y hasta la opresión.
Numerosos convenios y pactos siguieron a la Declaración. Incluyendo la Convención de Ginebra sobre los Refugiados o la ampliación del Derecho Internacional Humanitario con su IV Convenio, centrado en la protección de civiles en las guerras y hoy laminado tras las masacres de civiles en Gaza. Un acervo que abarca los derechos laborales, las convenciones de la OIT, que defienden conquistas impensables a lo largo de la historia y que hoy nos parecen evidentes. Más reciente es la Convención sobre los Derechos del Niño aprobada en 1989, suscrita por todos los países salvo Estados Unidos y que defiende lo esencial para que la infancia crezca en paz, sana, protegida y con acceso a una educación de calidad.
El marco de convenciones y convenios se apoya en un conjunto de agencias y organismos que velan por su cumplimiento y que asumen mandatos dados por la comunidad internacional. Así, UNICEF es la agencia cuyo mandato se basa en la Convención sobre los Derechos del Niño. La mayoría están bajo el paraguas de las Naciones Unidas, que, no lo olvidemos, están conformadas por los estados miembros, representados por sus gobiernos.
Estas agencias llevan a cabo programas en defensa de la población más vulnerable y de bienes comunes como la salud de todos o el medio ambiente. Miles de profesionales se dejan la piel en medio de conflictos, crisis humanitarias extremas y situaciones de fragilidad, para estar cerca de niñas y niños, de comunidades que luchan por vivir, por salir adelante en paz y dignidad.
El origen de este sistema multilateral no fue casual. La brutal violencia desplegada durante la II Guerra Mundial provocó 60 millones de muertes, 40 millones entre la población civil, destrozada en bombardeos inmisericordes de ciudades o gaseada en campos de concentración. Las cifras, las imágenes, las terribles historias personales ratificaron a todo el mundo, y también a los líderes de la posguerra, en la capacidad que tiene el ser humano para perder su humanidad y dedicarse a torturar, bombardear y asesinar familias y pueblos enteros. La misma capacidad que tiene para crear belleza, emprender y defender causas justas. La contemplación aterrorizada de la barbarie alimentó la conformación del multilateralismo de hoy, superando las débiles estructuras previas a la II Guerra Mundial.
El sistema multilateral no es perfecto. Tras ocho décadas, crisis y avatares de todo tipo, y a pesar de reformas parciales, hay acuerdos que se quedan cortos y agencias que deberían tener más capacidad para actuar. El derecho internacional que protege a los civiles en las guerras no está adaptado a los conflictos modernos, las convenciones que amparan a los refugiados no reflejan el desplazamiento climático. Y más.
La voluntad propia y la exigencia creciente sobre las agencias y organismos del sistema para que demuestren los resultados de sus programas han afianzado la cultura de la evaluación y de la transparencia. No siempre es fácil mostrar el impacto efectivo en la complejidad de los procesos de desarrollo y, sin embargo, no se escatiman esfuerzos en medirlo y explicarlo. Seguro que pueden ser más eficientes y estamos dispuestos a abordar los nuevos retos con los Gobiernos y con los miles de organizaciones y empresas aliadas con las que compartimos causas.
Por otro lado, siempre ha habido vulneraciones de las convenciones y convenios. A pesar de la actividad de la Justicia internacional, véanse los casos de la ex-Yugoslavia o de Ruanda, se echa de menos que esta Justicia tenga más capacidad de actuación. La dificultad de llegar a acuerdos entre estados, y la desigual conformación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, lastran las posibilidades de hacer cumplir lo que se firma.
Lo nuevo son los ataques frontales a la cooperación y la acción humanitaria, a las convenciones, al corazón del sistema multilateral, en un intento de debilitar su vigencia y actuación, cuando es más necesario que nunca dada la magnitud de los desafíos globales, incluyendo el de la seguridad humana.
Son precisamente los logros de este sistema los que subrayan el daño que comporta su erosión. Las agencias y organismos de Naciones Unidas han salvado millones de vidas, tanto en emergencias extremas como apuntalando la salud, la educación y el acceso al agua en decenas de países donde la privación es norma. A modo de ejemplo, en el año 2024 UNICEF vacunó a más de 110 millones de niños contra el sarampión; salvó del hambre extrema a 9,3 millones de niños; protegió a más de 6 millones de la violencia de cualquier tipo en guerras y en países estables donde también se violenta a la infancia; y así podríamos seguir, recorriendo los más de 190 países en los que la agencia opera.
Necesitaría muchos más caracteres para narrar las historias de superación, de niñas que no caen en el matrimonio infantil, de niños soldado que vuelven a la escuela, de la infancia golpeada en las guerras que encuentra espacios seguros y apoyo psicosocial, de trabajadores humanitarios que se la juegan para lograrlo. De agencias de Naciones Unidas y de miles de organizaciones locales e internacionales que tejen una frágil red de seguridad para quienes no tienen dónde agarrarse. Una red que se está debilitando por los recortes drásticos en su financiación.
Logros también de los convenios y convenciones que concretan, sostienen y avanzan los derechos humanos. Su influencia en las legislaciones nacionales ha sido esencial para elevar la dignidad de la vida y hacerlo con equidad, sin discriminaciones. Han llenado de humanidad a nuestras sociedades, alejándolas de la barbarie, la tortura, la laminación de libertades y la vulneración de derechos fundamentales.
Quedaba, queda, mucho por hacer, incluyendo cambios profundos de un sistema multilateral que requiere de una puesta al día. Cambios, no su destrucción. Cuanto más necesitamos de la cooperación y colaboración entre Estados y de estos con empresas y organizaciones sociales, para abordar retos comunes, es cuando más se pretende debilitar este sistema e incluso demolerlo.
Cada uno por su lado, ¿seremos capaces de abordar los retos de la salud global o de las migraciones?, ¿de la inteligencia artificial? ¿la evasión y erosión fiscal que lastra nuestras haciendas públicas?, ¿la emergencia climática que ya está aquí?, ¿la defensa de libertades en la carrera hacia la laminación de los derechos civiles?
Al final se trata de valores. Nunca fue el egoísmo, el "yo primero" que desprecia lo que les pase a otros, la muerte de la empatía, el individualismo convertido en credo, lo que hizo avanzar a la humanidad en su humanidad. Todo lo contrario, este es el camino hacia la destrucción de sociedades cohesionadas y seguras.
Que no sea necesario otro cataclismo. No dejemos que ocurra otra vez.
Crecen las corrientes políticas y de pensamiento que cuestionan el sistema de reglas y organismos que la humanidad se dio tras el desastre de la II Guerra Mundial. El sistema multilateral.