Irlanda del Norte, un lento proceso de paz y de cambio

 La última vez que estuve en Belfast, el taxista me enseñó una foto en su móvil de un hombre tirado en la acera con un tiro

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La última vez que estuve en Belfast, el taxista me enseñó una foto en su móvil de un hombre tirado en la acera con un tiro en la cabeza. “Es un ajuste de cuentas, pero cuando te asesinan así, se aseguran de que en tu velatorio el ataúd no va a estar abierto”, me dijo. Aquello se me quedó grabado. La imagen no es una cosa que fuera enseñando a todo el mundo que se metía en su coche. Atendía más bien a mis innumerables preguntas acerca de cómo es el día a día en Irlanda del Norte una vez que los políticos han alcanzado un histórico proceso de paz.

Cuando católicos y protestantes se han puesto a gobernar en coalición en el Parlamento de Stormont, los periodistas hemos dejado de informar con tanta asiduidad sobre la provincia británica. El Ulster tan sólo vuelve a acaparar la atención cuando se produce algún atentado. Como ha pasado esta semana. A primera hora de la mañana del jueves, un coche con matrícula irlandesa se puso a la misma distancia que el vehículo que conducía David Black y le propició varios tiros en la nuca.

El norirlandés de 52 años, casado y con dos hijos, se dirigía a su puesto de trabajo en la prisión de Maghaberry, en el condado de Antrim. Le faltaban apenas unos meses para jubilarse. Se trata del primer funcionario de prisiones asesinado en 20 años. Desde 1974, treinta funcionarios han perdido la vida a manos de grupos protestantes o católicos. Colin Duffy, uno de los miembros del IRA Autentico, una facción escindida del IRA, fue detenido poco después junto con otro hombre como sospechoso por el crimen.

El asesinato ha dejado consternada a la sociedad internacional, pero para los vecinos de Irlanda del Norte la noticia, desgraciadamente, no ha sido una sorpresa. Los funcionarios de prisiones llevan años bajo la amenaza de republicanos radicales y, durante los últimos meses algunos, han tenido incluso que llegar a mudarse después de que el Gobierno les advirtiera que estaban siendo vigilados. David Black, que pertenecía a la Orden Naranja - la organización protestante más importante del Ulster-, no estaba en el grupo de los que habían sido alertados.

La nueva lucha armada

El pasado 27 de julio, tres de los cuatro grupos disidentes del ya inactivo Ejército Republicano Irlandés (IRA), opuestos al proceso de paz, anunciaron la formación de una nueva organización para continuar con la lucha armada. Nadie ha reclamado aún la autoría, pero está muy claro quién se encuentra detrás del crimen, un crimen que buscaba, entre muchas otras atrocidades, dar un toque de atención para que los jóvenes que se están planteando solicitar una plaza como funcionario de prisiones.

La semana pasada, el nuevo jefe de la administración penitenciaria, Sue McAllister, expresó su decepción por el escaso número de candidaturas católicas. Y está claro que ahora los republicanos se lo pensarán ahora dos veces. Al fin y al cabo, en Irlanda del Norte todo el mundo se conoce y de alguna manera aún existe el miedo a qué pasará si andas en el bando equivocado.

Porque aunque los políticos no apoyan el uso de la violencia para conseguir sus fines, en la calle, el proceso de paz lleva su tiempo y aún existe segregación entre las dos comunidades.

Los ‘muros de paz’ son tapias de hormigón que dividen los vecindarios. Actualmente hay 48, cuatro más que en 1998, fecha en la que se firmó el Acuerdo de Viernes Santo. Uno de los últimos que se ha construido está sólo a siete metros del Hazelwood Integrated Primary, el único colegio que existe en el norte de Belfast donde estudian juntos niños de las dos comunidades

Las autoridades siguen siendo vistas por muchos como una amenaza británica. Y el camino para igualar el número de católicos y protestantes es largo. Los servicios penitenciarios no son una excepción. La Policía de Irlanda del Norte, que en 2001 vino a sustituir a la Policía Paramilitar (RUC), cuenta hoy por hoy con un 30% de agentes católicos. Todo un logro si se tiene en cuenta que sólo han pasado siete años desde que Gerry Adams, líder del Sinn Féin, llegara a recomendar públicamente a los testigos del asesinato de Robert McCartney, atribuido a un miembro del IRA, que no declararan ante agentes del PSNI, sino del Ombudsman policial o de algún abogado.  

Mi taxista de Belfast me dijo que todo requería su tiempo. “Seas del bando que seas aquí todos hemos perdido a mucha familia y todavía cuesta hacer una vida completamente normal”, cuenta. Una entiende perfectamente a qué se refiere con eso de “normal” cuando el coche te da una vuelta por los conocidos, paradójicamente, como “muros de paz”.

Los “muros de paz”

Son tapias de hormigón que dividen literalmente los vecindarios. Actualmente hay 48 en toda la provincia, cuatro más que en 1998, fecha en la que se firmó el Acuerdo de Viernes Santo. Uno de los últimos que se ha construido está sólo a siete metros del Hazelwood Integrated Primary, el único colegio que existe en el norte de Belfast donde estudian juntos niños de las dos comunidades. La tapia tiene 170 metros de largo y 8 de alto. Es lo primero que ven los alumnos al entrar y al salir de la escuela. Aproximadamente el seis por ciento de los niños norirlandeses estudian en centros de este tipo.

Desde la North Ireland Office, donde prefieren referirse al muro como “valla de seguridad”, explican que los ministros son “reacios a poner barreras”, pero en algunos casos y “sólo como último recurso”, éstas son necesarias “para proteger vidas y bienes”. Dos tercios de las personas que viven al lado de estos muros aseguran que aún no ven el día en el que no sean necesarios para la convivencia pacífica. Es más, el 78% aseguran que, aún sin las vallas, seguiría habiendo segregación.

Una de las tapias más significativas de la región se encuentra al oeste de Belfast. Separa a Falls Road de Shankill Road, la zona católica y protestante por excelencia. Cuando empezaron a construirla, el teniente Gen Ian Freeland, del Ejército Británico, predijo: “Esto será algo temporal. No vamos a tener un Muro de Berlín ni nada por el estilo en la ciudad”. Después de más de 40 años, nadie tiene intención de derribar el vallado de hormigón de 12 metros de altura.

La parte que da al vecindario unionista tiene un gran mural dedicado a los pistoleros enmascarados de la UDA, grupo militante que mató a más de 300 católicos entre 1971 y 1994. Los más jóvenes han escrito al lado “KAT”, una abreviatura que significa “matar a todos los taigs”, término que utilizan para referirse a los católicos de manera ofensiva. Al otro lado, junto a una bandera de Irlanda, hay un mural dedicado al IRA acompañado de insultos dedicados a la reina Isabel II. En la zona protestante los niños juegan al fútbol con la camiseta azul del Glasgow Rangers. En la zona católica, llevan el verde del Glasgow Celtic. Jugar un partido juntos es algo que nunca ha pasado por su mente. Tengo la esperanza de que todo llegará y que la próxima vez que vaya a Belfast el taxista me cuente otras historias.

Las manillas del Big -Ben
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