Brexit: relato nacional, casa dividida
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José Zorrilla

Las tres voces

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Brexit: relato nacional, casa dividida

La narrativa con que los británicos se describen a sí mismos, como todas, no es real. Sin embargo, ha tenido mucho que ver con el resultado del referéndum sobre la salida de la UE

Foto: Isabel II y el príncipe Felipe, durante un acto en el Palacio de Westminster el 18 de mayo de 2016. (Reuters)
Isabel II y el príncipe Felipe, durante un acto en el Palacio de Westminster el 18 de mayo de 2016. (Reuters)

Ha ganado el Brexit. De entre las muchas causas citadas, no he visto a nadie que hable del relato nacional inglés. Los ingleses, como todas las naciones, tienen una narrativa que describe cómo se ven a sí mismos. Obviamente, no es cierta a nivel histórico. Ningún relato nacional lo es. Por eso me parece más lógico hablar de relato funcional y disfuncional. De hecho, una de las causas de la miseria de los países al este del Oder Neisse, según el húngaro Istvan Bibo, son sus fantásticos relatos nacionales.

UK está convencido de que es un país especial, único, excepcional. Para empezar, está convencido de que el mundo empezó con la Revolución Industrial. Cree también que fue el primer país en cruzar el mar tenebroso (léase el Atlántico) y en dar la vuelta al mundo. Para el año 1600, pasados los achares de la conversión al protestantismo, Londres era la ciudad más poblada del mundo e Inglaterra, el país más rico. Nápoles no existe, por lo visto, Potosí tampoco. El siglo XVII olvida la terrorífica crueldad de las guerras civiles parlamentarias, que le costaron a la Royal Navy el ser destruida en el propio Támesis por la Armada holandesa. Para los amantes de la historia, la Armada holandesa fracasó en todos sus intentos de arrebatar territorios a España en esos años e incluso fue expulsada de Brasil por la escuadra de don Fadrique de Toledo (compárese el relato victorioso inglés con el decadentista español).

El XVIII fue un siglo equilibrado. Verdad es que en la Guerra de los Siete Años, Inglaterra venció sin paliativos a la alianza franco-española. Verdad es también que ese siglo terminó con la peor catástrofe de toda la historia inglesa: la pérdida de las colonias americanas.

La gran oportunidad le vino a Inglaterra con la deriva bonapartista de Francia. Ahí sí, tras Waterloo y hasta el Somme, Inglaterra organiza un Imperio sobre bases completamente distintas a las de España y puede enorgullecerse de haber tenido su Siglo de Oro. Pero el sistema dista mucho de ser un constructo moral sólido. Haber hecho la guerra a Rusia cuando intentaba devolver Constantinopla a la cristiandad es un baldón imperdonable. No me digan que era tema olvidado. Tras la Primera Guerra Mundial, se externalizó en Grecia esa misión y fracasó. Jamás he visto a ningún inglés arrepentirse de ese sacrilegio. Vean 'La carga de la brigada ligera', literatura y cine. No solo no hay pesar por lo hecho en Balaclava sino glorificación del evento doblemente lamentable. En lo estratégico, por impedir la cristianización de Constantinopla, y en lo táctico, porque la famosa carga fue un error militar elemental.

Llegamos ahora al núcleo del asunto. La famosa balanza de poder inglesa que curó todo, hasta la gripe. Pregunta inocente. Si la balanza de poder sirvió para que ningún reino europeo fuese mas fuerte que los demás y amenazase la seguridad de Reino Unido, ¿cómo es que no fue capaz de prevenir el ascenso de Alemania?

Primera Guerra Mundial. Inglaterra la gana. Bien: consideren estos hechos. En 1917, John Maynard Keynes, a cargo de la oficina económica del Gobierno de Lloyd George, estaba ya escribiendo el informe en el que recomendaba poner fin a la carnicería. Inglaterra no podía gastar un millón de libras al día. Pero Alemania estaba igual de asfixiada, declaró la guerra total y empezó a hundir todos los barcos que encontraba a su paso. Los EEUU no podían consentir la derrota de los aliados, a los que habían financiado mucho más allá de lo que podrían devolver, entró en guerra y ganó. Inglaterra no pareció entender que no es lo mismo ganar una guerra que formar parte del lado vencedor. Y empieza la decadencia, manifestada sobre todo en su delirante convicción (hija de una 'política Downtown Abbey') de que el enemigo 'existencial' era Stalin y no Hitler. A dónde condujo eso no hace falta recordarlo. Y recordemos también que a Inglaterra no la salvó la propia Inglaterra sino una persona muy especial, despreciada por todos y marginal en la vida política: Sir Winston Churchill. Visto así el tema, Churchill no es muy distinto de De Gaulle y Reino Unido no muy distinto de Francia. Pero el relato no va por ahí. Inglaterra tuvo su 'finest hour' y los 'froggies' demostraron ser una panda de cobardes vendidos.

Llega la posguerra. El racionamiento dura hasta 1953. Se presentan en Londres los europeos de primera generación, todos resistentes, todos gaullistas o antifascistas. Y les ofrecen ser socios fundadores de la CECA. Reino Unido había prometido ya a Roosevelt el fin del Imperio a cambio de la entrada en guerra. Ni modo. La respuesta fue que UK se encontraba más cómodo en su sistema de... ¡preferencias imperiales! Para completar esta locura, se embarca en Suez, de donde lo echan americanos y rusos. Funda la EFTA para hacer la guerra al Continente. Fracasa. Y finalmente presenta su candidatura a la UE sin renunciar a su "relación especial" con los EEUU, que imaginan ser su llave a la grandeza global. Obviamente, hacer siempre lo que te dice otro es la antiestrategia por excelencia. En ello están.

La llegada de la globalización, traída de la mano de la Thatcher, divide al Reino Unido en muchos pobres y pocos ricos, Escocia contra Inglaterra y Londres contra la Inglaterra profunda. Con mi narrativa, lo procedente hubiera sido agarrarse a Europa como un clavo ardiendo. Con la narrativa inglesa al uso, la resaca va en la dirección contraria y surge en Reino Unido lo que nunca ha surgido: el populismo de Nigel Farage. Una parte importante del partido 'tory' hace causa común con él. Para llegar al poder y desactivar la tormenta, Cameron promete un referéndum. No le preocupa demasiado la promesa porque faltan años hasta que llegue al poder. Pero la victoria llega al año siguiente y Cameron se ve obligado a hacer un referéndum, algo que según la tradición política inglesa (Attlee, Thatcher) es "arma de demagogos y tiranos". Y pierde. ¿Les suena esa cadena de acontecimientos? No es la propia de un vencedor secular sino de un país europeo más, pequeño, frágil y, en definitiva, irrelevante.

Espero haber demostrado que el relato nacional triunfalista inglés tiene mucho que ver con esta desgracia. Están convencidos de que hagan lo que hagan saldrá bien, como siempre -ellos creen- ha sido el caso. Y que vale más estar solos que mal acompañados.

Añado, como atenuante, el efecto sorpresa. Es la primera vez que el pueblo inglés no sigue a su élite política. La primera que un 'outsider' como Farage se cuela en la vida política y la altera de esa manera. Y la primera en que la insularidad, en lugar de ser positiva, se ha revelado disfuncional. Todo un terremoto.

No tengo muchas esperanzas de que los ingleses lo vean así. Son testarudos y algo confucianos. Todo lo que pasa es bueno y saldremos adelante de una manera o de otra. Mi visión es algo más crítica. El Reino Unido es ahora mismo una casa dividida. Territorialmente: Escocia, Londres e Irlanda del Norte contra la Inglaterra profunda; espiritualmente, ilustrados y élite contra país real; políticamente, laboristas y 'tories' desventrados en luchas internas; generacionalmente, jóvenes contra viejos. En cuanto al Partido Laborista, ha perdido a la clase obrera, que se ha pasado con armas y bagages a la xenofobia de Farage. Veremos si el Reino Unido subsiste a esas líneas de ruptura o si le espera una implosión demoledora. Mientras tanto, la BBC en bloque, convencida de que si ellos se van, Europa se hunde. En fin, 'good hunting'!

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