Vida en la ciudad donde ha estallado un coche bomba en cada esquina

Los mapas muestran el alcance de la ola de explosiones en Bagdad, que han afectado a todos los barrios de la ciudad. El mayor incremento se produjo tras la aparición del ISIS

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Bagdad fue la ciudad legendaria de 'Las mil y una noches'. Hoy, la capital de Irak es la ciudad de los "mil y un checkpoints". Nada más bajar por la escalera metálica del avión uno percibe las estrictas medidas que seguridad que blindan al aeropuerto internacional de Bagdad. Es de los poco aeropuertos del mundo que no permite a los taxis entrar en las instalaciones aeroportuarias. El aeropuerto gestiona sus propios taxis, unos vehículos negros monovolumen, que cobran 10 dólares y llevan a los pasajeros hasta los limites del aparcamiento público donde se encuentran los autobuses y los taxis, y donde esperan los familiares y amigos a los recién llegados.

Recorrer Bagdad, cercado por muros de hormigón que bloquean avenidas o parten vecindarios por la mitad, alambrado de púas y puestos de control diseminados cada 100 metros, convierten el tránsito en un infierno. La seguridad en la capital iraquí es tan fuerte, aparentemente, que cuesta imaginar cómo es posible que los atentados golpeen Bagdad con tanta frecuencia.

En esta parapetada ciudad se alcanza una brizna de libertad con un paseo nocturno por la Corniche junto al río Tigris. Las familias con recursos suelen reunirse en las calurosas noches de verano en los cafés y restaurantes, donde no sirven alcohol, que hay en la vereda del río. Otros prefieren acercarse a los centros comerciales con aire acondicionado para pasear o sentarse en un café popular a fumar narguile (pipa de agua) o jugar a la 'taula' (el 'backgammon' árabe).

El sol abrasador que acompaña la estación estival trasforma Bagdad en una ciudad nocturna. Especialmente ahora que ha sido Ramadán y todo aquel que ayuna no puede hidratarse durante el día, las calles están repletas de gentío cuando cae el sol y se rompe el ayuno, como en la noche del 3 de julio. Muchas familias habían decidido ir dar una vuelta al céntrico barrio comercial de Al Karrada y tomar un delicioso helado artesanal en la popular heladería Yabar Abu al Sharbat, la más antigua de Bagdad. Cuando más gente había en la zona, un kamikaze suicida hizo estallar un camión bomba, causando la mayor matanza en Bagdad desde 2003, con más de 250 muertos, la mayoría mujeres y niños.

Los iraquíes están acostumbrado a vivir con la violencia a diario, con los atentados suicidas, pero la masacre de este domingo tardarán en olvidarla. Una vez más, las fuertes medidas de seguridad y los planes del Ejército para la defensa de Bagdad no han podido impedir que los yihadistas volvieran a causar otra carnicería.

Tras casi 30 años de guerra en guerra los iraquíes se han acostumbrado a vivir con la violencia diaria, con las atentados suicidas con coche bomba y el doloroso y triste recuerdo de sus muertos. No hay barrio ni calle que en la que no haya habido una explosión, ya sea zona suní o chií. Con una capacidad estoica de reponerse, los bagdadíes se levantan cada día para seguir adelante. Ayer ya es pasado y como todas las mañanas, amas de casa como Um Fadi van a llenar la cesta de la compra al mercado Bab Muadama, en ciudad Sadr, donde solo en el mes de mayo han muerto cerca de un centenar de civiles en varios atentados que han tenido como objetivo mercados populares.

Los iraquíes, como la inmensa mayoría de los árabes, dejan el destino en las manos de Alá, por lo que nadie se atreve a pronosticar el futuro. No por ello dejan de cuestionarse la mala gestión del gobierno de Haidar al Abadi en seguridad y exigen que rueden cabezas. La primera en caer ha sido la del ministro iraquí del Interior, Mohammed al Ghabban, que presentó ayer su renuncia a Al Abadi como responsable por la negligencia de las fuerzas de seguridad en el ataque más mortífero de Bagdad.  

Mondo Cane
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