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El error de subestimar a Trump: el presidente es vulgar e inculto, pero no tonto
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Argemino Barro

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El error de subestimar a Trump: el presidente es vulgar e inculto, pero no tonto

Las grandes voces de la opinión pública predicen casi a diario su caída inminente, siempre por un motivo distinto. Pero él acaba sobreviviendo, y gana, y sigue en pie. ¿Por qué?

Foto: Donald Trump y la Primera Dama Melania Trump caminan hacia el Air Force One para regresar a Washington tras la cumbre del G20 en Hamburgo. (Reuters)
Donald Trump y la Primera Dama Melania Trump caminan hacia el Air Force One para regresar a Washington tras la cumbre del G20 en Hamburgo. (Reuters)

Ya está otra vez en Twitter. A ver qué dice hoy. Tuiteará cualquier cosa a las seis y pico de la mañana para demostrar una vez más que no sabe de lo que habla ni entiende las enormes consecuencias de sus palabras. Vengará cualquier afrentita ridícula de una actriz o de un presentador de televisión. ¿No se da cuenta de que es presidente, de que ya no se representa a sí mismo? ¿No podrían, no sé, quitarle el teléfono móvil?

Si uno enciende la televisión o abre un periódico, este es el tono general. Donald Trump es un "mad king"; una anomalía destinada a explotar en un gran Hiroshima político. Por el “Rusia-gate” o por cualquier otro escándalo, su gobierno se desintegrará cual meteorito y Estados Unidos tendrá que volver a empezar desde cero, sobre cascotes.

Pero, ¿y si esos tuits desordenados y con muchos signos de exclamación no fuesen espontáneos? ¿Y si, en lugar de reflejar un carácter volátil y peligroso, fuesen una estrategia más o menos pensada, y hasta efectiva?

Esta es la idea que sostienen diferentes expertos en persuasión: Donald Trump está siendo terriblemente subestimado, dicen, y a estas alturas, dos años después de que anunciara su campaña, podemos identificar claramente un patrón: las grandes voces de la opinión pública predicen casi a diario su caída inminente, siempre por un motivo distinto. Pero él acaba sobreviviendo, y gana, y sigue en pie. ¿Por qué?

Foto: Entrada del Departamento de Estado en Washington, en junio de 2017. (Reuters)

“Trump no es estúpido”, declaró el profesor George Lakoff, que predijo con meses de antelación la victoria del magnate. “Es un supervendedor, y sabe cómo cambiar tu cerebro y usarlo en su beneficio”. Lakoff, que se acaba de jubilar de la Universidad de Berkeley, es un lingüista cognitivo famoso por su “teoría de los marcos mentales”: la idea de que los humanos percibimos el mundo a través de un filtro mental bien enraizado y difícil de ajustar. Un filtro sensible a la emoción y la metáfora, no al raciocinio.

Este filtro o “marco mental” explicaría por qué a la mayoría de las personas nos cuesta mucho cuestionar nuestros principios, aunque la evidencia empírica los desmonte punto por punto. “Los votantes no votan por su interés personal, votan por sus valores”, ha repetido muchas veces George Lakoff. “El problema es que el ‘marco’ es subconsciente (...). No eres consciente de él porque no tienes acceso a tus circuitos neuronales”.

Según Lakoff, sus tuits de las seis y pico de la mañana son increíblemente efectivos: definen el debate del día

Quizás por su experiencia en la prensa amarilla y la televisión, Donald Trump no se dirige a la capa superficial de raciocinio, sino al “marco mental” primitivo. Su mensaje lleva imágenes que el subconsciente humano devora con fruición: sensacionalismo, escándalo, miedo. Bombas que prenden en la opinión pública por su carácter novedoso y ultrajante.

Por ejemplo en Twitter. Cuando amanece en Estados Unidos y los creadores de opinión se sientan a seleccionar las noticias del día, Trump les sirve un rico tuit sanguinolento. Una opinión burda, un insulto, un bulo descarado. Y la jauría mediática se lanza babeante a cubrir su tuit durante uno o dos días. Porque es más barato comentar que investigar, y la audiencia busca este tipo de carne fresca y entretenida, aunque racionalmente le repugne.

Según Lakoff, los tuits de las seis y pico de la mañana son increíblemente efectivos: definen el debate del día, distraen de asuntos que racionalmente serían más importantes para el interés público, atacan a los medios de comunicación para destruir la confianza en ellos y sirven para examinar las reacciones de la audiencia a determinados temas. Racionalmente pensamos que Trump es un ególatra estúpido en proceso de autodestrucción; subconscientemente, habitamos en el ecosistema de sus mensajes, que paso a paso, a fuerza de repetición, van dejando huella en nuestra corteza mental.

placeholder Donald Trump saluda a su llegada a la Casa Blanca, en Washington. (Reuters)
Donald Trump saluda a su llegada a la Casa Blanca, en Washington. (Reuters)

El científico Lakoff es una voz en el desierto. Lleva años tratando de que las fuerzas progresistas de Estados Unidos apliquen sus consejos. Se ha reunido con Hillary Clinton y con Barack Obama para persuadirles de que lo importante es establecer el “marco” del debate: no con tochos analíticos, sino con metáforas vibrantes que arraiguen en la gente.

En este sentido, los republicanos suelen establecer los “marcos mentales” mucho mejor que los demócratas. Han logrado imponer la palabra taxpayer, o “pagador de impuestos”, por ejemplo. Una noción que evoca la pesadez de pagar por algo y también la palabra tax, o taxing, que significa agotador, difícil, arduo. El mero hecho de pronunciar taxpayer, aunque lo diga un defensor de los servicios públicos, ya es una victoria conservadora (en España, como en Francia, usamos el alentador “contribuyente”).

Los operativos demócratas estudian estadística y demografía, los operativos republicanos estudian márketing

Los demócratas, según otro profesor de Berkeley, Lawrence Rosenthal, son hijos del Siglo de las Luces: siguen viendo la política de manera racional y empírica. Los operativos demócratas estudian estadística y demografía; los operativos republicanos estudian márketing. “Cada vez que escucho a un candidato político decir las palabras ‘por ciento’, pienso: Oh, Dios, no han leído a George [Lakoff]”, dice Rosenthal.

La izquierda también se ha marcado algunos tantos. Barack Obama triunfó con su Yes We Can! Una ráfaga potente y pegadiza capaz de tomar el control de las mentes (un “encantamiento chamánico”, en palabras del lingüista Victor Klemperer). Es el mismo fenómeno que se da en un concierto, o en las manifestaciones, o en los estadios de fútbol: cuando la multitud se funde en una sola voz y una sola mente fanática, voluble. Donald Trump practica bien este vudú: Build the wall!, o Lock her up! Es buen chamanismo.

La vorágine de escándalos superpuestos, de Rusia, los conflictos de interés, el nepotismo y las divisiones internas no tardarán en devolver a las portadas la palabra impeachment o aquello de que “se ha cruzado la línea roja”. Las fuerzas de la razón y del orden público se enfrentarán al demagogo. Mientras, agazapados en los estados clave como un ejército silencioso, los votantes republicanos siguen apoyando a Trump por encima del 80%.

Ya está otra vez en Twitter. A ver qué dice hoy. Tuiteará cualquier cosa a las seis y pico de la mañana para demostrar una vez más que no sabe de lo que habla ni entiende las enormes consecuencias de sus palabras. Vengará cualquier afrentita ridícula de una actriz o de un presentador de televisión. ¿No se da cuenta de que es presidente, de que ya no se representa a sí mismo? ¿No podrían, no sé, quitarle el teléfono móvil?

Hillary Clinton Barack Obama