Vale, Corea del Norte ya es una gran potencia nuclear. ¿Y ahora qué?

No tiene sentido preguntarse qué puede hacerse para impedir que Pyongyang se convierta en una amenaza para EEUU. Ya lo es, y Washington debe aprender a vivir con ello

Foto: Un hombre pasa delante de un televisor donde se ve a Kim Jong-un tras la prueba nuclear de Corea del Norte, en Tokio, el 3 de septiembre de 2017. (Reuters)
Un hombre pasa delante de un televisor donde se ve a Kim Jong-un tras la prueba nuclear de Corea del Norte, en Tokio, el 3 de septiembre de 2017. (Reuters)

La prueba nuclear realizada esta madrugada por Corea del Norte –confirmada por todos los países de la zona, y que ha desatado un seísmo de 6,3 en la escala Richter- no ha sido ninguna sorpresa: tanto los especialistas en los diversos programas armamentísticos norcoreanos como los servicios de inteligencia de Corea del Sur se lo venían esperando desde hace un tiempo, al haber detectado importantes preparativos y actividad significativa en las instalaciones de Punggye-ri donde se han llevado a cabo. Pyongyang asegura que ha detonado una bomba de hidrógeno, lo suficientemente pequeña como para ser introducida en un misil balístico intercontinental. Incluso si no es cierto, la prueba ha sido varias veces superior a todo lo que el régimen norcoreano había probado hasta ahora.

La detonación ha sido condenada de forma unánime, de Japón a Naciones Unidas, pasando por China. El diario chino The Global Times, que normalmente refleja la visión del Gobierno, señala: “Esta es otra decisión incorrecta tomada por Pyongyang en violación de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y la voluntad de la comunidad internacional. Esta prueba dará como resultado una nueva ronda de escalada de tensión en la península coreana y eleva el riesgo de que la situación escale fuera de control debido a los posibles errores de cálculo por todas las partes”.

Ante esta situación, todos los ojos están puestos en Washington, cuya respuesta, por ahora, no apunta a la conciliación. El presidente Trump ha calificado en Twitter a Corea del Norte de “rogue nation” (“estado canalla”) que “se ha convertido en una gran amenaza y una vergüenza para China, que está intentando ayudar pero con poco éxito”. También ha tenido duras palabras para el Gobierno surcoreano de Moon Jae-in, que está tratando de abrir canales de negociación con Pyongyang. “Corea del Sur está encontrando, como les dije, que su discurso de apaciguamiento con Corea del Norte no va a funcionar”, ha tuiteado Trump, antes de añadir: “¡Solo entienden una cosa!”.

Pero, ¿qué puede hacer EEUU en esta situación? La verdad, no mucho, a no ser que esté dispuesto a lanzar una guerra en la península coreana de tremendísimas consecuencias y con potencial de convertirse en un verdadero holocausto nuclear. Algo que nadie en su sano juicio estaría dispuesto a afrontar (y de ahí que siga creciendo la preocupación, tanto en su propio país como en el resto del mundo, sobre la salud mental de Donald Trump). A estas alturas está claro también que las sanciones no están sirviendo para modificar el comportamiento de Kim Jong-un. China y Rusia, además, ya se han desmarcado de la línea marcada por Washington y no están dispuestos a apoyar el siguiente paso, un embargo energético que Pekín cree que supondría desestabilizar peligrosamente al régimen norcoreano y lo volvería aún más peligroso.

Así pues, la única opción viable parece, en primer lugar, aceptar la realidad: que Corea del Norte ya es una potencia nuclear ofensiva de pleno derecho, con capacidad de lanzar ataques atómicos contra sus enemigos cercanos y lejanos, incluyendo, probablemente, a Estados Unidos. Se creía que Pyongyang no lograría dicha capacidad, como mínimo, hasta 2021, y esa era la “línea roja” que se había marcado la Administración Obama. Y sus sucesores en la Casa Blanca entraron en la crisis como un elefante en una cacharrería, amenazando con la destrucción total de Corea del Norte con tal de evitar que se produjera esa circunstancia. Se esperaba que dicha perspectiva sirviese para disuadir al régimen de Kim.

Lee Mi-Seon, directora general del Centro de Volcanes y Terremotos de Corea del Sur, habla de la actividad sísmica desatada por la prueba. (EFE)
Lee Mi-Seon, directora general del Centro de Volcanes y Terremotos de Corea del Sur, habla de la actividad sísmica desatada por la prueba. (EFE)

Malas opciones

No sucedió. Los norcorcoreanos entendieron perfectamente que se trataba de una amenaza vacía, y en julio sorprendieron al mundo lanzando un misil balístico intercontinental (ICBM) capaz de alcanzar territorio continental de EEUU. Además, a principios de agosto, los servicios de inteligencia estadounidenses y surcoreanos concluyeron que, casi con toda seguridad, Pyongyang ya había miniaturizado una cabeza nuclear que podría ser colocada en un proyectil ICBM. En otras palabras: que Corea del Norte había ingresado en el club de las grandes potencias nucleares. Como escribió entonces el experto en no proliferación Jeffrey Lewis en un artículo en Foreign Policy: “El juego ha terminado, y Corea del Norte ha ganado”.

La prueba de hoy es la confirmación definitiva de que se requiere otro enfoque para este problema. En un reciente artículo para la publicación The Atlantic, Mark Bowden (autor de los bestellers “Matar a Pablo Escobar” y “Black Hawk Derribado”) realiza un largo y detallado análisis de las opciones de EEUU en esta crisis, para lo que habla con numerosos expertos en seguridad nacional, diplomáticos retirados, militares y académicos. Las reduce a cuatro: prevención, un cambio de tornas, decapitación y aceptación. La primera es el lanzamiento de un ataque a gran escala que impida una respuesta amplia del régimen norcoreano. La segunda es una operación militar limitada que fuerce a Pyongyang a abandonar su programa sin llegar a hacer temer que se trate de un asalto a gran escala. La tercera es la eliminación “quirúrgica” de los líderes del régimen, y la cuarta es aceptar supone aceptar que las tres primeras son todas muy malas.

Como señala Bowden, esperar que un ataque contra Corea del Norte no produzca una respuesta es pura fantasía. Si el régimen cree que está en juego su supervivencia y decide ir a por todas, el número de muertos será de varios millones, incluso en sus cifras más conservadoras. Tampoco hay garantía alguna de que la 'decapitación' acabe con el problema. Así pues, solo queda la aceptación.

“Esto es terrible de considerar, pero los estadounidenses vivieron con una amenaza mucho, mucho mayor durante medio siglo. A lo largo de la Guerra Fría, EEUU se enfrentó a una destrucción completa potencial”, escribe Bowden. “Persuadir a una nación de que abandone sus armas nucleares depende menos de la fortaleza militar que de la determinación colectiva del mundo, y de la decisión tomada por la nación en cuestión. Lo que se necesita es un marco adecuado para el desarme: el conjunto adecuado de incentivos y desincentivos para que la construcción de semejantes armas se considere un detrimento y un desperdicio de recursos, para que el país decida que abandonar su búsqueda de armas nucleares va en su propio beneficio”, señala.

Lanzamiento de misiles Hyunmoo-2 surcoreanos durante unos ejercicios militares conjuntos con EEUU, a finales de julio. (Reuters)
Lanzamiento de misiles Hyunmoo-2 surcoreanos durante unos ejercicios militares conjuntos con EEUU, a finales de julio. (Reuters)

¿Premiando el mal comportamiento?

Cierto, muchos expertos consideran que invitar a Corea del Norte a unas conversaciones de paz es, de algún modo, premiar un comportamiento considerado inaceptable por la comunidad internacional. Elevar las tensiones con la esperanza de obtener concesiones ha sido además una estrategia constante de Pyongyang desde principios de los años 90, lo que el experto del Consejo de Seguridad Nacional de EEUU Sydney A. Seiler denomina “el ciclo de provocación”. Y, a menudo, le ha salido bien.

Pero hay que comprender que, ahora mismo, no existen alternativas aceptables. Como señala Justin Fendos, experto del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington, para Pyongyang es una cuestión existencial: la inversión realizada en su programa de armas nucleares es tal que, para Kim Jong-un y sus lugartenientes, es inconcebible abandonarlo sin haber obtenido algún beneficio, y menos ahora que parece haber tenido éxito. “A pesar de estar efectivamente en bancarrota, Corea del Norte ha estado gastando alrededor de un tercio de todo sus ingresos nacionales en armamento: casi 9.000 millones de dólares [de un total de 28.000] al año”, señala Fendos. “Desde una pespectiva psicológica, sería estúpido imaginar que Pyongyang abandone voluntariamente los frutos duramente obtenidos de su sacrificio solo porque Washington hace un poco de ruido de sables o añade presión económica a una situación ya magra”, comenta.

Fendos propone hacer alguna concesión leve, como cancelar la celebración de ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur, que permita a la maquinaria de propaganda norcoreana afirmar que su estrategia ha dado resultado (algo que sería fácil para Washington, y cuyos resultados no cruzarían las fronteras del país). “Por desgracia, la actual administración estadounidense parece incapaz o está decidida a no hacer una sola concesión de este tipo para abrir el camino a algún tipo de diálogo. Esta inflexibilidad refleja una diferencia cultural significativa. Mientras los asiáticos están probablemente más dispuestos a intercambiar concesiones para permitir a sus adversarios salvar las apariencias, la moderna mentalidad occidental intenta evitar muestras de debilidad, preocupada por que las concesiones animarán a seguir actuando mal en el futuro”, dice este experto.

Hay que decir que esta parece ser la postura de cada vez más actores internacionales, incluyendo a Corea del Sur. Aunque a priori todos los estados de peso –incluso China y Rusia- son partidarios de la no proliferación, no tiene sentido plantear si se debe tratar de impedir que Corea del Norte se convierta en una potencia nuclear. Ya lo es. Por eso, entre los expertos crece el consenso de que la única forma realista para EEUU de abordar el problema es del mismo modo que lo hizo en su momento con la URSS: mediante una estrategia de contención y disuasión, que combine garantías y concesiones con medidas de presión económica y diplomática. Si Washington cede al sentido común y adopta esta hoja de ruta, tendrá al mundo de su lado. La alternativa es demasiado terrible.

Mondo Cane

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