Preparándonos para el superhuracán Irma: en Cuba sabemos que esto no es un juego

Si hay algún momento en el que se agradece la centralización del país, es este: apenas ha habido 50 muertos en los últimos 14 grandes huracanes

Foto: Una familia protege un televisor horas antes de la llegada del huracán Irma a Caibarién, Cuba, el 7 de septiembre de 2017. (Reuters)
Una familia protege un televisor horas antes de la llegada del huracán Irma a Caibarién, Cuba, el 7 de septiembre de 2017. (Reuters)

Hace nueve años, todos mis esfuerzos se concentraban en apuntalar lo mejor posible las maltratadas ventanas de madera de mi casa. Entonces, el huracán se acercaba a Cuba a marchas forzadas, anunciando devastación precisamente en el día dedicado a la Virgen de la Caridad del Cobre, la patrona de la isla según el santoral católico. Aquella sería la última de muchas tareas cumplidas a lo largo de 48 horas interminables, durante las cuales acopié junto a mis padres todo cuanto pude. Hacer reservas y asegurarse un refugio son las claves para hacer frente a un ciclón (o huracán, si empleamos el término científico). Lo demás, queda por cuenta del tiempo… y algunos dicen que la suerte.

Casi una década más tarde otro huracán nos visita. Se llama Irma y ha devastado ya buena parte del Caribe, comenzando por las Antillas Menores, Puerto Rico y La Española. De acuerdo con los pronósticos y el propio estado del tiempo que aprecio desde mi ventana, también Cuba tendrá su capítulo en esta historia. Escribo desde la misma casa en que años atrás aguardé a Ike. Más tarde iré hasta un parque cercano para conectarme a internet a través de una de las redes wifi que gestiona la empresa de telecomunicaciones, e intentaré mandar este texto. No tengo mucho tiempo.

Desde el martes la mayor parte de mis días ha transcurrido en colas para comprar pollo, aceite o gas licuado, acumulando agua y combustible, o podando los árboles que crecen en el patio de mi casa paterna, adonde he regresado para enfrentar la adversidad en familia. En el trámite he tenido que echar mano a mis ahorros, y a toda la paciencia y resistencia física de que dispongo. Otros tienen más problemas. Nuestro techo, por ejemplo, es todo de hormigón armado (placa, la llamamos aquí), y no sufrimos la preocupación de que el viento nos deje a la intemperie, en medio de las intensas lluvias que se anticipan.

Es difícil para un extranjero comprender de qué va todo esto. Ayer, cuando intentaba explicárselo a un par de argentinos recién evacuados desde las playas de la costa norte –precisamente la zona más amenazada por Irma-- uno de ellos insistía en repetirme: “Pero ahora todo está normal”. El mismo estado del tiempo, de cielo casi sin nubes, sol intenso y un calor que aplasta, los había despedido en Santa Lucía, el balneario adonde habían llegado para una estancia de una semana. Casi al despedirnos, solo pude anticiparles un consejo: “Olvídense de lo que conocen, y en cuanto comiencen las lluvias, quédense en el hotel. Lo que viene no es un juego”.

Un grupo de personas protege sus ventanas antes de la llegada de Irma en Caibarién, Cuba. (Reuters)
Un grupo de personas protege sus ventanas antes de la llegada de Irma en Caibarién, Cuba. (Reuters)

Por experiencia sé de lo que hablo. Como cualquier cubano, he vivido de primera mano unos cuantos huracanes, y otros tantos a través de las pantallas de la televisión. Todos han tenido algún efecto sobre mi existencia, incluso aquellos que azotaron a las provincias más alejadas de la mía. Que en 2012 Sandy devastara Santiago, implicó la desaparición durante meses de las bolsas de cemento y otro amplio grupo de materiales de construcción; el año pasado Matthew, que le dispensó el mismo trato al extremo oriental de la isla, no solo dejó a su paso la destrucción de la histórica Baracoa y otras poblaciones, también eliminó de las estanterías los huevos “liberados”, el chocolate en polvo y las pastas. Y no han regresado.

Si hay algún momento en el que se agradece la centralización con que funciona todo en mi país es en jornadas como estas, en que el Estado se transforma en una gigantesca maquinaria de protección civil que evacua a cientos de miles de personas de lugares vulnerables (en ocasiones, se han visto incluidos en esa categoría hasta un tercio de los habitantes de la isla), pone la economía al servicio de la mitigación del desastre y "no deja desamparado a ninguno de sus ciudadanos”. Solo así puede entenderse que en este siglo la cifra de nuestros fallecidos por causa de esos fenómenos meteorológicos no llegue a medio centenar, a pesar de haber azotado a Cuba catorce grandes huracanes.

Pero a veces con salvar la vida no basta. Lo pienso mientras escribo en la casa de mis padres, que ya no tiene las ventanas de madera desvencijada (mis artículos en este diario me han ayudado a pagar su sustitución por otras de metal). Salvar la vida es un primer paso –el más importante-- pero debe ir acompañado de otros. Irma llegará a Cuba, y gracias a la voluntad política y el esfuerzo de muchos, casi seguramente no costará vidas, pero siempre quedará la inquietud por los daños materiales que vendrán. Los mismos que sufriré junto a mis compatriotas con meses o años de carencias, mientras otros pierden definitivamente la esperanza de tener un hogar propio o reconstruir el que heredaron de sus padres.

Preparándonos para Irma, los cubanos hemos gastado durante los últimos días lo que podíamos y lo que no, hemos reforzado techos, puertas, ventanas… Algunos han llenado de flores los altares de sus santos. Ahora solo nos queda esperar que nuestros preparativos hayan sido suficientes. Afuera arrecia la lluvia y sé que muy pronto la acompañará el viento; si no me doy prisa, perderé la posibilidad de conectarme. Aunque me consula pensar que, al menos a corto plazo, ese sea el mayor de mis males. Tampoco es para tanto. Quien viva en esta isla debe estar habituado a lidiar con ciclones.

Mondo Cane

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