¿Se dispone Putin a 'anexionar' Bielorrusia?

Muchos análisis consideran al presidente Alexandr Lukashenko un estrecho aliado del Kremlin, pero la realidad es más compleja. Las fricciones crecen, pero Moscú necesita contar con Minsk

Foto: El viceministro de defensa de Bielorrusia Oleg Belokonev habla sobre las maniobras Zapad 2017, en Minsk, el 29 de agosto de 2017. (Reuters)
El viceministro de defensa de Bielorrusia Oleg Belokonev habla sobre las maniobras Zapad 2017, en Minsk, el 29 de agosto de 2017. (Reuters)

El primero en decirlo en voz alta fue Mijaíl Saakashvili, ex presidente de Georgia y ex gobernador de la región ucraniana de Odessa, a principios de agosto: "Lo que estamos viendo en Bielorrusia, creo que Rusia está planeando tomar y anexionarse Bielorrusia", declaró a la agencia báltica BNS. Se refería a los grandes ejercicios militares Zapad, que darán comienzo la semana que viene en este país, la región rusa de Kaliningrado y el oeste de Rusia, y para los que las fuerzas armadas rusas han desplegado decenas de miles de soldados. Los movimientos masivos de tropas han sido observados con inquietud tanto por la OTAN como por sus vecinos, que temen que sean la cobertura de algo más, como sucedió en Ucrania o, antes, durante la veraniega guerra de Georgia.

Como el gran adversario del Kremlin en dicha guerra, Saakashvili difícilmente puede ser considerado un observador objetivo. Y de hecho, ni la Alianza Atlántica ni los servicios de inteligencia de los países bálticos temen una incursión militar rusa contra sus intereses. Quien debe estar inquieto, creen, es su supuesto socio, el presidente bielorruso Aleksandr Lukashenko: "La gran preocupación es que después no se vayan, y no es paranoia", afirmó el general Tony Thomas, jefe del Mando de Operaciones Especiales de EEUU, en la Conferencia de Seguridad de Aspen de este verano.

La mayoría de los análisis superficiales consideran a Bielorrusia como un estrecho aliado de Rusia, pero la realidad es más compleja: Minsk lleva años jugando a mantener un equilibrio entre Moscú y la Unión Europea, gravitando en uno u otro sentido en función de las necesidades del momento. Ciertamente, Europa no se llama a engaño respecto a Lukashenko, pese a escenas como la del pasado julio, cuando el presidente bielorruso se dirigió a un grupo de delegados de la OSCE expresando su apoyo a los derechos humanos, la democracia y el estado de derecho. Lástima que su prédica quedase debilitada por la durísima represión policial de apenas unos meses antes contra grupos de manifestantes pacíficos que protestaban por las condiciones económicas, o que poco después Reporteros Sin Fronteras criticase la "creciente persecución de la prensa independiente" y los juicios a periodistas. Por algo a Lukashenko le llaman "el último dictador de Europa".

Detención de manifestantes en Minsk, el 25 de marzo de 2017. (Reuters)
Detención de manifestantes en Minsk, el 25 de marzo de 2017. (Reuters)

Pero durante muchos años, la estrategia ha funcionado bien, logrando concesiones por parte de Rusia cada vez que amenazaba con abandonar la órbita rusa. En estos años, Bielorrusia ha recibido alrededor de 50.000 millones de dólares -algunas fuentes duplican esa cifra- en forma de subvenciones rusas, que han permitido mantener a flote el deficitario sistema económico del país. A cambio, Moscú recibía poco más que una vaga promesa de lealtad por parte de Minsk. Lealtad que, además, lleva en entredicho desde hace varios años.

Lukashenko no se considera un subordinado a Putin, empezando por el hecho de que lleva seis años más que él en el poder. Por eso, Bielorrusia ha conducido una política exterior independiente de Moscú, negándose a reconocer, por ejemplo, la independencia de Abjasia y Osetia del Sur -escindidas 'de facto' de Georgia tras la guerra de 2008- y, más grave aún a ojos del Kremlin, la soberanía rusa sobre Crimea, cuya invasión Lukashenko calificó de "mal precedente". Es más, en 2015 Minsk rechazó el establecimiento de una base aérea militar rusa en Babryusk. Y en estos años, en un intento de llevarse bien con Ucrania, ha impedido que sus ciudadanos vayan a luchar como voluntarios con los rebeldes separatistas del Donbás. "Bielorrusia se encuentra en la difícil posición de ser oficialmente un aliado de Rusia sin compartir el antagonismo de Moscú hacia Occidente y tratando en su lugar de permanecer neutral en la confrontación entre Rusia y la OTAN", opina Keir Giles, analista de Chatham House.

Como respuesta, las subvenciones rusas han dejado de llegar, difícilmente sostenibles además tras la caída de los precios del petróleo. Como castigo, Moscú subió el precio del gas que enviaba a Bielorrusia y cortó el suministro de petróleo -que Minsk importaba a bajo precio, procesaba en sus refinerías y posteriormente vendía en el exterior, obteniendo un generoso beneficio-, castigando duramente la economía del país. La respuesta de Lukashenko, al principio, fue tratar de hacer lo que había hecho siempre: volverse hacia el oeste cuando las cosas vienen mal dadas desde el este. Pero la ola de protestas y su consiguiente represión malograron el intento. El bielorruso tensó tanto la cuerda que durante unos meses circuló el rumor de un posible golpe de estado para sustituir a Lukashenko por alguien más leal a Moscú. ('Zvezda', el canal de televisión del Ministerio de Defensa ruso, llegó a advertir explícitamente de que podría ser derrocado "por provocadores rusos").

Finalmente Rusia no ha ido más allá, entre otras cosas porque Putin sabe que Lukashenko en realidad no tiene donde ir. "Bielorrusia puede tender muchos puentes con Occidente, pero no puede cruzar ninguno de ellos. El vector europeo es solo una forma de equilibrar la relación con Rusia", afirma Artyom Shraibman, editor del portal de noticias bielorruso Tut.by, en una reciente entrevista con el New York Times. "Para Bielorrusia, es importante contener al Kremlin. De otro modo, Minsk no tendría valor estratégico para Europa. Pero el Kremlin tiene la capacidad de romper este juego en cualquier momento", dice Arsen Sivitski, director del Centro de Estudios Estratégicos y de Política Exterior de Minsk.

Aleksandr Lukashenko y su hijo Nikolai observan los ejercicios Zapad 2013 junto a Putin en Kaliningrado. (Reuters)
Aleksandr Lukashenko y su hijo Nikolai observan los ejercicios Zapad 2013 junto a Putin en Kaliningrado. (Reuters)

Hay señales, además, de que la relación se está deteriorando cada vez más. Hace menos de tres semanas, Putin criticó a Lukashenko por exportar petróleo desde los países del Báltico -algo que el país lleva dos décadas haciendo- en lugar de utilizar puertos rusos, y le exigió que se uniese a un boicot. Y Rusia ha prohibido la importación de algunos productos alimentarios bielorrusos como medida de presión.

Pero aún más significativo es el hecho de que el pasado enero, Rusia reintrodujo los controles fronterizos y aeroportuarios desde Bielorrusia, un poderoso signo de desconfianza que no ha pasado desapercibido. "El comportamiento de Moscú sugiere que ya no ve a Minsk como un socio confiable en materia de defensa. El redespliegue de tropas motorizadas de infantería rusas en las regiones de Smolensk y Bryansk [en la frontera con Bielorrusia] es otra indicación del cambio de parecer de Moscú. Rusia, parece, está tratando de usar sus propias tropas para afianzar el 'escudo bielorruso']", asegura Artyom Shraibman, analista del Centro Carnegie para la Paz Internacional. Entre otras cosas, dicho escudo pretende fortalecer el espacio estratégico alrededor del territorio ruso, y mejorar la defensa del exclave de Kaliningrado, separada del resto del país por el llamado Corredor de Suwalki, un punto de fricción altamente probable en caso de un enfrentamiento armado con la OTAN.

Lo cual nos lleva de nuevo a Zapad. "Hay miedos muy extendidos en Minsk de que cuando los soldados rusos vengan a Bielorrusia para las maniobras, ya nunca se vayan. Para intensificar esas preocupaciones, hay informes oficiales de que Rusia ha alquilado 4.162 vagones de tren para transportar a solo 3.000 soldados y no más de 680 piezas de equipamiento militar a Bielorrusia", escribe Ivan Nechepurenko en el New York Times. "Es más que razonable pensar en un alto número de efectivos del despliegue permanecerán en Bielorrusia", opina Ricardo Lenoir-Grand Pons, analista de seguridad especializado en el espacio postsoviético y editor del blog Claves Geopolíticas. "A fin de cuentas, para Rusia las cuestiones relacionadas con Bielorrusia son tratadas en clave nacional y no como asuntos que tienen que ver con un país soberano", dice a El Confidencial.

La idea lleva mucho tiempo en las cabezas de los bielorrusos. Y quien más razones tiene para temerlo es un Lukashenko que hace mucho tiempo que ha perdido el favor del Kremlin.

Mondo Cane

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