Donald Trump no sabe lo que es un invierno nuclear. Gran parte de sus votantes tampoco

El presidente estadounidense está decidido a multiplicar las capacidades nucleares de su país. El problema es que no parece comprender las implicaciones de todo ello para la vida en el planeta

Foto: Montaje: E. Villarino
Montaje: E. Villarino

Cuando aún era candidato a la presidencia, Donald Trump parecía tener una confusa percepción de lo que implica el uso de armamento atómico. En una entrevista con la cadena MSNBC en marzo de 2016, aseguró: “Si el ISIS lograse atacarnos, ¿tú no responderías con un arma nuclear?”. En otra ocasión en que trataron de acorralarle en sus propios argumentos, se negó a descartar su empleo en territorio europeo, asegurando: “Europa es un sitio muy grande. No voy a quitar mis cartas de la mesa”. Y tal vez el incidente más preocupante fue el encuentro con un experto en seguridad internacional, al que preguntó, hasta en tres ocasiones en una hora: “Si tenemos las armas nucleares, ¿por qué no podemos usarlas?”, tal y como un asistente a la reunión le contó al veterano periodista estadounidense Joe Scarborough.

Trump también sugirió que se debería permitir a Japón y Corea del Sur que adquiriesen armamento nuclear y se defendiesen solos de la amenaza norcoreana, como una forma de reducir el gasto militar estadounidense en el extranjero. “Si pelean [con Corea del Norte], sabes, sería una cosa terrible. Terrible… Pero si lo hacen, lo hacen”, aseguró en un evento de campaña en Wisconsin el pasado abril. Por fortuna, el presidente surcoreano Moon Jae-in parece comprometido a mantener su país libre de armas nucleares, ni siquiera ante la creciente amenaza de Corea del Norte, tal y como ha reiterado una y otra vez.

La despreocupación de Trump sobre la cuestión pone los pelos de punta a muchos expertos. Ya incluso antes de su elección, medio centenar de altos funcionarios de seguridad nacional del Partido Republicano -muchos de ellos antiguos asesores presidenciales- firmaron una carta advirtiendo del peligro que supondría elegir al “presidente más imprudente de la historia estadounidense”. Y la cosa no ha mejorado tras su llegada a la Casa Blanca. En agosto, el ex Director Nacional de Inteligencia James Clapper declaró que el hecho de que Trump tenga acceso al 'botón nuclear' es “jodidamente terrorífico”.

Clapper no andaba muy errado, porque Trump tiene una querencia malsana por las armas nucleares: en una reunión celebrada en el Pentágono el 20 de julio, el presidente se enervó ante un gráfico que mostraba la reducción progresiva del arsenal nuclear del país -algo que hasta entonces había sido considerado un logro de sus predecesores desde Ronald Reagan-, y le planteó a su equipo su deseo de multiplicar por diez el arsenal nuclear del país, según reveló a principios de octubre la cadena NBC. Tanto el Secretario de Estado Rex Tillerson como varios altos mandos militares le explicaron “los impedimentos legales y prácticos” de esa decisión, y según algunos testimonios, Tillerson salió de aquella reunión asegurando que Trump era “un idiota”.

Apenas tres semanas después, Trump se jactaba de haber ordenado “renovar y modernizar el arsenal nuclear”, en una amenaza velada a Pyongyang. Porque es Corea del Norte lo que Trump tiene en mente en sus sueños húmedos con cabezas nucleares. En su viaje a Asia ha vuelto a reiterar que el programa armamentístico de Pyongyang es "una amenaza para el mundo civilizado" y prometido mano dura. El domingo, Trump clamó ante las tropas estadounidenses acantonadas en la base aérea de Yokota, en Japón: "Nadie, ningún dictador, ningún régimen debería subestimar la determinación de EEUU". Y el sentimiento es mutuo: ayer, el diario oficial norcoreano Rodong Sinmun, declaró que "nadie puede predecir cuándo el viejo lunático de la Casa Blanca, que ha perdido la cabeza, empezará una guerra nuclear".

(La amenaza de Trump no es mera retórica: el presidente ha pedido reiteradamente al Pentágono que le presente posibles planes de ataque contra Corea del Norte, llegado el momento. Esta semana, el Almirante Michael J. Dumont, segundo Jefe del Estado Mayor, hizo saber en una carta al Congreso que la única manera de neutralizar las instalaciones nucleares norcoreanas sería mediante una invasión terrestre de gran alcance. O en otras palabras, que la 'acción militar limitada' que se venía barajando no bastaría para impedir una guerra nuclear. Algo que los militares estadounidenses saben muy bien).

Un bombardero nuclear B-1B Lancer en la base aérea de Anderson, Guam, en julio de 2017. (Reuters)
Un bombardero nuclear B-1B Lancer en la base aérea de Anderson, Guam, en julio de 2017. (Reuters)

Una nueva doctrina nuclear para EEUU

Sea como fuere, el Gobierno de Trump está preparando una nueva doctrina nuclear para el país, cuyo primer borrador se presentó en septiembre pasado en un encuentro entre Trump y sus principales asesores de seguridad nacional. Entre otras cosas, contempla una eliminación de las restricciones planteadas por la Administración Obama para un ataque nuclear, que aseguraba que solo podría utilizarse "en circunstancias extremas para defender los intereses de Estados Unidos o sus aliados y socios", y nunca contra estados sin capacidad atómica. Pero aquí Trump también parece ansioso por erradicar las medidas de su antecesor, anulando el tratado New Start firmado en 2010 entre EEUU y Rusia para reducir el número de cabezas nucleares por debajo de 1.550.

Varios altos funcionarios, como el vicepresidente Mike Pence o el asesor presidencial sobre armas de destrucción masiva Christopher Ford, se han referido de forma entusiasta al cambio de doctrina. Paradójicamente, lo que podría dar al traste con la renovación de los arsenales podría ser su coste: más de 1.200 billones (1,2 Trillion) de dólares, más de un 20% de su estimación inicial, según un informe de la Oficina Presupuestaria del Congreso publicado hace una semana. Pero el cambio de protocolo, en cualquier caso, ya está en marcha.

Al parecer, Trump no sabe lo que es un invierno nuclear. Este concepto teórico desarrollado en 1982 por científicos estadounidenses estipula que el uso de bombas atómicas levantaría una capa de ceniza que cubriría la atmósfera, alterando el clima y provocando la desaparición de los primeros eslabones de la cadena alimentaria, cuya mortalidad iría escalando hasta afectar a todos los seres vivos. Investigadores soviéticos llegaron a la misma conclusión al año siguiente; estos estudios fueron lo que llevaron a Reagan y Gorbachov a iniciar el proceso de desarme nuclear, que ahora parece definitivamente enterrado. Pero en su inconsciencia, Trump no está solo. Un reciente sondeo de dos investigadores de Stanford y Dartmouth encontró que casi la mitad de los encuestados -un 47%- estaría a favor de lanzar una bomba nuclear contra Irán, aún a costa de matar a dos millones de iraníes, si eso sirve para evitar la muerte de 20.000 soldados estadounidenses. Con cifras más bajas de víctimas iraníes -100.000-, el porcentaje de aprobación del ataque subía hasta un 55%.

La idea, desde luego, despierta escalofríos entre quienes sí son conscientes de las consecuencias, y más ante la constatación de que no hay nada que impida legalmente a Trump decretar un ataque nuclear si lo desea (el sistema fue diseñado de esa manera para facilitar una respuesta presidencial rápida en caso de que la URSS atacase primero), y de que además, en ese caso, lo más probable es que los oficiales del ejército acatarían las órdenes. Tanto es así que este año se han producido dos iniciativas legislativas destinadas a prohibir que el presidente pueda actuar en solitario en este ámbito; la primera, presentada en enero, pretende exigir la autorización del Congreso para poder utilizar armas atómicas. La seguna, introducida el pasado octubre, está dirigida específicamente a vetar un ataque contra Corea del Norte.

Hasta ahora, ninguna de las dos propuestas de ley ha tenido éxito debido a que el Partido Republicano es la formación mayoritaria en Congreso y Senado. Sus promotores contaban con ello, pero afirman que el verdadero propósito es llamar la atención sobre este abrumador poder presidencial, con la esperanza de recortarlo con el tiempo. "Cada vez que el presidente hace algo errático, lo que sucede cada día, conseguimos más partidarios", ha declarado el congresista demócrata Ted Lieu, artífice de la primera propuesta. Mientras tanto, el reloj avanza. Esperemos que no sea hacia la medianoche.

Mondo Cane
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