El librero de Alepo que no cerró en toda la guerra y otras historias de un regreso a Siria

Un politólogo hispano-sirio regresa al país devastado por la guerra 7 años después de su último viaje para reivindicar las historias personales y plantearse cómo unir los pedazos del caleidoscopio de Siria

Foto: Vista del distrito de Saif al-Dawla, destrozado por los bombardeos, en Alepo. (Reuters)
Vista del distrito de Saif al-Dawla, destrozado por los bombardeos, en Alepo. (Reuters)

Más de 6 horas de viaje en coche y 18 controles gubernamentales -con sus correspondientes 18 'mordidas' en forma de efectivo o tabaco- es lo que separa físicamente las ciudades de Damasco y Alepo, donde tengo parte de mis raíces. No obstante, las distancias sobre el terreno son lo menos relevante de un viaje por una Siria muy diferente a la que recuerdo de mi última visita, en diciembre de 2010; es en el campo de las emociones y las sensaciones donde las distancias entre Alepo y Damasco, entre la Siria de 2010 y la de 2017, son aparentemente infinitas.

Llegamos a Damasco el 27 de octubre por la noche tras entrar en Siria por la frontera libanesa; el 28 por la mañana ya ponemos rumbo hacia Alepo. La actual ruta que une las dos ciudades pasa cerca de bolsas rebeldes en las afueras de Homs (la ciudad con más porcentaje de destrucción de todo el país) y se adentra hasta Khanasser, por donde transcurre la única ruta de suministros a Alepo que el Gobierno sirio consiguió mantener abierta durante casi toda la guerra. “Nadie conocía este pueblo, la guerra lo puso en el mapa y en las cabezas de los sirios”, comenta el conductor mientras pasamos por una carreta extremadamente estrecha rodeada de ruinas y esqueletos de coches, y por la que apenas se podía circular.

La entrada a Alepo es, simplemente, desoladora. El barrio de Al-Midan, cercano al aeropuerto de la ciudad y que contaba con un importante porcentaje de habitantes de origen armenio, está absolutamente destrozado. La primera estampa es, directamente, el primer estremecimiento: Alepo, la ciudad donde nació mi padre y donde está nuestra casa familiar, se parece muy poco a esa urbe vital, cosmopolita y con profundidad histórica que recordaba.

Barrio de Al-Midan, entrada a Alepo. (G. Garroum)
Barrio de Al-Midan, entrada a Alepo. (G. Garroum)

Antes de volver a casa, antaño un fabuloso patio árabe en el barrio del Jdeydeh de la ciudad vieja, prefiero pasear por barrios del Oeste de la ciudad que no han experimentado apenas destrucción durante la guerra. Caminar por el barrio del Azizieh y la zona cercana al río, donde se concentran actualmente gran parte de los cafés, bares y restaurantes de Alepo, evidencia la superposición de realidades que las guerras producen: jóvenes que llenan los bares mientras fuman y juegan a las cartas, edificios semivacíos, carteles propagandísticos o recordando a familiares muertos, ventanas con impactos de mortero, tiendas abarrotadas de gente comprando sin parar… En la Alepo que todavía mantiene su estructura material, su contenido se ha visto profundamente alterado. “En nuestro edificio, de 49 apartamentos, solo 5 siguen habitados”, comenta mi tío-abuelo Joseph, que a sus 95 años las ha visto de todos los colores en Siria.

Estado de los alrededores de la plaza Al-Hatab. (G. Garroum)
Estado de los alrededores de la plaza Al-Hatab. (G. Garroum)

El plato fuerte del viaje, que temía y ansiaba ver a partes iguales, es adentrarse en el Jdeydeh y la ciudad vieja de Alepo. En otras palabras, volver a calibrar 'mi Alepo' después de más de 6 años de guerra: nuestra casa, la plaza al-Hatab, la plaza Farhat, las iglesias de múltiples confesiones y mezquitas del barrio y, por supuesto, la ciudadela, el zoco y la mezquita Omeya. Por ofrecer una noción numérica: al finalizar la guerra más de 33.000 casas habían sido completamente destruidas y barrios de la ciudad vieja como el Jdeydeh, arrasados en más de un 70% de su extensión, según datos de Naciones Unidas de 2016.

El primer contacto con el Jdeydeh es absolutamente sobrecogedor. Camino con mis padres por Al-Telal, una calle contigua al Jdeydeh repleta de tiendas y vendedores ambulantes que gritan al más puro estilo alepino, cuando mi madre me advierte con un “gírate y mira a la derecha”. Lo que veo a continuación es difícil de olvidar: la entrada al Jdeydeh es un montón de ruinas. El contraste es tan brutal que puedes decir con exactitud en qué punto se encontraba el frente, pues un trozo de la calle está intacto mientras el otro ha desaparecido.

La destrucción de la plaza al-Hatab, antaño una de las más distinguidas y visitadas de Alepo, es tal que mi cuerpo la procesa mucho antes que mi cabeza. Puede parecer extraño, pero primero asimilo el impacto de la completa destrucción material de un lugar familiar y querido somáticamente: se me eriza la piel, lloro y me mareo. Solo después de esta respuesta somática puedo interpretar lo que veo y siento de un modo que podríamos definir como racional, fundiendo emociones, interpretación y análisis en un solo plano. Caminar por la calle que lleva hasta nuestra casa es pasar a través de agujeros, balcones convertidos en posiciones para francotiradores, cajas fuertes abiertas, barriles quemados, pintadas y mucha, mucha piedra en el suelo. La banda sonora que rompe el silencio que nos rodea es la discusión para intentar ubicar el lugar exacto de tal tienda o tal restaurante; una banda sonora inútil, frustrante y muy dolorosa.

Nuestra casa está en condiciones privilegiadas si la comparo con las casas de los vecinos, en las que me adentro para comprobar su estado actual. Durante los años más cruentos de la guerra en Alepo, nuestra casa fue ocupada por milicias, saqueada, quemada parcialmente, su estructura dañada por el impacto de dos proyectiles de mortero… Sin embargo, un familiar la ha estado limpiando durante este último año, por lo que su aspecto es más que esperanzador.

Nuestra casa familiar, en el barrio del Jdeydeh. (G. Garroum)
Nuestra casa familiar, en el barrio del Jdeydeh. (G. Garroum)

Otra cosa es, de nuevo, el contenido más allá de la estructura: ver la casa vacía, fotos de tus padres quemadas o pintadas e impactos de mortero, provoca una sensación de violación personal y colectiva especialmente potente. La puerta de hierro original ha sido recuperada por un familiar, después de que fuera saqueada y vendida a un anticuario cercano por 15 miserables dólares, un indicativo de la tremenda desesperación en la Alepo contemporánea.

La zona cercana a la ciudadela de Alepo está también en una situación de destrucción y vacío casi absoluta. Un #Believe in Aleppo preside la entrada a la ciudadela, todavía cerrada al público en general; genera una sensación muy perturbadora que oscila entre la propaganda poco convincente y esperanza colectiva mal articulada. De hecho, los alrededores de la ciudadela están repletos de carteles con mensajes que amplían mi sensación de perturbación: el que lleva escrito “Alepo: un trozo de cielo” se encuentra compartiendo espacio con pura destrucción y pintadas en ruso informando de que el lugar está “libre de minas”.

La mejor manera de superar las imágenes que te deja Alepo es hablar con su gente. Más allá de creer o no en carteles y hashtags, mi opción es la de buscar historias concretas que me permitan reconciliarme con la ciudad. Los colores del “caleidoscopio de piedra”, mi forma particular de caracterizar la ciudad de Alepo, ya no te aparecen mientras paseas por sus callejones: tienes que buscarlos con ahínco. La historia de Jabra, librero del Jdeydeh, cuya tienda mantuvo abierta durante toda la guerra, es la pura materialización de la esperanza. O la de esas dos niñas, una cristiana y otra musulmana, que van al colegio juntas de la mano. O, en un plano más personal, el reencuentro con mis tíos y primos que permanecieron en la ciudad durante todos estos años sin apenas poderse mover más allá de dos calles contiguas a su casa. “En 2013 solo comíamos de manera regular perejil y rábano. No había nada más”, es la forma que elige mi primo de describir la guerra. Cocinar abundantemente con mi tía es la manera de contestar al dolor de todos estos años.

Jabra, el librero del Jdeydeh que mantuvo abierta su librería durante la guerra. (G. Garroum)
Jabra, el librero del Jdeydeh que mantuvo abierta su librería durante la guerra. (G. Garroum)

Al volver a Damasco, el contraste no puede ser más brutal. Las paredes calcinadas y tiendas que son solo agujeros del zoco de Alepo (el zoco cubierto más antiguo del mundo) contrastan con el bullicio del zoco damasquino de Al-Hamidiyeh; la mezquita Omeya de Alepo, la ciudad de los minaretes caídos, es humillada por la magnificencia de su hermana mayor en Damasco. A pesar de la aparente normalidad de Damasco, la guerra ha alterado su morfología y sus ritmos de vida. La ciudad de la rosa y el jazmín es hoy día una burbuja alienada de su periferia, protegida por multitud de 'check-points' del Gobierno, bolardos, milicias y multitud de artefactos para regular el tráfico y circulación de personas.

Comparativa entre la mezquita Omeya de Damasco y la de Alepo.
Comparativa entre la mezquita Omeya de Damasco y la de Alepo.

No hay mejor espacio para constatar la realidad polifacética de la guerra en el entorno urbano que Bab Touma, antaño destino predilecto de los turistas y extranjeros que venían a estudiar árabe y descubrir Siria. Este barrio de mayoría cristiana en el corazón de la ciudad vieja de Damasco es una fortificación de aparente cotidianidad cuyos parámetros se han visto totalmente alterados por los habituales impactos de mortero y coches bomba. En las tascas ya no se escucha inglés, sino los lamentos de los jóvenes de Damasco que beben para olvidar amores perdidos. Si los comerciantes de cajas artesanales y mosaicos logran vender uno al día se van a casa contentos y realizados.

El hecho de tomar un te en el fabuloso 'Café Saint Paul', al lado de la capilla de San Ananías, sucede a escasos 15 minutos andando de Jobar, suburbio de la ciudad que hasta el momento está controlado por milicias rebeldes y es bombardeado sistemáticamente. Visitar el precioso patio de la familia Nassan se solapa con el estruendo de los bombardeos en Jobar. La guerra en Damasco se presenta difusa, con múltiples registros, pero con toda su ubicuidad.

Nuestra última parada digna de una mención es Maaloula, pequeño pueblo cristiano a unos 50 kilómetros al norte de Damasco cuya población todavía mantiene en uso el arameo. Maaloula fue atacada y ocupada por Al Qaeda en Siria en 2013 y no fue recuperada por el gobierno hasta abril de 2014 con la ayuda de la milicia chií libanesa Hizbulah. El estado actual del hotel Safir, que sirvió de base para los yihadistas durante su ofensiva sobre el pueblo es escalofriante. Las iglesias de San Sarkis y Santa Tecla fueron saqueadas y parcialmente quemadas o destruidas.

Verse obligado a reinterpretar la realidad de uno de los lugares más importantes de la Siria plural y con profundidad cultural e histórica como es Maaloula es profundamente doloroso. Su comunidad se encuentra en un estado de absoluta fragilidad y los antiguos residentes están volviendo en cuentagotas. “Nos escapamos a Damasco, nos salvamos de milagro. Al Qaeda nos disparaba desde la montaña sin piedad”, recordaba una familia en la plaza principal del pueblo. La desaparición de las comunidades cristianas de Siria es una tragedia religiosa para muchos; sin duda, supone una tragedia socio-política para todos. Lo relevante, pues, no es la religión, sino el ecosistema cultural y social que la pluralidad religiosa permite en el espacio público. ¿Cómo rearticular Siria cuando Maaloula está destruida y gran parte de los cristianos de Alepo viven en Montreal?

Hotel Safir de Maaloula. (G. Garroum)
Hotel Safir de Maaloula. (G. Garroum)

Volver a Siria, y en especial a Alepo, en una situación que intercala guerra y paz me empuja a reivindicar la importancia y transcendencia política de las historias personales y de las micro dinámicas. Más allá de macro relatos sobre frentes de guerra y pugnas entre poderes regionales, reivindico la profundidad política de historias de pasado, presente y futuro, memoria y acción cotidiana como método de resistencia a la violencia y rearticulación socio-política. Es imperativo a mi entender repoblar los espacios de conflicto, conocer sus texturas y las emociones que los rodean, porque lejos de ser menos importantes, las emociones son una parte clave del juego político. Y si la guerra te golpea de manera directa y personal, las emociones son el motor para entender, transformar e imaginar respuestas a la pregunta más importante de todas: ¿Cómo volver a unir los pedazos del caleidoscopio sirio?

Mondo Cane

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