Caso Khashoggi: cómo la muerte de un periodista puede tumbar a un príncipe

Mohamed bin Salman, el "reformista" glorificado por Occidente, está al borde del abismo. Ante el terremoto diplomático, la Casa Saúd podría sacrificar políticamente al príncipe heredero

Foto: El secretario de Estado de EEUU, Mike Pompeo, durante su reunión con Mohamed bin Salman en Riad, el 16 de octubre de 2018. (Reuters)
El secretario de Estado de EEUU, Mike Pompeo, durante su reunión con Mohamed bin Salman en Riad, el 16 de octubre de 2018. (Reuters)

Arabia Saudí ha sacudido el tablero diplomático con el asesinato de un periodista. La muerte de Jamal Khashoggi, desaparecido el 2 de octubre en el consulado del Reino en Estambul y probablemente descuartizado vivo a manos de un equipo de agentes saudíes, lo ha cambiado todo. Es dudoso que veamos consecuencias de calado —si EEUU termina imponiendo sanciones estas tendrán el efecto más limitado posible—, pero la reputación internacional del príncipe heredero Mohamed bin Salman, el "reformista" glorificado por Occidente, se desmorona con cada nueva prueba del caso.

No es para menos. Cinco de los 15 implicados en la desaparición del periodista son cercanos al heredero de Arabia Saudí. De hecho, uno de ellos, Maher Abdulaziz Mutreb, coronel de la Inteligencia saudí, estaba presente durante la visita de Bin Salman a España la pasada primavera, cuando el Rey Felipe celebró un almuerzo en su honor en el histórico Salón de Columnas del Palacio Real —aprovechado para que el Ibex presentase credenciales que contó con la presencia de Mariano Rajoy, la exvicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y otros seis ministros.

Otros tres implicados también forman parte del equipo de seguridad de Bin Salman, mientras que un quinto es el médico forense Salah Muhammed Tubaigy, la figura clave del caso, porque ocupaba un puesto de relevancia en Interior y, dado su nivel, solo podría haber actuado por orden directa de un alto cargo del régimen saudí. Este extremo tumba la estrategia de Riad para desvincularse de la muerte de Khashoggi: reconocer que Bin Salman ordenó la detención del periodista pero, a la vez, asegurar que los agentes actuaron por su cuenta, extralimitándose en sus tareas. Una estrategia endeble: por lo pronto, las autoridades saudíes ya han tenido que reconocer el fallecimiento del periodista, aunque insisten en que murió no a causa de las torturas, sino como consecuencia de una pelea durante su intento de detención.

Mohamed bin Salman está al borde del abismo. Ya hay señales que invitan a pensar que la Casa Saúd podría sacrificar políticamente al príncipe heredero para salvar el régimen, ahora que la muerte de Khashoggi le ha dejado casi totalmente aislado en el tablero mundial. Su única esperanza es que culpar con éxito a un cabeza de turco, como el general Ahmed al-Assiri, uno de los principales asesores del príncipe heredero, líder en las quinielas de posibles chivos expiatorios, y que ya ha sido cesado de su cargo. Repasemos las tres claves del caso que puede arrebatar una corona.

¿Qué sucedió en el consulado?

Jamal Khashoggi, periodista crítico con la monarquía saudí y el poderoso 'establishment' religioso ultraconservador, era un columnista del 'Washington Post' que desapareció tras entrar en el consulado saudí en Estambul para conseguir un documento que necesitaba para casarse con su novia turca. Antes, aconsejó a su pareja que llamara a un asesor del presidente turco si no salía del edificio.

Según las últimas informaciones, Khashoggi fue detenido en el despacho del cónsul general saudí minutos después de entrar en el consulado y asesinado de forma brutal por un equipo de agentes saudíes, que llegó a Estambul y abandonó la ciudad el mismo 2 de octubre. Le golpearon, le sedaron y le descuartizaron vivo sobre la mesa del despacho del cónsul. También pusieron música para ocultar los gritos. Después, sacaron el cadáver del edificio, troceado y en valija diplomática.

Tras asegurar durante días que el periodista había abandonado el consulado, Arabia Saudí estaría ahora dispuesta a admitir que planeaba detener a Khashoggi y que el columnista murió en la legación diplomática durante un "interrogatorio" ordenado por el propio Bin Salman.

Sherine Tadros, de Amnistía Internacional, y Robert Mahoney, del Comité de Protección a los Periodistas, durante una rueda de prensa. (Reuters)
Sherine Tadros, de Amnistía Internacional, y Robert Mahoney, del Comité de Protección a los Periodistas, durante una rueda de prensa. (Reuters)

¿Quién era Khashoggi?

Desde su desaparición, se he definido a Khashoggi como un disidente, un crítico feroz con la política exterior de Arabia Saudí, con la cúpula religiosa y con el wahabismo, corriente ultraortodoxa surgida en el siglo XVIII que es la raíz de todos los movimientos fundamentalistas y fuente inspiradora del Reino saudí. Es cierto, pero a menudo se omite que el periodista era un antiguo aliado de la monarquía y que durante años tuvo acceso a información privilegiada porque ejerció como asesor cercano del antiguo jefe de la Inteligencia saudí, Turki al-Faisal, que más tarde fue embajador saudí en EEUU y que contrató a Khashoggi como jefe de prensa. Es decir, el periodista tenía mucha información sensible entre manos.

Por aquel entonces, Khashoggi cerró filas con la monarquía saudí y apoyó sus esfuerzos para convencer a los líderes religiosos de que aceptaran ciertas reformas sociales -las mismas que ahora Bin Salman dice promover-. Después llegó la ruptura del columnista con el poder, que se produjo en el contexto de las primaveras árabes. Khashoggi se convirtió en un censor de la estrategia de Riad y de su política exterior, especialmente por el papel de Arabia Saudí en la guerra de Yemen, la peor catástrofe humanitaria de la actualidad.

La fecha clave sería el 23 de septiembre, cuando, durante una entrevista, Khashoggi ridiculizó la supuesta mano dura de Bin Salman contra el Islam político, ahora que Riad expande su visión wahabí hasta el punto de que está corriente está a punto de convertirse en la única versión conocida del Islam, sobre todo en Europa. El periodista declaró que "Arabia Saudí es el padre del Islam político" y que "el Reino se basa" en él. Ocho días más tarde desapareció.

Su último artículo de opinión, publicado este viernes en 'The Washington Post', aboga por la libertad de prensa y de expresión en el mundo árabe. Titulado "Lo que más necesita el mundo árabe es libertad de expresión", asegura que la narrativa dirigida por el Estado domina la opinión pública. La mayoría de los países árabes, añade, mantienen a sus ciudadanos "desinformados", por lo que no pueden abordar los asuntos que afectan a sus vidas. Su conclusión es pesimista: "Es poco probable que esta situación cambie".

Un príncipe heredero ante el abismo

La muerte de Khashoggi ha vuelto a poner sobre la mesa la absoluta impunidad con la que ciertos regímenes -en este caso nuestro principal aliado en la región- 'silencian' a disidentes y opositores. También ha ahuyentado a líderes políticos y económicos de cara la celebración del "Davos del desierto", un foro económico previsto para el 23 de octubre en Riad. La directora gerente del FMI, Christine Lagarde, "horrorizada" por el caso Khashoggi, ha cancelado su asistencia. El presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, también ha cancelado su viaje, sin desvelar las razones. Tampoco acudirán a la cita los máximos directivos de varias multinacionales, entre ellas JPMorgan, Uber o Ryanair, además de algunos medios que patrocinaban el acto, como la CNN, la CNBC, 'Bloomberg', el 'Financial Times' o el japonés Nikkei.

El aislamiento internacional amenaza a Bin Salman. Los ministros de Economía de Francia, Bruno Le Maire, y de Holanda, Wopke Hoekstra, y el titular británico de Comercio Internacional, Liam Fox, anunciaron este jueves que no participarán en la conferencia. Tampoco lo hará el secretario estadounidense del Tesoro, Steven Mnuchin, quien anunció en Twitter que tomó la decisión después de reunirse con el presidente Donald Trump y el secretario de Estado, Mike Pompeo.

Puede que la muerte de Khashoggi lo haya cambiado todo, pero las señales de que Bin Salman no era el reformista que esperaba Occidente ya estaban ahí. La purga sin precedentes que acabó con la detención de 11 príncipes y varios ministros acusados de corrupción en 2017 se interpretó como una maniobra de Bin Salman para borrar de un plumazo todos los contrapesos a su poder, hasta el punto de que el Gobierno se vio obligado a desmentir los rumores sobre una posible abdicación del rey Salman, de 81 años, en favor de su hijo. Por aquel entonces, el príncipe heredero parecía dirigir el país hacia una dictadura mientras arrasaba con el tradicional método de gobierno saudí: la búsqueda de consenso entre la familia real.

Poco después, el Gobierno lanzó una campaña de represión contra las defensoras de los derechos de la mujer, acusadas de crímenes tan graves como "contactos sospechosos con entidades extranjeras”. También fueron víctimas de ataques personalizados en medios y redes sociales sin precedentes. Entre las arrestadas hay figuras muy conocidas en el país por su lucha contra la prohibición de conducir, como Louyain al-Hatloul —detenida durante 73 días en 2014 por desafiar la prohibición de conducir—, Aziza al-Yusef —quien hizo lo propio en 2013— o Eman al-Nafyan, profesora universitaria y bloguera. Tanto Al-Hatloul como Al-Yusef aparecieron en la portada de un diario local, el 'Al-Jazirah', bajo un titular que las describió como "traidoras al Estado". Las autoridades saudíes castigaron a estas mujeres por promover un objetivo que el príncipe heredero asegura apoyar.

Mondo Cane
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