Un suicidio cada cuatro días: por qué los policías franceses se están matando

Además de un ritmo de trabajo insostenible y bajos salarios, se han convertido en objetivo de terroristas islamistas, la extrema izquierda violenta y, ahora, de los chalecos amarillos

Foto: Agentes de policía ante manifestantes de los chalecos amarillos en París, Francia. (Reuters)
Agentes de policía ante manifestantes de los chalecos amarillos en París, Francia. (Reuters)

En Francia cuando un policía dispara, la víctima es casi siempre el propio agente, que ha apuntado el arma contra sí mismo. Más de 28 miembros de las fuerzas de seguridad se han quitado la vida desde principios de año, lo que provoca un suicidio cada cuatro días. 2019 lleva camino de convertirse en el periodo negro del sufrimiento entre las fuerzas del orden.

“¡Suicidaos”! ¡Suicidaos!” gritaban el sábado grupos de chalecos amarillos durante la 23º protesta semanal desde que el movimiento nació en noviembre pasado. La radicalización de algunos grupos amarillos, ya perdidos en una deriva ultra, añadía así la ignominia a su degeneración ascendente. “El paroxismo del odio; un insulto a los muertos, a sus familias y a toda la institución", resumía la dirección del sindicato policial Alliance.

Los insultos contra las fuerzas del orden estaban destinados a provocarles, menos de 24 horas después de que en todas las comisarías de Francia el personal se manifestase detrás de una pancarta común que decía “Policía, en duelo”. Solo en la pasada semana, tres policías se quitaron la vida: un joven de 25 años; una capitana de 45, madre de dos niñas pequeñas; y un comandante de 44, también padre de hijos menores. “Es un duelo permanente”, según David Olivier Reverdy, secretario general adjunto de Alliance.

En 2018, 35 policías y 33 gendarmes se suicidaron. Una comisión del Senado trabajó durante seis meses sobre el problema y puso en evidencia la falta de medios y el malestar que conduce a muchos miembros de las fuerzas del orden ala angustia y a la depresión. Los sindicatos añaden también el bajo salario, la falta de formación adecuada, los horarios salvajes -sin fines de semana de descanso durante meses-, la presión de cumplir con cifras establecidas, la desconsideración y el aislamiento social o la mala gestión del departamento de recursos humanos, además de las condiciones materiales de trabajo.

La situación viene de lejos. Basta echar un vistazo a las redes sociales para descubrir las fotos que publican los funcionarios de la policía sobre el estado de muchas comisarías: retretes destrozados y sin agua, instalación eléctrica a la vista de todos, ausencia de aire acondicionado o calefacción, ratas compartiendo el espacio con rateros…

Hasta el estallido social iniciado en noviembre del 2018, un policía francés pasaba la mayoría de su tiempo de trabajo en una mesa, haciendo labores burocráticas que servirán para las estadísticas de sus jefes, pero que no tendrán impacto alguno en la seguridad ciudadana. La penuria afecta también a la propia seguridad del policía y del ciudadano. Para hacer prácticas de tiro, los policías franceses solo cuentan con 60 balas al año. Lejos del entrenamiento que las series de TV y las películas de cine enseñan, como si esa práctica fuera diaria.

Ultraizquierda, yihadistas y chalecos

Los atentados terroristas, el odio al policía fomentado por la ultraizquierda, la multiplicación de la violencia en los guetos, la impunidad de los delincuentes menores y la ausencia de una respuesta penal a la medida exasperan a un colectivo que, a la falta de medios, debe añadir algo mucho peor: haberse convertido en el objetivo de terroristas islamistas radicales, de la extrema izquierda violenta y, ahora, de algunos chalecos amarillos. Los primeros han acabado con la vida de policías y gendarmes; los segundos han quemado y herido gravemente a otros; los últimos, les inducen al suicidio.

Los sindicatos del ramo reconocen que el actual ministro del Interior, Christophe Castaner, es el primero en la historia en reconocer que el suicidio de policías puede ser consecuencia de factores de trabajo, y no “multisectoriales”, como siempre sus predecesores han defendido. La jerarquía policial nunca ha considerado como un grave problema la situación psicológica de los agentes. Hasta tal punto que era un tabú solo referirse a ello. Además, declararse afectado por depresión o “quemado” tiene inevitables consecuencias sobre la carrera. Máxime cuando son los propios jefes los que empujan al “surmenage”, como denuncia Daniel Chouette, secretario general del sindicato “Unité SGD-FO”.

Antidisturbios durante la última jornada de protestas de los chalecos amarillos, en París. (Reuters)
Antidisturbios durante la última jornada de protestas de los chalecos amarillos, en París. (Reuters)

El Gobierno de Emmanuel Macron parece querer cambiar las cosas. Así, Castaner ha convocado para el 29 de abril la reunión de una “célula de alerta y prevención del suicidio”, que, entre otras medidas, formará un equipo de psicólogos que responderán al teléfono durante las 24 horas. Desde hace casi cuatro años la policía francesa está en alerta permanente. Sus miembros recibieron un homenaje popular espontáneo tras los atentados islamistas de enero de 2015. Todos recordamos los aplausos que los manifestantes dedicaron a gendarmes y policías en los días posteriores a los asesinatos de los hermanos Kuachi en la sede de “Charlie Hebdo”, o en la tienda judía asaltada por Amedy Culibaly. Tres policías fueron asesinados en esos días por el trío yihadista.

Un hecho que provocó gran conmoción entre las fuerzas del orden fue el asesinato de una pareja de policías en su domicilio, ante su hijo de tres años, por el islamista Larossi Abballa, el 13 de junio de 2016. El asesino seguía así las órdenes del autodenominado Estado Islámico, que propugnaba acabar con la vida de policías. Desde entonces, policías y gendarmes temen por sus familias. Sobre todo, después de descubrir que una mujer, fichada “S”, como posible islamista radical, detenida tras el asesinato de la pareja, tenía en su poder un pendrive con los datos personales de 2.626 miembros de las fuerzas de seguridad. A partir de ese momento, muchos policías prefieren llevarse el arma a casa, algo que años atrás estaba terminantemente prohibido.

El último atentado contra una gendarmería fue el llevado a cabo en Carcasonne, en marzo de 2018, por el islamista radical Raduan Lakdim, que disparó a un grupo de gendarmes desde un vehículo robado. Hirió a uno de ellos. El terrorista asesinó al dueño del coche y mató a otras personas en el supermercado en el que se refugió. Un comandante de la Gendarmería fue degollado por Lakdin después de intercambiarse por una rehén.

Desconsideración de ciertos políticos

Las manifestaciones de policías -y también de las parejas de los agentes- no se centran solo en la falta de medios, sino también en la desconsideración hacia su labor. Las manifestaciones contra la reforma de la Ley de Trabajo iniciada por el socialista François Hollande dieron lugar a una explosión de violencia brutal de miembros de los “Black Blocs” y otras organizaciones de ultraizquierda contra las fuerzas de seguridad. Policías rociados con productos inflamables, apaleados y en algunos casos perseguidos, temieron por su vida, ante la pasividad del Gobierno, que pretendía que la violencia callejera desprestigiara la protesta sindical.

Hollande pasará también a la historia de la comunicación demagógica gracias a su visita a un delincuente que presuntamente fue violado con la porra de un policía. El jefe del Estado necesitaba esa foto con “la víctima de la banlieue”. No acudió, sin embargo, al hospital donde un policía se recuperaba -en las mismas fechas- de las quemaduras que le causó el cóctel Molotov de un manifestante.

Guillaume Labeau es un miembro de la “brigada anticrimen” de una ciudad “sensible” cercana a París, que volcó su enfado escribiendo el libro 'Colère d’un flic' ('La Rabia de un poli'), en noviembre de 2017. En su relato, Labeau describe cómo compañeros suyos casi mueren carbonizados dentro de su vehículo, tras ser atacados por una banda de jóvenes delincuentes de la zona. Denuncia también las emboscadas continuas y las agresiones que sufren los policías en los guetos que se han convertido en zonas de venta de drogas y refugio de delincuentes. Y subraya la violencia y los hechos delictivos protagonizados por de los menores de 18 años, que saben que los jueces les dejarán libres en pocas horas, para seguir trapicheando y amenazando a vecinos y comerciantes de su propio barrio.

Un coche de policía en llamas durante una protesta contra la violencia policial, en París. (Reuters)
Un coche de policía en llamas durante una protesta contra la violencia policial, en París. (Reuters)

A la hostilidad en la calle, policías y gendarmes debían añadir un ritmo laboral que la comisión del Senado juzgó en su día “penoso y desestructurante”. Los policías libraban un fin de semana de cada seis. Eso era antes de las manifestaciones de los chalecos amarillos. Ahora pueden pasar meses antes de que un policía pueda ver a su pareja e hijos durante un sábado y domingo seguidos. La Administración les debe más de veinte millones de horas extras. El Gobierno les otorgó a principio de año una paga extra de 300 euros por persona.

Un comunicado conjunto de los sindicatos policiales denunciaba la pasada semana “las jornadas de trabajo dramáticas que se suceden a un ritmo insostenible y jamás conocido”. Y a la ausencia de descanso se añaden los ataques de organizaciones y partidos de extrema izquierda que les tachan de “policía política” y de utilizar métodos violentos. Como si para enfrentarse a los bien equipados y preparados “black blocs” y a los ahora llamados “ultra-amarillos” la policía tuviera que defenderse solo con cañones agua y gases lacrimógenos.

Expuestos en las redes

Desde hace semanas, grupos de chalecos amarillos se dedican a difundir fotos, nombres y dirección de policías, a través de las redes sociales. El “Cop-watching” era una práctica utilizada por los traficantes de droga para apartar a los policías infiltrados en los barrios. Los islamistas les imitaron. Ahora, ciertos chalecos amarillos se han especializado.

Los grupos de ultras que bajo la reivindicación del “anticapitalismo”, unos, y del “antimacronismo”, otros, destrozan cada sábado tiendas y mobiliario urbano a defecto de “hacerse un poli”, tienen programado una apoteosis de violencia el próximo primero de mayo. Policías y gendarmes volverán a proteger a manifestantes pacíficos, como es su deber, y a intentar evitar el caos en París y otras ciudades. Como consuelo a su cansancio y malestar, esos miembros de las fuerzas policiales saben que cuentan con la opinión positiva de tres de cada cuatro franceses.

Mondo Cane
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