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Juan González-Barba Pera

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El déficit europeo

Una comunidad política con un alto nivel de integración como la UE necesita de símbolos compartidos para cimentar el sentimiento de pertenencia de los ciudadanos

Foto: Una persona hace ondear una bandera de la Unión Europea. (EFE/Jorge Zapata)
Una persona hace ondear una bandera de la Unión Europea. (EFE/Jorge Zapata)

No pretendo referirme bajo este título al debate esperable cuando se menciona en Europa la palabra déficit, ya se trate del déficit máximo estipulado para los Estados miembros en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, ya de la posibilidad o conveniencia de que la UE incurra en déficits anuales que haya de enjugar con la emisión de deuda conjunta. Tampoco a otros debates actuales en que, por ejemplo, se critica el déficit de la UE en multinacionales tecnológicas que puedan rivalizar con las norteamericanas, o en la construcción de semiconductores, o en la fabricación de principios activos necesarios en la producción de medicamentos. Quiero plantear un déficit todavía más agudo y en el que se repara de manera insuficiente, a pesar de ser un ingrediente esencial de toda comunidad humana, especialmente de las más complejas: el déficit de la UE en símbolos.

Iglesias, naciones, Estados, sociedades secretas, imperios, municipios, regiones u organizaciones supranacionales tienen en común su carácter de construcciones humanas. En algunos casos conocemos bien su origen (p.ej., tratados fundacionales o fueros municipales), mientras que en otros se envuelven de leyendas y misterios. A veces el individuo accede a ellas voluntariamente; otras, las más, se encuentra en ellas desde su nacimiento.

La pertenencia a una comunidad suscita un sentimiento de identidad, que tiene una parte intelectual, pero también otra afectiva, tanto más importante cuanto más se remonte la comunidad de pertenencia en el tiempo y se desdibujen sus orígenes. Las comunidades humanas tienen una historia, y cuanto más antiguas sean más complicado será que el individuo sepa todo sobre ellas. No es importante, además, que la historia sea verdadera, total o parcialmente. Lo importante es que el individuo se sienta interpelado, que considere que es un descendiente biológico o espiritual de esos antepasados históricos o legendarios, y que ese sentimiento identitario dé un sentido a su vida, pleno o parcial. La victoria del rey Pelayo en Covadonga, Juana de Arco quemada en la hoguera después de haber ayudado al rey Carlos, Árpád guiando a su pueblo a la llanura panónica, Moisés liderando al suyo a través del mar Rojo, o el martirio de san Pedro y san Pablo en Roma son historias que conmueven a algunos oyentes mientras que a otros dejan indiferentes, según remitan o no a determinados marcos afectivos que se han ido elaborando con el tiempo y que conciernen a unas personas y a otras no.

El poder del símbolo estriba en condensar y representar toda esa carga pasada en una imagen, en una melodía, en un lugar, en una persona de carne y hueso, en un rito, en un objeto, en una fecha o en una historia. En las comunidades políticas los símbolos más reconocibles son la bandera y el himno. En este sentido, la Unión Europea imita a los Estados miembros: su bandera es conocida por todos los ciudadanos de la Unión, pues ondea junto a la bandera nacional en edificios oficiales y ceremonias especiales, pero no conmueve como ésta (a algunos conmueve más la bandera de la entidad subestatal y a otros no conmueve ninguna bandera, pero ello no desvirtúa la regla general). Por eso llamó la atención del ciudadano europeo cuando una mujer ondeó una gran bandera europea en una manifestación proeuropea en Tiflis mientras desafiaba a la policía; o cuando Josep Borrell, en un discurso memorable que pronunció el 9 de octubre de 2017, mostró una bandera europea afirmando que "esa era nuestra estelada".

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La Unión Europea ha descuidado los símbolos, quizá porque nunca quiso entrar en un terreno, el sentimental, que consideraba más propio de las identidades nacionales. Y, sin embargo, cuando se pide y se espera mucho de la UE en el momento histórico más crítico desde su fundación, con un coro de enemigos externos e internos que quieren y predicen su defunción, necesita aferrarse a algo más que a la razón. Ningún español o griego pensó que su país estaba en riesgo de desaparición durante lo peor de la crisis del euro; ni siquiera cuando, décadas atrás, España y Grecia atravesaron las tinieblas de la guerra civil. Por muchísimo menos se habría dado por muerta a la Unión Europea.

Nos damos cuenta entonces de que la carga simbólica de la UE palidece hasta la insignificancia cuando reparamos en lo que conmemora en su día fundacional, frente, por ejemplo, al 14 de julio, que evoca la toma de la Bastilla, o el 3 de octubre, que recuerda la reunificación alemana, o el 12 de octubre, el descubrimiento de América, o el 10 de junio, el fallecimiento de Camões (¡qué poder cohesionador tiene una lengua!). Al lado de todas estas efemérides gloriosas, el 9 de mayo rememora ¡un discurso de un ministro de Exteriores francés!

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Todos los países europeos, con la excepción de Francia y la excepción parcial de Rumanía, cuentan con jefaturas de Estado sin poder efectivo (monarquías parlamentarias) o, a lo sumo, con poderes residuales (repúblicas parlamentarias). No ha sido una opción racional, sino histórica, fruto de la propia evolución del constitucionalismo decimonónico europeo, cuando el poder ejecutivo empezó a ser compartido por reyes y gobiernos que respondían ante parlamentos nacionales, hasta que aquellos fueron privados de todo poder salvo el simbólico o incluso reemplazados por presidentes electos cuyos poderes eran principalmente simbólicos.

Las jefaturas de Estado en las monarquías y repúblicas parlamentarias europeas son la institución que concentra la fuerza simbólica del Estado: también en el caso de jefes de Estado republicanos, ya que, aunque su elección tiene un origen partidista, se suele exigir que durante su mandato renuncien a la afiliación del partido, porque pasan a representar entonces a la nación en su conjunto. Entre los cometidos comunes a las jefaturas de Estado en repúblicas o monarquías parlamentarias suelen figurar el mando supremo de las Fuerzas Armadas, la presidencia de honor en multitud de ceremonias y asociaciones, la recepción y expedición de cartas de acreditación de embajadores extranjeros y propios, la titularidad de la cancillería de todas o algunas de las condecoraciones honoríficas más importantes, además de algunas otras.

Se trata de la única alta institución de los Estados miembros que no tiene ningún papel reconocido en el entramado institucional de la Unión Europea, lo cual se debería modificar cuanto antes para remediar el déficit en símbolos de la Unión Europea. Porque no se trataría de crear símbolos ex novo, sino de compartir, dándoles una explícita dimensión europea, aquellos que ya existen. Esto es algo que ya se ha hecho con anterioridad. En el plano simbólico, por ejemplo, se eligió acertadamente como himno europeo la Oda a la Alegría de Beethoven, aprovechando la fama y el poder evocador que le precedía desde que fuera compuesta.

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Es muy común, por otro lado, que se "europeícen" ciertos aspectos del funcionamiento de las instituciones nacionales, como por ejemplo ocurre cuando los jueces y tribunales de los Estados miembros aplican el derecho de la Unión Europea, incluida la capacidad de solicitar al TJUE criterio interpretativo en caso de duda.

El presidente del Consejo Europeo es la institución comunitaria más adecuada para convertirse en el eje que articule la cooperación en materia de símbolos en el seno de la UE, con independencia de las funciones que ya realiza. Si las normas constitucionales de las monarquías constitucionales no prevén competencias autónomas para esta eventual labor del jefe de Estado se tendrían que arbitrar, en su caso, mecanismos de refrendo. A partir de una cumbre anual convocada por el presidente del Consejo Europeo que reúna a todos los jefes de Estado de las monarquías y repúblicas parlamentarias (se podría pensar en un representante ad hoc para los presidentes de Francia y Rumanía), son varias las ideas e iniciativas que podrían ver la luz en este marco de cooperación:

Organización de una visita de Estado anual de la UE en formato troika, integrada por el presidente del Consejo Europeo, un jefe de Estado monárquico y otro republicano, en turnos estipulados. Se trataría de visitas a países con una relación especial, ya por ser países candidatos, ya por gozar de relaciones privilegiadas contractuales, en que se incidiera sobre los elementos simbólicos que unen de manera particular al país de que se trate con la Unión.

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Establecimiento de una condecoración compartida entre el presidente del Consejo y los jefes de Estado, en que estos propusieran cada año un grupo de connacionales cuya contribución al proyecto europeo merezca ser reconocida. El Parlamento Europeo ha creado recientemente una Orden del Mérito europea, pero se trataría de condecoraciones compatibles y que siguen una lógica distinta: frente a un reconocimiento por la contribución a la causa europea de una persona que hace una institución europea, el rasgo distintivo sería en este segundo caso que la iniciativa surgiría de las autoridades nacionales, complementando valoraciones y visiones que no tienen por qué coincidir exactamente.

Elaboración de una lista de lugares de la memoria europea, sancionada anualmente en la cumbre de jefes de Estado. Con o sin apoyo de una comisión de historiadores que representen a los Estados miembros, se trata de identificar lugares que simbolicen los momentos más relevantes de la historia europea. En ellos deberían incluirse las luces, pero también las sombras de nuestro devenir histórico. De hecho, los lugares de más sombrío recuerdo de la historia europea son ya objeto de visita, incluso al más alto nivel, en fechas significativas: me refiero a los campos de exterminio nazis. Cimas del arte europeo están ya incluidas en las listas de Unesco de patrimonio de la Humanidad, con lo que bastaría con que de oficio integrasen también esta otra lista de la memoria europea.

Se vienen a la cabeza como posibles candidatos adicionales a integrar la lista lugares vinculados al nacimiento, vida o muerte de grandes artistas y científicos europeos. También los lugares donde se hayan publicado documentos de relevancia histórica europea, o donde se hayan firmado tratados de paz con especial impacto en nuestra historia común. O lugares ligados a hechos que transformaron Europa, como, en relación con los Descubrimientos, fueron la Escuela de Sagres o el puerto histórico de Palos de la Frontera. En todos estos casos, los lugares ya han sido reconocidos como de especial relevancia en sus países, regiones o ciudades; de lo que se trata es de seleccionar los más relevantes de entre ellos y darles una narrativa europea, engarzarlos en una historia que nos interpele a todos, darles un sentido que nos haga ver que, más allá del impacto que las personas o acontecimientos hayan tenido en la historia nacional o local, lo han tenido también, o especialmente, en el continente en su conjunto.

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También se tendrían que incluir batallas o hechos bélicos que no sean controvertidos, como el desembarco de Normandía, o las dos batallas de Mohács, o la de Navas de Tolosa. El mayor desajuste posible entre los lugares de la memoria nacionales y su dimensión europea se daría entre aquellos que conmemoran victorias bélicas frente a otros vecinos europeos. Lógicamente, su inclusión en la lista europea solo sería posible con el consentimiento del derrotado o de los que se consideren sus descendientes históricos. En mi opinión, por ejemplo, la batalla de Aljubarrota, hito en la identidad nacional portuguesa, debería contar con el apoyo de España para ser incluido en la eventual lista europea: medio siglo de membresía compartida en la UE justificaría esta actitud en nombre del "euroiberismo"; a fin de cuentas, miles de turistas y estudiantes españoles visitan cada año el monasterio de Batalha, que conmemora el hecho.

De esta manera, ciudades, regiones y Estados miembros rivalizarían en el número de lugares europeos de la memoria incluidos en sus territorios. Se incrementarían las visitas de turistas y estudiantes a esos lugares, de manera que fueran presentados en un contexto que desbordase lo puramente nacional. El símbolo nacional trasladaría parte de su fuerza emotiva al europeo y este trasvase ayudaría a interiorizar que ambos proyectos identitarios, el nacional y el europeo, se complementan entre sí.

Estas son algunas ideas de lo que podría dar de sí un marco de cooperación sobre símbolos residenciado en los jefes de Estado en el formato propuesto. Porque, en los tiempos que vienen, un discurso de un ministro de Exteriores, por importante que haya sido, no puede acarrear sobre sus espaldas la carga afectiva que requiere una comunidad humana para movilizar a sus integrantes cuando está en juego la defensa, incluso armada, de la misma comunidad.

No pretendo referirme bajo este título al debate esperable cuando se menciona en Europa la palabra déficit, ya se trate del déficit máximo estipulado para los Estados miembros en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, ya de la posibilidad o conveniencia de que la UE incurra en déficits anuales que haya de enjugar con la emisión de deuda conjunta. Tampoco a otros debates actuales en que, por ejemplo, se critica el déficit de la UE en multinacionales tecnológicas que puedan rivalizar con las norteamericanas, o en la construcción de semiconductores, o en la fabricación de principios activos necesarios en la producción de medicamentos. Quiero plantear un déficit todavía más agudo y en el que se repara de manera insuficiente, a pesar de ser un ingrediente esencial de toda comunidad humana, especialmente de las más complejas: el déficit de la UE en símbolos.

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