¿Condiciona el líder las circunstancias de la vida pública de su comunidad, o, por el contrario, son éstas las que moldean al líder que mejor se adapta a ellas? Posiblemente la respuesta sea una mezcla de ambas: el líder es hijo de sus circunstancias espacio-temporales, pero el líder excepcional también contribuye a crearlas o, al menos, a acentuarlas en un sentido determinado. En épocas bisagra como la nuestra, desde luego en Europa, en que se vislumbra la desaparición del paradigma hasta hace poco vigente y el alumbramiento de uno nuevo, nos preguntamos por los líderes que pilotan la nave en la mar revuelta de los cambios de gran calado. El presente europeo se caracteriza por una hostilidad aguda de Rusia, un distanciamiento del aliado estadounidense, reticente a seguir garantizando la seguridad continental, y un trasfondo mundial de rivalidad sino-norteamericana. Podríamos llamar a la nueva época que se abre como la de la pérdida de la inocencia europea en la nueva bipolaridad imperfecta.
La época que queda atrás se inició en 1989, con el final de la Guerra Fría, y se caracterizó por un optimismo generalizado sobre la extensión paulatina de las democracias y las libertades, que resumió Fukuyama con su Fin de la historia. En realidad, los cielos despejados duraron sólo dos décadas: el discurso de Putin en la conferencia de seguridad de Múnich en 2007 presagió los primeros nubarrones, visibles con la invasión rusa de Georgia en 2008 y cada vez más densos desde la anexión de Crimea y la guerra del Donbás en 2014. La sensación de que la tormenta podría tener varios frentes se instaló entre los europeos con el anuncio de Obama del nuevo pivote a Asia a finales de 2011. Los tres años que median entre la guerra de agresión lanzada por Putin en febrero de 2022 y las primeras declaraciones y medidas adoptadas por Trump en el primer trimestre de 2025 han significado la voladura del anterior paradigma.
Otro hito que marcó el final de una época y el inicio de una nueva para los europeos correspondió a la Segunda Guerra Mundial y el principio de la Guerra Fría. Si retrocedemos en el tiempo, la Revolución francesa y las guerras napoleónicas jalonaron otro cambio de rasante esencial en la historia de Europa: el final del Antiguo Régimen e inicio de la revolución liberal. Mencionaré una última cesura clave en Europa: la de la consolidación de la Edad moderna en las primeras décadas del siglo XVI, que presenciaron la Reforma protestante y el inicio de la Iglesia anglicana, el cénit de la amenaza otomana con el primer sitio de Viena, la expansión europea en ultramar y el último intento serio de salvar la unidad del imperio en Europa central y occidental.
Es útil identificar, con todo lo que tiene de subjetivo, las personalidades políticas que descollaron en estas fases históricas liminares, porque su comparación permitirá delimitar el perfil y características del liderazgo europeo en el presente. Para la primera de ellas en orden cronológico, la de consolidación de la Edad Moderna, tomo prestada la selección que hizo el historiador británico John Julius Norwich en una de sus últimas obras, Cuatro príncipes. Estos fueron Enrique VIII de Inglaterra, Francisco I de Francia, Carlos V de Alemania (y I de España) y Solimán el Magnífico. En la siguiente, el fin del Antiguo Régimen y la revolución liberal, sobresalen Napoleón Bonaparte y las dos figuras que más hicieron por derrotarlo a la postre: el duque de Wellington y el zar Alejandro I. En la década que va entre 1939 y 1949, los seleccionados serían Churchill, De Gaulle, Roosevelt y Stalin. Para los años finales de la Guerra Fría y los años de la reconciliación, ampliaría algo el número: Gorbachov, Reagan y Bush padre, Thatcher, Kohl, Mitterrand, González, Walesa, Havel y el papa Juan Pablo II.
En la fase en la que nos encontramos, la lista es mucho más numerosa, por las razones que explicaré. Incluiría a Putin, Trump, Erdogan, Xi Jinping, Zelenski, Starmer y posiblemente también al canadiense Carney, así como al noruego Gahr. Y, junto a ellos, una docena larga de políticos de la UE: Macron, Merz, Tusk, Von der Leyen, Antonio Costa, Lagarde, Kallas, Tusk, Rutte, Orbán, Stubb, Dan, Kristersson, Frederiksen y Kubilius. Esta lista europea puede modificarse en el futuro, a medida que evolucionen los acontecimientos. Ciertamente, son Macron, Merz, Starmer, Tusk, Von der Leyen, Costa y Rutte los que han tenido más relevancia en la respuesta europea ante el cambio de posición de EEUU. Algunos de los nombres son poco conocidos por la opinión pública europea, pero merecen su inclusión por ser representantes de países fronterizos con Rusia (Polonia, Finlandia, Suecia, Noruega), o muy expuestos en el flanco oriental (Rumanía), o de países amenazados en su integridad territorial por EEUU (Canadá, Dinamarca), o por desempeñar otros cargos comunitarios especialmente relevantes en la actual crisis (Alta Representante de Política Exterior, comisario de Defensa, gobernadora del BCE: los dos primeros, Kallas y Kubilius, son ex primeros ministros de Estonia y Lituania respectivamente, lo que los incluye también en la categoría de líderes de países fronterizos con Rusia). Ninguno de los líderes mencionados, ni siquiera Macron, Merz o Starmer, tiene la visibilidad de los indicados al inicio, ya que, sin la concurrencia del resto de los europeos, su impacto sería mucho menor. Y es que el liderazgo europeo actual es colectivo, en el que las instituciones y quienes las desempeñan pesan más que la propia personalidad del titular. He incluido al primer ministro de Canadá porque su democracia parlamentaria y la similitud de intereses amenazados lo han acercado al liderazgo colectivo europeo. El perfil de Orbán, más individual que parte de un colectivo, le acerca más a los tipos de liderazgo de Putin o Trump.
La comparación entre los tipos de líderes y liderazgos en las distintas épocas bisagra europeas arroja consideraciones interesantes. La primera es que, a medida que avanza la democratización del Estado, siempre que vaya a la par de las salvaguardas liberales, esto es, del Estado de derecho, menos importancia tienen los gustos y preferencias del líder. En el siglo XVI, esto era lo primero que había que dilucidar. Que el deseo de Enrique VIII de contraer nuevo matrimonio legítimo sin haber conseguido la previa anulación canónica del anterior –y así varias veces- pudiera estar en la raíz de la creación de la Iglesia anglicana es algo impensable en el modelo de liderazgo colectivo europeo actual. Esta tendencia ha sido, si cabe, acentuada por el mayor nivel de integración europea, porque cuando la UE aún no existía, pero sí su predecesora, la CEE, el peso de la individualidad era mayor que ahora: Thatcher, Mitterrand, Kohl y González fueron más líderes que los actuales, en un sentido personalista del término. En el nuevo tipo de liderazgo colectivo, no se espera de sus integrantes que rebosen de carisma ni de sentido de misión, sino que sirvan a las instituciones nacionales y comunitarias para las que fueron elegidos y lo hagan con escrupuloso respeto de las reglas del juego, como se espera en cualquier deporte de equipo. Las decisiones importantes son siempre colectivas, y por ello precisan de un proceso de maduración y negociación más largo que las de los líderes individuales. Por todo ello, son más fácilmente reemplazables como eslabones de una cadena. Ninguno puede creerse insustituible.
Esto es más fácil de cumplir en tiempos de paz que en tiempos de guerra. En la historia europea, hasta después de la Segunda Guerra Mundial, la excepción era la paz y la normalidad la guerra, de más o menos intensidad. Por eso, lo habitual era que el liderazgo político correspondiera a un militar, con experiencia en el campo de batalla. Entre los cuatro príncipes renacentistas, incluso el menos apto para la milicia, Enrique VIII, quiso participar en alguna campaña. Entre los seleccionados en épocas posteriores, salvo el caso de Roosevelt y Stalin, que solo fue comisario político en el frente, hay que llegar a 1989 para que ninguno, con la excepción de Bush padre y en parte Mitterrand, tuviera experiencia militar. Esto estaba justificado porque no se dilucidaba entonces ganar una guerra o negociar la paz tras la contienda, sino pactar una salida honorable ante el desmoronamiento de la Unión Soviética sin derramamiento de sangre. En la actualidad nos encontramos con una situación insólita: un civil, sin experiencia militar, decide iniciar una guerra de agresión; otro civil, presidente de la nación agredida, se ve obligado a tomar decisiones en un ámbito en el que carecía de experiencia; y un grupo colectivo de líderes, al frente de una organización que se creó para evitar la guerra en Europa y que apenas tenía competencias en materia de defensa, se ve abocado a frenar una agresión contra Europa en su conjunto, mientras transforma radicalmente la naturaleza y misión de la UE.
Entre los líderes seleccionados en las distintas épocas, aparece un ruso durante las guerras napoleónicas (el zar Alejandro I) y ya habrá siempre a partir de entonces representantes rusos en las siguientes (Stalin, Gorbachov y Putin). A raíz de la invasión de Ucrania se ha producido un falso debate sobre la europeidad de Rusia: geográficamente es indudable que lo es (aunque no sea solo europea), así como en el campo cultural y científico a partir del siglo XVIII y la figura imponente de Mijaíl Lomonósov. No se entendería el canon literario, artístico y científico europeo de los siglos XIX y XX sin la aportación rusa. Lo que sí es debatible es si el liderazgo político ruso ha sido homologable al del resto de Europa: sin duda fue así desde la occidentalización rusa a cargo del zar Pedro I hasta el principio del siglo XIX, siendo Alejandro I un líder europeo más. El tipo de liderazgo empezó a divergir a medida que avanzaba el siglo y Rusia se alejaba de la corriente liberal: quizá fueron el zar Alejandro II y el primer ministro Stolypin las dos únicas excepciones hasta llegar a Gorbachov, de la misma manera que Hitler fue una excepción alemana al prototipo de liderazgo europeo que iba a desarrollarse a lo largo del siglo XIX hasta consolidarse a partir de la segunda mitad del siglo XX. Putin no es un líder europeo homologable a sus coetáneos: ninguno de ellos podría haber decidido una guerra de agresión, y menos aún por sí y ante sí, sin consultar a su respectivo parlamento.
Entre los príncipes renacentistas, Norwich incluyó, con buen criterio, a Solimán el Magnífico. Aparecía ya entonces un turco, y hoy vuelve a aparecer otro, Erdoğan, el primero como el enemigo por antonomasia de la cristiandad europea, y el segundo como presidente de un país candidato al ingreso en la UE. Entre ambos, hubo un líder turco que hizo posible que esto ocurriera, Kemal Atatürk,artífice de la República de Turquía, orientada hacia Europa desde su fundación. Son pertinentes dos comentarios: Solimán fue el enemigo acérrimo de Carlos V, pero aliado de Francisco I en la lucha contra su común enemigo. Su bisabuelo Mehmet II el Conquistador añadió, tras la toma de Constantinopla, el título de Qayser-i-Rum a los que tenía, porque se veía también como sucesor del emperador romano. Por otra parte, lo que importa, a efectos del liderazgo colectivo europeo, es el título de presidente de Turquía y no quien lo desempeñe: en Europa, nadie es más que la institución que representa, y otros líderes sustituirán a Erdoğan en un futuro más o menos cercano.
En cualquier lista de líderes políticos con impacto en Europa aparecerán los presidentes norteamericanos a partir de la Primera Guerra Mundial hasta el presente. De la misma manera, la inclusión del presidente chino en la actual coyuntura anticipa que será una presencia habitual en las décadas venideras.
Dos españoles figuran en las listas sugeridas: Carlos V y Felipe González. Dos puntualizaciones: para comprender la plena dimensión histórica del emperador Carlos, debe vérsele antes como Carlos V de Alemania que como Carlos I de España, y desde luego tan flamenco y alemán como español. Pasada la época imperial de España, para que el líder de nuestro país desempeñe un papel relevante en el liderazgo colectivo europeo, sobre todo cuando los acontecimientos extraordinarios inciden especialmente en la seguridad de Europa central y oriental, es imprescindible que cuente con una sólida base política. De lo contrario, la situación periférica de España hará que su contribución a la toma de decisiones colectivas esté por debajo de su potencial como líder político español.
A pesar del papel clave del papado en la historia europea hasta bien entrada la Edad Moderna, sólo aparece un papa en las listas, Juan Pablo II, cuando su poder se ha circunscrito ya a lo espiritual. En la primera mitad del siglo XVI, Norwich no incluye a ninguno de los papas que cohabitaron con los cuatro príncipes: los más mencionados en su libro son León X, Clemente VII y Paulo III. El recuerdo que han legado a la posteridad está más bien ligado a su labor de mecenas de artistas. En el caso de Paulo III, tiene en su haber la convocatoria del concilio de Trento, pero su celo reformista quedó muy lejos de papas como León IX y, sobre todo, Gregorio VII, figuras imprescindibles cuando se estudia la Europa medieval. El corolario es que el papado recuperó parte de la influencia de antaño, extensible, eso sí, al resto del mundo, a partir de que el concilio Vaticano II reformara en profundidad la Iglesia católica.
Finalmente, llama la atención que las mujeres estén ausentes de las listas hasta Margaret Thatcher, y que su presencia solo se generalice ahora y, aun así, en un porcentaje inferior a la mitad de la población. La ausencia histórica de la mujer en posiciones de liderazgo político se debe en buena medida a que el poder político había estado estrechamente ligado al militar, y la presencia femenina en los ejércitos y milicias europeos ha sido anecdótica hasta hace poco. Pero ha habido una institución que en parte ha corregido esta anomalía histórica: la monarquía. Inmediatamente antes de la época que marcaron los cuatro príncipes renacentistas hubo una reina, Isabel la Católica, de enorme influencia en su tiempo, como volvería a haber otra poco después de no menor impacto, Isabel de Inglaterra. En el siglo XVIII dos mujeres ejercerán un enorme influjo desde sus respectivos tronos: las emperatrices María Teresa y Catalina la Grande, y un siglo antes había destacado la reina Cristina de Suecia. Es preciso puntualizar que, si bien en un segundo nivel de protagonismo, en el libro de Norwich aparecen una serie de mujeres, reinas consortes, hermanas o hijas de reyes, que asumieron labores de gobierno y se desempeñaron en ellas con excelencia: Catalina de Aragón en Inglaterra, Juana de Austria en España, regente durante la ausencia de su hermano Felipe II, o Margarita de Austria, regente de los Países Bajos.
Norwich, en el balance de la figura de Carlos V, resalta como uno de sus rasgos “una infinita preocupación por sus hombres”, de especial aplicación a su faceta de líder militar. Extrapolando el juicio al liderazgo colectivo europeo actual, la “infinita preocupación” iría ahora más bien dirigida al respeto por sus equipos humanos, por los rivales en el juego reglado que es la política democrática y, sobre todo, hacia los electores, tanto por los que le votaron, como por los que se decantaron por otra opción.
¿Condiciona el líder las circunstancias de la vida pública de su comunidad, o, por el contrario, son éstas las que moldean al líder que mejor se adapta a ellas? Posiblemente la respuesta sea una mezcla de ambas: el líder es hijo de sus circunstancias espacio-temporales, pero el líder excepcional también contribuye a crearlas o, al menos, a acentuarlas en un sentido determinado. En épocas bisagra como la nuestra, desde luego en Europa, en que se vislumbra la desaparición del paradigma hasta hace poco vigente y el alumbramiento de uno nuevo, nos preguntamos por los líderes que pilotan la nave en la mar revuelta de los cambios de gran calado. El presente europeo se caracteriza por una hostilidad aguda de Rusia, un distanciamiento del aliado estadounidense, reticente a seguir garantizando la seguridad continental, y un trasfondo mundial de rivalidad sino-norteamericana. Podríamos llamar a la nueva época que se abre como la de la pérdida de la inocencia europea en la nueva bipolaridad imperfecta.