A lo largo de la historia europea, ha imperado el equilibrio de poderes, tanto paneuropeo como intraestatal. Salvo desde la creación de la UE, solo la violencia lo ha asegurado
Manifestantes sostienen una bandera de la UE en una concentración de apoyo a la Unión Europea. (Reuters/Andreea Campeanu)
En un artículo anterior me referí a la que denominé la ley de hierro de Europa, con el siguiente enunciado: como parte integral de Eurasia, Europa oriental sufre las influencias asiáticas, Europa occidental es el último bastión que las resiste, y Europa central es el crisol que decanta el carácter europeo de cada época. La ley tiene una raíz geográfica, aunque también confluyen otros elementos definitorios.
Esta ley debe completarse con otra, aún más característica de nuestro continente, y por ello la denominaría de plata. Su enunciado es aún más simple: en Europa impera el equilibrio de poderes. Puede parecer, a diferencia de la anterior, más reconocible. De hecho, de manera muy parecida, fue explicitada por Inglaterra desde finales del siglo XVII en su ascenso hacia la hegemonía europea, cuando hizo del equilibrio de poder en el continente el principio rector de su política exterior. La ley de plata está, no obstante, en plural: el equilibrio es de poderes no de poder, y ello por dos razones: la propia Inglaterra (y el Reino Unido) está incluida en su ámbito de aplicación y, además, no cubre solo una dimensión externa -relaciones entre Estados-, sino también interna -relaciones en el interior de los Estados-.
La diferencia con otros continentes es significativa: en América, desde las independencias, el predominio de los Estados Unidos ha sido apabullante, como quedó de manifiesto desde la llamada doctrina Monroe, que data de 1823: el "América para los americanos" no sólo exhortaba a los europeos a no intervenir en el continente, sino que convertía a los Estados Unidos en el último garante de la no injerencia desde fuera de América, lo que sensu contrario le habilitaba para intervenir cuando sus intereses estuvieran amenazados. Asia nunca se vio a sí misma como un conjunto homogéneo, con lo que poco había que equilibrar, y, aún hoy, son varias las Asias que coexisten sin una auténtica imbricación comunitaria.
África, como América, ha sido consciente de su dimensión comunitaria continental recientemente -la primera en el siglo XX, la segunda en el XIX-, y en ambos casos de resultas del colonialismo europeo, al que luego se incorporaron, hasta convertirse en determinantes, los componentes criollos, mestizos e indígenas. A diferencia de América, no hay una nación africana que goce de una hegemonía continental, pero el equilibrio intracontinental es una aspiración secundaria en África, frente a la principal de librarse de influencias extranjeras y tomar su destino en sus propias manos; si acaso, el equilibrio al que aspiraría África de modo inmediato sería entre las varias influencias, en intensidad y objetivos, que ejercen potencias extraafricanas, como los Estados Unidos, China, la Unión Europea, Francia, el Reino Unido, Rusia, Brasil (en su día, Cuba), algunos países del Golfo y Turquía.
El equilibrio europeo necesitaba, pues, una conciencia temprana de comunidad, lo que históricamente sobrevino muy pronto en relación con los restantes continentes, al menos en el siglo IX con la recreación carolingia del Imperio romano, gracias a la imprescindible contribución papal. La centralidad geográfica y política del Sacro Imperio Romano no significó su condición de hegemón europeo, en primer lugar porque la gobernanza del mismo Imperio consistía en una delicada suma de equilibrios, y, además, porque pronto surgieron embriones de Estados nacionales que competían entre sí y con el Imperio por la supremacía continental, junto al papel arbitral, espiritual y temporal, de la Santa Sede, encarnada en los Estados Pontificios.
Las comunidades paganas, que al principio de la Edad Media era tanto como decir no europeas, se iban incorporando a Europa como comunidad a medida que se cristianizaban, y todas estas nuevas incorporaciones contribuían a cimentar el equilibrio de poder. Incluso los que llegaban desde fuera del continente o solo eran en parte europeos solo se incorporaban plenamente a él en términos políticos cuando se convertían en piezas del gran juego del equilibrio europeo, así Hungría a partir de san Esteban, Rusia parcialmente a partir de Iván III y el mito de la Tercera Roma y plenamente con el zar Pedro el Grande, Turquía parcialmente, aún como Imperio otomano, en la época de los Tanzimat, y plenamente con la República de Turquía fundada por Kemal Atatürk.
Las distintas fases hegemónicas en la historia europea (española, francesa, inglesa, alemana) han sido sólo hegemonías parciales, porque las alianzas se recomponían para evitar la preponderancia total. En las dos únicas ocasiones en que potencias europeas han intentado una hegemonía total del continente, la Francia napoleónica y la Alemania de Hitler, las alianzas se volvieron a tejer -incluidos los Estados Unidos en el segundo caso- para evitar la consumación de los respectivos proyectos, que fueron por ello muy efímeros.
No debe pensarse que este equilibrio garantizaba la paz, al contrario. Antes de nuestros días, la paz en el sentido de silencio de las armas solo había sido garantizada en un marco imperial, que antes de su instauración había llevado aparejados niveles inusitados de violencia, como ocurrió por ejemplo con la pax romana, la paz mongólica o la paz imperial de la dinastía Han tras el periodo de los Reinos Combatientes. El equilibrio de poder europeo, al ser tan inestable por la proliferación de actores, entrañaba una belicosidad constante, pues solo se podía alterar o restablecer por la fuerza de las armas. No es paradójico afirmar que el continente que giró en torno al eje de equilibrio de poderes ha sido al mismo tiempo el de mayor conflictividad armada, hasta provocar las dos únicas guerras mundiales de la historia.
La lucha intraeuropea es indisociable de la rivalidad por el poderío militar, lo que ha tenido un triple efecto en la historia de nuestro continente, con impacto en las finanzas, en la innovación y en la sociedad. La guerra exige la movilización de recursos cada vez mayores, propicia la investigación para desarrollar armamentos que den una ventaja competitiva ("competitive edge"), y trae como consecuencia profundas transformaciones sociales.
El poder, que tiende por naturaleza a ser expansivo y a perpetuarse en forma de dinastías personales, solo podía ser limitado por poderes rivales. En la lucha por la supremacía -o la supervivencia frente a otros aspirantes a hegemones-, el emperador y los distintos reyes en la Europa que despertaba necesitaban del concurso de otros actores internos en los territorios que controlaban. Los eclesiásticos retuvieron un poder esencial en un mundo de cosmovisión cristiana, como fuente de legitimación y asidero de salvación. Los nobles, a los que la división en estamentos de Europa reservó la función de guerrear, coadyuvaban a las aspiraciones del príncipe, aunque a veces se convertían en sus peores enemigos, tratando de usurparles el poder. En cualquier caso, no ofrecían sus servicios a cambio de nada, y esencial en cualquier trato eran los privilegios, especialmente en materia de justicia e impuestos.
Como el soberano no podía financiar las constantes campañas militares, había de recurrir al estado llano para recabar dinero, que reunido en asambleas (cortes medievales, parlamentos, estados generales, dietas...) ofrecía donativos al rey a cambio de algunos favores. Uno de los más comunes eran fueros municipales que garantizaban a la ciudad autonomía respecto a los señores seculares y eclesiásticos. A partir de la Edad Moderna, en que los Estados necesitaron de burocracias cada vez mayores y ejércitos continuamente movilizados, los donativos del estado llano no fueron suficientes y los reyes recurrieron a otras fuentes disponibles de financiación -y, por tanto, de poder-, que en esa época, además de la proporcionada por los excedentes agrícolas, solo podían encontrarse en el comercio -al principio intramediterráneo y hanseático-, una de cuyas derivadas fue la aparición del banquero y prestamista especializado en financiación a gran escala, y más tarde también en el monopolio comercial y extractivo de recursos de las colonias.
Las debilidades de los monarcas podían ser aprovechadas por sus inmediatos rivales en el interior de su territorio para extraer concesiones que limitaban su poder. Inglaterra fue pionera en este sentido: así, la Carta Magna, conseguida en 1215 por nobles ingleses valiéndose de la debilidad de Juan I; o la llamada Revolución Gloriosa de 1688, en que los nobles forzaron el derrocamiento de Jacobo II y su sustitución por Guillermo de Orange, y obtuvieron a cambio la Declaración de Derechos de 1689 y el reconocimiento del parlamento como centro de poder compartido, que no dejaría de ampliar a partir de entonces. Es conocido de todos en qué acabó la convocatoria de los Estados Generales por Luis XVI en 1789 para allegar recursos a fin de afrontar la crisis financiera del reino.
La revolución industrial transformó profundamente las relaciones de poder en Europa y en los Estados que la integraban. Los nuevos recursos disponibles permitieron crear ejércitos permanentes mayores que nunca y pertrechados del armamento más letal hasta la fecha. La segunda fase de la colonización amplió el escenario bélico europeo al resto del mundo. Las nuevas clases sociales que emergieron, burguesía y proletariado, exigieron contraprestaciones a partir de las nuevas fuentes de poder logradas: riqueza proveniente de la industria, y asociaciones obreras facilitadas por la concentración en las ciudades. El régimen liberal y la democratización de las sociedades fueron las contrapartidas obtenidas.
Mientras tanto, el proyecto napoleónico de conquista paneuropea significó, entre otras cosas, el fin definitivo del Sacro Imperio y el principio de la escalada de Prusia hacia la condición de potencia hegemónica de la Europa continental, coincidente con su conversión en Imperio alemán. En realidad, desde el Imperio napoleónico hasta el Tercer Imperio alemán o Tercer Reich hay una línea directa con escala en el Imperio del káiser Guillermo I. Con esto quiero decir que la quiebra del principio de equilibrio de poderes en la Europa de los Estados fue paralela a la quiebra de la división de poderes intraestatal laboriosamente conseguida durante el constitucionalismo del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX. El poder ha de estar en equilibrio en el marco interestatal europeo así como en el marco intraestatal de los integrantes de Europa. O, lo que es lo mismo, ha de estar limitado en uno y otro ámbito.
Después de la devastación que supuso la Segunda Guerra Mundial no era concebible que el equilibrio de poderes en Europa se siguiera asegurando a través de la violencia, ya fuera mediante guerras interestatales, ya mediante revoluciones intraestatales. El proceso de integración que se inició en la década de los cincuenta en la Europa occidental llevó desde sus inicios el sello de la democracia liberal. Por eso, fueron excluidas de él tanto las dictaduras española y portuguesa como lo hubieran sido -en el supuesto de que no lo hubiera impedido la Unión Soviética- las dictaduras comunistas. Por eso, a medida que la integración europea avanzaba, más exigente se era con lo que se conoce como el Estado de derecho. Este concepto, que engloba la independencia del poder judicial, la calidad del procedimiento legislativo, la independencia y pluralismo de los medios de comunicación, la lucha contra la corrupción y la independencia y pujanza de la sociedad civil, incluida en ella el sector económico privado, es la otra cara de la moneda de la soberanía compartida.
Esta es la razón por la que el populismo soberanista, que cuestiona la idea de una soberanía compartida como mejor manera de garantizar la paz y prosperidad en el continente, cuestione al mismo tiempo el marco liberal como anclaje de la acción política en el seno de cada Estado. En otras palabras, no son posibles las democracias "iliberales" en una Unión cada vez más integrada como única manera de salvaguardar el estilo de vida europeo en un mundo cada vez más convulso. Si revienta el corsé liberal en cualquiera de los Estados miembros y este permanece en la UE terminará reventando el proyecto de integración europea. Pero esto no significará que desaparezca el principio de equilibrio de poderes, consustancial a la historia europea, solo que, como antaño, la única manera de aplicarlo será, de nuevo, con la violencia y la fuerza de las armas.
Incluso si la Unión Europea resiste a los cantos de sirena del populismo "iliberal", no lo tiene fácil para seguir fiel a su ley de plata del equilibrio de poderes, garantizada, eso sí, por medios pacíficos. Desde el mismo inicio del proyecto de integración europea, el equilibrio de poder interestatal dejó de ser patrimonio de los europeos en el territorio de Europa, ya que Estados Unidos fue el contrapeso necesario a la Unión Soviética. Hoy día, la UE sabe que su proyecto es percibido como amenaza existencial por la Rusia irredentista de Putin, y que existen muchas dudas en la actual Administración norteamericana de mantener una alianza militar con unos socios europeos a los que consideran poco complacientes hacia su país. Por eso, la gran pregunta es, ¿podrá el equilibrio pacífico de poderes europeo sobrevivir a la embestida rusa y la tibieza norteamericana? Completada con otra en el supuesto de que lo consiga: ¿Qué razón de ser tiene el equilibrio pacífico de poderes europeo en un mundo bipolar imperfecto caracterizado por el enfrentamiento entre Estados Unidos y China, más la emergencia de otros polos de poder no europeos?
Por si acaso, luchemos por un estatuto en que esta cuestión siga siendo relevante; de lo contrario, el equilibrio de poderes en Europa habrá cambiado radicalmente de naturaleza: habrá dejado de ser un principio activamente perseguido por los europeos para convertirse en otro sufrido por ellos, pasivamente expuestos a los designios de hegemonía de potencias extraeuropeas que ventilarán su lucha también en el territorio de Europa. (Este texto fue presentado en julio pasado como una ponencia en el curso de verano de la UPV sobre la UE, organizado por la Academia de Práctica Jurídica Europea, con el patrocinio del Colegio de Registradores).
En un artículo anterior me referí a la que denominé la ley de hierro de Europa, con el siguiente enunciado: como parte integral de Eurasia, Europa oriental sufre las influencias asiáticas, Europa occidental es el último bastión que las resiste, y Europa central es el crisol que decanta el carácter europeo de cada época. La ley tiene una raíz geográfica, aunque también confluyen otros elementos definitorios.