En su libro El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas confiesa lo que gritó para sus adentros al final de un encuentro entre el papa Francisco y los líderes religiosos de las distintas confesiones con presencia en Mongolia en el HUN Theatre: "¡Viva el aburrimiento!". Un par de párrafos antes explica el porqué de su grito sordo: "Abrumado por el tedio protocolario de las alocuciones, lo primero que uno piensa cuando asiste a una ceremonia de este tipo es que existen mil maneras más gratas de perder el tiempo; lo segundo, sin embargo, es que ese acto forma parte de una revolución descomunal y que, a pesar de la tortura que comporta asistir a él, el mero hecho de que tenga lugar es una bendición".
Podría haber expresado algo similar si, en vez de una reunión sobre diálogo religioso en Mongolia, hubiera presenciado una reunión del Consejo de Ministros de la UE en cualquiera de sus formaciones. Posiblemente, el nivel de aburrimiento habría sido incluso mayor, sin el exotismo de un pabellón con forma de ger mongol de fieltro blanco en vez del edificio Europa de Bruselas, ni la novedad de unos líderes religiosos en vez de políticos de perfil, maneras y lenguaje conocidos.
La primera vez que se asiste a una reunión de uno de los muchos comités del Consejo se piensa que la escenificación de una negociación, la que sea, con alcance paneuropeo resultará atractiva, por ardua y abstrusa que sea la materia. Pronto se instala la decepción, pero al menos se espera que a medida que suba el nivel de los representantes se incrementará proporcionalmente el interés de la reunión. Vanas esperanzas: las reuniones de altos comités, del Coreper, del Consejo de Ministros, y probablemente también del Consejo Europeo, reservadas a sus titulares sin delegaciones de acompañamiento, suscitan parecida emoción. Los discursos en el Parlamento Europeo, ya en pleno o en comisiones, pueden ser algo más entretenidos, especialmente si se limitan a retomar temas de política nacional con más pasión de la habitual en la caja de resonancia de Estrasburgo.
Y es que la formalización de la toma de decisiones aporta ya poco a un laborioso proceso de negociación previa, presencial y también a través de teléfonos y e-mails, con sucesión de revisiones de un borrador inicial. Es más, en las reuniones formales se puede anticipar con elevado porcentaje de acierto qué dirá cada delegado nacional, en un tiempo acotado en que apenas se pueden pronunciar cuatro frases mal trabadas, para dar tiempo a que tomen la palabra veintisiete delegaciones nacionales, además de la Comisión. Se constatará que el delegado de turno habrá utilizado en su breve turno de palabra una o más muletillas que suplen a una verdadera argumentación, del tipo "ser parte de la solución y no del problema" o "ver la botella medio llena y no medio vacía", y si no se comprendiera su idioma será el intérprete el que las utilice al verter la intervención del delegado a una lengua comprensible para el oyente.
Además, los dosieres tardan años desde la primera vez que se plantean hasta que se logra alcanzar un laborioso acuerdo entre todas las instituciones con competencias decisorias (normalmente la Comisión, el Consejo y el Parlamento). En estas circunstancias, es especialmente difícil la labor del periodista que cubre los asuntos de la Unión Europea, que se ve obligado a dar un cierto sesgo a la noticia o introducir variaciones sobre un mismo tema para suscitar la atención del lector en sus respectivos países, consciente de que solo por obligación profesional la cuestión ha suscitado la suya propia.
Y, sin embargo, coincidiendo con Cercas, quien asiste a cualquiera de estas reuniones no puede, a poco que reflexione un poco, sino proclamar: "¡Bendito aburrimiento!" En el fondo, no cabía anticipar particular entusiasmo de una organización que ofrece como principal resultado de las cumbres periódicas de sus líderes largos textos de conclusiones, de gramática rebuscada para acomodar concesiones a quienes disientan del borrador inicial, y redactadas con una ambigüedad calculada para que todos puedan aceptar lo que parecen decir.
A cambio de este aburrimiento institucionalizado, la organización ha ofrecido a sus miembros setenta y cinco años sin guerras ni violencia. ¡Cómo desearían gozar de un poco de este aburrimiento tantos ucranianos, israelíes, palestinos, sudaneses y muchos otros que ven cómo sus países se desangran en guerras que no parecen tener fin!
Sorprende que, a pesar de este trato tan ventajoso que ofrece la UE, haya muchos que se nieguen a verlo así. Es cierto que el aburrimiento nunca ha tenido buena prensa: el hombre religioso considera que es una actitud pecaminosa, porque la vida es un regalo de Dios de la que hay que saber gozar; el intelectual, a quien falta tiempo para aprender e investigar sobre lo que le interesa, ni siquiera concibe que alguien pueda aburrirse: Salvador de Madariaga decía que aburrirse viene de burro y Gregorio Marañón, persona de mil inquietudes, se definía a sí mismo como un trapero del tiempo. Los padres tiemblan cuando su hijo pequeño les dice "me aburro". Pero es sobre todo al hombre de acción a quien más repugna la idea de aburrirse, pues una vida sin emociones fuertes no vale la pena ser vivida.
El político, subespecie del hombre de acción, es un firme detractor del aburrimiento. Sin embargo, en el seno de la Unión Europea, se da con frecuencia el tipo de político esquizofrénico, que practica en un ambiente europeo lo contrario de lo que hace en la política nacional. Por lo que sea, no considera que sea bueno impregnar su actividad política patria de dosis de monotonía, de búsqueda infatigable de acuerdos, de lenguaje sin estridencias, de todo ello que, en definitiva, practica cuando se desplaza a Bruselas, Estrasburgo o Luxemburgo. Y no lo hace no porque no quiera –o no solo porque no quiera- sino porque, de regreso a su capital de origen, comprende que el escenario es muy distinto. Ya no le alumbran luces tamizadas, sino focos deslumbrantes de vivos colores.
El escenario nacional está levantado sobre una armazón de emociones encontradas, sobre el recuerdo de grandes gestas, sobre sangre derramada en guerras contra los vecinos y, peor aún, en guerras intestinas. Por una querencia inexplicable de guerras civiles pretéritas, se esfuerza en recrear divisiones que estuvieron en la raíz de conflictos fratricidas.
Con ser problemático este desajuste entre comportamientos habituales en el contexto nacional y otros más acordes con el contexto europeo, lo es mucho más cuando no se intenta remediar importando a la política nacional algunas prácticas típicas de la UE, sino al contrario: procurando que en esta se reproduzca la misma pasión que consume a la política nacional. Peor aún, cuando atiza esta última haciendo de la UE la misma encarnación del demonio. Y así, en labios de estos políticos, se construye una imagen de lo que se hace en Bruselas y Estrasburgo muy distinta de la que se ha forjado todo aquel que tenga experiencia de primera mano.
Así, las largas negociaciones con forcejeos entre los Estados miembros y las tres instituciones concernidas se describen con los peores términos del lenguaje bélico: emboscadas, puñaladas a traición, víctimas inocentes escarnecidas. Las tediosas reuniones formales se convierten en el lugar de las conjuras y conspiraciones. De esta manera, los representantes de Gobiernos hiperpatrióticos –o eurodiputados en el Parlamento de una organización de la que abominan- se desplazan a Bruselas y Estrasburgo para defender a la nación en riesgo mortal ante el globalismo bruselense, como si se tratara de paracaidistas que son lanzados en misión heroica en mitad de las filas enemigas.
El aburrimiento se trueca entonces en divertimento: el objetivo pasa a ser reventar los consensos, buscar las frases más zahirientes, amenazar, desafiar, y poder regresar al cuartel propio después de la razzia europea con la vitola de héroe. Se trata de una actitud irresponsable y, si se quiere, infantil, porque nada hay en su actitud comparable a la gallardía de, por ejemplo, los pocos ciudadanos rusos que se manifiestan a las puertas del Kremlin contra la "operación militar especial" de Rusia en Ucrania. Ojalá que este político nunca pueda experimentar el fruto buscado -consciente o inconscientemente- de su labor de zapa: el desmantelamiento de la Unión Europea.
El divino aburrimiento con que nos ha recompensado la UE en los últimos tres cuartos de siglo es el resultado de múltiples diques que se han ido colocando uno tras otro para contener la corriente de la violencia. Algunos diques han sido destruidos; otros aún resisten. Pero la masa de agua embravecida espera paciente a que aparezca alguna grieta lo suficientemente grande por donde colarse y reventar los diques que aún queden en pie. Entonces, será ya tarde para echar de menos el bendito aburrimiento.
En su libro El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas confiesa lo que gritó para sus adentros al final de un encuentro entre el papa Francisco y los líderes religiosos de las distintas confesiones con presencia en Mongolia en el HUN Theatre: "¡Viva el aburrimiento!". Un par de párrafos antes explica el porqué de su grito sordo: "Abrumado por el tedio protocolario de las alocuciones, lo primero que uno piensa cuando asiste a una ceremonia de este tipo es que existen mil maneras más gratas de perder el tiempo; lo segundo, sin embargo, es que ese acto forma parte de una revolución descomunal y que, a pesar de la tortura que comporta asistir a él, el mero hecho de que tenga lugar es una bendición".