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España y Europa: entre la centralidad y la periferia
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Juan González-Barba Pera

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España y Europa: entre la centralidad y la periferia

A lo largo de su historia, la posición exterior de España ha oscilado entre la centralidad y la periferia relativas, y ello por causas externas e internas

Foto: Foto: Pexels/Suzy Hazelwood.
Foto: Pexels/Suzy Hazelwood.

En 2023 publiqué en este diario un artículo titulado El futuro de España en Europa, cuyo hilo conductor era la centralidad que para el proyecto nacional español había adquirido el proyecto de integración europea desde el ingreso de España en la CEE en 1986. En este artículo me propongo abordar el asunto de las relaciones entre España y la UE desde otra perspectiva, la de las relaciones exteriores de España y la posición de España en Europa y en el mundo, en que el punto de partida español es periférico. Puede parecer paradójico que, por una parte, se predique la centralidad de Europa para España y, por otra, se afirme que Europa nos hace periféricos. Interesa, pues, explicar esta paradoja y exponer cómo España ha tratado de superarla a lo largo de la historia.

En el artículo citado se resumía por qué Europa, y ahora la UE, ha sido, es y será central para el proyecto nacional español. Sin embargo, España -o el embrión de España- ha sido relativamente periférica para Europa desde la coronación imperial de Carlomagno en el año 800, en que convencionalmente se fija el nacimiento de Europa. Hay, pues, una asimetría de percepciones recíprocas entre españoles y el resto de los europeos. A riesgo de simplificar, puede decirse que la historia española es el esfuerzo por revertir esta asimetría, logrado en algunas épocas históricas y malogrado en otras.

Partimos de una realidad geográfica inexorable, que es el hecho de que la península ibérica se encuentra en el extremo suroccidental del continente, del que la separa una barrera física como la cordillera pirenaica, que sólo es fácilmente franqueable por ambos extremos. La geografía, sin embargo, no es únicamente la interpretación física del territorio, sino que está muy influida por las dinámicas humanas que se despliegan sobre este.

Cuando España era Hispania y el marco de referencia no era Europa, sino la República romana y más tarde el Imperio romano, la península ibérica era, con el territorio del actual Túnez, la región de la República y el Imperio más cercana a su corazón itálico. Roma, su capital y centro gravitatorio, estaba en la fachada occidental de la península itálica, lo que explica que en fecha tan temprana como 218 a.C. -año del desembarco de las tropas romanas en Ampurias- se iniciara la conquista y colonización de Hispania. Antedató en más de siete décadas el inicio de la conquista romana de Grecia, a partir de la batalla de Corinto en 146 a.C., con independencia de que, por el altísimo desarrollo civilizacional de la Grecia antigua, esa parte del Imperio terminara siendo tan decisiva que Constantino decidió fundar una co-capital en Constantinopla en el siglo IV. El nivel de romanización alcanzado en Hispania fue muy elevado, como prueba el número de altos magistrados, jefes militares y literatos romanos de origen hispánico.

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Las conquistas árabes de los siglos VII y VIII cambiaron radicalmente esta situación. En primer lugar, porque el marco geográfico-humano de referencia se trastocó: el Mediterráneo perdió su centralidad, al que terminaría sustituyendo como eje la ele invertida que forman los ríos Rin y Danubio. Roma, que desde el siglo V e incluso antes había cedido protagonismo a Constantinopla, fue desplazada también en el Occidente europeo por Aquisgrán como capital política, aunque no espiritual. A la alteración del eje geográfico se le sumó el hecho de la conquista musulmana de la mayor parte de la península ibérica: los balbucientes reinos cristianos en el norte montañoso peninsular eran apenas un cordón umbilical con el resto de Europa; la evolución política, económica y religiosa de la Europa naciente y de la península ibérica fue, al menos hasta la reconquista de Toledo a finales del siglo XI, muy dispar. A partir de entonces, la consolidación de la peregrinación jacobea, la expansión del movimiento de reforma monástica, primero cluniacense y luego cisterciense, y los progresos de la Reconquista fueron reduciendo la excentricidad -histórica, aunque no geográfica- de la península respecto al corazón europeo.

Los siglos XV y XVI revirtieron la condición periférica española: la unión de las coronas de Castilla y Aragón y una acertada política matrimonial de los Reyes Católicos fueron dos de las razones. Otra de peso fue el descubrimiento, conquista y colonización de América. La extensión del litoral y la experiencia marinera adquirida por la pesca y la navegación de cabotaje no se desaprovecharon cuando los avances tecnológicos permitieron la navegación de altura en el Atlántico. Además, la corona de Aragón aportaba los frutos de su política mediterránea emprendida desde el siglo XIII, que Fernando el Católico proseguía en Italia y a la que el emperador Carlos daba brillante continuación. La conquista de las Canarias y varios enclaves en el norte de África redondearon el cuadro. España, recién conseguida su unidad, no quedaba solo reducida al territorio peninsular, sino que se expandía hacia el oeste, el este y el sur, y también hacia el norte, pues la herencia borgoñona de Felipe el Hermoso había proporcionado a la Monarquía hispánica, además, territorios en el corazón de Europa.

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España, como núcleo de la Monarquía hispánica, había basculado de la periferia al centro. Su corazón peninsular dejó de ser una región excéntrica en Europa, pues la América ultramarina y el Mediterráneo (itálico y ciertas plazas en el Magreb) la habían recentrado. Esta situación se mantuvo incontestada hasta la batalla de san Quintín y la paz subsiguiente de Cateau-Cambrésis (1559), punto culminante de la hegemonía española. Nueve años más tarde empezaba la que se terminaría llamando guerra de los Ochenta Años (o de Flandes o de independencia de los Países Bajos), que iría devorando recursos hasta dejar exangüe al país.

Habría que esperar al cambio de dinastía y, sobre todo, a los reyes Fernando VI y especialmente Carlos III, para que España volviera a recuperar centralidad en el tablero europeo, aunque en grado inferior que con los Austrias mayores. Se repitió el mismo patrón que en la primera mitad del siglo XVI: una acertada política en la América hispánica gracias al reformismo borbónico que inyectó nuevo brío a los distintos virreinatos, así como una inteligente política en el Mediterráneo (Carlos III había sido con anterioridad duque de Parma y Plasencia y rey de Nápoles y Sicilia), culminada con el establecimiento de relaciones diplomáticas con el Imperio otomano y la firma del Tratado de paz, amistad y comercio de 1782.

El siglo XIX volvió a marcar un nadir en la acción exterior de España, menguada por la triple fractura de las independencias de las repúblicas americanas, la invasión napoleónica y los enfrentamientos entre partidarios y detractores del régimen liberal. Habría que esperar a la Restauración alfonsina para que, sin llegar ni por asomo a la centralidad lograda en las dos épocas anteriores, se sentaran al menos las bases para hacerlo en un futuro. De nuevo, Hispanoamérica y el Mediterráneo cifraban la acción exterior: la guerra del Pacífico de 1866 fue la última de las aventuras bélicas españolas contra las nuevas repúblicas independientes, que ya no se repitieron a partir de 1875; en 1879 se reconoció la independencia del Perú, que estaba aún pendiente; y en 1898, tras la derrota contra Estados Unidos, se liquidaba el Imperio ultramarino, lo que obligó a repensar en profundidad la nueva relación con Hispanoamérica.

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En lo que se refiere al Mediterráneo, la atención estuvo acaparada por Marruecos. El reparto de África llevado a cabo en la Conferencia de Berlín (1884-1885) entrañaba el riesgo para España de que otra potencia europea, en este caso Francia, fuera quien ocupase en su totalidad el país vecino, amenazando el estatuto de Ceuta y Melilla. Una serie de acuerdos (1904, 1906, 1912), precedidos los dos últimos por sendas crisis, permitieron que España asumiera el Protectorado del norte de Marruecos. El desastre de Annual de 1921 supuso la puntilla del régimen inaugurado por Cánovas: en 1923 Primo dio un golpe de Estado con el informe Picasso sobre responsabilidades por Annual en el trasfondo, y logró pacificar el Protectorado español dos años después del desembarco de Alhucemas de 1925.

Habría que esperar a la restauración de la democracia con la aprobación de la Constitución de 1978 para que España conociera un tercer periodo de centralidad, especialmente a partir de su ingreso en la CEE en 1986. Latinoamérica y el Mediterráneo estuvieron, una vez más, en el primer plano de nuestra acción exterior. Una de las enseñanzas del periodo referido en el anterior párrafo es que solo la negociación permitía construir una relación sostenible con ambas regiones. En el caso de América Latina, el hito fundamental fue la creación de las Cumbres Iberoamericanas, iniciada con la de Guadalajara de México de 1991. En el Mediterráneo fueron especialmente relevantes el establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel en 1986 y el Tratado de amistad, buena vecindad y cooperación con Marruecos de 1991. A estas dos dimensiones se añade ahora una tercera, Estados Unidos, con el que las relaciones habían sido en buena parte del siglo XX conflictivas o divisivas, marcadas por dos hitos: la ya mencionada guerra de 1898, sellada por el Tratado de París, y los Convenios de defensa y ayuda económica de 1953, que apuntalaron la dictadura franquista.

Lo significativo del periodo presente es que, a causa del elevado grado de integración del proyecto europeo, las buenas relaciones bilaterales de España con los países de América Latina y con los de la ribera sur y este del Mediterráneo son la condición previa o instrumento en este continuo afán de España por revertir su excentricidad geográfica, que se acentuó a partir de las ampliaciones de la UE hacia el centro y este europeo de 2004, 2007 y 2013, y aún más con la invasión rusa a gran escala de Ucrania en 2022. El objetivo último en la búsqueda de una centralidad sostenible es que sea la UE la que asuma los espacios de América Latina y el Mediterráneo como regiones preferentes de su acción exterior.

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En efecto, desde que ingresaron España y Portugal en la UE ambos países pugnaron por el establecimiento y desarrollo de vínculos contractuales entre la UE y países o conjuntos de países latinoamericanos, y por políticas diversas sustentadas en financiación suficiente hacia ese continente. En lo que se refiere al Mediterráneo, destaca el nacimiento de la cooperación euromediterránea, iniciada con la Ministerial de Barcelona de 1995, logro que se vio facilitado por el prestigio adquirido por España gracias a la celebración de la Conferencia de Paz de Madrid de 1991. Se ha producido además un elemento novedoso: ámbitos geográficos prioritarios para la UE, como Asia o África subsahariana, han pasado a recibir mucha más atención bilateral por parte de España precisamente por la vocación europeísta de nuestro país.

Asimismo, las relaciones bilaterales con Estados Unidos están mediatizadas por la participación de España en la OTAN. El ingreso en dicha organización en 1982 no normalizó plenamente la relación bilateral hasta la celebración del referéndum de 1986 (el Convenio sobre cooperación para la defensa, que actualizaba el de 1953, fue firmado dos años después, en 1988). La elección de Javier Solana como secretario general de la OTAN en 1995 fue al mismo tiempo un revulsivo para las relaciones bilaterales con Estados Unidos.

¿Qué conclusión puede extraerse tras esta breve panorámica histórica? ¿Por qué la centralidad lograda a través de América y el Mediterráneo que nos aleja de la condición periférica a que nos aboca la geografía europea ha sido precaria, y de modo recurrente se pierde al cabo del tiempo, para empezar de nuevo como si los dioses nos hubieran condenado a semejanza de Sísifo? Una parte de la explicación obedece a razones externas: si la situación internacional se deteriora y afloran tensiones de todo tipo se produce un repliegue generalizado, y cada actor en la escena internacional tiende a refugiarse en su zona geográfica de confort. España necesita para mantener el radio de acción tan amplio que le exige su anhelo de centralidad una situación internacional estable: la guerra de los Treinta Años, el ciclo revolucionario francés seguido por las campañas napoleónicas, o las dos guerras mundiales más el auge del fascismo y el comunismo no favorecían despliegues diplomáticos de amplia envergadura.

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Pero también necesita amplios acuerdos internos. El esfuerzo que requiere una visión y acción desplegadas a lo largo de miles de kilómetros exige concentrar voluntades y recursos, además de nombrar a los mejores (virreyes, comandantes militares, políticos, diplomáticos, etc.) en los puestos de responsabilidad dentro y fuera de España. En época filipina, la Reforma protestante provocó una reacción en torno a un consenso forzado en torno a la reforma tridentina, que cerró las posibilidades intelectuales y políticas que se habían abierto en la primera mitad del siglo XVI; la guerra de los Ochenta Años tuvo, entre sus causas, la incapacidad de lograr un acomodo entre dos maneras muy distintas de interpretar el cristianismo y el papel de la Iglesia. En la segunda mitad del siglo XVIII, el reformismo borbónico suscitó el apoyo generalizado de las élites, que se rompió cuando las profundas discrepancias entre liberales y partidarios del Antiguo Régimen se ventilaron en las tres guerras civiles carlistas.

El acuerdo alcanzado al fin entre liberales y conservadores durante la Restauración fue insuficiente, porque se había dejado al margen a una nueva clase social que aspiraba, a través de la universalización del sufragio, a intervenir decisivamente en la vida pública, y surgieron además en el último tercio de siglo proyectos nacionalistas en Cataluña y el País Vasco que cuestionaron la narrativa central española. La oposición de todos estos sectores a la intervención militar en Marruecos mermó considerablemente sus posibilidades de éxito. Además, las circunstancias creadas por el triunfo de la revolución comunista en Rusia y el fascismo en Italia provocaron hondas divisiones entre las élites y población españolas, plasmadas en las dictaduras de Primo de Rivera y Franco, las constantes polémicas durante la Segunda República y la tragedia y fracaso colectivo que fue la Guerra Civil. En contrapartida, el consenso logrado durante la Transición fue un elemento clave para ensanchar nuestra acción exterior con bases sólidas en América Latina y el Mediterráneo, de la mano de la UE, y con la Monarquía parlamentaria desempeñando un papel protagonista en tanto que símbolo de la entente recobrada.

En los últimos años se aprecia una erosión de la centralidad de España en su dimensión exterior, y cabe preguntarse si el declive será tan pronunciado como en otras épocas o si es remediable antes de que se acentúe más. De nuevo, un deterioro de la situación internacional a partir del nuevo milenio ha hecho aflorar viejas y nuevas líneas de fractura: el 11-S, la invasión de Irak, la primavera árabe y las guerras civiles en Siria, Libia y Yemen, la invasión rusa de Crimea y del Donbás en 2014 y la de Ucrania a gran escala en 2022, la guerra de Gaza y sus derivadas en la región en 2023, o la rivalidad sino-norteamericana marcan el último cuarto de siglo, por mencionar los conflictos y tensiones más relevantes. Este contexto internacional divisivo dificulta la consecución de acuerdos amplios en el interior de España para navegar las aguas procelosas de la política exterior. La polarización en el seno de las repúblicas latinoamericanas y de ellas entre sí repercute en la opinión pública y la política españolas, agudizando una polarización que tiene también causas endógenas.

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Sea como fuere, si las fuerzas políticas, con la primera responsabilidad del gobierno de turno, no procuran rebajar esta polarización será imposible, por loables que sean los propósitos, escapar a la maldición sisífea de regreso a nuestro rincón periférico con olvido de la mejor vocación de España, tan americana y mediterránea como europea y, por qué no, también universal, con la particularidad de que, en nuestra época, el americanismo, la mediterraneidad y el universalismo son ahora buscados primordialmente a través de nuestra imbricación en la Unión Europea.

En 2023 publiqué en este diario un artículo titulado El futuro de España en Europa, cuyo hilo conductor era la centralidad que para el proyecto nacional español había adquirido el proyecto de integración europea desde el ingreso de España en la CEE en 1986. En este artículo me propongo abordar el asunto de las relaciones entre España y la UE desde otra perspectiva, la de las relaciones exteriores de España y la posición de España en Europa y en el mundo, en que el punto de partida español es periférico. Puede parecer paradójico que, por una parte, se predique la centralidad de Europa para España y, por otra, se afirme que Europa nos hace periféricos. Interesa, pues, explicar esta paradoja y exponer cómo España ha tratado de superarla a lo largo de la historia.

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