Las transformaciones globales iniciadas en torno a 1979 explican los desafíos actuales de Europa, desde la guerra en Ucrania hasta el auge de la inteligencia artificial y la crisis climática
Hemiciclo del Parlamento Europeo. (EFE/Archivo/Lucía Leal)
No es posible analizar la situación de la UE —de ninguna comunidad política, en realidad— sin referirse al contexto internacional. El período que abrió el final de la Guerra Fría había sido especialmente propicio para la UE: la disolución pacífica de la URSS dio paso a una reactivación del papel de Naciones Unidas y del multilateralismo, al fin de la división en Europa gracias a la ampliación de la UE hacia el centro y el este del continente, al dividendo de la paz y a la aspiración de replicar en el resto del mundo la integración regional como mejor fórmula para garantizar la paz y la prosperidad.
Se tiende a señalar el discurso que pronunció Putin en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007 como el parteaguas entre un tiempo inspirado por la esperanza de un futuro mejor y otro caracterizado por un deterioro progresivo de la paz y la seguridad, desde luego en Europa. Pero este intento de fijar el momento en que se plantaron las semillas de la mayor crisis de seguridad de la UE desde su fundación, provocada por la invasión rusa a gran escala de Ucrania en febrero de 2022, es de alcance limitado, por eurocéntrico, y porque el actual momento crítico internacional está determinado por muchos otros factores: el conflicto de Oriente Próximo, la rivalidad sino-norteamericana, los efectos del cambio climático, la incertidumbre generada por la IA y, en lo que a la UE se refiere, otras circunstancias, endógenas y exógenas, en la raíz de la actual falta de confianza en sí misma.
Es mucho más útil para comprender los desafíos del momento adoptar una perspectiva histórica más amplia, en la búsqueda de un punto de intersección de sucesos independientes a primera vista, pero conectados entre sí a poco que se los analice en profundidad. Ese punto que arroja luz sobre la situación actual es el año 1979 y sus aledaños, verdadero principio de una ola larga histórica que está concluyendo en los últimos años.
¿Qué sucesos convergieron en 1979? En ese año se produjo la toma de la Gran Mezquita de la Meca por un grupo armado de ideología salafí que, entre otras cosas, exigía el fin de la dinastía reinante en Arabia Saudí. Tuvo lugar la Revolución iraní. Estalló la primera guerra de Afganistán, en la que la URSS ayudó económica y militarmente al régimen de la República Democrática de Afganistán frente a los insurgentes muyahidines. Se firmó el tratado de paz entre Israel y Egipto. Se establecieron relaciones diplomáticas formales entre los Estados Unidos y la República Popular China. Ocurrió la segunda crisis del petróleo, que ahondaba los efectos de la primera de 1973. El Parlamento Europeo fue elegido por sufragio directo de los nacionales de los países miembros por primera vez, en lugar de la designación de los eurodiputados por los parlamentos nacionales. Margaret Thatcher fue elegida primera ministra, y Reagan sería elegido presidente al año siguiente. El científico japonés Kunihiko Fukushima publicó un artículo de sus investigaciones sobre una red neuronal artificial multicapas con capacidad de aprendizaje que ha terminado siendo la base de la inteligencia artificial actual.
El año 1979 y sus aledaños es el verdadero principio de una ola larga histórica que está concluyendo en los últimos años
Lo significativo de todos los sucesos mencionados, muy distintos en su visibilidad y repercusión inmediata, es la manera en que impactaban unos con otros, a veces de modo múltiple, con distinta intensidad y en diferentes momentos, como las bolas en el juego del billar. Y, al hacerlo, abrían y cerraban posibilidades futuras, que sólo con el correr de los años hemos podido entender en toda su dimensión.
La toma de la Gran Mezquita en 1979 fue una sacudida para la dinastía Al Saud, que había basado en la interpretación wahabí del islam su legitimidad tras la conquista de La Meca frente a los hachemíes, su custodio histórico, antes de fundarArabia Saudí pocos años después. El que un grupo de jóvenes saudíes radicalizados rechazara de manera tan ostentosa la autoridad religiosa de los Saud equivalía a cuestionar los propios cimientos de su poder. Unos meses antes, había triunfado en el vecino iraní una revolución que logró deponer al régimen del Shah bajo la acusación de impío y colaborador de Occidente. Ambos sucesos influyeron en la decisión saudí de apoyar a los insurgentes muyahidines en Afganistán, ante la necesidad de bruñir las credenciales religiosas de los Saud. Encontraron buena disposición en los Estados Unidos, a los que también interesaba por sus propias razones el éxito de los rebeldes afganos: se debilitaba a la URSS, y se mostraba que el islam era un aliado natural de Occidente frente al comunismo ateo. En efecto, los Estados Unidos no sólo apoyaban en el mundo árabo-musulmán a regímenes conservadores como el saudí, sino que su ayuda a los religiosos afganos contribuía a desmontar las razones de los revolucionarios iraníes, así como las críticas de otros países musulmanes a Egipto por la firma de la paz con Israel, pues Anwar el Sadat estaba lejos del nacionalismo socialista de Nasser.
El entrelazamiento de la toma de la Gran Mezquita, la revolución iraní, la guerra de Afganistán, y la paz israelo-egipcia está en el origen remoto de la guerra de Gaza que se inició con el ataque terrorista del 7 de octubre de 2023, así como de sus derivadas en la región. Por una parte, el acuerdo de paz con Egipto abrió por primera vez la posibilidad de una paz generalizada entre Israel y todos sus vecinos árabes, incluidos los palestinos: los acuerdos de Oslo no habrían sido posibles sin los de Camp David quince años antes, y solo a partir de aquellos se puede hablar de la solución de dos Estados, por lejana que nos parezca hoy. Por otra parte, el nuevo régimen iraní hizo de la destrucción de Israel uno de sus fundamentos ideológicos, fomentando, financiando y armando a organizaciones y países que constituyeron el frente del rechazo. Asimismo, el apoyo a los muyahidines afganos por Arabia Saudí, otras monarquías del Golfo y los Estados Unidos, permitió la puesta en práctica a gran escala, con objetivos políticos y militares, de una ideología que había sido desarrollada décadas antes por el pakistaní Maududi y el egipcio Al Qutb. No pasaron muchos años antes de que el 11-S y las conquistas del Daesh en partes de Siria e Irak mostraran cómo el yihadismo había convertido en sus enemigos a quienes habían tratado de instrumentalizarlo en provecho propio contra los soviéticos. El propio Israel había prestado, especialmente antes de la Segunda Intifada, algún tipo de asistencia a Hamás frente a la OLP, cuyo alcance es objeto de debate.
La derrota del régimen comunista afgano después de varios años de guerra, supuso un grave debilitamiento de la URSS. La perestroika y Gorbachov, pero también el propio final de la URSS, no se explican sin la derrota soviética en la guerra de Afganistán, en la que empezó a involucrarse a finales de 1979. La desaparición de la URSS ha sido calificada por Putin como la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX, sentimiento que explica en buena medida su decisión de restablecer por la fuerza el control sobre Ucrania. Por otra parte, las grandes reformas de corte prooccidental de la historia rusa vinieron precedidas de dolorosas derrotas militares: así, el reformismo de Pedro el Grande fue en parte el resultado de la derrota en la batalla de Narva frente a Carlos XII de Suecia, el de Alejandro II sobrevino tras la derrota en la primera guerra de Crimea, o la revolución de 1905 fue una de las consecuencias de la derrota frente a Japón. Estos precedentes explican la inflexibilidad de Putin para poner fin a la guerra que inició si no es mediante una victoria total de Rusia: quien ha hecho del euroasianismo y de una visión imperial, paneslava y panortodoxa el leitmotif de una Rusia enfrentada a Occidente no puede permitirse una derrota, y ni siquiera un empate, que corrija el rumbo de Rusia en sentido prooccidental.
El establecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y la República Popular de China en 1979 fue la culminación de varios años de negociaciones diplomáticas que tuvo como principal jalón el viaje de Nixon a China en 1972. La aproximación a China fue concebida al mismo tiempo que Estados Unidos tomaba conciencia de que no iba a ganar la guerra de Vietnam y necesitaba compensar su derrota con un acontecimiento de envergadura que compensase este revés en su enfrentamiento con la URSS. Una vez consumado el giro, se apostó por el desarrollo del capitalismo chino, facilitándole su acceso a la OMC en 2001. Una década después, Obama anunció el pivote hacia Asia, ante la constatación de que China llevaba trazas de convertirse en el gran rival de Estados Unidos, y que la liberalización económica de China no traería consigo la liberalización política. La nueva Administración Trump quizá pensó al principio de su mandato que se podría repetir la jugada de 1972/1979 introduciendo una cuña entre Rusia y China, esta vez apoyando a Rusia a costa de los intereses de seguridad europeos en la guerra de Ucrania. Tras titubeos y tentativas frustradas por la negativa de Putin a cualquier tipo de compromiso, parece que esa idea, si existió, se ha descartado, aunque sí persiste la voluntad de que la implicación y el coste norteamericanos en la guerra de Ucrania sean mínimos.
El cambio climático no habría alcanzado tal prominencia en la agenda internacional de nuestros días sin la toma de conciencia por parte de la opinión pública de que es en gran parte de raíz antropogénica, a lo que favoreció el previo consenso científico sobre sus causas. Pero tampoco lo habría hecho sin que existiera tecnología capaz de producir energía verde a precios asequibles y fuera, por tanto, factible plantearse una transición ecológica. Este último desarrollo trae sus orígenes de las dos crisis del petróleo de los setenta, pues las primeras turbinas eólicas modernas económicamente viables se remontan a 1979 y los primeros programas públicos de apoyo a la energía solar se aprobaron por aquel entonces, como por ejemplo el Federal Photovoltaic Utilization Program en Estados Unidos. Fueron imperativos económicos y geopolíticos y no estrictamente ecológicos los que están en el origen del desarrollo de tecnologías verdes.
La investigación de Kunihiko Fukushima, dada a conocer en 1979, fue el precedente de las redes neuronales convolucionales, desarrolladas por Hinton y Sutskever, que apostaron por un modelo iterativo o intensivo de IA frente al simbólico que había sido hasta entonces el mayoritario. La presentación en marzo de 2023 del ChatGPT, en cuyo desarrollo había sido clave Sutskever como científico principal de OpenAI, sirvió para que la opinión pública mundial fuera consciente de que la nueva tecnología estaba ya entre nosotros, llamada a influir en nuestras actividades en todos los ámbitos, de una manera comparable a como lo hizo la invención de la imprenta o incluso la propia escritura en la historia humana.
En 1979 fue elegida Margaret Thatcher primera ministra británica, y un año después Ronald Reagan ganó las presidenciales en Estados Unidos. El legado conjunto de Thatcher y Reagan fue especialmente perdurable en la apuesta por la desregulación. Esta hizo posible o, desde luego, amplificó los efectos de la crisis financiera provocada por la quiebra deLehman Brothersen 2008, que se cebó especialmente con el euro al no contar entonces con un entramado institucional suficientemente robusto. En el gran debate sobre cómo encauzar la IA de manera que se incrementen sus efectos beneficiosos y se reduzcan los nocivos, la desregulación que propugnan las grandes plataformas tecnológicas norteamericanas choca con el enfoque preferido por la UE.
El hecho de que en la entonces Comunidad Económica Europea se celebraran por primera vez elecciones directas al Parlamento Europeo en 1979 mostró la vocación de esta organización de convertirse en algo más que la suma de sus Estados miembros. La introducción del concepto de ciudadanía europea por el tratado de Maastricht en 1993 reforzó esta evolución. La UE que tenemos hoy encarna la voluntad de un pueblo europeo aún en fase de desarrollo, enfrentada a la hostilidad de actores externos e internos. Esta es la UE que intenta sobrevivir a la agresión rusa de Ucrania, que sufre los efectos del conflicto de Oriente Próximo y quisiera contribuir a solucionarlo, que se debate sobre la relación futura con China y Estados Unidos, que avanza hacia una defensa común y que procura controlar los efectos del cambio climático y los de la disrupción generada por la IA por su propio bien y, así lo cree, también por el de la humanidad.
La principal enseñanza de 1979 es que, por haber coincidido todos los acontecimientos reseñados en un mismo año, es más fácil constatar el condicionamiento recíproco de las grandes constantes geopolíticas e históricas, aún más pronunciado y visible en nuestro mundo globalizado y en la nueva época que inaugura el cuatrienio 2022-2025. A estas constantes me referiré en un próximo artículo.
No es posible analizar la situación de la UE —de ninguna comunidad política, en realidad— sin referirse al contexto internacional. El período que abrió el final de la Guerra Fría había sido especialmente propicio para la UE: la disolución pacífica de la URSS dio paso a una reactivación del papel de Naciones Unidas y del multilateralismo, al fin de la división en Europa gracias a la ampliación de la UE hacia el centro y el este del continente, al dividendo de la paz y a la aspiración de replicar en el resto del mundo la integración regional como mejor fórmula para garantizar la paz y la prosperidad.