El eje constituido desde la Edad Moderna por China, Rusia y Europa forma la columna vertebral de Eurasia y, prolongado a Estados Unidos en el siglo XX, la del mundo. La guerra de Ucrania define hoy sus dinámicas
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski (i), y el presidente estadounidense, Donald Trump. (EFE/Jim Lo Scalzo)
En un artículo anterior me referí a las constantes de la geopolítica y la historia en la región del Norte de África y Oriente Medio en sentido amplio, que los acontecimientos de 1979 habían permitido entrever, y que eran de nuevo determinantes en la época que abría el cuatrienio de 2022-2025 (Egipto, Irán, Israel, Arabia Saudí, Afganistán e Irak, además de Turquía, que servía de nexo con el resto de Eurasia). Abordo a continuación el eje horizontal que estructura Eurasia, a saber, la relación entre China, Rusia, Europa y, desde el siglo XX, también Estados Unidos, en su doble conexión atlántica y a través del estrecho de Bering.
La interconexión de Eurasia ha sido gradual a lo largo de la historia: el Imperio romano conectó el extremo occidental de Europa con los dos núcleos de civilización más próximos, Egipto y Mesopotamia, directamente y también indirectamente a través de la Grecia clásica y helenística. El islam, a través del continuum que formaban el califato abasida, los fatimíes norteafricanos y Al Ándalus, puso en contacto el occidente euroasiático con otro núcleo civilizatorio como fue el valle del Indo, renovando el inicial que protagonizó Alejandro Magno. Las invasiones mongólicas y la resultante pax mongólica de los siglos XIII y XIV conectaron a Europa con el núcleo de civilización situado en el extremo opuesto del continente, el valle del río Amarillo. Por la autopista que se abrió durante más de siglo y medio llegaron a Europa inventos como el papel, la pólvora y la imprenta de tipos móviles, que luego se perfeccionaría. A un ritmo más lento, la conexión se había establecido mucho antes entre, por una parte, la dinastía Han y otras posteriores y, por otra, el Imperio romano y luego Bizancio a través de la Ruta de la Seda.
Europa volvió a conectarse con China, ya sin intermediarios, a través del mar en la primera fase del imperialismo europeo, con protagonismo inicial portugués. El reencuentro podría haber sido mucho más intenso de lo que fue si la estrategia misionera de los jesuitas encabezados por Mateo Ricci, que favorecía la inculturación china para los conversos chinos al cristianismo, no hubiera sido rechazada por el papa Clemente XI a principios del siglo XVIII, zanjando así la llamada controversia de los ritos chinos. Los dos extremos euroasiáticos siguieron en contacto a través de dos vías, una terrestre y otra marítima. La primera fue obra de Rusia, que en 1671 llegó a las costas del Pacífico, en 1689 firmó un tratado de delimitación de fronteras con la China de los Qing, a mediados del XIX anexionó con los tratados de Aigun y Pekín territorios que habían quedado del lado chino, y en 1904 inauguró el ferrocarril transiberiano. La ruta naval tuvo como protagonista al Imperio británico: durante todo el siglo XVIII los contactos fueron de naturaleza mercantil, que se tornarían en armados a partir de la Primera Guerra del Opio (1839-1842), a cuyo término China fue forzada a firmar el tratado de Nankín, que, entre otras disposiciones, estipulaba la cesión de Hong Kong. Para China, el siglo XIX y la primera mitad del XX fueron el tiempo de la humillación, principalmente infligida por japoneses, británicos y rusos.
La recuperación de China se inició a mediados del siglo XX y el XXI está siendo el de su eclosión, o quizá sea más adecuado decir el restablecimiento de una posición de preeminencia histórica, parcialmente revertida desde las invasiones mongolas y, más tarde, la conexión directa con el otro extremo de Eurasia a partir del siglo XVI hasta la humillación decimonónica. Esta nueva fase de poderío chino, a diferencia de las anteriores, se caracteriza por no limitarse a su región natural del sudeste asiático y la península de Corea, sino que deja sentir su influencia en toda Eurasia y también en el resto del mundo.
Uno de los móviles de la disputa en los siglos XIX y XX entre rusos y británicos, primero -el "gran juego" por el control de Asia central tuvo una derivada china-, y entre soviéticos y norteamericanos, después, era quién ejercería mayor influencia sobre una China relegada a un papel secundario. El resultado de la guerra civil china en sus dos fases (1927-1936 y 1945-49) significó la victoria soviética, con el triunfo de la revolución comunista china y la huida de los nacionalistas chinos a Taiwán. Gracias al establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Popular China en 1979, Estados Unidos equilibró la situación en el interés de ambas partes: los norteamericanos compensaron los efectos de la derrota en Vietnam en su rivalidad con la URSS, mientras que los chinos no hacían sino mejorar sus bazas en la relación con su vecino soviético, deteriorada después del conflicto armado fronterizo de 1969.
China inició un proceso en 1979, en parte propiciado por el establecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos, en parte por el programa de reformas económicas promovido por Deng Xiaoping, que la llevaría a rivalizar con los Estados Unidos en la hegemonía mundial en apenas treinta años. El cuatrienio de 2022-2025 marca un nuevo giro en una relación que se remonta a los primeros contactos entre China y Europa, con dos rasgos distintivos: China ya no está en posición subordinada y, poniendo el foco en la guerra de Ucrania, es un juego a cuatro, y no el tradicional a tres (China, Rusia/URSS e Imperio británico/EEUU). El cuarto en liza es Ucrania/UE, al que me referiré como UE, por la condición de Ucrania de candidato a la adhesión y porque sin el apoyo militar y financiero europeo (y norteamericano durante la Administración Biden), Ucrania no habría podido resistir la invasión total de Rusia. El apoyo económico y tecnológico de China a Rusia, sin ser tan explícito y determinante como el europeo a Ucrania, se ha terminado convirtiendo en esencial para que los rusos puedan mantener el esfuerzo bélico cuatro años después del inicio de la agresión, como recientemente ha afirmado el secretario general de la OTAN. Es preciso subrayar que centrar el análisis del eje euroasiático-norteamericano alrededor del impacto de la guerra de Ucrania entraña una simplificación, porque la disputa entre Estados Unidos y China por el liderazgo mundial implica al resto del mundo además de Rusia y la UE, con un papel relevante de otros actores asiáticos como India, Pakistán, Japón, las dos Coreas y los once Estados miembros de ASEAN.
Isabel RodríguezVídeo: A. MasaFotografía: V. Rabanillo
La guerra de Ucrania, que solo quiso la Rusia de Putin, pero ninguno de los otros actores en liza, ha alterado las dinámicas y planteamiento de la relación con Occidente de la nueva China en la era global. Antes del estallido de la guerra de Ucrania, los dos protagonistas en la lucha por el liderazgo mundial robustecían alianzas previas o tejían nuevas, en previsión de un futuro choque. Por lo que respecta a Estados Unidos, los aliados europeos estaban firmemente encuadrados en la OTAN: a partir del anuncio del pivote a Asia por Obama (2011) se forzó a los europeos (cumbre de la OTAN de Chicago de 2012) a asumir una mayor proporción del gasto en defensa (2% del PIB), aumentado al 5% en la cumbre de La Haya de 2025; los norteamericanos hacían gestiones para que los europeos secundasen las restricciones impuestas a las inversiones y licitaciones públicas chinas en infraestructuras críticas, así como limitaciones a las exportaciones a China de ciertos productos de alta tecnología; asimismo, los norteamericanos iban empujando a los europeos a ampliar el ámbito geográfico de la coalición, que dejaría de ser el exclusivamente europeo (o euroatlántico) para incluir lo que en términos geopolíticos se ha llamado el "Indo-Pacífico".
China no está unida a Rusia por una alianza militar, aunque sí por su común membresía en organizaciones de cooperación de amplio espectro, como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái, y le ha brindado además cobertura diplomática en aquellos dosieres más sensibles para Rusia, como Serbia/Kósovo, Siria hasta el final del régimen de Bashar al-Ásad o el Donbás y Crimea después de 2014.
La invasión a gran escala de Ucraniaen febrero de 2022 ha dado lugar a un escenario inesperado, y es que el choque no se ha producido entre China y Estados Unidos, sino entre los aliados reputados débiles por sus respectivos hegemones, embarcados en una confrontación directa entre Rusia y Ucrania e indirecta entre Rusia y el resto de los europeos. La debilidad rusa estriba en su escasa población en términos relativos para su extensísima superficie (140 millones de habitantes para más de 17 millones de km2) y un PIB que, con 2 billones de dólares, es inferior al de Italia. Su principal fortaleza reside en su ejército y arsenal nuclear y en su riqueza en hidrocarburos y otros recursos naturales. La debilidad europea radica en su división y en su limitada capacidad militar si prescinde del aliado norteamericano. Su fortaleza se basa en su población, riqueza y tecnología.
La guerra de Ucrania puede analizarse como un juego de espejos del gran eje horizontal euroasiático con su prolongación hacia América del Norte, en que las imágenes que arrojan de las respectivas debilidades no siempre se corresponden con las preconcebidas. Esta distorsión opera en todos los sentidos: de los hegemones hacia sus aliados, de los hegemones entre sí, de rusos y europeos mutuamente, y en lo que se refiere a las autopercepciones que de sí mismo tiene cada uno.
La división de Europa no ha sido tan marcada como anticipaba Putin, y la prueba son las diecinueve rondas de sanciones impuestas por la UE, la rápida sustitución del gas natural importado de Rusia a través de oleoductos, los mecanismos que se han encontrado (nacionales, comunitarios u otros) para financiar el esfuerzo bélico de Ucrania, la reactivación del proceso de adhesión en los Balcanes occidentales y la aceptación de las candidaturas de Ucrania, Moldavia y (condicionada) Georgia, o las propuestas para acelerar una defensa común europea. Desde luego, la pretendida división de Ucrania entre el este prorruso y el oeste prooccidental ha resultado ser falaz: gracias a la guerra, Putin se ha convertido en el mejor forjador de una identidad nacional antes oscilante.
Entre las consideraciones chinas para decidir qué política seguir en relación con la guerra de Ucrania, no parece que el deterioro de su imagen en Europa haya pesado mucho: en primer lugar porque Europa en su conjunto no tiene clara la relación futura con China, a la que se la califica de "socio, competidor y rival sistémico", y, sobre todo, por la existencia de posiciones divergentes de los europeos respecto a China, como resulta de la participación de unos europeos sí y otros no en iniciativas como la de la Franja y de la Ruta o la 14+1 (antes 17+1), o en el ámbito estrictamente bilateral.
Para Europa ha resultado mucho más nociva, por inesperada, la constatación de que la alianza atlántica no ha sido tan sólida como se creía: así como la Administración Biden juzgó que la mejor manera de afrontar su gran rivalidad con China a largo plazo era no abandonar a los aliados europeos en su hora de necesidad, la segunda Administración Trump tiene más la vista puesta en el corto plazo. La elevación del arancel a la UE a sabiendas de que los europeos no podían permitirse una guerra comercial con Estados Unidos mientras continúe la guerra de Ucrania ha menoscabado la confianza de los europeos en el futuro de la relación transatlántica.
La economía, que los europeos reputaban como la principal debilidad de Rusia, ha resistido mucho mejor de lo que pensaban. Ello en parte se ha debido a la habilidad de los operadores rusos en sortear las sanciones, y en parte a que la comunidad internacional no ha reaccionado a la agresión rusa de Ucrania como esperaban los europeos. Mucho más grave para Rusia ha sido la constatación de que su ejército no era la máquina invencible de la que se jactaban: el hecho de que, tras cuatro años de guerra, Ucrania aún siga en pie y manteniendo una línea de frente que apenas se ha movido en el último año disminuye el peso de Rusia en el eje euroasiático-norteamericano.
Quizá el factor más desequilibrante en cuanto a percepciones sea que los europeos se sabían dependientes de los Estados Unidos, desde luego en el ámbito militar, mientras que Rusia se autopercibía en pie de igualdad respecto a China, lo que para cualquier observador externo no es sino una grave distorsión de la realidad. De hecho, la prolongación de la guerra y la necesidad cada vez mayor del apoyo de China ha obligado a Rusia a malvender parte de su riqueza en hidrocarburos y minerales, que solo es concebible reputar como fortaleza en la medida en que se pueda maximizar el beneficio de su explotación.
Y es que las autopercepciones varían según la perspectiva que se adopte. Rusia se ha embarcado en esta guerra con la vista puesta en el pasado: en el pasado mítico de un pueblo ruso del que el ucraniano no sería sino la modalidad pequeño rusa, y en el pasado de la Guerra Fría durante la que la URSS predominaba sobre la China comunista. Europa, y la UE en particular, sabe que para sobrevivir a este momento crítico solo puede hacerlo mirando hacia el futuro: con emisión conjunta de deuda para financiar emergencias sobrevenidas, con el desarrollo de una defensa común europea o con la aceleración de la adhesión de los candidatos sin que se resienta la toma de decisiones de la Unión ampliada. En otras palabras, sabe que tiene un futuro, y que ese futuro se llama más unión.
La prolongación de la guerra de Ucrania alterará aún más los equilibrios internos a lo largo del eje euroasiático-norteamericano: aparte de Ucrania, cuyo nivel de sufrimiento y destrucción es indescriptible, Rusia aparece como la más perjudicada, con unas bajas militares que se calculan en millón y medio de personas, con una economía de guerra que sólo puede mantener a un gran coste, y cada vez más dependiente de China. La UE podría, con la mirada puesta en el futuro, salir más unida del envite. Estados Unidos, si no varía su actual política, se encontraría con unos aliados europeos a los que será más difícil convencer de que sus intereses en el Indo-Pacífico son convergentes. China aparecería como la gran beneficiada, con Rusia cada vez más subordinada a ella y una alianza noratlántica debilitada, empujando a los europeos, juntos o por separado, a intensificar los contactos directos que se iniciaron con China en el siglo XVI. Hasta el punto de que se podría dar la vuelta al dilema que zanjó el papa Clemente XI en 1704: no se trataría ya de la exportación de un cristianismo que hubiera respetado la inculturación china, sino de la importación de una cosmovisión china que respete la inculturación europea.
En el interés de la actual Administración norteamericana debería estar abordar la guerra de Ucrania con la misma visión a largo plazo para sus intereses que había seguido la Administración Biden. Con una perspectiva a largo plazo, mirando tanto hacia el pasado como hacia el futuro, la seducción que China es capaz de ejercer sobre Europa es, en el fondo, limitada. Tanto como la que Europa ha podido obrar sobre China desde que se entablaron los primeros contactos hace siglos: el peso de una civilización cuyo eje es el individuo, fruto de la herencia del cristianismo y de la filosofía clásica, se contrapone al peso de otra civilización forjada por el confucianismo y su énfasis en la sociedad, ya que la perfectibilidad del individuo tiene como principal misión la armonía social. Esta contraposición de dos civilizaciones fundacionales persiste, aunque en el primer caso haya pasado por el tamiz de la secularización y en el segundo del comunismo. Pero incluso esta seducción de potencial limitado puede terminar prevaleciendo sobre la natural ejercida por Estados Unidos si este país insistiera en imponer una claudicación a ucranianos y resto de europeos en la guerra en curso, a poco que los chinos utilicen su influencia sobre Rusia para propiciar al menos un empate que ponga fin al conflicto, empezando por un alto el fuego basado en la congelación de las actuales líneas del frente. Por eso la guerra de Ucrania puede ser tan decisiva para el futuro del eje euroasiático (y norteamericano) como lo fueron las invasiones mongolas del siglo XIII.
En un artículo anterior me referí a las constantes de la geopolítica y la historia en la región del Norte de África y Oriente Medio en sentido amplio, que los acontecimientos de 1979 habían permitido entrever, y que eran de nuevo determinantes en la época que abría el cuatrienio de 2022-2025 (Egipto, Irán, Israel, Arabia Saudí, Afganistán e Irak, además de Turquía, que servía de nexo con el resto de Eurasia). Abordo a continuación el eje horizontal que estructura Eurasia, a saber, la relación entre China, Rusia, Europa y, desde el siglo XX, también Estados Unidos, en su doble conexión atlántica y a través del estrecho de Bering.