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Juan González-Barba Pera

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Imperios e imitación

A lo largo de la historia, las potencias ascendentes y las hegemónicas provocan que otros quieran imitar las claves de su éxito. China no es una excepción

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump, y su homólogo chino, Xi Jinping. (Reuters/Archivo/Evelyn Hockstein)
El presidente de EEUU, Donald Trump, y su homólogo chino, Xi Jinping. (Reuters/Archivo/Evelyn Hockstein)

El politólogo Graham Allison popularizó en su libro publicado en 2017 la expresión "la trampa de Tucídides", referida a la gran cuestión que suscita la rivalidad entre Estados Unidos y China, a saber, ¿acabará o no su rivalidad en un conflicto militar? El historiador griego atribuía la causa de la guerra del Peloponeso a la negativa de Esparta, potencia dominante en la Hélade, a aceptar el ascenso de Atenas hasta usurparle su posición. A partir de esa reflexión, Allison analizaba dieciséis casos históricos de desafíos de una potencia emergente frente a otra establecida, de los que doce acabaron en conflicto armado, y concluía que la confrontación militar no es inevitable, siempre que se privilegie la diplomacia sobre cualquier otra consideración.

Los precedentes históricos permiten, pues, albergar la esperanza de que el ascenso de China a la cohegemonía mundial no suponga un enfrentamiento militar entre las dos superpotencias. El precedente inmediato, que fue la rivalidad de Estados Unidos y la URSS durante la Guerra Fría, fue precisamente una de las excepciones a la regla general, que no evitó sin embargo la proliferación de guerras por procuración que enfrentaron a aliados de las dos superpotencias.

Uno de los factores que explica el que se hubiera evitado el choque directo fue la condición nuclear de ambos países, en la raíz de la doctrina militar de la destrucción mutua asegurada que desincentivaba cualquier intento de iniciar un ataque nuclear o convencional. Esta poderosa disuasión mutua sería de aplicación a las relaciones entre Estados Unidos y China si entraran en una fase de hostilidad como la que caracterizó a las soviético-norteamericanas durante la Guerra Fría. Un elemento adicional que permite confiar que la rivalidad sino-norteamericana se dilucidará por medios pacíficos es la imbricación comercial, financiera y de inversiones entre los dos países, que fue inexistente entre los Estados Unidos y la URSS.

Lo que es una regla histórica sin excepciones es que el roce entre hegemones, o entre potencias en declive frente a otras emergentes o ya establecidas desencadena un proceso imitativo, por el que se trata de implantar en la propia sociedad y Estado las claves que han propiciado el éxito del rival. Hay ocasiones en que la imitación es deliberada y auspiciada desde el mismo poder. En otras, sin embargo, se produce más bien un reflejo imitativo no necesariamente consciente que parte de la sociedad en su conjunto, sin perjuicio de que termine siendo abrazado por el poder político.

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Durante la hegemonía mundial europea del siglo XIX y principios del XX fueron varios los casos de imitación que partieron del poder político, otrora dominante, y que se veía confrontado a una situación de inferioridad intolerable. Los más conocidos fueron las reformas Tanzimat (1839-1876) en el Imperio otomano, las de Mehmet Ali en Egipto en el primer tercio del siglo XIX, la era Meiji en Japón (1868-1912) y la modernización de China durante el periodo reformista Tongzhi en la segunda mitad del XIX. En todos estos casos el desencadenante fue una derrota militar o una serie de derrotas militares por tropas occidentales, seguidas de imposición de acuerdos desiguales.

El arranque del proceso reformista fue similar en todos los casos, aunque a medida que avanzaba los pasos siguientes resultaban cada vez más difíciles de aplicar, hasta que la dificultad se convertía en insalvable. El inicio se focalizaba en la reforma militar. Se enviaban militares a los países occidentales cuyo ejército se pretendía imitar o se invitaban a expertos militares con el encargo de reformar los ejércitos. La parte más sencilla consistía en importar o fabricar el nuevo armamento, adiestrar a los militares en su manejo y aprender las nuevas tácticas y estrategias.

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Pronto se constataba que la remodelación del ejército era muy costosa, y que se requerían reformas económicas para allegar recursos a la manera que lo hacían los países occidentales más desarrollados. Además, hacían falta conocimientos avanzados que solo se podían adquirir introduciendo estudios de ingeniería, lo que a su vez precisaba de profundas reformas de todo el sistema educativo. A medida que avanzaba el impulso reformista, resultaba más evidente que las reformas económicas y educativas necesarias entraban en conflicto con grupos de poder establecidos, ya fueran religiosos, ya señores feudales, ya burocracias que se resistían a desprenderse de sus reductos de poder. En último término, parecía que no se llegaría a la fuente última del poder occidental si no se imitaban sus sociedades y sistemas políticos, con lo que los reformistas se adentraban en eso que se llamó occidentalización, con riesgo de perder el alma y genio propios de cada país.

Este proceso imitativo no es nuevo, sino que se ha producido una y otra vez en la historia. Uno de los casos más célebres de la Antigüedad es la influencia que ejercieron Ciro el Grande y sus inmediatos sucesores sobre algunos de sus rivales o quienes le sucedieron, así sobre Alejandro el Grande, o más tarde sobre el Imperio romano y, por intermedio de los persas sasánidas, también sobre el califato abasida. Si de lo remoto se salta a lo cercano, no debemos olvidar que la URSS, especialmente hasta finales de los años 60, influyó indirectamente en la construcción del Estado de bienestar en Occidente.

En algunos países, como en Francia e Italia, en los que la fuerza y el atractivo de los partidos comunistas fue significativa hasta los años setenta, la influencia parecía más evidente. Pero el New Deal de Roosevelt, el sistema sanitario universal británico de la posguerra o la nacionalización de industrias en sectores estratégicos, aunque inspirados en elementos autóctonos como el keynesianismo, no dejaban de responder también a lecciones que venían de la otra parte del telón de acero, incluso antes de que este se erigiera: así, la protección frente a los efectos de la crisis del 29, las elevadas tasas de crecimiento económico, la paz laboral, por no hablar de los logros científicos en la carrera espacial. A su vez, la victoria occidental que se certificó con el final de la Unión Soviética produjo una exaltación del modelo liberal y capitalista, simbolizado en el artículo de Fukuyama El fin de la historia. Durante un par de décadas, hasta la crisis financiera desatada por la quiebra de Lehman Brothers, se pensaba que la manera más eficiente de asegurar el crecimiento económico y la libertad -y felicidad- de los ciudadanos era permitiendo actuar sin trabas al mercado, preconizando un Estado mínimo y promoviendo allí donde se pudiera la desregulación.

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El auge de China, evidente desde el principio de la pasada década (en 2011 Obama anunció el pivote a Asia), está dejando sentir su influencia en los Estados Unidos y Europa en aspectos más sutiles que sus productos industriales a precios más reducidos y de calidad cada vez mayor, también en tecnología puntera, y que su capacidad de construir infraestructuras mastodónticas a menor coste y en menos tiempo. Es revelador el éxito del libro de Dan Wang, Breakneck: China’s Quest to Engineer the Future, en que describe cómo China es un país de ingenieros, mientras que Estados Unidos lo es de abogados. Mientras que en China prima la eficiencia y el resultado, en Estados Unidos prevalece el procedimiento y la protección de todos los posibles afectados por cualquier iniciativa, cuyas alegaciones han de ser tenidas en cuenta y, en su caso, ser indemnizados por los perjuicios ocasionados.

El poder de los abogados remite al Estado de derecho, y éste al rasgo específico de las democracias liberales. La tentación es grande de que, deslumbrados por la eficiencia económica de China, se quiera imitar un modelo que reposa sobre el autoritarismo institucional, esto es, un poder que no es elegido regularmente por los electores, sino cooptado en el seno del Partido Comunista como órgano rector del país. Con independencia de los casos más llamativos de deriva iliberal de regímenes democráticos que están sucediendo en algunos países occidentales y que pueden encontrar alguna inspiración en el sistema chino (o en el ruso, combinado con factores autóctonos), es indudable que en todos, y desde luego en la UE, se están registrando algunos cambios en que se puede rastrear la influencia del modelo chino. Por ejemplo, la resurrección de la política industrial, olvidada hasta hace poco porque se argüía que nadie estaba en mejor posición que el mercado para regularla. O la conveniencia de contar con campeones industriales, para cuyo desarrollo se precisa de un impulso activo de los poderes públicos, incluidas las subvenciones. O, en relación con los dos últimos puntos, la revisión de las normas de competencia y antimonopolio.

Es inevitable que se intente imitar, hasta donde sea posible, los rasgos de un sistema que se juzga exitoso, principalmente en términos económicos (el poder militar de China, a diferencia del de los europeos en el siglo XIX y del de soviéticos y norteamericanos en los siglos XX y XXI, no ha sido testado sobre el terreno, porque la guerra sino-vietnamita de 1979, la última que libró China, no es un precedente aplicable a la China actual). La cuestión decisiva es fijar el límite máximo de la imitación. Por ejemplo, en la mayoría de los países musulmanes, la separación entre el poder religioso y político propio de las democracias occidentales se reveló una barrera infranqueable en la mayoría de los casos, porque, como decía Bernard Lewis, Mahoma había sido "su propio Constantino". A diferencia de Jesucristo, no llevó a cabo su predicación en un marco jurídico y político preexistente, sino que además de profeta fue legislador y jefe militar. El equilibrio de poderes en las sociedades musulmanas operaba entre el soberano y los ulemas, y el debilitamiento de estos últimos trajo como consecuencia en muchos casos, especialmente en las primeras fases de la occidentalización, un incremento de la autocracia irrestricta.

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El fundamento del poder europeo, basado en el cristianismo y la filosofía clásica, pone en el centro al individuo y no a la sociedad, como es típico en la tradición confuciana. Además, la propia configuración del sistema europeo a partir del año 800, con un papado independiente y una serie de centros de poder cambiantes y en permanente rivalidad, ha hecho del equilibrio de poderes la piedra angular de su gobernanza. La creación de la CEE/UE aportó la novedad de que la rivalidad dejaba de ventilarse de manera violenta, sino de acuerdo con unos procedimientos contenidos en los tratados fundacionales.

Con esto quiero decir que en Occidente en general, y en Europa en particular, se podrán reducir los excesos de los abogados, pero no hasta el punto de que sean los ingenieros los que dicten el rumbo de la sociedad, como metáfora unos de la democracia y el Estado de derecho y otros de la eficiencia económica sin importar cómo se adoptan las decisiones. Salvo, claro está, que se pretenda ensayar un nuevo modo de gobernanza y contrato social que haga tabla rasa de los fundamentos de la civilización occidental, y la europea en particular. Los acontecimientos que estamos viendo en Estados Unidos en el último año aconsejan no descartar de antemano ninguna posible evolución de modo categórico.

El politólogo Graham Allison popularizó en su libro publicado en 2017 la expresión "la trampa de Tucídides", referida a la gran cuestión que suscita la rivalidad entre Estados Unidos y China, a saber, ¿acabará o no su rivalidad en un conflicto militar? El historiador griego atribuía la causa de la guerra del Peloponeso a la negativa de Esparta, potencia dominante en la Hélade, a aceptar el ascenso de Atenas hasta usurparle su posición. A partir de esa reflexión, Allison analizaba dieciséis casos históricos de desafíos de una potencia emergente frente a otra establecida, de los que doce acabaron en conflicto armado, y concluía que la confrontación militar no es inevitable, siempre que se privilegie la diplomacia sobre cualquier otra consideración.

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