Un gran acuerdo regional podría hacer posible el Estado palestino

La creación de una entidad política independiente es una necesidad para la paz, y algunas propuestas ganan tracción, como una federación palestino-jordana. Las demás opciones son malas para todos

Foto: Manifestantes palestinos discuten con un policía israelí durante una protesta en Belén, el 14 de abril de 2017. (Reuters)
Manifestantes palestinos discuten con un policía israelí durante una protesta en Belén, el 14 de abril de 2017. (Reuters)

Tras la rueda de prensa conjunta de Donald Trump y Benjamín Netanyahu el pasado mes de febrero, la fórmula apoyada internacionalmente para la resolución del conflicto entre israelíes y palestinos, la solución de dos estados, ha vuelto a ponerse en cuestión. Ante la pregunta de un periodista sobre el apoyo de EE UU a dicha solución, Trump, fiel a su estilo, contestó “…uno, dos estados… me gusta lo que a las dos partes les guste, puedo vivir con cualquiera de las dos”.

Las reacciones a la ambigüedad de Trump no se hicieron esperar. Nikki Haley, la embajadora de los EE UU ante la ONU, dijo que Washington sigue apoyando la solución de los dos estados; Erel Margalit, miembro del principal partido de la oposición de Israel, lamentó que “Israel había perdido”, y el asesor estratégico de Mahmud Abas, Husam Zolot declaró que: “La solución de dos estados no es algo que se nos ocurrió. Es un consenso internacional y una decisión tomada después de décadas del rechazo de Israel a la fórmula democrática de un estado.”

A pesar de sus declaraciones sobre uno o dos estados, Trump mencionó algo más interesante y amplio: un acuerdo de paz regional que incluya a más países de Oriente Medio, presumiblemente a los aliados árabes de EEUU. Ante el actual deterioro del proceso de paz entre israelíes y palestinos, un impulso regional, apoyado por los norteamericanos, podría reiniciar de nuevo las negociaciones.

Un mes después de las declaraciones de Trump, la idea de un acuerdo de paz regional parece estar funcionando. A finales del mes pasado, el secretario general de la ONU, António Guterres, parecía lanzar un guiño a la idea en Twitter, tras su asistencia a la cumbre de la Liga Árabe. Los países árabes, tras la cumbre, emitieron un declaración por la que se podía intuir que están de acuerdo en el impulso regional al proceso de paz.

Cumbre de la Liga Árabe en Jordania, el 29 de marzo de 2017. (Reuters)
Cumbre de la Liga Árabe en Jordania, el 29 de marzo de 2017. (Reuters)

Por qué la solución de dos estados está estancada

La solución de los dos estados no es nueva, ni proviene de los acuerdos de paz firmados en Oslo en la década de los noventa —en tal sentido, Zolot, se equivoca—. La propuesta lleva encima de la mesa desde noviembre de 1947, cuando la ONU aprobó el plan de partición de la Palestina histórica en dos estados, uno árabe y otro judío.

Una argumentación clásica de los israelíes es que los árabes palestinos han podido tener su estado en 1947, en 2000 y en 2008, y en estas tres ocasiones lo rechazaron. Los palestinos, en contraposición, aducen que sus condiciones mínimas para tener su estado son irrenunciables —en concreto, según sus reivindicaciones, el estado palestino tendría que tener Jerusalén Este como capital, además de incluir el regreso, acompañado de una restitución, de los refugiados palestinos y sus descendientes al lugar donde vivían antes de 1948. Es cierto que los palestinos pudieron crear un Estado independiente con todas sus competencias en el pasado, independientemente del estatus final de Jerusalén o la vuelta de los refugiados y su compensación, pero el estancamiento actual del proceso de paz obedece a más razones, y no sólo a la negativa de los palestinos a decir que sí a un acuerdo con Israel.

En líneas generales, la solución de dos estados plantea y promueve, en el contexto de unas negociaciones bilaterales, la creación de otro Estado junto a Israel, Palestina, en las fronteras delimitadas por la línea verde (línea de armisticio entre Israel y Jordania en 1949) modificada mediante intercambios de tierras como contraprestación a la porción de territorio que Israel retuviera finalmente bajo su soberanía. Las causas que han truncado que este plan se lleve a cabo han sido las mismas que mantienen el conflicto vivo durante tanto tiempo: seguridad, fronteras, refugiados y Jerusalén. Pese a ostentar un consenso internacional casi pleno, un Estado árabe de Palestina, independiente, y viviendo en paz y colaboración junto a su vecino a Israel, no está cerca de consumarse.

Y ambas partes tienen responsabilidades en el actual colapso de las negociaciones de paz.

Ethel Bonet. BeirutEthel Bonet. Beirut

Por un lado, los palestinos están divididos y han gestionado muy mal la autonomía concedida tras los Acuerdos de Oslo —una autonomía que sería una fase previa a su posterior independencia política plena—. Desde 1994 hasta hoy, casi 23 años después, a falta de una Palestina independiente, hay dos entidades no estatales palestinas distintas y enfrentadas.

La primera, creada tras los Acuerdos de Oslo, es la Autoridad Nacional Palestina (ANP). La ANP gobierna en Cisjordania, y está salpicada de escándalos de corrupción; algo de lo que se han hecho eco, entre otros, Transparencia Internacional. La corrupción ha provocado una creciente desafección en los ciudadanos de Cisjordania con el actual gobierno; en 2016 una encuesta revelaba que un 64% de los palestinos pensaba que Abbas debería dimitir. Esta desafección también se alimenta por la calidad de gobierno de la ANP de cara a sus ciudadanos. Atendiendo a la investigación sobre el terreno de Dana el Hurd, experta en política comparada, la ANP también ejerce una administración autoritaria. La autonomía palestina ha estado también coartada, y en muchas ocasiones anulada, por el control militar que practica el ejército israelí sobre Cisjordania.

La segunda, en Gaza, enfrentada con la primera, está liderada por Hamas, un movimiento islamista radical (en la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea desde 2003) que está en contra de cualquier negociación y sólo contempla la lucha total contra Israel —de hecho, ha provocado en los últimos años tres conflictos a gran escala en los cuales la población civil gazatí ha sufrido las peores consecuencias.

Niños refugiados palestinos juegan en la calle en el norte de la Franja de Gaza. el 18 de abril de 2017. (EFE)
Niños refugiados palestinos juegan en la calle en el norte de la Franja de Gaza. el 18 de abril de 2017. (EFE)

Cómodos con el status quo

La ANP sí apoya, en teoría, la solución de los dos estados, pero aún no ha firmado con los israelíes un acuerdo final. Arafat se levantó de la mesa de negociaciones en Camp David II en el año 2000 —de acuerdo con el relato del miembro del equipo negociador israelí Gershon Baskin, el líder palestino lo hizo cuando se habló de la propuesta de Jerusalén—y Mahmud Abbas rechazó en el año 2008 la propuesta del anterior premier israelí Ehud Olmert. Aparte de las reivindicaciones de los líderes de la ANP, si ambos grupos no se reconcilian y Hamas no cambia su postura y reconoce la existencia de Israel, negociar la creación de un estado con los palestinos será una tarea imposible. A esta división de los palestinos, se añaden las olas de violencia y de ataques terroristas en ciudades israelíes por parte de Hamas y otros grupos como la Yihad Islámica, que han provocado que los israelíes desconfíen del proceso de paz, y que su gobierno se enroque en posiciones más inmovilistas.

A este respecto, los israelíes se han acomodado a vivir con el statu quo actual. Tras años de violencia, la presión de la sociedad israelí por un acuerdo de paz ha descendido; la Segunda Intifada, el lanzamiento de cohetes desde Gaza y la última ola de ataques, conocida como intifada de los cuchillos, han hecho que muchos israelíes prefieran el statu quo de ahora y no otro intento de acuerdo frustrado, tal como apunta Max Fisher en el New York Times.

Elías CohenElías Cohen

Por otro lado, los sucesivos gobiernos israelíes no han impedido, sino que han favorecido el crecimiento de población en los asentamientos de Cisjordania, y el actual gobierno, con ministros contrarios al Estado palestino, está cómodo y es proclive a la prolongación de la situación actual. Hoy, según Geoffrey Aronson del Middle East Institute, los israelíes que viven en los asentamientos llegan casi al 10% de la población de Israel. No obstante, los gobiernos de Israel, llegado el momento, han demostrado su compromiso de desalojar asentamientos. Así ocurrió en el Sinaí en 1979 y en Gaza en 2005. Ahora, en cambio, y con la experiencia de Gaza, los israelíes no perciben que la fórmula territorios por paz, acuñada por el gobierno de Isaac Rabin, firmante de los Acuerdos de Oslo, sea efectiva. Y de ello se aprovechan las fuerzas políticas que no quieren un Estado palestino de ninguna de las maneras posibles, y que abogan por la anexión de todo el territorio cisjordano conocido como área C (administración y control militar israelí) y dejar las ciudades del área A (administración civil y militar palestina) y área B (administración política palestina, control militar israelí) bajo la independencia política que los palestinos prefieran. De acuerdo con esta estrategia, conocida como “plan para la calma”, ideada por el actual ministro de Educación Naftalí Bennett, a los 48.000 palestinos que viven en el área C se les otorgaría la ciudadanía israelí o la residencia permanente.

Las reticencias de los líderes de ambos pueblos a la solución de dos estados también se reflejan en sus ciudadanos. Ambas sociedades se polarizan cada vez más de cara a ello. En 2016 una encuesta elaborada por el European Union Peace Building Initiative reveló que un 56% de los palestinos y un 45% de israelíes estaban en contra de una solución basada en dos estados.

El primer ministro israelí Benyahim Netanyahu llega a una reunión del Gobierno en Jerusalén, el 9 de abril de 2017. (Reuters)
El primer ministro israelí Benyahim Netanyahu llega a una reunión del Gobierno en Jerusalén, el 9 de abril de 2017. (Reuters)

Por qué la implicación regional de los países árabes sería beneficiosa

Añadir más países árabes a la ecuación tampoco es nuevo, ni mucho menos una ocurrencia de Trump. La Conferencia de Paz de Madrid o el Plan de Paz Saudí de 2002 son intentos previos de implicar a toda la región en una paz justa y duradera. Y no han sido las únicas.

Recientemente, ante el estancamiento de una solución de dos estados para dos pueblos, históricos líderes como el laborista Shlomo Ben Amí, han propuesto una tercera vía: la federación palestino-jordana. Según apunta Ben Amí, haciéndose eco de una encuesta del Palestinian Center for Policy and Survey Research, un 55% de los palestinos apoyaría esta idea. La federación ha sido además promovida por anteriores primeros ministros jordanos como Salam Majali y Taher al-Masri. Ciertamente, el apoyo y la colaboración de Jordania con los palestinos sería muy beneficiosa para la funcionalidad del Estado palestino, y ofrecería más seguridad a los israelíes.

Elías CohenElías Cohen

Aunque en un análisis en profundidad, la propuesta de Trump no sólo busca una paz estable, sino que también intenta reordenar Oriente Medio. La geopolítica siempre entra en juego y, en este caso, los aliados suníes de EE UU son proclives a formar un frente conjunto en contra del creciente poder de Irán en la región —y apoyar y coordinar un acuerdo de paz final con los palestinos sería una de las condiciones. Un acuerdo regional que incluya a más países árabes es una buena idea que podría traer un poco de estabilidad a Oriente Medio, y la existencia de Israel podría normalizarse, por fin, entre sus vecinos. En tal sentido, el plan saudí para la paz de 2002 es una buena base para las negociaciones y un óptimo punto de partida para alcanzar tan ambicioso acuerdo. Algunos especialistas en Oriente Medio como Aaron David Miller son muy escépticos con el plan de Trump y recelan de los países suníes del Golfo.

Manifestantes palestinos se enfrentan a las fuerzas de seguridad israelíes en Belén, el 17 de abril de 2017. (Reuters)
Manifestantes palestinos se enfrentan a las fuerzas de seguridad israelíes en Belén, el 17 de abril de 2017. (Reuters)

La independencia política palestina es necesaria para todos

Pero más allá de cualquier solución local o regional, más allá de cualquier propuesta innovadora, el fin tiene que ser el mismo: la creación de un Estado palestino. Sin Estado palestino, sin federación jordana-palestina, o sin cualquiera de las formas estatales que se puedan plantear, Israel puede optar por: 1) Mantener el actual statu quo, que tarde o temprano volverá a estallar: Nathan Thrall del International Crisis Group advierte que “La solución de mantener el statu quo es la más aterradora de las posibilidades”; 2) Otorgar derechos y ciudadanía a los ciudadanos palestinos y convertirse en las siguientes elecciones en un Estado árabe o en un estado lleno de conflictos étnicos como Líbano; y 3) Anexionarse el área C de Cisjordania, y dejar el resto, incluido Gaza, a su suerte, como un régimen de cantones independientes pero desconectados. Las tres soluciones son malas para ambos pueblos, para la paz y para la región.

El objetivo final de todo proceso de paz debe ser el mismo. A pesar de las deficiencias de las que adolece el liderazgo palestino actual, la mejor salida posible para un conflicto que dura casi cien años es que los palestinos tengan un Estado independiente y que sepan hacerlo funcionar.

La solución de los dos estados, con todas las nuevas ideas que se añadan, es la mejor para que, tanto Israel como Palestina, vivan en paz y prosperidad. Si un acuerdo regional ayuda, bienvenido sea.

Tajles

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