El trumpismo existe: EEUU lidera el primer gran repliegue contra la globalización

¿Hay una ideología detrás de las salidas de tono y las acciones de una Casa Blanca en aparente caos? La hay, y sienta un precedente que, de tener éxito, puede ser imitado en otros lugares

Foto: Partidarios de Donald Trump saludan a la caravana presidencial a su llegada a Mar-a-Lago, Florida, en noviembre de 2017. (Reuters)
Partidarios de Donald Trump saludan a la caravana presidencial a su llegada a Mar-a-Lago, Florida, en noviembre de 2017. (Reuters)

A finales de enero, Jon Spoel, de la BBC, se preguntaba si las políticas de Donald Trump después de un año en la presidencia podrían traducirse en un “ismo”. Spoel citaba la opinión de Ron Christie, antiguo asesor de George W. Bush, sobre lo que es el trumpismo: “Lo que el presidente cree en cualquier momento en particular en un día en particular sobre un tema en particular”. Para el de la BBC, el trumpismo es una manera ruidosa de hacer las cosas. En la misma línea lo planteó Cristian Campos el año pasado: el trumpismo, de existir, es un método y no una ideología.

Pero el trumpismo como ideología existe, y es un proyecto político que pretende revertir los efectos de la globalización en los EEUU. Porque no hay que engañarse, el movimiento político que encumbró a Donald Trump a la Casa Blanca, con o sin sus ideólogos a bordo, a pesar de los tuits, salidas de tono y exabruptos del propio Trump y de los hechos alternativos, tiene una agenda definida.

En este sentido, la Administración Trump está rompiendo los consensos que los demás ocupantes del Despacho Oval habían mantenido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, especialmente, en lo relativo al modelo económico y a las relaciones internacionales. Y es que el trumpismo busca, mediante cambios transgresores, recuperar una América que, a juicio de sus seguidores y promotores, fue arrasada por los acuerdos de libre comercio, por las intervenciones militares exteriores y por la nebulosa oscura que une a Wall Street y a Washington DC.

En primer lugar, para entender el movimiento político que llevó a Trump al poder, es necesario acudir a los ideólogos. El primero y principal es el antiguo Jefe de Estrategia de la Casa Blanca y hoy denostado Steve Bannon. Su documental Generation Zero (2010) es todo un manifiesto político del trumpismo. En el metraje, Banon acusa a los 'baby boomers' de haber jugado a la lotería en Wall Street y a los acuerdos de libre comercio de haber destrozado el tejido industrial norteamericano. Bannon no está ya en la Casa Blanca, es cierto, pero sus ideas permanecen.

El segundo ideólogo, y aún en activo en la Casa Blanca, es el director del Consejo Nacional de Comercio, Peter Navarro, autor en 2011 del libro "Death by China", en el que cuenta cómo los productos chinos han acabado con millones de puestos de trabajo en los EE UU y califica al gigante asiático como la principal amenaza económica de EEUU para el siglo XXI. El libro ha inspirado también una serie de documentales, narrados por Martin Sheen.

El tercer ideólogo de referencia es Dan DiMicco, antiguo CEO de la siderúrgica Nucor, asesor de campaña y miembro del equipo de transición de Donald Trump, y que en 2005 publicó “American Made: Why Making Things Will Return Us to Greatness” (Hecho en América: Por qué fabricar cosas nos devolverá a la grandeza) en donde acusa a los acuerdos de libre comercio y a la no imposición de aranceles a las importaciones de la destrucción millones de empleos en los EE UU.

Donald Trump anunciando la imposición de aranceles a productos chinos de alta tecnología, el 22 de marzo de 2018. (Reuters)
Donald Trump anunciando la imposición de aranceles a productos chinos de alta tecnología, el 22 de marzo de 2018. (Reuters)

Una visión competitiva del mundo

El patrón en los tres ideólogos es el mismo: los acuerdos de libre comercio han beneficiado más a los otros países firmantes que a los EE. UU., han acabado con el tejido industrial americano y con el trabajo en las fábricas, y, unido a la progresiva financiarización de la economía liderada por la élite de Wall Street, se han empleado recursos que deberían ser para los norteamericanos en intervenir en el extranjero sobre problemas que no eran de los norteamericanos, ya sea mediante acciones militares o a través de la ayuda exterior. Es exactamente la misma tesis de evolución económica que defiende Noam Chomsky en su documental Requiem for American Dream.

Sin embago, el trumpismo no pretende sacar a los EEUU de la arena global, sino aumentar su posición de fuerza. El trumpismo es la vuelta a la visión competitiva de la política exterior, en detrimento de la visión cooperativa. Un retorno a los estados-nación, a que las decisiones que afectan a los ciudadanos no se tomen en foros multilaterales, sino en la sede de la soberanía nacional. Un argumento que, tras el Brexit, a los europeos nos suena bastante.

Las relaciones de EEUU, como primera potencia mundial, con los demás países, son objeto de uno de los cambios más importantes de la Administración Trump. Haber salido del Acuerdo de París para la lucha contra el Cambio Climático y del TPP (Acuerdo de Asociación Transpacífico), y haber puesto en entredicho el futuro del NAFTA (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) y las negociaciones del TTIP (Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión), con el único argumento de que EEUU sale perdiendo, es un ejemplo claro de esta concepción competitiva del mundo.

El también apartado Gary Cohn (antiguo asesor de Economía de la Casa Blanca) afirmó el año pasado en el Wall Street Journal que: “El mundo no es una comunidad global sino un escenario en donde naciones, actores no gubernamentales y empresas compiten para obtener una ventaja… En lugar de negar esta naturaleza de los asuntos internacionales, debemos abrazarla”. Las palabras de Cohn tienen un significado concreto: EEUU será un competidor más —el más fuerte de todos— en la arena mundial. Según el propio Trump, los EEUU buscan un comercio justo y recíproco (fair and reciprocal trade) en lugar de un comercio libre (free trade).

Aunque el trumpismo abogue por el retorno al sistema westfaliano de las relaciones internacionales, en política exterior, según Joseph Nye, los EEUU no pueden abandonar el liderazgo global, ya que los mercados dependen de la seguridad y del mantenimiento de alianzas. A este respecto, otro de los que han salido de la Administración, el anterior Secretario de Estado Rex Tillerson, delineó la política exterior conocida como America First, basada en limitar las intervenciones norteamericanas en el exterior solamente cuando sea necesario para la seguridad nacional o cuando sea necesario para proteger la prosperidad económica de los EEUU.

Ventanas rotas en una fábrica de coches abandonada en Detroit, en 2011. (Reuters)
Ventanas rotas en una fábrica de coches abandonada en Detroit, en 2011. (Reuters)

Compra americano, contrata americano

EEUU seguirá comerciando con el mundo, pero en otras condiciones, porque para el trumpismo, los americanos tienen que salir ganando. En su primera intervención ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Trump fue contundente en su defensa de la soberanía y de los intereses nacionales:

“En asuntos internacionales, estamos renovando este principio fundamental de soberanía. El primer deber de nuestro gobierno es con su gente, con nuestros ciudadanos: atender sus necesidades, garantizar su seguridad, preservar sus derechos y defender sus valores. Como Presidente de los Estados Unidos, siempre pondré a los Estados Unidos primero, al igual que ustedes, ya que los líderes de sus países siempre deberían poner a sus países primero. Todos los líderes responsables tienen la obligación de servir a sus propios ciudadanos, y el estado-nación sigue siendo el mejor vehículo para elevar la condición humana.”

Es cierto que, del discurso de investidura de Donald Trump, recordamos la similitud que guardaba con el discurso del villano Bane en la prisión de Blackgate, pero estas cuatro palabras "Buy American, Hire American" (compra americano, contrata americano) son el eje del trumpismo. Desde el primer día, la Administración Trump está empleada en potenciar a los sectores que fueron dominantes en el pasado. No es extraño, por ello, que el carbón, el acero, el petróleo, las infraestructuras y la defensa sean los sectores más beneficiados de la era Trump, a diferencia del Medio Ambiente, la Sanidad, la Ayuda Exterior y la Cultura.

Buy American, Hire American se traduce crear empleos domésticos de cuello azul y proteger la producción interior. Prueba de ellos son los aranceles impuestos al aluminio y al acero y la guerra comercial -calificada como algo bueno por Trump- que se han llevado por delante al mencionado Cohn. No obstante, la principal batalla que tendrá que afrontar la creación de empleo, mucho más difícil que la deslocalización, será la automatización del trabajo, algo en lo que el trumpismo no parece haber reparado en profundidad.

En el año 2015, el Research Institute de Credit Suisse, en su informe “The End of Globalization or a more Multipolar World?” afirmaba que aún estamos lejos del fin de la globalización, aunque será uno de los grandes debates en los años venideros. El informe, publicado durante la presidencia de Obama —firme promotor de los acuerdos de libre comercio— revelaba que EEUU era uno de los países con más medidas proteccionistas implementadas de todo el mundo. El trumpismo lo hará aún más proteccionista.

Partidarios de Trump se reúnen frente a la Casa Blanca durante la celebración de Pascual, el 2 de abril de 2018. (Reuters)
Partidarios de Trump se reúnen frente a la Casa Blanca durante la celebración de Pascual, el 2 de abril de 2018. (Reuters)

El trumpismo, el primer gran repliegue contra la globalización

La identidad nacional y los valores tradicionales frente a proliferación de identidades actuales han jugado, indudablemente, un papel clave en el ascenso de Trump y en la formación ideológica del trumpismo. El muro con México y el 'travel ban' [el veto a los ciudadanos de varios países de mayoría musulmana] han sido poderosos estímulos electorales para el electorado hostil al multiculturalismo y a la inmigración. Y es que es imposible desligar este terremoto identitario de la globalización. De acuerdo con James Poulos, el orden mundial liberal post-1945 está bajo ataque porque no provee identidad nacional, solidaridad social, estabilidad económica y cohesión cultural, pilares de los políticos de este nuevo post-conservadurismo norteamericano. En el magazine American Affairs están articulando esta doctrina post-conservadora, recelosa del libre comercio y de la apertura de fronteras y propia del trumpismo, aunque su director, Julius Krein, haya renegado de Trump.

El trumpismo es, a fin de cuentas, la batalla entre de mundo sólido de después de la Segunda Guerra Mundial contra el mundo líquido de la globalización. El electorado de Trump anhela esas estructuras firmes que parecían eternas y que les proveían de seguridad y estabilidad, dos conceptos que son, cuanto menos, redefinidos en el entorno global y cambiante en el que vivimos.

Estamos ante un momento interesante y a la vez delicado. Nadie puede negar las bondades mundiales del libre comercio: entre 1950 y 2015 el ingreso medio mundial per cápita aumentó un 460% y durante el mismo período de tiempo la población mundial en extrema pobreza descendió de un 72% a un 10% —muy recomendable leer "Progress: Ten Reasons to Look Forward to the Future" ["Progreso: Diez Razones para Mirar al Futuro"] de Johan Norberg para entender los indudables efectos positivos presentes y futuros de la globalización—, pero el trumpismo ha hecho evaluación de daños en casa y no está contento con el resultado. Si Trump consigue hacer creíble y exitoso un modelo proteccionista, otros países podrían tomar ejemplo y la globalización sufrirá un serio revés. La nación que lideró la globalización podría ser la nación que la frene. Habrá que esperar.

Es cierto, el trumpismo es las salidas de tono, las imposturas, los relevos constantes en la Administración, los tweets y Trump en sí mismo —y este es el principal hecho diferenciador ante otros movimientos políticos que predican idénticos postulados—, pero también es los aranceles y el proteccionismo económico, la mano dura contra la inmigración, el regreso de las fábricas, la concepción competitiva de los estados-nación en las relaciones internacionales, y el rechazo ante nuevas y diferentes identidades. Pero sobre todo es, por encima de todo, nostalgia. "Make America Great Again" no fue del todo un significante vacío, evocaba la América que quieren los seguidores de Trump, la América anterior a la globalización.

Tajles

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