Mourir à Paris

Se renueva en Francia, y en todos los países europeos, la amenaza del peligro real y el miedo, aunque no se sabe bien en qué momento se podría materializar

Foto: Muestras de solidaridad con las víctimas del atentado de París en Alemania. (EFE)
Muestras de solidaridad con las víctimas del atentado de París en Alemania. (EFE)

Horror, solidaridad y condolencias por este penúltimo atentado sangriento, yihadista y criminal, de nuevo en París. Es preciso reconocer, como con seguridad ya lo han hecho jueces, policías y analistas varios, que se trata de otro atentado llevado a cabo por yihadistas criminales pero hábiles, con notoria efectividad asesina, capaces de organizar la matanza golpeando de manera coordinada y con elevados resultados letales, de forma simultánea en varios lugares diferentes aunque próximos, y con una variedad de métodos para matar. No es desdeñable el enemigo, brutal y con conocimientos de logística urbana.

¡Ojalá sea el último atentado y no el penúltimo! Pero ni mucho menos sorprende encontrar en un grupo de criminales tal habilidad logística, tal sabiduría maléfica al organizar y perpetrar el crimen, como en su día en Madrid, Londres, Kuwait, Irak, Somalia...Y, por supuesto, en París; la que ya se ha percibido, por ejemplo, desde los primeros días de la estrategia de la violencia yihadista en la disposición no de un coche bomba sino de dos; el segundo estalla a pocos metros y pocos minutos después del primero para acrecentar el daño entre los policías y las personas que han acudido por la explosión de aquel vehículo y no esperaban la de éste.

A los investigadores le corresponde averiguar quiénes son los asesinos, su identidad personal y social, de qué facción yihadista son, en qué mezquitas rezan, si ostentan o no un alto nivel de autonomía y espontaneidad, o más bien reciben órdenes de Al Qaeda, DAESH, etc. Porque, al parecer, estarían aumentando los patrocinadores de esta modalidad de crimen supuestamente organizado desde este verano.

No es fácil, evidentemente, el rastreo de tales nóminas, no basta dedicarse al examen de la población musulmana y árabe, una aguja en un pajar. No lo es, en primer lugar, porque mayoritariamente estamos ante ciudadanos europeos, franceses en especial, de la segunda generación en su mayoría. Y no lo es tampoco porque resulta frecuente encontrar entre estos jóvenes airados (y entre estas vocaciones del Islam violento, extraterritorial e implacable en el uso de sus métodos y en la predicación de un estilo de vida), una fortísima conexión solitaria con las esferas tormentosas de la cibernética, con sus latitudes secretas, las que proporcionan a más de uno la seguridad y la confianza a prueba de bombas, nunca mejor dicho.

Además, se puede pensar que parte de los yhadistas que se integran en grupos criminales en realidad no lo son, o no lo son aún en Occidente, porque no han abandonado todavía las filas extranjeras que luchan en Mesopotamia, en otros lugares de batalla o en guarniciones que el DAESH estaría abriendo en otros países (Libia, Yemen, Somalia, etc). No lo son, pero después de este viaje iniciático lo serían en este penúltimo atentado en París o, Dios no permita que ocurra, lo serían en el próximo, precisamente porque han vuelto al país de origen o a otro país europeo donde pueden mostrar su experiencia, para continuar realizando crímenes una vez que ya han sido entrenados en las luchas de Oriente Medio.

En fin, que tenemos donde elegir en la lista de convictos y confesos, autores materiales e intelectuales, cómplices y auxiliares. Y entre los sospechosos, el grupo que registra mas gravedad y sensibilidad; porque aunque se tomen justos por pecadores en Francia y en otros países europeos que han sido victimizados por el yihadismo criminal ni mucho menos pueden pasar desapercibidos, injusta pero inevitablemente, por llamarse Leila, Mahoma o Ahmed, el que tenga aspecto árabe, incluso el de color o tampoco la chica con velo o hable árabe, dada la indudable mayor atención que el radicalismo islámico, el yihadismo criminal y la atracción fatal de Oriente Medio estaría suscitando también entre las mujeres europeas musulmanas.

Ni mucho menos sorprende encontrar en un grupo de criminales tal habilidad logística, tal sabiduría maléfica al organizar y perpetrar su crimen

Por esto con 'Mourir à Paris' se renueva en Francia y en todos los países europeos esa amenaza del peligro real de la inseguridad y el miedo, que no se sabe aún muy bien en qué momento se realizará. No ayuda a nadie, menos aún a la población musulmana y árabe, en Francia y en toda Europa, en su mayoría pacífica pero que comparte una religión que, como casi todas ciertamente pero en otros momentos, es una herramienta multiuso para la paz y para la guerra, que eventualmente se utiliza como arma para matar. En Francia, por ejemplo, esta vez, una sociedad muy vulnerable a tal amenaza; mañana en cualquier otro lugar si no puede impedirse, por sus condiciones precarias y violentas en el ambiente sectario y antisistema en que se mueve parte de la minoría árabe y musulmana.

No es plausible hablar de la oportunidad de un crimen, pero sí es lícito lamentar y conectar con la sangre derramada en una etapa de máxima inoportunidad en Francia y en Europa, caracterizada por el masivo influjo de emigrantes que precisamente proceden de Oriente Medio; por los antecedentes cercanos de otros atentados graves en terceros países cuya localización aparentemente menos importante explicaría que apenas salieran en nuestros espacio informativos; y caracterizada también por el auge de las llamadas nuevas guerras de religión, por ejemplo entre los cristianos de Nigeria y Kenia contra los milicianos de Boko Haram, o entre musulmanes y budistas en Myanmar (Birmania).

La sociedad debe precaverse contra estos actos, tiene que moverse para que no se repitan, actos no fáciles de erradicar, como tampoco sus protagonistas

En Francia y toda Europa, en mayor o menos medida y en más de una ocasión lloviendo sobre mojado, los crímenes de París, que ójala sean los últimos y no los penúltimos, probablemente acrecenten las tensiones racistas y xenófobas, previsiblemente aprovechadas por determinadas formaciones políticas populistas, conservadoras o de la extrema derecha que en diversos niveles de desarrollo de tipo reactivo o altamente desconfiado, especialmente pero no sólo en Francia, se sirvan para cargarse de razón con eso de "ya te lo había dicho". Sangre derramada, familias inconsolables y un especial nivel de crisis y desorientación entre políticos y ciudadanos, como también ocurrió en la España de marzo de 2004, es la lamentable herencia de tales actos de barbarie, indiscriminada, contra gente inocente que pasaba por allí.

Actos ante los que la sociedad debe tomar precauciones y contra los que, una vez realizados, tiene que moverse para que no se repitan; actos no fáciles de erradicar, como tampoco sus protagonistas, porque en definitiva se trata de actos antisistema, contra la civilización del mal, la democracia, la paz y el pluralismo político y cultural. No es fácil hacerlo porque en ellos se implican a partir de malas lecturas de libros sagrados, la ideología, la religión, la identidad, junto con ilusiones milenarias y mesiánicas, el retorno a los tiempos dorados del Profeta, la expansión del Islam y el deseo de que se implante la justicia universal en los que serán los últimos días... Todo un conglomerado sin formas ni medida abarcables pero del que cualquier sociedad occidental, europea en particular, puede convertirse en víctima propiciatoria y sacrificio provechoso para algunos.

 

*Ignacio Rupérez es diplomático

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Tribuna Internacional
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