Goodbye TTIP, ¿bienvenido proteccionismo?

El abandono de las negociaciones para el Acuerdo de Asociación Transatlántica de Comercio e Inversiones (TTIP) es una malísima noticia para Europa, y se hace por las razones equivocadas

Foto: Protesta en contra de las negociaciones sobreel TTIP frente al edificio de la Comisión Europea, el 14 de julio de 2016 (EFE)
Protesta en contra de las negociaciones sobreel TTIP frente al edificio de la Comisión Europea, el 14 de julio de 2016 (EFE)

No nos engañemos: las recientes declaraciones del ministro alemán Gabriel y la postura oficial del Presidente Hollande, ambas decidiendo (más que pidiendo) el cese de las negociaciones del TTIP unilateralmente por parte de la Comisión Europea, son los clavos sobre el ataúd del proyecto. Lo que es una malísima noticia para el futuro de los ciudadanos europeos. Aún más factible de cumplirse si tenemos en cuenta que la parte más necesitada y beneficiada, en una visión holística, de la existencia de una gran zona occidental de libre economía conjunta, era sin duda alguna Europa. Estados Unidos ya se ha procurado de establecer una gran zona en el Pacífico (inexistente e improbable para la UE) y, con ello, desplaza el futuro núcleo duro del motor económico mundial a esa zona, debilitando a la hipotética rival Europa sin incurrir en ningún coste político, lo que le viene de perlas a la poco convencida señora Clinton (el señor Trump, como es lógico por su línea populisto-demagógica, ya ha dicho que nunca lo permitirá).

Sin embargo, la UE lo necesitaba por diversas razones, siendo la más inmediata el servir de impulso a un salto de dinámica y crecimiento económico que permitiera dejar sellada la crisis que aun colea… si no llega a rebrotar. En una UE, ayuna de relatos y proyectos aglutinantes osados, como en la época de los padres fundadores o de Jacques Delors, por ejemplo, acaba de perder su objetivo más urgente y aparente. Con eso no quiero decir que el (peor) desastre sea el económico, porque no es así, antes al contrario. Los efectos negativos en el paro y en los bolsillos de los ciudadanos se darán a medio y largo plazo, pero el efecto cuantitativo, 'contable', a corto plazo es, evidentemente, quedarse como estamos. Es un desastre, pero no una convulsión muy visible, de lo que se benefician los demagogos destructivos (de Europa), o los antisistema.

Para comprender por qué sí es una gran calamidad contra el futuro del Proyecto Europeo y, probablemente, contra el sistema de democracia liberal representativa responsable asociado con aquel, es menester entender el porqué y el cómo de la renuncia y tomar algo de perspectiva histórica.

La manera es diáfana y fácil de comprobar. Ha bastado que un par de países 'mandones' de la UE decidiesen que no les interesaba, para que se diera un rejón de muerte al laborioso TTIP y a todo el trabajo desarrollado. Recordemos que la negociación del Acuerdo era una competencia de la Comisión (lo sigue siendo), que además tiene un mandato del Parlamento largamente negociado y votado por la representación democrática de la sociedad civil. Todo ese procedimiento democrático queda borrado por la decisión de algunos Estados Miembros. ¿Dónde queda la credibilidad de la UE? ¿Dónde su capacidad de negociación; de poder ser una contraparte efectiva con los otros grandes entes políticos (EEUU, Rusia, Canadá, China…..)? Es el ejemplo evidente y grave de cómo la 'intergubernamentalidad' está minando el proyecto Europeo. Añadiendo, además, que si la UE no puede negociar grandes acuerdos comerciales, lo hará cada país de la UE bilateralmente, en posición de debilidad, pero satisfaciendo los renacidos nacionalismos.

Pero la cosa se pone peor cuando reflexionamos sobre la razón por la que determinados países deciden darle tal bastonazo al TTIP y al Proyecto Europeo, de pasada. Otra vez la cosa es muy simple: porque ha terminado siendo impopular y les puede costar votos a los partidos gobernantes. Soy de esos malhadados o afortunados que han podido entrar en 'el cuarto oscuro' donde se pueden leer, bajo juramento de confidencialidad, los papeles confidenciales de los trabajos en curso. Les puedo asegurar que muchos son absolutamente ininteligibles para no especialistas y que el resto es absolutamente positivo y, por mi parte, difundible, sin mayor problema. Pero nada hace pensar que el Acuerdo no pueda ser ese necesario trampolín (para Europa, sobre todo) hacia un mayor crecimiento económico, hacia una elevación potente de la prosperidad en paz de los ciudadanos de Occidente. Antes al contrario, si algún 'tufo' respira lo que he leído y estudiado, es el de una UE militante intentando forzar el modelo social y medioambiental norteamericano.

El ministro de Economía alemán Sigmar Gabriel, en agosto de 2016 (Reuters)
El ministro de Economía alemán Sigmar Gabriel, en agosto de 2016 (Reuters)

Que en algunos sectores o áreas haya posibilidades de mejora aún en la negociación no es, ni mucho menos, justificación para hundir uno de los grandes proyectos históricos de cara al bien de los europeos. Es una grave irresponsabilidad. Que el método secular de negociar los aspectos difíciles a puerta cerrada antes de someter a votación democrática el acuerdo no case con el populismo de hogaño, y que la información sobre el Acuerdo podría ser mucho mejor, es futil como motivo para renunciar a un hito socio-economico de esta envergadura por sus profundas consecuencias positivas. El abandono de su obligación por parte de gobiernos que tenían en su programa el apoyo y desarrollo de un TTIP por miedo a la impopularidad y para satisfacer campañas de activistas demagógicos o antisistema es el otro gran desastre del bajonazo dado al TTIP. Es una victoria de los populismos de moda, de los más destructivos. Y eso también se llevará por delante el Proyecto Europeo.

Y, finalmente, lo más preocupante. Existe la evidencia comprobada de que las grandes aperturas de áreas económicas, la ampliación negociada de la libre circulación y la caída de las fronteras al libre comercio han sido siempre, a medio y largo plazo, un factor totalmente positivo sin ambages para el desarrollo y el aumento de la paz y prosperidad de las sociedades. Cierto es que a corto plazo, como sucede con cualquier evolución global, determinados sectores, áreas o grupos sociales pueden verse momentáneamente perjudicados, necesitados de un periodo de transición y adaptación. Es lo propio de las sociedades libres y abiertas. Lo grande que trae la democracia en la UE es que los perjudicados pueden hacer oir su voz y que la UE y los gobiernos nacionales tienen la obligación de atender, paliar, acompañar y proteger activamente a los perjudicados. Pero nunca puede sacrificar un proyecto histórico de gran potencialidad. Se trata de negociar bien (y los expertos de la UE, de antiguo, han probado ser muy buenos) y hacer el seguimiento activo socio-económico bajo el principio de solidaridad y Europa social.

También es pertinente recordar que ya es tema muy trillado y asentado cómo dos grandes errores que se cometieron en el momento de la Gran Depresión fueron la guerra de divisas y el auge brutal del proteccionismo. Se llamó la época del 'beggar my neighbour policy', y ya no hay duda de que colaboraron definitivamente al estallido de esa gigantesca carnicería que fue la Segunda Guerra Mundial. Pues bien, la mala noticia es que el proteccionismo vuelve, y con fuerza. En mis trabajos parlamentarios observo cómo desde el lado del libre comercio; o el de la circulación libre de bienes, productos y factores; o el de la política social; o el de la medioambiental, se están intentando levantar permanentemente vallas y fronteras, bajo forma de condicionantes unilaterales y egoístas. Y no sólo, ¡oh horror! extra-UE, sino incluso intra. Un día hablaré de la directiva de trabajadores desplazados dentro de la UE.

Pero de cara a los acuerdos internacionales existe una potente dinámica hacia la obligación de exigir que para negociar con la UE se tenga que adoptar el mismo modelo social y medioambiental que la UE. Salvo hipócritas excepciones, claro, como Arabia Saudí, por citar una. El caso es que se llegan a absurdos como acusar a los EEUU, 'verbigratia', de envenenar a su pueblo por no proceder con los alimentos igual que (algunos países) de la UE. Todo eso puede ser neocolonialismo, victoria del miedo reaccionario, o puro y duro aumento del proteccionismo. A los que desde la supuesta izquierda pretenden abanderar esto, me permito la frivolidad de recordar que los trotskistas decían que toda medida proteccionista es un atentado contra los pueblos. La Historia ha demostrado cuánta razón tenían en este punto.

Pues, desgraciadamente, el abandono del TTIP a manos del miedo y de las campañas más o menos reaccionarias, más o menos viscerales, más o menos teledirigidas, es otro paso hacia la subida del proteccionismo peligroso. En estos momentos en que Europa debe reencontrar su senda y su relato, sus valores y su unión, su destino en el concierto de las grandes áreas sociales, el abandono del TTIP es la peor de las noticias, y los motivos, la más alarmante de las preocupaciones.

¡Vade retro populismo y proteccionismo!

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Enrique Calvet Chambon es eurodiputado adscrito al Grupo Europeo de los Demócratas y Liberales (ALDE)  y miembro del CF de la Unión de Federalistas Europeos.

Tribuna Internacional
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