Terrorismo de cuchillo y furgoneta: ¿podemos pararlo?

La base del terrorismo no tiene una solución a corto plazo. Solo la eliminación de las causas profundas podrá poner fin a esta lacra

Foto: Londinenses huyen de la zona del ataque mientras la policía intenta controlar la situación. (Reuters)
Londinenses huyen de la zona del ataque mientras la policía intenta controlar la situación. (Reuters)

Este domingo, tras el atentado del Puente de Londres, se podría cantar esa nana que dice “London Bridge is falling down”. La capital británica amaneció triste después de que un grupo de tres terroristas atacara a los viandantes en el majestuoso London Bridge y, posteriormente, en el cosmopolita Borough Market. El método ha sido la combinación del atropello múltiple y del apuñalamiento indiscriminado, lo que nos indica que la organización del atentado era escasa y que su vinculación con el Daesh o Al Qaeda es, cuanto menos, cuestionable. No hay ni explosivos, ni armas automáticas... solo herramientas —cuchillos y coches— que están presentes en nuestra vida cotidiana y a las que podríamos acceder cualquiera con facilidad.

Según las primeras detenciones, parece que los terroristas procedían de una de las zonas más deprimidas de la ciudad, Barking & Dagenham, un distrito perteneciente a East London que a pesar de la inversión recibida con las Olimpiadas sigue siendo un foco de pobreza y marginación. Barking es una zona pluricultural y pluriétnica donde solo el 16% de la población es 'white british'. En abstracto, este dato debería darnos una lectura positiva del barrio, sin embargo, si lo combinamos con otros 'récords', como ser el distrito de Londres con la tasa de paro más elevada, nos damos cuenta del tipo de barrio del que estamos hablando.

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Durante décadas, estas zonas periféricas deprimidas gozaban de una atención especial por parte de las administraciones, que aplicaban políticas públicas activas para evitar que la desesperación se convirtiera en radicalización y terrorismo. Un ejemplo de la dejación de esta política la encontramos en que en Barking tan solo un 12% (seis puntos menos que en 2009) de sus ciudadanos reciben alguna ayuda pública, lo que los británicos denominan 'benefits'.

Por el contrario, la zona donde se ha cometido el atentado no solo es la puerta de la millonaria City, sino que es también una de las zonas de moda de la siempre cosmopolita y a veces superficial Londres. Allí, podemos encontrar la ropa más exclusiva y cualquier tipo de cocina, con el hándicap de tener que pagar unos precios que a veces son desorbitados. Estos excesos pueden cometerse gracias a que el salario medio en el distrito de la City es de 48.023 libras, muy lejos de las 18.766 de Barking & Dagenham, que impiden que sus ciudadanos puedan participar de la exclusiva vida del distrito financiero.

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El contraste entre estas dos zonas de Londres, que distan entre sí tan solo nueve millas y 10 estaciones de metro, es abismal. Las diferencias en lo que a estilo de vida se refiere sirven de simiente para sembrar el odio necesario para los futuros terroristas islámicos, que consideran que su suicidio es una especie de venganza contra unos infieles que además son también vecinos.

A pesar de que, a día de hoy, 26.000 ciudadanos, muchos británicos, están siendo seguidos por los servicios secretos británicos, tan solo 6.000 son vigilados a tiempo completo. No obstante, si bien es cierto que esta solución puede servir para evitar atentados puntuales, a largo plazo se hace necesario un plan que acabe con las bolsas de pobreza que existen en todas las ciudades europeas porque, aunque no lo creamos, los terroristas siempre encontrarán un método para atentar en el que nunca antes habíamos pensado.

Tras los atentados de 11-S se limitó el transporte aéreo, tras el 11-M, el ferroviario, tras el 7-J, el subterráneo, etcétera... En el último año se han simplificado las armas usadas en los atentados, y por muchas medidas restrictivas que se puedan imponer, la realidad es que nunca podremos evitar que alguien se haga con un cuchillo o con una furgoneta y asesine a cuantas personas se pongan en su camino.

Este tipo de atentados ha sido calificado por el MI5 como terrorismo de “baja intensidad” pero, a efectos prácticos, supone una amenaza real para todo el mundo. Muchos países, como Estados Unidos, Reino Unido, Francia o China, ya han sufrido este tipo de ataques. El origen está en Israel, donde hace algunos años grupos de palestinos optaron por sembrar el terror mediante atropellos masivos o apuñalamientos indiscriminados ante las medidas de control del Gobierno israelí.

Por muchas medidas de control que los gobiernos puedan imponer, los terroristas siempre encontrarán un nuevo método de actuación Solo en Israel en el último año, un total de 159 terroristas fueron abatidos por fuerzas israelíes cuando intentaban realizar atentados con armas blancas contra población civil. Por su parte, el Reino Unido fue el primer país de Europa que sufrió este tipo de ataques. El primero ocurrió en 2013, cuando dos nigerianos asesinaron a un soldado británico en el barrio de Woolwich, no muy lejos de la City. Hace poco más de un mes, un ciudadano británico sembró el pánico en el Puente de Westminster.

Este último atentado puede ser considerado como 'terrorismo de cuchillo y furgoneta' y, además de la terrible lista de muertos y heridos, nos deja algunas lecciones que no deberíamos obviar. La primera es que la base del terrorismo no tiene una solución a corto plazo y que solo la eliminación de las causas profundas podrá poner fin a esta lacra. En segundo lugar, hay que pensar que por muchas medidas de control que los gobiernos puedan imponer, los terroristas siempre encontrarán un nuevo método de actuación que nos sorprenderá y que sembrará decenas de víctimas.

En tercer lugar, más allá del daño personal que puedan causar los terroristas, existe un riesgo aún mayor: que las sociedades occidentales caigan en la intolerancia y opten por opciones de gobierno racistas y antidemocráticas. El próximo jueves se celebran elecciones en el Reino Unido, esperemos que el atentado no tenga también consecuencias políticas.

Tribuna Internacional

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