El establishment británico vuelve a equivocarse: UK profundiza en su crisis

En un momento en el que el nuevo orden no termina de atisbarse en su forma definitiva en un futuro inmediato

Foto: La primera ministra británica, Theresa May. (EFE)
La primera ministra británica, Theresa May. (EFE)

“Síes, 311. Noes, 310". Incluso antes de que los escrutadores anunciaran las cifras, los de los escaños de la oposición sabíamos que el Gobierno laborista de Jim Callaghan había perdido su moción de confianza y tendría que convocar unas elecciones generales (…) Y el 28 de marzo de 1979 el último Gobierno laborista hasta la fecha, y quizás el último en la Historia, perdió el poder (…)” Así comienzan las primeras líneas de la autobiografía en la que Margaret Thatcher que resumen sus años en el número 10 de Downing Street. Puesto que sus ideas siguieron de rigurosa vigencia décadas después de abandonar el puesto de primera ministra, lo cierto es que el análisis podría extenderse hasta el día de ayer, cuando Theresa May sufrió un batacazo notable en su apuesta por salir reforzada de las elecciones generales de Reino Unido al tiempo que Jeremy Corbyn se convirtió en el primer laborista en incrementar el número de parlamentarios de su partido desde 1997.

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En medio de la tesitura que recorre cual fantasma a su país, los británicos estaban llamados a escoger que la ortodoxia neoliberal de las últimas décadas fuera reformada desde la derecha. En su lugar, acudieron a las urnas para expresar el deseo contrario: despojarle a los tories de la mayoría absoluta, destruir sus anhelos de una nueva hegemonía conservadora y profundizar en la crisis orgánica iniciada tras el Brexit. La estrategia, o más bien, la impostura de Theresa May para salir armarse de legitimidad a la hora de negociar con Bruselas acaba de pinchar. Sin embargo, el cronómetro sigue en marcha, indivisible a los problemas internos. Y en dos años, Reino Unido deberá haber firmado un acuerdo con sus socios comunitarios.

Extraviados de su ensoñación imperial, los herederos de Shakespeare han sufrido en el último siglo dos grandes transformaciones descritas tenazmente por el profesor de Harvard Andrew Gamble. La primera se produjo tras la Depresión de los años 30, prevaleciendo las políticas keynesianas: intervención activa del gobierno en la economía y un estado de bienestar robusto. Por otro lado, el trance de los años 1973-74 fueron el preámbulo de otro cambio histórico: el establecimiento del neoliberalismo en el imaginario británico con la consecuencia de la re-imaginación y transformación del Estado. La política se despolitizó, eliminando las alternativa populares al status quo, pero no se desideologizó, manteniendo presente una combinación entre valores nacionales y morales basados en la familia. El objetivo latente, justificar el establecimiento de un proyecto político que sentaba las condiciones necesarias para que mantener el poder de las élites económicas. Otrora una firme convicción ideológica, el neoliberalismo impulsado por la revolución conservadora se convirtió una dinámica adoptada de forma pragmática por los sucesivos gobiernos progresistas de todo el espectro europeo.

El trance de los años 1973-74 fueron el preámbulo de otro cambio histórico: el establecimiento del neoliberalismo en el imaginario británico

En este sentido, las feroces tácticas de confrontación de los antiguos estados neoliberales, el thatcherismo en Gran Bretaña y el reaganismo en los Estados Unidos, para eliminar los obstáculos internos al liberalismo económico han sacado a la luz las palmarias crisis orgánicas de ambos países: el trumpismo y el Brexit. La hegemonía establecida por Margaret Thatcher eliminó muchas de las viejas certezas política. Así es que cabría preguntarse si estos fenómenos darán lugar a una forma de Estado radicalmente diferente al de la propiedad corporativa neoliberal, basado en una reforma hacia un capitalismo de Estado dentro de la economía mundial, o no son más que evidencias de convulsiones transitorias en la estructura política actual. El referéndum para salir de la Unión Europea fue un punto de inflexión en todo ello. No obstante, el estruendoso fracaso de May pronostica una herida más profunda.

¿Populismo reaccionario como preludio?

Los británicos parecían encontrarse sumidos en el miedo, avivado por una alianza tacita entre élites políticas y medios de comunicación, y aún más tras el terror perpetuado en Londres, pero los cálculos de los conservadores liderados por Theresa May han fallado de forma tan estrepitosa como lo hizo su partido al invocar un referéndum cuando se encontraba en manos de David Cameron. En The Authoritarian Dynamic, Karen Stenner trató de demostrar que los electores eran capaces de someterse a un gobierno autoritario fruto de una situación en la que los niveles de peligró habían aumentado. Se trata de invocar la “amenaza normativa” como botón que pulsar en un momento en el que, en este caso, el orden moral británico se estaba desintegrando a pasos agigantados. May lo creyó así cuando días antes de las elecciones expresó que “si las leyes de derechos humanos son un obstáculo para la lucha contra el extremismo y el terrorismo, vamos a cambiar las leyes para proteger a ciudadanos británicos.” Se equivocó detectando el sentir colectivo.

La bandera nacional británica ante el Big Ben en Londres. (EFE)
La bandera nacional británica ante el Big Ben en Londres. (EFE)

Es cierto que ante el vacío de la izquierda, el partido UKIP logró agrupar sus demandas en torno a consignas populista xenófobas y racistas al culpar de los costes sociales de la crisis a la migración fomentada desde el seno de la Unión Europea. Aunque hoy se encuentren sin ninguna representación en el Parlamento Británico, fueron capaces de determinar considerablemente la agenda británica para el referéndum y hacer girar a la derecha conservadora hacia posiciones reaccionarias. La agenda de May estaba determinada por la retórica de la extrema derecha con la meta de reconstruir el centro del gobierno. No obstante, no es cierto que el fascismo se desarrollara en Reino Unido como una respuesta natural a la crisis capitalista.

En este sentido, firmes críticos como David Harvey han defendido que la versión más pura del neoliberalismo siempre ha amenazado con provocar el nacimiento de su propia némesis en una variedad de populismo y nacionalismos autoritarios. Sin embargo, como señaló sucintamente Nancy Fraser en El Gran Retroceso, la cuestión hoy no trata de que el populismo reaccionario se convierta en fascismo, sino de que junto con el liberalismo, representan las dos caras del sistema capitalista desenfrenado. “Sin una izquierda, la vorágine del desarrollo capitalista solo puede generar fuerza liberales y contrafuertes autoritarias, unidas entre sí en una simbiosis perfecta.” Así es que otra de las claves de la noche electoral en Reino Unido es la emergencia de una alternativa socialista que trastoca el delirio autoritario y complica a Theresa May ejercer un mandato duro en el que debía abandonar algunos principios del liberalismo para mantener viva la acumulación del capital.

La fragilidad de los planes de May

Ante la herencia de la ortodoxia thatcherista, May se había propuesto establecer una reforma del estado capitalista como única alternativa al socialismo de Corbyn. De un lado, diseñó una fórmula social distinta e innovadora en la antaño cuna del liberalismo: equilibrar el bienestar que los grupos sociales bajo la búsqueda de la competitividad. El Estado intervendría entre las presiones del mercado y los grupos afectados. Un estado asentado en el modelo del padre protector, como lo podría haber descrito el lingüista George Lakoff, pero también basado en la meritocracia. Una suerte de emulación del modelo de estado chino que no sólo se observaba en el equilibrio de los grupos sociales, sino en la planificación de la industria del futuro.

Ante la herencia thatcherista, May se había propuesto establecer una reforma del estado como única alternativa al socialismo de Corbyn

La transformación no sería tan radical como la de los años 80, pero se trataba de desarrollar determinados sectores líderes de la producción nacional para darles una ventaja en el mercado global además de propulsar la capacidad del estado para financiar el desarrolló y la investigación de sus industrias. No es baladí la cifra de 4.700 millones de libras esterlinas que, según se anunció, serán destinados al financiamiento del I+D como parte fundamental de una nueva estrategia industrial. La política intervencionista trataba de promover la industria de las finanzas, nuevas tecnología, aeroespacial, fabricación de automóviles, ciencias de la vida al invertir en áreas como la inteligencia artificial, la tecnología de energía “inteligente”, la robótica o la 5G inalámbrica. Todo ello sería gestionado mediante el nuevo Departamento de Negocios, Energía e Estrategia Industrial. “Es una nueva forma de pensar para el gobierno —un nuevo enfoque”, dijo la primera ministra electa. Hasta esto parece una hazaña precaria con un oposición notable en frente y el runrún de la dimisión azuzando fuertemente.

Sea como fuere, Reino Unido es hoy incapaz de salir de la crisis en la que se encontraba sumida. Si un momento de interregno se caracteriza porque el orden viejo no termina de morir y el nuevo aún no ha emergido, tras la jornada electoral aún contemplamos un espinoso declive. Seamos claros: el establishment británico ha vuelto a errar, ya sea fruto de la condescendencia o de la incapacidad para entender el momento político que se abre, e incluso los críticos marxistas británicos más brillantes de su tiempo, como ha sido definido Perry Anderson, parecen no haberlo contemplado. Cuando recientemente el historiador y ensayista de casi 80 años expresó en una entrevista que “el establishment se ha estabilizado” y que tendrá cuidado en no cometer errores más graves, no prestó la suficiente atención a las corrientes de fondo que evidencian que en cierta forma, las élites han vuelto a tropezar. Tampoco lo hizo el famoso científico político Ivan Krastev, quien observó que “estamos pasando de la democracia entendida como un sistema que promueve la emancipación de las minorías a la democracia entendida como un sistema político que garantiza el poder de las mayorías”. Lo cierto es que la rebelión de masas sigue produciéndose de forma permanente, tratando de oponerse, aún sin saber hacia donde, a las inercias sedimentadas en su imaginario durante décadas.

Jeremy Corbyn, líder de los laboristas. (Reuters)
Jeremy Corbyn, líder de los laboristas. (Reuters)

En un momento en el que el nuevo orden no termina de atisbarse en su forma definitiva en un futuro inmediato, quizá una visión optimista sea pensar que por primera vez se alza posible acabar con el famoso “no hay alternativa” de Thatcher. También puede ser que los conservadores fuercen la maquinaria para encontrar el respaldo a sus nuevas políticas; o que, al fin y al cabo, la herencia de la Dama de Hierro se perpetúe en un asombroso movimiento de antifragilidad. Pero si una cosa parece clara en estos tiempos de transformación y convulsión que sufre el antiguo Imperio británico, es que Theresa May no seguirá los pasos de la reina Victoria, las monarcas Isabel I e Isabel II, ni tampoco los de Margareth Thatcher, que asumieron el poder en distintos periodos de la historia e imprimieron su visión con todas las consecuencias.

Tribuna Internacional

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