Silicon Valley quiere reconfigurar la sociedad de EEUU... pero deberá vencer a la 'alt-right'

Las grandes empresas tecnológicas muestran su rechazo al nuevo movimiento derechista estadounidense, pero se erigen así en los nuevos árbitros de la libertad de expresión

Foto: El líder supremacista Richard Spencer saluda a simpatizantes durante una manifestación de la 'alt-right' en Washington. (Reuters)
El líder supremacista Richard Spencer saluda a simpatizantes durante una manifestación de la 'alt-right' en Washington. (Reuters)

Estados Unidos se encuentra en un punto de eclosión. Como si se tratara de dos verdades fuerzas políticas, la ultraderecha contemporánea, identificada como la ‘alt-right’, y las empresas tecnológicas de Silicon Valley se enfrentan hoy bajo la excusa de la corrección política liberal, como ejemplifica el despido de James Damore (el ingeniero de Google) o bajo la censura y el peligro de la libertad de expresión en red, tras la respuesta de esta industria al ataque de los supremacistas blancos en Charlottesville. Aunque lo cierto es que ambos se encuentran en inmersos en una guerra que tiene poco de cultural. Se trata de un conflicto más amplio por el devenir del contexto político, social y económico. En otras palabras: precisamente 150 años después de que se publicara El Capital (1867) de Karl Marx, lo que verdaderamente encontramos en este lucha es una cuestión sobre cómo se reconfigura el país que más ha hecho por la estabilidad del capitalismo en el último siglo, pero dentro de los márgenes de este mismo capitalismo tardío.

Como pertinentemente argumentaba -guardándose de realizar ciertas comparaciones históricas- William I. Robinson en un ensayo publicado en 2014, “el fascismo es una respuesta particular a la crisis del sistema capitalista”. 'Grosso modo', la Gran Recesión de 2008 espoleó en Estados Unidos la revolución de la derecha populista, que comenzó a organizarse como movimiento político a través de foros de internet y páginas donde colocaba sus 'memes' políticos desde el anonimato más iracundo. Se producía en el mismo ecosistema digital que unos cuantos años más tarde controlan las corporaciones a las que plantan cara. Los activistas de extrema derecha han tomado la iniciativa con una agresiva campaña política contra algunos de los mayores representantes de Silicon Valley orquestada en sus mismas plataformas digitales, como Facebook o Youtube. Aunque Airbnb, PayPal y Patreon son algunos de sus objetivos concretos porque, dicen, censuran las opiniones de la derecha y contribuyen a extender el sesgo liberal del sector tecnológico. El periodista ultraderechista Mike Cernovich resumía el quid de la cuestión al 'New York Times' de la siguiente forma: “Estamos haciendo lo que la izquierda ha hecho durante mucho tiempo. Usar tácticas activistas para presionar a las corporaciones, y las corporaciones responden”.

Resulta curioso que la misma pauperización del debate político que ofrecen los 'memes' gracias a los cuales Facebook se ha convertido en la empresa más poderosa del planeta, sea la herramienta de acción política de la 'alt-right'; el mismo sistema de conocimiento que establece que la verdad se corresponda a los parámetros del mercado, cuantificado hoy en base a los clicks sobre los que se basa el modelo de negocio de estas plataformas, sea quien establezca que artículos supremacistas sobre la raza y el género sean virales; o que la misma sociedad del espectáculo donde el capitalismo encuentra su sedante legitimación, eleve a los 'show man' y tuiteros de la ultraderecha más reaccionaria a la categoría de líderes de opinión. Se trata de la quintaesencia moderna: la industria de la comunicación, al tiempo que establece un quasimonopolio de Google y Facebook y los convierte en guardianes de la información global, abre la oportunidad a una visionaria extrema derecha para que extienda su propaganda política ante una nueva generación de ciudadanos convertidos en consumidores pasivos de información política.

Sea como fuere, no podemos obviar en este análisis el estado actual del progreso capitalista en su correspondiente contexto histórico. La distancia nos permite contemplara que el proyecto político de Barack Obama en ningún momento trató de alterar el orden socioeconómico, sino que fue desde el principio un intento por restablecer la hegemonía de los grupos dominantes. Los cuales, de forma paralela a la aceleración de las tecnologías de la información, vieron cómo se reestructuraban para incluir a las empresas de Silicon Valley como agentes responsables de establecer el nuevo horizonte neoliberal. Financiado en buena parte por este capital transnacional, habiendo comprado su campaña política y ocupado sus cargos más relevantes durante ocho años, Obama llevó a cabo una especie de 'revolución pasiva' en la que el descontento de las masas del final de los años de Bush fue raramente considerado y el movimiento popular -que en buena parte quiso alzarse como un movimiento contrahegemónico de los inmigrantes por sus derechos- quedó silenciado.

Al mismo tiempo, el avance de la crisis económica acercó la rebelión contra los efectos de la globalización capitalista y fue aprovechado por un megalómano como Donald Trump para alzarse como presidente del Gobierno de Estados Unidos en representación de los afectados por la desindustrialización. No obstante, como bien explica un estudio de Marcos Reguera, Trump no es verdaderamente un fascista. Simplemente “ha permitido a la 'alt-right' salir de la marginalidad, mientras que la 'alt-right' ha proporcionado a Trump una base social y el movimiento político del que carecía el multimillonario”.

Cartel en la sede de Facebook de Menlo Park, California. (EFE)
Cartel en la sede de Facebook de Menlo Park, California. (EFE)

Silicon Valley responde a los supremacistas blancos

Por su lado, impertérritas y como si nada tuviera que ver con estas cuestiones, las empresas de Silicon Valley han intensificado su guerra contra los supremacistas blancos. De esta forma, Google, GoDaddy o PayPal están tratando de impedir a estos grupos llegar a sus audiencias ahogando su capacidad de recaudar dinero en internet, eliminándolos de los motores de búsqueda de Internet y evitando que lleguen siquiera a registrarse en algunos sitios. Por eso, cuestionar la ideología californiana es para la ultraderecha una vía para acabar con una barrera operacional a su extension e implantación en el resto del país. Como señalaba uno de sus voceros al New York Times, “YouTube, Twitter y Facebook tienen más poder que el gobierno.” Y, en cierto modo, así es. Al margen del victimismo enarbolado por quienes quieren enaltecer posiciones reaccionarias, a diferencia del gobierno —que está limitado por la Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos— las empresas de Silicon Valley tienen el poder para censurar las opiniones de quien consideren pertinente. Es una especie de gobernanza que en la práctica no se somete a ningún limites más allá de lo que la opinión pública sea capaz de aceptar como tolerable. De ahí, como veremos más adelante, los esfuerzos en marketing de Mark Zuckerberg y su famosa gira por Norteamérica.

De esta forma, lo que observamos es un debate más profundo en el que reina la preocupación porque las plataformas tecnológicas efectivamente se conviertan en los árbitros de la libertad de expresión, y no sólo. Ocurre que, al tiempo que deben ofrecer beneficios a sus accionistas —logrado en parte gracias al crecimiento de usuarios en sus páginas, número de click, etc—, también deben pensar en términos de las libertades civiles de su usuarios-clientes-ciudadanos; alienados éstos por dos circunstancias: las dislocaciones posindsutriales y su instrumentalización por parte de grupos reaccionarios. Esta especie de estado de excepción que observamos debida a la reestructuración del sistema capitalista se parece mucho a la experimentada por Reino Unido al final de los años setenta, descrita sagazmente en el libro coordinado por Stuart Hall, 'Policing the Crisis'. Entonces se caracterizó por la ruptura de los mecanismos de orden social que precedió a una especie de autoritarismo promulgado por la Dama de Hierro y abrió las puertas para revolución neoliberal. Hoy, esa ideología que en Estados Unidos fue instigada por Ronald Reagan ya ha sedimentado en la sociedad americana y está siendo racionalizada mediante la retórica socioliberal de Silicon Valley al abrazar cuestiones como el acuerdo del clima de París, la comunidad LGTBI o los derechos de las personas negras.

Así es que esta especie de “Apocalipsis” que parecemos contemplar, en los términos descritos por Thomas Frank en en el ya famoso ensayo '¿Qué pasa con Kansas?: Cómo los ultraconservadores conquistaron el corazón de Estados Unidos', es precisamente la aparente desaparición de la lucha de clases, donde la lucha por la hegemonía se ha convertido en una tensión entre la reordenación capitalista encabezada por Silicon Valley y el auge de un movimiento reaccionario con un proyecto ideológicamente similar al que hizo ensombrece al Viejo Continente en el siglo XX. Y es precisamente esta lectura, que fue realizada por los pesadores marxistas de la Escuela de Frankfurt, la que han llevado acabo los nuevos movimientos reaccionarios. Con una salvedad: a diferencia de la pseudo nueva izquierda, los populistas reaccionarios han sabido leer e interpretar su pensamiento de acuerdo al capitalismo digital para lograr un objetivo radicalmente opuesto al marxismo.

Un manifestante fuma durante un mitin en el Lincoln Memorial en Washington,el 25 de junio de 2017. (Reuters)
Un manifestante fuma durante un mitin en el Lincoln Memorial en Washington,el 25 de junio de 2017. (Reuters)

El futuro del reordenamiento capitalista de EEUU

No obstante existen dos aspectos que nos dan algunas pistas sobre el devenir de esta reestructuración. De un lado, tanto el modelo económico como de gobernanza basado en el mercantilismo y la bravuconearía militarista protagonizada por Donald Trump parece poco inteligente y efectivo para lograr cualquier nueva hegemonía norteamericana en el siglo XXI, puesto que elimina de inmediato la ventaja competitiva que tiene la industria tecnológica de Estados Unidos respecto a la del resto planeta. Basta echar un vistazo al reciente análisis del Financial Times sobre el fracaso de la política comercial de Steve Bannon: “La retórica es sencilla, la gobernanza no lo es”.

Por otro lado, aunque es cierto que los supremacistas blancos no habían alcanzado cotas de influencia tan importantes desde los tiempos Woodrow Wilson, es difícil pensar que este movimiento logre imponerse a las corrientes que establecen los poderes tecnológicos. Es más probable, como profetizaba la revista Business Insider, que la ultraderecha techie gane cotas de poder e influencia relativamente elevadas en Silicon Valley, y por tanto en la determinación de la sociedad americana —al igual que lo hicieron los ideales de Geert Wilders con el partido conservador en los Países Bajos. No lo avisaba de nuevo William I Robinson cuando afirmaba que “la fusión en los niveles más altos del estado norteamericano entre el poder político reaccionario y el capital transnacional se ha ido desarrollando desde los años de Bush y podrá volver a emerger en el futuro.”

Así es que si hablamos en términos de libertades, será complicado que se vea truncada la libertad de explotar los datos de los ciudadanos estadounidenses en beneficio de un par de empresas, procesarlos en sus sistemas de inteligencia artificial y transformar la sociedad del futuro. Lo que es mas probable es que libertades civiles, como la de conciencia o de expresión —esto es, la libertad para pensar la tecnología con el fin de poner la tecnología al servicio de la sondead— estará cada día más limitada por las dinámicas del ecosistema digital que establezcan las corporaciones de Silicon Valley.

La inseguridad y el desamparo del individuo medio lo aboca al sometimiento de nuevas autoridades capaces de ofrecerle seguridad y aliviarlo de la duda, nos decía Erich Fromm sobre la psicología del nacismo en uno de los apartados de 'El miedo a la libertad'. Aunque, concluía, refugiarse en estos sistemas autoritarios puede ser temporal, ya que no se pueden suprimir las condiciones básicas que originan el anhelo de libertad. El pseudo-progresismo de Silicon Valley deberá lidiar con estas cuestiones y, curiosamente, la alt-right está acelerando la toma de responsabilidades de las empresas tecnológicas en la sociedad estadounidense. Pero la ventana de lo tolerable se sigue desplazado hacia la derecha, dónde está el punto de no retorno y si lo hemos cruzado es casi una pregunta tan pertinente sobre si se elevarán alterativas reales desde la izquierda. Mientras ésta trata de comprender el mundo que le rodea, la venta se estrecha.

En definitiva, aunque a medida que la explotación del negocio del discurso político por parte de las empresas de Palo Alto es mayor, también lo es la amenaza que acecha con socavar su propia inmunidad y abrir el debate sobre su regulación, más aún con un presidente como Donald Trump y la plétora de sus seguidores ultraderechistas, que ya están pensando en su reelección futura. Parte de ésta, sin duda, pasa por acabar con su competencia política. No extraña pues que el ex asesor de la Casa Blanca, Steve Bannon, lanzara la idea de regular Facebook como una utilidad pública, lo que daría al gobierno un mayor control sobre el gigante del medio social. Sea como fuere, lo que que trasciende a todo esto es una realidad pasmosa: Mark Zuckerberg está haciendo política a sus manera, demostrando que no necesita presidir un Gobierno para tomar sus riendas. De momento, sus planes de una nueva especie de feudalismo digital se encuentran en fase beta mientras hace pruebas con su proyecto de crear la fundación filantrópica más poderosa que haya existido nunca. La izquierda debe entender que son los movimientos reaccionarios quienes están sacando partido de esta nueva división política que emerge y que las clases populares se está polarizando contra sí mismas, en lugar de contra la culminación de ese ideal neoliberal en el que la política pierde la batalla definitiva contra la economía —monopolizada en el futuro por varias empresas que gobiernan el mundo digital.

Tribuna Internacional

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