El reino del desierto se rompe: juego de tronos en Arabia Saudí

El príncipe heredero Mohamed bin Salman ha conseguido deshacerse de un plumazo de varios posibles enemigos, pero a la vez abre un nuevo periodo de incertidumbre en el que se lo juega todo

Foto: El rey Salman de Arabia Saudí (centro) posa con los ministros de la Guardia Nacional, Khaled Bin Ayyaf, y de Economía, Mohammed al Tuwaijri, en Riad, el 6 de noviembre de 2017. (Reuters)
El rey Salman de Arabia Saudí (centro) posa con los ministros de la Guardia Nacional, Khaled Bin Ayyaf, y de Economía, Mohammed al Tuwaijri, en Riad, el 6 de noviembre de 2017. (Reuters)

Podría decirse que no pasa una semana sin que Arabia Saudí sorprenda al mundo con noticias de distinto calibre —un robot que obtiene la ciudadanía saudí, mujeres que después de años de activismo pueden ponerse tras el volante, ciudades futuristas en pleno desierto…—. Este domingo, las noticias relacionadas con Riad fueron cinco, y todas ellas representaron un claro indicador de la situación que atraviesa el país en la actualidad.

La primera noticia de la noche fue el despido del príncipe Mitab ibn Abdullah, al que desde hace meses le esperaba el mismo destino que al ex príncipe heredero Muhammad bin Nayef, defenestrado y puesto bajo arresto domiciliario el pasado mes de julio. El príncipe Mitab era el hijo favorito del difunto rey Abdullah, así como jefe de la Guardia Nacional Saudí, fuerza tribal creada para proteger a la familia real y las zonas petroleras clave del Reino. El flamante príncipe heredero Mohammed bin Salman (MbS) consiguió así deshacerse de cualquier aspirante a las riendas del Reino en el seno del último cuerpo de seguridad que podría socavar su influencia. Irónicamente, la Guardia Nacional Saudí fue diseñada para defender a la familia real saudí de cualquier golpe de Estado. El ‘golpe’ del que somos testigos lleva sin embargo teniendo lugar estos últimos meses, a plena luz del día, y sus sacudidas todavía se hacen sentir en el Reino.

La segunda noticia llegó en forma de un real decreto que creaba un comité anticorrupción, encabezado por el propio MbS, a cargo ya del Ministerio de Defensa y de todos los dosieres económicos del país. El nuevo órgano decretó la detención masiva —en una jaula dorada también llamada hotel de cinco estrellas— de 11 príncipes, junto con varios ministros y hombres de negocios saudíes. La purga del sábado no tiene precedentes y apuntaba al más alto nivel tan dentro de la casa real como entre los príncipes de segunda generación, además de individuos con medios, todos ellos potencialmente capaces —bien gracias a su árbol genealógico, bien gracias a su fortuna— de cuestionar la autoridad y legitimidad de MbS en futuros pulsos por el poder. El comité se perfila así como un medio adicional para castigar a cualquier oponente de MbS.

Precisamente es en el ámbito regional en el que se enmarca la tercera noticia del sábado noche: un misil balístico fue lanzado desde Yemen, con destino el aeropuerto de Riad. Horas antes, Saad Hariri anunciaba desde la capital saudí su dimisión como primer ministro del Líbano, apuntando a una creciente influencia iraní en el Líbano de la mano de Hezbollah. Irán también ha ganado sendas partidas de la ‘guerra fría de Oriente Próximo’ en Siria e Irak. Con tan solo 32 años, MbS se ha sumergido de pleno en una política regional impulsiva e inusitadamente agresiva, que encuentra como principales aristas una catastrófica guerra en Yemen de la que no se ve la luz al final del túnel, un boicot a Qatar y la consecuente crisis intra-Golfo que no han dado sus frutos, y un aumento exponencial de las tensiones con Irán en estos y otros escenarios.

El balance es cuanto menos pesimista, a pesar de las palabras de aliento del presidente Trump y de cuantiosos contratos suscritos en Moscú o Pekín. Aun así, el futuro rey saudí no parece dispuesto a abandonar ningún frente de batalla —más bien todo lo contrario—, y sí que obtiene algún rédito de estos tejemanejes regionales: desviar la atención de la delicada situación domestica que atraviesa Arabia Saudí. Desviar la atención se ha convertido en la especialidad del joven príncipe, asesorado por el príncipe heredero de Emiratos Árabes Unidos, por múltiples firmas de relaciones públicas y recurriendo con cada vez mayor regularidad a medidas cosméticas que mantengan satisfecha a la rejuvenecida población, muchos de los cuales comparten generación e inquietudes con el príncipe.

La quinta y última noticia en inundar titulares fue un accidente aéreo el domingo noche en el que murieron oficiales saudíes y un miembro de la familia real. Aunque todavía se ignora qué ocurrió exactamente, no tardaron en saltar a la palestra distintas teorías de la conspiración, lo que no hace sino arrojar luz sobre una sensación de pavor continua en las mas altas esferas del Reino. MbS es consciente de que su ascenso al poder ha alienado a muchos en la familia real, que se han visto marginados y/o silenciados a lo largo de los últimos meses.

Un joven pasa por delante de la Torre Central del Reino en Riad, el 5 de noviembre de 2017. (Reuters)
Un joven pasa por delante de la Torre Central del Reino en Riad, el 5 de noviembre de 2017. (Reuters)

El trono reclama el poder

Mientras que Arabia Saudí siempre ha sido gobernada, siguiendo un principio de división funcional, por múltiples feudos compuestos por príncipes de alto rango, MbS se erige hoy en día como el líder más centralizador de la historia del país, sin ningún mecanismo en el seno de su familia que pueda resistirse a, o influenciar sobre, las políticas del errático príncipe. Las últimas rondas de arrestos no hacen sino reforzar la sensación de que el debate sobre la sucesión es extremadamente espinoso, e incluso tabú. Han sido arrestados tanto clérigos ultraconservadores como activistas cosmopolitas, dejando así claro que ni habrá privilegios (salvo para el rey y su hijo) ni excepciones cuando de asegurar la fidelidad al nuevo rumbo Saudí se trate. Algunos han comparado estos últimos movimientos con el modelo seguido en China, Rusia o Singapur.

A lo largo de los últimos meses, la determinación de consolidar el poder se ha hecho sentir con mayor intensidad, y se levanta sobre dos pilares: ambición y nerviosismo. MbS tiene prisa, y así lo demuestra continuamente, en poner en marcha el cambio de paradigma que ha diseñado para transformar radicalmente su país. Para ello, necesita sentirse seguro, incluso dentro de palacio, y algunas de sus acciones apuntan a una cierta tendencia paranoica. Estas últimas semanas, varios clérigos, periodistas y empresarios han sido encarcelados, simplemente por negarse a ser vocales contra Qatar.

MbS parece incapaz de medir la dimensión y consecuencias de sus acciones, mientras va acumulando esqueletos en el armario, que amenazan con ver la luz tras cada intento a la desesperada de reforzar su posición. Tal y como demuestra su facilidad para apretar el gatillo, el príncipe no es quizá plenamente consciente de lo mucho que está poniendo en juego, tanto en el extranjero, en donde se enfrenta a dosis de descrédito, al establecimiento de ejes enemigos, a la necesidad de financiar conflictos sin fin, o a vacíos de poder que se vuelvan en su contra (como puede ocurrir en el Líbano), como también en el ámbito doméstico, donde ni la mayoría de ciudadanos parecen dispuestos a apretarse el cinturón, ni gran parte de la Casa Real a renunciar al sentimiento de falsa igualdad del que venían gozando.

Todo ello en el periodo más volátil para la monarquía saudí en más de 60 años, simbolizado por la salida a bolsa del 5% de Aramco, la joya de la corona saudí. Una gran parte de las reformas económicas planificadas o adoptadas en el marco de la necesaria estrategia de dinamización económica del país, el Plan Visión 2030 —‘niño mimado’ de MbS— ha sido cuestionada, suavizada y/o modificada, y las perspectivas económicas se han visto revisadas a la baja. Como símbolo de la insatisfacción creciente entre la población, fueron convocadas el pasado 15 de septiembre protestas para denunciar la austeridad creciente y la desigualdad de oportunidades.

Estas medidas sin precedentes —dado que aunque no se trata de la primera lucha por el poder en el seno de la Casa Saud, las anteriores fueron limitadas en extensión y publicidad— avivan un miedo que nunca había estado presente a tan alto nivel y/o con tanta intensidad en Arabia Saudí, en donde una economía moderna y una imagen exterior amable no parecen compatibles con una tensión y violencia cada vez más palpables y públicas entre oficiales, autoridades y príncipes, por no hablar del 'establishment' religioso, tremendamente dividido ante los anuncios y declaraciones de modernización de estas últimas semanas y meses.

El objetivo claro es consolidar y concentrar el poder en manos de MbS, al que en vista de su juventud le espera un mandato ciertamente duradero. Y para ello recurrir a un marco de 'liberalización autocrática' simbolizado por la adopción de medidas sociales y económicas populares y populistas mientras que al mismo tiempo —y no precisamente entre bastidores— se estrecha el margen de maniobra del que puedan gozar sociedad civil y miembros de la familia real para criticar las reformas de palacio. ¿El dilema? El Reino, al contrario que estas últimas décadas, no es ya predecible —¡ni siquiera tan aburrido como lo pintaban diplomáticos y emprendedores!— y sus acciones dejan tras de sí un regusto a impredecibilidad e incluso inestabilidad de las que sus monarcas y aliados huían hace bien poco. Un escenario sin duda, y de momento, poco atractivo para inversores dispuestos a convertir Arabia Saudí en la nueva Dubái o turistas deseosos de visitar las playas especialmente diseñadas para ellos.

Tribuna Internacional

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