Pobreza, desigualdad, corrupción y violencia, a las urnas en México

Pedimos a quien tenga el honor de asumir la presidencia de México que ponga en el centro de sus políticas la lucha contra la pobreza y, especialmente, contra la desigualdad

Foto: El candidato Andrés Manuel López Obrador saluda a simpatizantes durante el mitin de cierre de campaña, en Ciudad de México. (Reuters)
El candidato Andrés Manuel López Obrador saluda a simpatizantes durante el mitin de cierre de campaña, en Ciudad de México. (Reuters)

Este domingo cerca de 90 millones de mexicanas y mexicanos tienen una cita con las urnas. Estas elecciones son las más grandes realizadas nunca en el país ya que no solo se elige nuevo presidente, sino también a nueve gobernadores –incluido el de Ciudad de México–, 500 congresistas, 128 senadores y más de 3.000 cargos locales. También se respira en el ambiente que estas serán las “elecciones del cambio”. Tras 70 años de gobierno hegemónico del Partido Revolucionario Institucional (PRI), de dos sexenios de alternancia del Partido de Acción Nacional (PAN) y del regreso al poder del PRI con el actual presidente Peña Nieto, todos los candidatos se presentan como abanderados de la ruptura con lo políticamente establecido.

A pesar de la gran cantidad de cargos, la atención de los medios está centrada en la campaña presidencial. Andrés Manuel López Obrador, en su tercer intento por ser elegido presidente, ha encabezado las encuestas desde la precampaña. Según la encuesta de Consulta Mitofsky, a principios de este mes de junio el candidato López Obrador contaba con un 37,2% de intención de voto frente a un 20,3% de su más cercano perseguidor, Ricardo Anaya. El candidato oficialista, José Antonio Meade, contaba con un 17.1%. La misma encuesta señala que casi el 48% de los encuestados dan por ganador a López Obrador y ningún analista contempla la posibilidad de que, a estas alturas, salvo un escándalo o error tremendo de su campaña, se reviertan las tendencias y gane otro candidato. Candidata es imposible porque Margarita Zavala, la única mujer en liza, se retiró de la contienda a mediados de mayo.

Sea cual sea el resultado final de la elección, el nuevo presidente de México va a tener que enfrentar enormes retos. Pobreza, desigualdad, corrupción y violencia son los cuatro grandes problemas del país, que se relacionan y retroalimentan en una espiral maldita hacia ningún lado.

Aunque los datos oficiales del CONEVAL (Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social) cifran en 53,4 los millones de personas que viven en condiciones de pobreza y en 9,4 millones los que están en situación de pobreza extrema –el 43.6% y el 7.6% de la población total, respectivamente–, organizaciones como señalan que 95 millones de mexicanos y mexicanas son pobres o se encuentran en situación de alta vulnerabilidad. Si a estos datos añadimos que, según la OIT, los salarios promedio en México se contrajeron un 12% entre 2005 y 2016 y que un 41% de las personas con empleo no alcanzan a cubrir sus necesidades básicas familiares, podemos entender la magnitud de la pobreza en el país.

Estas cifras son más dolorosas, si cabe, cuando se observa la extrema desigualdad. México dista mucho de ser un “país pobre”. Es la decimoquinta economía del mundo y recordemos que el hombre más rico de América Latina (y el séptimo del mundo), Carlos Slim, es mexicano. Pero según la OCDE, México tiene uno de los índices más altos de inequidad dentro de los países desarrollados, con un 1% de la población más rica controlando casi la mitad de la riqueza del país.

La desigualdad no sólo es de ingresos, va mucho más allá y se palpa en las enormes diferencias en el acceso y la calidad de la educación. Como indica el informe “Desigualdades en México”, pertenecer al grupo de ingresos más altos implica tener entre 4 y 5 veces más probabilidades de obtener mejores oportunidades de aprendizaje en comparación con los jóvenes del grupo de ingresos más bajos. Además, la probabilidad de que un estudiante de una escuela urbana alcance mejores aprendizajes es entre 3 y 4 veces mayor que la de un alumno de una escuela rural. Entre la población indígena y no indígena la brecha es aún mayor, especialmente en el logro de esos aprendizajes.

Este mismo informe señala que México tiene una de las tasas de movilidad social ascendente más bajas del mundo. Tan sólo un 2.1% de los mexicanos nacidos en el 20% de los hogares con menor acceso a bienes y servicios podrá acceder en su edad adulta al grupo de mayor acceso. Por supuesto, la situación es todavía peor para las mujeres, no solo por la fuerte brecha salarial, sino también por la baja tasa de participación laboral femenina que las hace más dependientes de sus parejas o familias.

México tiene una de las tasas de movilidad social ascendente más bajas del mundo

La corrupción es otro gran problema estructural. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) cifró en 7.218 millones de pesos –306 millones de euros, aproximadamente– el coste para los ciudadanos en “mordidas”, sólo en el año 2017. México ocupa el puesto 135 de 180 países en el Índice de Percepción de la Corrupción 2017 de Transparencia Internacional (España ocupa el puesto 42 de la lista, así que comparen). Y la mitad de los mexicanos afirman haber pagado un soborno en 2017, según esta misma organización.

Pero lo único que preocupa más que la corrupción es la inseguridad y la violencia. México es el segundo país más violento del mundo, después de Siria, según el . En 2017 el Sistema Nacional de Seguridad Pública registró 29.168 homicidios intencionales, la cifra más alta desde que se dispone de datos oficiales, hace 20 años. 80 asesinatos diarios. Se dice pronto.

Y en esto, nuevamente y como en casi todo lo malo, las mujeres se llevan la peor parte. En 2016, se registraron 2.813 feminicidios, 7 mujeres asesinadas cada día por el simple hecho de ser mujeres. Pese a los compromisos asumidos por las autoridades para terminar con esa lacra, según ONU Mujeres, sólo el 10% de los casos de asesinatos de mujeres han recibido sentencia condenatoria. Según el INEGI, el 63% de las mujeres mayores de 15 años han sufrido algún incidente de violencia de género a lo largo de su vida.

Los cadáveres de dos sujetos localizados cerca del Hospital Infantil de Especialidades en Ciudad Juárez. (EFE)
Los cadáveres de dos sujetos localizados cerca del Hospital Infantil de Especialidades en Ciudad Juárez. (EFE)

Sin duda, un panorama complicado. Y eso sin mencionar la precariedad de las condiciones laborales, la homofobia, la carencia de agua potable en zonas rurales y/o periferias de las ciudades, las carencias en servicios básicos como salud y educación, la inseguridad alimentaria en muchas zonas rurales, o el narcotráfico y otras formas de crimen organizado. Y como no, las terribles situaciones que viven tanto los migrantes mexicanos como los centroamericanos que transitan México –en su huida de la violencia y la pobreza en el Triángulo Norte Centroamericano– hacia EEUU. Las imágenes de estos días de menores enjaulados y separados de sus familias por la administración Trump indignan y conmueven a cualquiera que tenga un mínimo de humanidad.

Y a pesar de todo ello México y sus niños y niñas, jóvenes, hombres y mujeres siguen peleando día a día para lograr una vida mejor. Como se demostró en los terremotos del pasado mes de septiembre en los que la solidaridad, espontánea y autoorganizada, inundó las calles.

Todas esas cifras y grandes problemáticas se traducen en historias de vida concretas, y de eso en Ayuda en Acción sabemos bastante. Desde hace más de 15 años estamos presentes en los estados más pobres del país, como Oaxaca, Chiapas o Puebla donde, junto a organizaciones de la sociedad civil mexicana, trabajamos para mejorar el ejercicio de los derechos de niños y niñas, potenciar sus capacidades individuales y colectivas, atender sus necesidades de educación, salud y vida digna. Acompañamos a las familias y comunidades en la mejora de sus condiciones de vida (vivienda, alimentos, acceso a agua, salud, etc), fortalecemos a las organizaciones comunitarias e impulsamos el desarrollo de iniciativas económicas locales que permitan vislumbrar un futuro mejor en los territorios.

Como organización independiente y apartidista nos mantenemos al margen del proceso electoral y no tomamos partido por un candidato u otro. Pero como personas que trabajamos con y para los más desfavorecidos sí le pedimos a quien tenga el honor de asumir la presidencia de México que ponga en el centro de sus políticas la lucha contra la pobreza y, especialmente, contra la desigualdad. Siempre sin dejar de lado al mundo rural, afectado por enormes brechas.

Sin duda es más fácil decirlo que hacerlo, pero para eso se supone que están los servidores públicos. El próximo presidente de México tiene la oportunidad de gobernar mirando a los conciudadanos que más esperan y necesitan de él. Ojalá sea así.

*Luis Camacho es responsable de Cooperación de Ayuda en Acción en México.

Tribuna Internacional
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