La ficción triunfa en Alemania: el acuerdo incomprensible que ha salvado a Merkel

Pese a no ser ya tan pujante, la cuestión de la inmigración ha estado a punto de tumbar a la Canciller. Se le ha permitido salvar la cara con un pacto que, no obstante, carece de fundamentos sólidos

Foto: La Canciller Angela Merkel asiste a un debate presupuestario en el Bundestag, en Berlín, el 3 de julio de 2018. (Reuters)
La Canciller Angela Merkel asiste a un debate presupuestario en el Bundestag, en Berlín, el 3 de julio de 2018. (Reuters)

Lo leen los periodistas una y otra vez, al derecho y al revés, y eso que el idioma alemán es muy preciso, sobre todo en cuestiones jurídicas. Pues nada, no entienden nada.

La canciller Angela Merkel y su ministro del Interior, Horst Seehofer, dirigente de la rama bávara de la democracia cristiana, llegan a un acuerdo y salvan la crisis de gobierno que amenazaba con poner fin a la carrera, ya cuesta abajo, de la dirigente que llegó del Este.

Seehofer quería poder expulsar a los inmigrantes o refugiados que lleguen a Alemania procedentes de otro país en donde hubieran solicitado asilo, el primer punto de la Unión que hubieran pisado, como mandan los acuerdos de Dublín. La Canciller se negaba, porque esto supondría el fin de la libertad de movimientos en el espacio común, y un paso para el fin de la UE como la conocemos hoy.

Y llegan a un acuerdo y nadie entiende nada. En diplomacia, cuando alguien te insulta, a veces das la afirmación por “no escuchada”, para suavizar la tensión. En este caso se parte de la base de que los solicitantes de asilo “no han entrado “en territorio germano, están en tierra de nadie. Y como “no han entrado”, no se les puede expulsar hasta que se decida si se les concede asilo o no. Un limbo extraterritorial al estilo de Guantánamo. Entretanto se les lleva a unas “zonas de tránsito”, que tampoco sabe nadie lo que son. Bien por la ambigüedad. Y el procedimiento para la concesión de asilo a los que realmente sean perseguidos o huyan de zonas en conflicto puede durar meses o años.

Lo único claro que consigue el acuerdo es ganar tiempo, desactivar la crisis de momento, pero la pelota queda ahora en el tejado de los otros socios de coalición, los socialdemócratas, que hace años se opusieron a las llamadas “zonas de tránsito”. Y de Austria, vecina de Baviera, a donde serian expulsados los inmigrantes que vienen por el sur. Por eso, Viena se prepara en esta partida de ajedrez para reforzar, a su vez, su frontera meridional.

En Alemania, la situación no es dramática, por supuesto, si se compara con la de otros países del entorno. Pero parece que, como dicen ellos a veces, 'die guten alten Zeiten sind vorbei', los buenos tiempos han pasado.

Policías austríacos llevan a cabo ejercicios para la contención de inmigrantes en la frontera, en Spielfeld, Austria, el 26 de junio de 2018. (Reuters)
Policías austríacos llevan a cabo ejercicios para la contención de inmigrantes en la frontera, en Spielfeld, Austria, el 26 de junio de 2018. (Reuters)

Una derrota en el Mundial que lo dice todo

Un país, famoso por su ingeniería y sus productos, se ha visto sacudido por el escándalo o la mentira de los diesel trucados, motores que fueron presentados como la panacea y que contaminan más que la gasolina. Ahora se hunden las ventas de ese tipo de motor.

El viejo sistema de partidos, socialdemócratas y democristianos, alternándose en el poder con el apoyo de los liberales, se ha acabado. La actual Gran Coalición, formada tras meses de negociaciones, es muy frágil. Hay dos partidos a la izquierda, Verdes y Die Linke y surge la extrema derecha de la Alternativa para Alemania (AfD). La Canciller, que dirigió los destinos de Europa con mano firme en medio de la crisis del 2008, ignorando las peticiones de los pobres meridionales, está en su recta final, ignorada por Trump en Defensa y Comercio y con la amenaza al fondo de Rusia y China.

Y, para colmo, un auténtico drama nacional: la selección de fútbol ha sido derrotada en la primera ronda, la cuarta del grupo frente a modestos rivales, lo nunca visto. Aquella selección, que ganaba siempre, aunque fuera en la prórroga. La prensa ha llenado páginas y páginas con este tema, porque simboliza el decaimiento de Germania.

Hay un hecho cierto: entran menos refugiados que hace años, nada comparable con la avalancha del verano de 2015. Sin embargo, aquella crisis, con la política de puertas abiertas de la Canciller, de la que no se arrepiente, dejó profundas huellas, sobre todo en la meridional Baviera, por donde entraban los refugiados y donde hoy surge con fuerza la AfD, que puede recortar la tradicional mayoría absoluta de los democristianos regionales. En Octubre hay elecciones en ese gran Estado federado y para contener la hemorragia, la CSU se mueve hacia las posiciones de la ultraderecha. Curiosamente, esta cuestión, no tan caliente como hace tres años, centra el debate nacional, llena las tertulias de televisión y crispa los ánimos de un país tradicionalmente racional y sereno.

Y no ha terminado el debate, porque esto no es serio, dice algún comentarista alemán, da risa; han sido varias semanas de negociaciones hasta la madrugada, con mucho teatro, con presiones extremas de los bávaros, con amenazas de dimisión de Seehofer y un final con acuerdos vagos. Es ficción, pero de la mala.

Cuando la realidad es dura, es mejor dedicarse a la ficción. Pero no es para reírse, porque las sociedades europeas van decayendo y se van escorando hacia la derecha.

*Daniel Peral es ex corresponsal de TVE en Berlín.

Tribuna Internacional

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