¿Es Rusia un socio apropiado para España? Guía básica para hablar con el Kremlin
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¿Es Rusia un socio apropiado para España? Guía básica para hablar con el Kremlin

La visita del ministro de Exteriores ruso Serguéi Lavrov a nuestro país ha puesto de manifiesto la necesidad de mantener un diálogo con Moscú, pero no a cualquier precio

Foto: El ministro de Exteriores ruso Serguéi Lavrov en una rueda de prensa conjunta con el español Josep Borrell durante una visita oficial a Madrid, el 6 de noviembre de 2018. (Reuters)
El ministro de Exteriores ruso Serguéi Lavrov en una rueda de prensa conjunta con el español Josep Borrell durante una visita oficial a Madrid, el 6 de noviembre de 2018. (Reuters)

Diálogo sí, pero no a cualquier precio y desde la máxima firmeza. Esa debe ser la premisa que guíe nuestras relaciones con una Rusia cuya visión y objetivos a medio y largo plazo chocan con los de España. La desaparición de la OTAN y la erosión, o incluso el colapso, de la Unión Europea son anhelos estratégicos del Kremlin. Es decir, la quiebra de dos pilares fundamentales sobre los que descansa la estrategia de España para su proyección global.

Desde la anexión de Crimea, Rusia está desplegando una política sistemática que busca romper la arquitectura de seguridad europea. Esto es, una reformulación de las reglas y principios que sustentan el orden geopolítico, los equilibrios de poder y, en última instancia, la paz y la guerra en el continente. Por ejemplo, nuestra discrepancia sobre Ucrania es básica y fundamental: para Bruselas, Ucrania es un país que existe y que además tiene derecho a la soberanía plena, mientras que Moscú cuestiona ambas premisas, recurriendo a la fuerza y a toda una serie de instrumentos de intervención encubierta. Guiado, además, por su concepción decimonónica de las relaciones internacionales como un juego entre estados fuertes y soberanos con derecho a someter a estados vasallos. El Kremlin, de igual forma, apuesta por situar su disputa con los europeos en el ámbito militar, donde dispone de ventajas operativas y estratégicas.

De ahí la importancia de las sanciones tanto por su efecto disuasorio como por ser el vehículo para articular un crucial, si bien frágil, consenso europeo. De hecho, en el contexto actual, la ruptura de este consenso ofrece al Kremlin su mejor baza en lo que interpreta como una partida de resistencia frente a la UE. Se trata de ver quién afloja o pestañea primero. Desde Bruselas se cree, ingenuamente, que el estancamiento social y económico ruso provocará finalmente algún giro en sus políticas domésticas y una línea más conciliadora hacia el exterior. No será así. Para Putin y su círculo dirigente se trata de mantener el control sobre el país y su riqueza a toda costa y hacer frente a una supuesta amenaza existencial desde el exterior –encarnada ésta más por la UE con sus valores y bienestar que por la OTAN con su disuasión militar-.

placeholder El presidente Vladimir Putin (C) junto a un grupo de cadetes en la Plaza Roja de Moscú, en el Día de la Unidad Nacional, el 4 de noviembre de 2018. (Reuters)
El presidente Vladimir Putin (C) junto a un grupo de cadetes en la Plaza Roja de Moscú, en el Día de la Unidad Nacional, el 4 de noviembre de 2018. (Reuters)

Pese a sus dificultades internas, los dirigentes rusos confían en que el ascenso de fuerzas populistas de derecha e izquierda, unido a la presidencia de Donald Trump en EEUU, propicie un nuevo reparto de fuerzas dentro de la UE y sus miembros y debilite a la OTAN. Esa es la lógica que explica las interferencias rusas de diferente intensidad y naturaleza en crisis europeas como el Brexit, el independentismo catalán o diversos procesos electorales. El respaldo por parte de actores vinculados al Kremlin a grupos de extrema derecha en un número creciente de países europeos resulta cada vez más evidente y preocupante. España, por cierto, no es una excepción en esta tendencia. Las próximas elecciones europeas en mayo serán, por consiguiente, cruciales.

Y mientras no atisbe costes para sus diferentes formas de intervención encubierta -desde campañas de desinformación en las redes sociales hasta la financiación de algunos grupos o la compra de voluntades corporativas- los incentivos para incrementar la presión seguirán pesando más en los cálculos del Kremlin. Fue, probablemente, la ausencia de un horizonte de costes claros el que propició la injerencia rusa en el proceso independentista catalán en el otoño de 2017. Es decir, en un momento crítico para un país como España, conocido por su posición amistosa y conciliadora hacia Rusia. Solo un tono firme en nuestra interlocución bilateral y una mejor comprensión de la estrategia, objetivos e instrumentos del Kremlin, nos ayudará a prevenir futuras sorpresas desagradables como la del año pasado. 'Realpolitik' sí, pero para todos.

*Nicolás de Pedro es investigador senior del Institute for Statecraft de Londres.

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