Un acuerdo malo para una situación imposible

El acuerdo del Brexit es malo tanto para los 'remainers' como para los 'brexiters', pero quizá sea la única salida viable en una situación imposible

Foto: Foto: EFE.
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El acuerdo de Brexit suscrito el pasado miércoles por Theresa May con Michel Barnier, el negociador jefe de la Unión Europea, es malo tanto para los 'remainers' (partidarios de permanecer en la Unión Europea) como para los 'brexiters' (partidarios de la salida). El estatus en el que dejaría a Reino Unido es ambiguo: en muchos sentidos: seguiría siendo parte de la UE durante un tiempo indefinido, pero pronto dejaría de poder participar en la toma de sus decisiones. Sin embargo, quizá sea la única salida viable para una situación imposible.

Esto ha creado una paradójica alianza de intereses entre todo el mundo que se opone a la primera ministra: de la izquierda dura euroescéptica del líder laborista, Jeremy Corbyn, al nacionalismo de tintes reaccionarios de Jacob Rees-Mogg, que ha liderado la moción de confianza contra May, pasando por los centristas liberal-demócratas o el partido de derechas norirlandés que sostiene la mayoría parlamentaria del Gobierno. Pero casi nadie con capacidad de decisión parece tener una estrategia de Brexit.

Un acuerdo malo para una situación imposible

No la tienen los laboristas, más allá de reclamar elecciones. Y con algunas excepciones, como David Davis (exministro para el Brexit que quiere que, en términos comerciales, Reino Unido mantenga una relación con la UE análoga a la que mantiene Canadá) o Michael Gove, uno de los ministros que no han dimitido (que apuesta por que Reino Unido tenga una relación más estrecha con la UE, parecida a la de Noruega), los enemigos de May en su propio partido no disponen de un plan —creíble o no— que pueda ser popular entre la mayoría de sus correligionarios.

De modo que es previsible que continúe una confusión que hundirá aún más la reputación de Reino Unido. En buena medida, este optó por salir de la UE porque los líderes del Brexit le prometieron que, además de limitar drásticamente la inmigración, podría recuperar su viejo esplendor. Una época dorada que los nostálgicos ubican ahora en algún punto indeterminado entre el periodo imperial y el liderazgo de Margaret Thatcher (que sin embargo hizo mucho por la integración de Reino Unido en la entonces Comunidad Económica Europea).

Se ha impuesto la frivolidad conservadora, pero podría revivir la de Corbyn, un ideólogo euroescéptico también instalado en el pasado

Todo parece indicar que el intento de hacer Reino Unido grande otra vez les ha salido horriblemente mal, independientemente del destino de May y de su impopular trato (no solo entre los parlamentarios; algunas encuestas ya señalan que no gusta a los votantes), se intente negociar un nuevo trato o se opte por una salida de la UE sin acuerdo, lo que es potencialmente catastrófico, Reino Unido ha dejado de ser ese lugar que supo mantener tradicionalmente un equilibrio precario pero efectivo entre las formalidades, la frivolidad de clase y un pragmatismo infalible. Se ha impuesto definitivamente la frivolidad conservadora, pero podría revivir la de Corbyn, un ideólogo euroescéptico también instalado en el pasado, aunque sea el pasado revolucionario.

El Reino Unido contemporáneo tiene tres grandes heridas políticas en su orgullo, además de infinidad de triunfos. La primera de ellas fue la pérdida de las colonias tras la Segunda Guerra Mundial, que compensó por el orgullo de la victoria en la guerra tras enormes sufrimientos; de hecho, resistir a tremendos padecimientos conformó en cierta medida lo que muchos conservadores británicos consideran uno de los rasgos de carácter principales del país.

La segunda tuvo lugar en 1956, cuando el Gobierno británico, que probablemente no había abandonado del todo el marco colonial, pretendió recuperar el control del Canal de Suez y no lo consiguió, lo que fue visto como una espantosa humillación. La tercera fue en 1976, cuando ante la inminente amenaza de una bancarrota nacional y una brutal caída del valor de la libra (la de este jueves ha sido sustancialmente menor, pero no despreciable), el primer ministro laborista, James Callaghan, se vio obligado a pedir un crédito al Fondo Monetario Internacional, que impuso fuertes recortes que, paradójicamente, allanaron la llegada al poder de Margaret Thatcher.

La derecha se niega a aceptarlo y considera que puede lograr un Brexit más puro, una temeridad, y una confirmación de que sobreestima sus fuerzas

No pocos comentaristas políticos británicos (la mayoría 'remainers', cabe reconocerlo) están contemplando lo que ha sucedido en estos días, casi dos años y medio después del referéndum, como una catástrofe comparable para el orgullo de un país que, aunque siga siendo una potencia democrática y económica de primer orden, está volviendo a descubrir que su capacidad para operar por libre está enormemente limitada.

La derecha se niega a aceptarlo y considera que puede lograr un Brexit más puro, lo que en parte es una temeridad y en parte una confirmación de que sobreestima sus propias fuerzas frente a un gigante negociador como la UE que, por una vez, ha mostrado unidad y eficiencia. Bien siga en el empeño de volver a un pasado ilusorio, bien se produzca una repentina aceptación de las limitaciones del poder británico actual, las consecuencias serán entre duras y terribles para Reino Unido y Europa.

Tribuna Internacional
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