Doble rasero: un descrédito para los valores democráticos de Occidente

El escenario de las relaciones internacionales sigue funcionando así, como un escenario. Se suceden los grandes discursos y, entre bambalinas, se alcanzan acuerdos de venta de armas

Foto: Mohammad Bin Salman saluda al rey emérito Juan Carlos en Emiratos. (EFE)
Mohammad Bin Salman saluda al rey emérito Juan Carlos en Emiratos. (EFE)

En la UE, EEUU, Canadá y Australia, términos como “valores democráticos”, “derechos humanos”, “derechos de las mujeres”, “libertad de expresión”, etcétera resuenan con frecuencia en boca de las figuras públicas. De Madrid a Canberra, pasando por Atenas, Berlín, Bruselas, Londres, París, Washington u Ottawa, son palabras que oímos a diario en los discursos y declaraciones de políticos, diplomáticos, periodistas, intelectuales, representantes de ONGs e incluso cantantes: lo importantes que son la libertad, la democracia y los derechos humanos, nuestra determinación de ayudar a los pueblos del mundo a conseguirlos y el derecho del Occidente libre, como faro de la libertad y la democracia, a sancionar a cualquier país que se atreva a atacarlos, sea el que sea.

Es una postura noble, humanitaria y, sin duda, digna de aplauso. El único problema es que el escenario de las relaciones internacionales sigue funcionando precisamente así, como un escenario, donde se suceden los grandes discursos a beneficio del público mientras, entre bambalinas, se alcanzan lucrativos acuerdos de venta de armas e hidrocarburos que son los que, en realidad, determinan la actuación de los países occidentales frente a las transgresiones de determinados Estados. Para constatar esta realidad no hay más que ver cómo responde Occidente a los tres grandes "matones" del ámbito internacional en la actualidad: Rusia, Arabia Saudí y China.

Desde la reelección de Vladimir Putin como presidente de Rusia en 2015, este país ha demostrado una actitud cada vez más antidemocrática, agresiva y hostil frente a Occidente y sus valores. En lo que llevamos de siglo XXI, Rusia ha exhibido en numerosas ocasiones un total desprecio por el derecho internacional, los tratados internacionales y sus socios en Occidente. Crimea fue invadida y ocupada mientras Putin negaba tajantemente la operación. La guerra en el Este de Ucrania continúa debido a la intervención rusa. Al-Assad sigue en el poder en Siria por la misma razón. Rusia está expandiendo su influencia en África Central y apoya sin disimulos regímenes dictatoriales por todo el mundo.

Además, en la UE, financia partidos extremistas de derecha e izquierda como agentes de desestabilización. Sus piratas informáticos interfirieron en las elecciones presidenciales de EEUU y sus siniestros servicios secretos no tienen reparos en envenenar ciudadanos occidentales. ¡El asesinato de la familia Skripal horrorizó al mundo democrático! A consecuencia de los injustificables actos de Rusia en Ucrania y del envenenamiento de los Skripal, los países occidentales aprobaron sanciones contra este país, sus políticos y sus empresarios, y Rusia respondió retirando sus diplomáticos en muchos de ellos, lo que ha llevado a varios analistas a hablar del renacimiento de la Guerra Fría. Esta postura de Occidente es merecedora de todo nuestro aplauso. Sin embargo, para atajar de raíz cualquier sospecha de hipocresía y doble rasero, sería conveniente aplicar los mismos criterios a todos los países.

El presidente chino Xi Jinping subió al poder en 2012 y, desde entonces, China también ha apostado por la vía de la agresividad y el autoritarismo. En Xinjiang, los uigures han sido encerrados por decenas de miles en los mal llamados "campos de reeducación". El Partido Comunista Chino sigue sofocando toda crítica y su nuevo presidente impulsa con entusiasmo las ambiciones territoriales de su país en la región del Pacífico. Al igual que en Rusia, las autoridades chinas no tienen reparo alguno en agredir a sus propios ciudadanos, tanto en su territorio como allende sus fronteras.

Al parecer, el dinero saudí es perfectamente aceptable aunque venga manchado con la sangre de Jamal Khashoggi

Los sucesos del 25 de septiembre de 2018 deberían haber desencadenado una oleada de indignación, declaraciones diplomáticas, ultimátums y amenazas de sanciones en occidente. Meng Hongwei, ciudadano chino y presidente en funciones de la Interpol, desapareció sin dejar rastro nada más poner el pie en su país. Hubo que esperar hasta el 8 de octubre para que China anunciase de manera oficial que lo había detenido por corrupción, aunque sin dar más detalles. Unas medidas de semejante rigor contra el presidente de la Interpol son inaceptables y deberían ser objeto de la más enérgica de las condenas. Pero la reacción de los países democráticos occidentales ha sido prácticamente inexistente, excepción hecha de algunas tímidas declaraciones en las que se pedía aguardar a que China hiciera pública su posición oficial. Pues bien, ya tenemos esta posición, pero ahora resulta que China, además de ser un mercado gigantesco, alberga un número tan grande de fábricas de empresas occidentales que no conviene ofenderla.

El caso de Arabia Saudí no resulta menos chocante. El régimen de Riad es bien conocido entre los activistas de los derechos humanos por sus ejecuciones y bárbaros métodos de tortura, su falta de respeto hacia minorías, mujeres y disidentes, y su participación en las masacres de la sangrienta guerra civíl de Yemen, que continúa aun hoy debido precisamente a la participación de los saudíes. Y por si fuera poco, el 2 de octubre de este año desapareció el periodista y disidente saudí Jamal Khashoggi en la embajada de este país en Estanbul.

En un primer momento, el Gobierno saudí respondió negando toda participación en el caso con una serie de mentiras flagrantes y una campaña de desinformación. Solo cuando Turquía hizo público el brutal asesinato del periodista comenzaron los saudíes a revelar algunos detalles sobre el atroz crimen que habían cometido. Como en el caso de China, la respuesta inicial de los líderes occidentales fue esperar a ver pruebas irrefutables de la implicación del Gobierno saudí en el caso. Pero cuando las tuvieron, uno tras otro, el presidente de EEUU, el presidente del Gobierno de España y el primer ministro de Canadá respondieron que, sencillamente, no podían cancelar los acuerdos de venta de armas suscritos con el régimen saudí. Al parecer, el dinero saudí es perfectamente aceptable aunque venga manchado con la sangre de Khashoggi.

La tibia respuesta de Occidente ha permitido al líder turco Erdogan, otro conocido dictador, presentarse como un adalid de la verdad que está decidido a encontrar a los responsables del espantoso crimen. Erdogan ha demostrado más preocupación por los derechos humanos que los líderes democráticos de Occidente, y aunque es evidente que se trata de mera fachada, es la incoherencia en la aplicación del derecho internacional, la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU y los valores y principios de Occidente en general lo que permite a dictadores como Erdogan, Putin, Al-Assad, Maduro y otros muchos reírse de nosotros y llamarnos hipócritas.

Si queremos que los valores de Occidente lleguen a ser realmente universales, la respuesta de nuestros gobiernos solo puede ser una: aplicarlos de manera universal.

*Chris Kostov es profesor de Relaciones Internacionales en la Schiller International University Madrid

Tribuna Internacional

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