"Ha comenzado la cuenta atrás": la hoja de ruta de China para anexionarse Taiwán

Las noticias que nos llegan sobre Taiwán revelan un plan para destruir “la China democrática” ante la indiferente pasividad de la mayoría del mundo

Foto: Soldados del Ejército Popular Chino de Liberación durante un entrenamiento en una base cercana a Tianshui. (Reuters)
Soldados del Ejército Popular Chino de Liberación durante un entrenamiento en una base cercana a Tianshui. (Reuters)

“Los planes de China sobre Taiwán se van a implementar en muy poco tiempo, unos dos o tres años. Existe una hoja de ruta para la anexión. Ya ha comenzado la cuenta atrás”. Así de contundente se mostraba un periodista de 'Global Times', diario portavoz del régimen chino, en una conversación con la autora de estas líneas durante la primavera pasada. “El Partido Democrático Progresista (PDP), favorable a la independencia, va a perder primero las elecciones locales y después el gobierno taiwanés. Hay claros signos de que esto va a suceder”.

Nunca me han gustado las profecías apocalípticas ni las teorías conspiranoicas, pero el tono de mi interlocutor destilaba veracidad. Como primera confirmación de sus palabras, el 1 de septiembre de 2018 el 'Taipei Times' se hacía eco de un informe del Ministerio de Defensa estadounidense donde se concretaba otro aspecto de la amenaza: “El Ejército Popular Chino de Liberación (EPL) ha diseñado un plan para minimizar las pérdidas y lograr la máxima eficiencia, a través de una invasión relámpago [contra Taiwán] que permitiría concluir con rapidez las operaciones militares”.

Un par de meses más tarde, el 24 de noviembre, el PDP sufría una severa derrota en las elecciones locales, precedida por una feroz campaña de “fake news” en redes sociales presuntamente auspiciada por Pekín. Como resultado, los progresistas perdían siete de las trece plazas que controlaban desde 2014, año en que la Revolución de los Girasoles abortó la deriva pro-China del conservador Kuomintang (KMT). En esas circunstancias, la presidenta Tsai Ing-wen se veía obligada a renunciar al liderazgo del PDP. Simultáneamente, los candidatos del KMT que habían triunfado en Taichung y Kaohsiung, anunciaban que reconocerían el Consenso de 1992 sobre la unidad de China y trabajarían por mejorar las relaciones con el continente.

Nada de esto debería sorprender a la comunidad internacional, porque hace mucho que Pekín anuncia la unificación con Taiwán como un “deber indeclinable”. La última declaración a este respecto, a cargo del presidente Xi Jinping, ha tenido lugar el pasado 1 de enero con ocasión del 40º aniversario de la "Carta a nuestros compatriotas de Taiwán", que en 1979 marcó el cese de los bombardeos a las islas controladas por Chiang Kai-shek. La cadena china CGTN ha afirmado sin ambages que esta conmemoración “traza una hoja de ruta para las relaciones a través del Estrecho de Taiwán”. El politólogo Robert Farley, de la corriente “realista”, se ha atrevido incluso a enumerar las cinco armas letales con que el ejército chino podría llevar a cabo su propósito.

A pesar de todo, son pocos quienes creen que Pekín vaya a emprender una operación militar en el corto plazo. Como en el clásico cuento sobre “Pedro y el Lobo”, la ciudadanía taiwanesa está acostumbrada a este tipo de amenazas, por lo que no les conceden demasiada credibilidad. Pero lo cierto es que el Partido Comunista Chino está comenzando a desplegar el arsenal de una auténtica guerra psicológica: “Taiwán debe irse acostumbrando poco a poco a las maniobras de nuestras fuerzas aéreas en torno a la isla” –ha declarado el pasado 3 de enero un portavoz de la República Popular.

Ese mismo día, la Comisión Militar Central china organizaba una movilización sin precedentes del conjunto de las fuerzas armadas, destinada a simular una situación real de combate con la mirada puesta en los objetivos de la "nueva era". Las líneas rojas que de ser traspasadas podrían justificar una intervención armada han sido trazadas con nitidez: una declaración de independencia por parte de Taiwán, una situación de fuerte inestabilidad política o social, la recepción o el desarrollo de armas nucleares, el aborto de las negociaciones hacia la unificación, el despliegue de fuerzas militares foráneas o las injerencias políticas por parte de alguna potencia extranjera. Algo que, por cierto, ya se está produciendo.

En este sentido, un análisis imparcial del actual escenario revela pautas novedosas que deberían despertar inquietud. Ante todo, el hecho de que China haya abandonado definitivamente su trayectoria histórica de bajo perfil internacional, inaugurando el siglo XXI como un “periodo de oportunidad estratégica” para el desarrollo y la expansión global del país. De ahí su feroz ofensiva en materia de política exterior, una compleja estrategia que articula múltiples niveles. Por una parte, el proyecto neoimperialista de la Ruta y la Franja, con el que China aspira a dominar las principales arterias del comercio mundial bajo el eufemismo de la “cooperación”. Por otra parte, una asertividad implacable en su actividad diplomática y en la prosecución de sus intereses, incluso a costa del derecho internacional y las sentencias de los tribunales competentes, como demuestran las violaciones chinas a la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar.

A todo ello hay que añadir la creciente presión de Pekín sobre el Consejo de Derechos Humanos a través de los países a quienes ofrece financiación, como es el caso de Grecia, que el año pasado logró bloquear por primera vez en la historia una iniciativa de la Unión Europea en este terreno. Tampoco deben desdeñarse las evidencias sobre la ofensiva propagandística del United Front chino en las democracias occidentales, con vistas a conquistar el denominado “sharp power”.

El Gigante Oriental está inaugurando efectivamente una nueva era cuyas directrices fueron delineadas en el XIX Congreso del Partido Comunista Chino (PCC) durante el otoño de 2017. Ese evento, del más alto nivel político, determinó las prioridades del régimen para los próximos cinco años con el horizonte de dos fechas clave: 2021, centenario de la fundación del PCC, y 2049, centenario de la fundación de la República Popular China. Entre ambas conmemoraciones se extiende un lapso temporal decisivo, durante el cual Pekín pretende culminar sus objetivos de consolidación nacional y proyección internacional. Se trata del “Chinese dream of national rejuvenation”, que incluye de modo imperativo a Taiwán. En este sentido, nadie puede acusar a las autoridades de ambigüedad o de falta de transparencia: “Defendemos de modo resolutivo nuestra soberanía nacional y nuestra integridad territorial. (…) Tenemos la firme voluntad, la plena confianza y la necesaria capacidad para vencer cualquier conspiración independentista en Taiwán. Nunca permitiremos que ninguna persona, organización o partido político escinda una parte del territorio del Estado chino”. La declaración ofrece así un rotundo eco de la Ley Antisecesión aprobada en 2005.

Para el PCC la mejor alternativa para bloquear el creciente independentismo taiwanés es la “pacífica reunificación” de Taiwán a partir de la fórmula ‘un país, dos sistemas’ –ya experimentada en Hong Kong- y la implementación de la propuesta de ocho puntos que el expresidente Jiang Zemin planteó en 1995. A ello hay que añadir la exigencia de adhesión al principio de ‘Una sola China’ por parte del Gobierno taiwanés y del conjunto de la comunidad internacional, cuyo núcleo es que el territorio de la isla está sometido a la soberanía de la República Popular.

La diplomacia del talonario

La negativa del PDP a aceptar este principio explica que, desde su llegada al poder en 2016, Taipéi haya perdido cinco de sus apenas 22 aliados internacionales a instancias de la “diplomacia china del talonario”: Santo Tomé y Príncipe, Panamá, República Dominicana, Burkina Faso y El Salvador. Incluso el Vaticano, único Estado europeo que reconoce oficialmente a Taiwán, ha firmado en 2018 un acuerdo con Pekín que a medio plazo podría conllevar la ruptura de tales lazos diplomáticos. En este sentido resulta significativa la negativa del papa Francisco a las repetidas invitaciones del gobierno taiwanés para realizar una visita oficial. Este aislamiento diplomático obstaculiza gravemente la participación de la isla en las organizaciones, mecanismos y actividades internacionales, donde la influencia de China resulta equiparable a un poder de veto.

He aquí el contexto desde el cual deben interpretarse las actuales maniobras militares que implican la incursión de buques de guerra, bombarderos y otros aviones de combate chinos en las proximidades del espacio marítimo y aéreo taiwanés. Un escenario donde Pekín ha desplegado más de un millar de misiles balísticos capaces de ataques selectivos de precisión. He aquí el trasfondo que explica las presiones del año pasado sobre medio centenar de líneas áreas internacionales –incluidas Iberia, British Airways y Air Canada-, para eliminar de sus destinos la denominación “Taiwán”, sustituyéndola por “Taipéi, China”. He aquí por qué Pekín ha aprobado 31 medidas incentivadoras destinadas a facilitar la inserción laboral, la actividad económica y la vida de los ciudadanos taiwaneses en el continente. He aquí las premisas que clarifican por qué a la propia autora de estas líneas se le exigió presentar un billete de regreso a su país de origen, cuando lo que intentaba era viajar de Hong Kong a Taipéi, tras participar en una marcha prodemocracia el pasado 1 de julio.

El presidente chino Xi Jinping durante una inspección a las tropas en Hong Kong. (Reuters)
El presidente chino Xi Jinping durante una inspección a las tropas en Hong Kong. (Reuters)

Las noticias que nos llegan sobre Taiwán no constituyen, pues, ni un conjunto de hechos puntuales, ni una concatenación de coincidencias: revelan un plan para destruir “la China democrática” ante la indiferente pasividad de la mayoría del mundo. Lo más alarmante es que esta “muerte anunciada” se promete indolora, gracias a la anestesia que procura el capital chino. (Recordemos en este sentido que el Gobierno de España se comprometió a respetar la política de Xi Jinping sobre Taiwán durante su visita nuestro país).

Las conciencias de la comunidad internacional y de la propia ciudadanía taiwanesa son regularmente narcotizadas por las oportunidades lucrativas que ofrece el Gigante Asiático, de modo que ni siquiera los amenazados son plenamente conscientes de lo que está sucediendo. Los taiwaneses se encuentran atrapados por sus propias contradicciones: luchan a un tiempo por su independencia y por el dinero que les brinda su relación con el país vecino, rechazan el autoritarismo pero permiten la erosión de su sistema democrático a instancias de organizaciones pro-Pekín. En definitiva, no desean rendirse a la evidencia de que hacer negocios con China tiene un precio. Y ese precio es la libertad.

La hoja de ruta de China para anexionarse Taiwán no es, por tanto, ningún secreto. Para descifrarla basta abrir los ojos a una realidad que se va concretando día a día. Con toda probabilidad, el gobierno chino seguirá combinando la presión militar con la ofensiva diplomática, pero tratará de evitar un conflicto armado –siempre que se respeten sus líneas rojas- a fin de que no se produzca una escalada belicosa de alcance internacional y consecuencias inimaginables. Simultáneamente, Pekín seguirá desplegando todo su arsenal de “fake news”, incentivos económicos, organizaciones afines y guerra psicológica para ganarse a la ciudadanía taiwanesa, dividir al bando progresista, aliarse con los pragmáticos, neutralizar al movimiento proindependencia, erosionar al gobierno y propiciar un cambio en las elecciones de 2020.

El Gobierno de España se comprometió a respetar la política de Xi Jinping sobre Taiwán durante su visita nuestro país

A partir de ese momento, se ganará la complicidad del ala más “realista” del Kuomintang y tratará de proponer la fórmula “un país, dos sistemas”, como única salida a una situación que ya se habrá hecho insostenible. Pero lo hará de un modo “elegante”, sin perder las formas de la armonía oriental, sin precipitación. Con un amplio horizonte de 30 años por delante, hasta la conmemoración del centenario de la República Popular China en 2049. Mientras tanto, se asegurará de que los ciudadanos taiwaneses no perciban demasiados cambios aparentes en su forma de vida y su ámbito inmediato de competencias, más allá de las jugosas oportunidades que sin duda les abrirá el nuevo escenario. Por supuesto, los más radicales expresarán su rebeldía, pero no servirá para nada. (Y si tuvieran éxito, peor, porque podría producirse una intervención militar).

Allende los mares, el inquietante Trumpempeñado en defender la isla y armarla hasta los dientes-, habrá sido desalojado de la Casa Blanca (o estará a punto de hacerlo) y será reemplazado por otro político más sensato, que tratará de acomodar los intereses de China en Taiwán sin arriesgarse a una guerra. Por su parte, el grueso de la comunidad internacional seguirá mostrando la misma pasividad complaciente que ha permitido a China conquistar su posición de liderazgo global.

Puedo equivocarme, pero éstos son mis pronósticos sobre la hoja de ruta para la anexión de Taiwán hasta 2021. A partir de esa fecha y hasta 2049 –el periodo que ha marcado Pekín para culminar sus objetivos-, nadie puede anticipar lo que sucederá. Sin duda se producirán acontecimientos inesperados que romperán la lógica de cualquier planificación actual, incluso la de un régimen tan poderoso como China.

*Mar Llera es Profª Titular Univ. Sevilla y Directora de Estudios en Asia Oriental (Grupo Compolíticas) y activista de Amnistía Internacional.

Tribuna Internacional
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