Los males de la UE son crónicos pero no mortales

Los populismos tienen un gran potencial destructivo pero es poco probable que puedan desbaratar las estructuras institucionales de la Unión Europea

Foto: Líderes de partidos de extrema derecha durante una cumbre en Koblenz para debatir sobre la Unión Europea. (Reuters)
Líderes de partidos de extrema derecha durante una cumbre en Koblenz para debatir sobre la Unión Europea. (Reuters)

Presten atención al siguiente párrafo:

Un colega de partido de Le Pen afirma que, en política europea, “los viejos tabús” están tocando a su fin. Algo parecido está pasando en “Italia, donde los neofascistas reciclados han formado recientemente parte del gobierno; o en los Países Bajos, donde grupos nacionalistas extremistas son actualmente parte de la política mayoritaria; o en Austria, donde [la ultraderecha] obtuvo el 22% de los votos; e incluso en Alemania, donde se han impuesto unas restricciones cada vez mayores a los trabajadores extranjeros y otros potenciales inmigrantes”.

Es posible que les resulte familiar. Pero tengo una noticia: las frases entrecomilladas son de Tony Judt, pertenecen al libro '¿Una gran ilusión?' y las escribió en 1995. Ya entonces, Judt, uno de los historiadores más perspicaces y brillantes de la Europa contemporánea, consideraba que el proyecto europeo -más basado en una serie de ideas morales que en un concepto puramente geográfico- estaba en peligro por el resurgimiento del nacionalismo, la extrema derecha y el rechazo a la inmigración. Judt también creía, por supuesto, que la Unión Europea estaba en riesgo por su propia ineptitud: el empeño por expandirse hacia el Este, confrontando a Rusia, la frialdad tecnocrática y su difícil legitimación democrática. ¿Acaso nada ha cambiado en estos más de veinte años? Y si lo ha hecho, ¿ha sido a peor?

La UE siempre ha sido rechazada por varias familias políticas, nunca marginales, que se oponen a la construcción de lo que consideran un monstruo burocrático que viola la soberanía nacional y desfigura la tradición cristiana o, alternativamente, la posibilidad de un socialismo real. Del mismo modo, desde sus inicios la Unión ha tenido un problema de diseño institucional que incluso sus partidarios podemos advertir sin demasiados problemas. Aunque ambas cosas han estado siempre ahí, es cierto que sus efectos se han agudizado en los años posteriores a la crisis financiera.

A pesar de ello, en las elecciones europeas de 2014, aunque ya se vivió un resurgimiento de los populismos, las tres familias tradicionalmente proeuropeas -socialdemócratas, democristianos y liberales- coparon alrededor de un 70% del Parlamento. En las de 2019, ese porcentaje sin duda bajará, pero es una apuesta razonable pensar que mantendrán la mayoría de la cámara, aunque requieran del concurso de uno o dos grupos más. Y el presidente de la Comisión, sea o no escogido el “spitzenkandidaten” (es decir, el líder del grupo con más escaños en el Parlamento, y no quien los estados miembros decidan), también será un ortodoxo. Como lo serán sus comisarios, aunque el entusiasmo por una mayor integración quede relegado en favor de mantener el día a día sin mayores novedades. Lo cual, naturalmente, tiene sus peligros.

En el caso europeo, la salvedad es que sus enemigos están empezando a renunciar a su destrucción

Probablemente eso signifique que la UE se ha vuelto una institución normal, como la ONU, la OTAN, el Gobierno de Estados Unidos o la Organización Mundial del Comercio: necesaria, imperfecta, irreformable y, en última instancia, más o menos funcional y con enemigos estructurales. En el caso europeo, la salvedad es que sus enemigos están empezando a renunciar a su destrucción o, en todo caso, son cada vez más ambiguos a la hora de defender la salida de su país de la Unión y el euro. Ahora su ambición ―así parecen indicarlo Salvini, Le Pen o hasta los euroescépticos suecos― consiste más bien en apoderarse de ella bajo el viejo paradigma mental de la alterglobalización: “otra Europa es posible”.

Eso no significa que su amenaza sea menos real: cada vez resultará más difícil alcanzar consensos en la Unión -como hemos visto con el reconocimiento de Guaidó como presidente interino de Venezuela, donde la discrepancia de Italia ha impedido una posición común―, los países incumplirán cada vez más las aparentemente rigurosas reglas fiscales ―como hemos visto en las recientes negociaciones con la Comisión para la aprobación de los presupuestos nacionales― y proyectos de gran envergadura, como el ejército europeo, se desarrollarán con enormes resistencias. Por no hablar de la inmigración y los refugiados. Los populismos no harán más que agravar las ya inmensas dificultades. Pero es poco probable que puedan desbaratar las estructuras institucionales.

Y lo es por varias razones. En primer lugar, la fortaleza de las instituciones europeas hace que quienes las ocupan se vean más obligados a caminar hacia el centro que tentados a transformarlas. Y en segundo lugar, por la propia naturaleza de los populismos. Como afirmaba hace poco Gideon Rachman en el Financial Times, se abre una época en la que, tras el relativo fracaso de las élites liberales, los populistas deberían dominar en las próximas décadas. Pero para eso, tendrían que empezar a ganar elecciones y a traducir esas victorias en mejoras tangibles para la vida de los ciudadanos.

Trump en Estados Unidos y, en Italia, la Liga y Cinco Estrellas lograron lo primero, pero no está claro que vayan a conseguir lo segundo. El Brexit está siendo una catástrofe política a cámara lenta y todavía no conocemos la magnitud de sus repercusiones económicas. El independentismo catalán no ha conseguido ninguno de sus objetivos. La revuelta de los “chalecos amarillos” le ha hecho un gran favor a Macron, cuya popularidad no para de aumentar y probablemente gane las elecciones de mayo.

Con esto no pretendo restar importancia al potencial destructivo de los populismos en Europa: es enorme, peligroso y contagioso. Puede desestabilizar las instituciones, la economía y los valores liberales. Y ha crecido en los últimos años. Pero su existencia es tan estructural como los errores de concepción de la propia Unión.

“Si vemos la Unión Europea como una solución para todo, invocando la palabra ‘Europa’ como un mantra, enarbolando el estandarte de ‘Europa’ frente a los recalcitrantes herejes ‘nacionalistas’ y gritando ‘¡abjurad, abjurad!’, un día nos daremos cuenta de que, lejos de resolver los problemas de nuestro continente, el mito de ‘Europa’ se habrá convertido en un impedimento para saber reconocerlos”. Esto, también de Tony Judt, es hoy tan cierto como cuando se escribió, también en 1995. La persistencia de los problemas suele tener dos consecuencias contradictorias: suelen agravarse lentamente y, al mismo tiempo, uno aprende a lidiar con ellos. Veremos cuál de las cosas sucede en Europa. Seguramente, algo intermedio.

Tribuna Internacional
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