Dimisión 'light' en Kazajistán: el autócrata más longevo de Asia Central no acaba de irse

Tras casi tres décadas en el poder, Nursultán Nazarbáyev ha anunciado que deja la presidencia, pero retiene varios cargos decisivos en lo que parece una especie de demolición controlada

Foto: El presidente de Kazajistán, Nursultán Nazarbáyev, danza durante un festival tradicional durante el Día de la Unidad Popular en Almaty, el 1 de mayo de 2016. (Reuters)
El presidente de Kazajistán, Nursultán Nazarbáyev, danza durante un festival tradicional durante el Día de la Unidad Popular en Almaty, el 1 de mayo de 2016. (Reuters)
Autor
Tiempo de lectura6 min

Nursultán Nazarbáyev se va, pero solo a medias. Tras casi tres décadas, el miércoles 30 de marzo de 2019 Nazarbáyev dejará de ser presidente de Kazajistán. El día con el que se lleva años especulando ha llegado. Sin embargo, todo apunta a que seguirá controlando los destinos del país durante bastante tiempo. Así, Nazarbáyev ha anunciado también su intención de mantenerse de forma vitalicia al frente tanto de un recientemente reforzado Consejo de Seguridad Nacional como del partido Nur Otan que monopoliza el parlamento y la vida política del país. Además, su condición de Elbasy o líder de la nación, no solo le confiere inmunidad sino amplias prerrogativas también de por vida. La transición, por consiguiente, se produce dentro de unos márgenes muy estrechos y todo apunta a un proceso bien planificado y controlado por el ya ex presidente.

Durante su alocución televisiva, Nazarbáyev no ha explicitado las razones que le llevan a dimitir y no cabe descartar por completo algún aspecto relacionado con su salud, pero es más que probable que el malestar creciente en el país y lo sucedido en el vecino Uzbekistán en los últimos dos años hayan jugado un papel importante en su decisión. Así, la llamada primavera uzbeka impulsada por Shavkat Mirziyáyev ha insuflado vigor y optimismo en el país vecino, pero la familia del anterior presidente Islam Karímov, su hija Gulnará en particular, lo ha perdido casi todo. Es decir, que al igual que hizo Boris Yeltsin, para la familia y el clan del máximo dirigente es mejor que la transición se produzca con el líder en vida. Para ello, Nazarbáyev cuenta con algunos de sus colaboradores más fieles en puestos clave, entre ellos el actual presidente interino, Kassymzhomart Tokaev o el ex primer ministro Karym Masímov al frente de los servicios de inteligencia.

Hace apenas un mes, Nazarbáyev rechazaba de forma tajante cualquier insinuación sobre su posible marcha. Pocas semanas después, cesaba de forma fulminante a todo el Gobierno por su incapacidad para atajar el malestar social. La capacidad de los políticos y burócratas kazajos es manifiestamente mejorable, pero ningún Gobierno podrá revertir la situación si no se adoptan reformas importantes y eso, implicaría reformar no solo la economía, sino también las instituciones políticas y judiciales, lo que aún se atisba lejano. La economía kazaja es completamente dependiente de la exportación de sus abundantes materias primas -petróleo, gas, uranio y todo tipo de minerales consumidos, sobre todo por China y la Unión Europea-. Y salvo un cambio de tendencia en los mercados internacionales es muy improbable que Kazajstán pueda vivir otra década boyante como la de 2000 a 2012. Con la inesperada devaluación del tengué en febrero de 2014 se truncó el sueño kazajo y se despertaron los temores a una vuelta a las turbulencias de los años 90.

En los próximos días se publicarán quinielas con posible sucesores y, probablemente, no tardaremos mucho en saber cuál es la apuesta del propio Nazarbáyev. La terna de probables sucesores es muy reducida, con su yerno Timur Kulibáyev como nombre recurrente desde hace años. El nuevo presidente interino, Tokaev ya ha anunciado su intención de mantener el calendario electoral y celebrar las presidenciales en 2020. El régimen necesita ganar tiempo para que emerja alguna figura con una mínima legitimidad a ojos de la ciudadanía kazaja. Es la contrapartida a la excesiva presencia y papel de Nazarbáyev en las últimas décadas. Tendencia que no se verá necesariamente reducida toda vez que la primera propuesta de Tokaev ha sido renombrar como Nursultán la capital Astaná (capital en lengua kazaja), y lo mismo con la avenida principal en todas las ciudades del país.

Kasim-Zhomart Tokaev presta juramento durante su ceremonia de investidura como presidente interino de Kazajistán este miércoles en Astaná. (EFE)
Kasim-Zhomart Tokaev presta juramento durante su ceremonia de investidura como presidente interino de Kazajistán este miércoles en Astaná. (EFE)

Tampoco cabe descartar algún tapado de perfil bajo que garantice a Nazarbáyev mayor control y seguridad personal. Es decir, de nuevo, la misma fórmula empleada por Yeltsin en Rusia en 1999. Uno de los grandes retos para el sucesor designado será apuntalar su propia legitimidad. Nadie espera que sea como Nazarbáyev, pero éste se ha impuesto en todas las elecciones presidenciales, menos en una, con más del 90 por ciento de los votos. En las últimas en abril de 2015 nada menos que con el 97,7 por ciento. Obviamente, todas ellas fueron elecciones celebradas sin competencia real, pero con alguien a quien buena parte de la población -independientemente de su adscripción étnica- sigue considerando el padre de la nación.

Pese a las dificultades, Astaná no afrontaba una crisis perentoria, lo que invita a suponer que desde la Akordá, el palacio presidencial, calculan que tienen todo, atado y bien atado. Ahora bien, en cualquier transición por tibia que ésta sea, siempre hay factores internos y externos que pueden perturbar el proceso. Entre los internos cabe mencionar al menos dos. Por un lado, un vistazo a vuelapluma en redes sociales sugiere que la juventud kazaja afronta la transición con ilusión y expectativas. El nuevo liderazgo deberá ofrecer algo más ilusionante que el simple inmovilismo. Por otro lado, desde 2011 se han sucedido los episodios violentos de diferente naturaleza. En algunos caso, incidentes relacionados con protestas laborales y en otros, con terrorismo yihadista endógeno, lo que distingue a Kazajistán de sus vecinos centroasiáticos. La combinación de crisis de legitimidad socioeconómica y de seguridad plantea un escenario complejo de posible tormenta perfecta.

Entre los externos, cabe mencionar de forma destacada a un Kremlin cuyo mayor activo político en el conjunto de Asia Central es su capacidad de disrupción y presión sobre las elites locales. Es decir, Moscú no seduce por lo que puede ofrecer, sino que intimida por lo que puede desestabilizar. Significativamente, antes de anunciar su dimisión a la ciudadanía kazaja, Nazarbáyev comunicó su decisión al presidente ruso, Vladímir Putin. De igual forma, durante su anuncio de dimisión no mencionó ni una vez la Unión Económica Eurasiática. De gran plan, propuesto por el propio Nazarbáyev a mediados de los noventa, ha pasado a problema profundamente impopular entre la sociedad kazaja del que se no se sabe muy bien cómo desembarazarse.

La guerra contra Ucrania es un recordatorio de lo que puede pasarle a los díscolos. Kazajstán no es Ucrania, ni Semipalatinsk (hoy Semey) es Crimea, pero son varias las palancas que el Kremlin podría utilizar para desestabilizar la transición kazaja -abundante minoría rusa, activos económicos de la elite kazaja en Rusia, dependencia geoestratégica y militar, predominio de las televisiones rusas en Kazajstán, etc.-. Será interesante, además, observar la reacción de una China, ya principal socio comercial de Kazajstán, con una presencia creciente e imparable y que muestra cada vez mayor confianza y asertividad en su proyección hacia Asia Central.

*Nicolás de Pedro es investigador senior del Institute for Statecraft de Londres.

Tribuna Internacional

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
0 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios