Tenemos que hablar de China

El 9 de abril se celebrará la primera reunión chino-europea de alto nivel desde 1989. La UE ha cambiado respecto al gigante asiático, que ya no es visto solo como un enorme mercado

Foto: Un hombre pasa por delante de una pantalla con información financiera en Hangzhou, China, en febrero de 2019. (Reuters)
Un hombre pasa por delante de una pantalla con información financiera en Hangzhou, China, en febrero de 2019. (Reuters)

La Unión Europea prepara hoy jueves la cumbre con China que se celebrará el 9 de abril. La última vez que los líderes europeos mantuvieron conversaciones estratégicas con China fue en 1989, inmediatamente después de la matanza de Tiananmen, como recordaba esta semana el Financial Times. Unas cuantas cosas han cambiado desde entonces.

Para empezar, ahora el distanciamiento entre Estados Unidos y la UE es el mayor desde que esta se creó: el Gobierno de Trump y la complacencia europea han abierto un inmenso vacío en el Atlántico que, aunque no tiene por qué acabar con la tradicional alianza, sí puede debilitarla y transformar su naturaleza. Por otro lado, en estos años China se ha convertido en una potencia global y su crecimiento económico ha sido extraordinario: de acuerdo con datos del Banco Mundial, en los últimos veinticinco años su PIB nunca ha crecido por debajo del 6,7% anual, y en alguno ha llegado a hacerlo por encima del 14%.

Algunos comentaristas hablan ya de una posible nueva guerra fría entre China y Estados Unidos, dos gigantes enfrentados no solo por modelos políticos antitéticos, sino por una despiadada guerra comercial, la competencia en la carrera tecnológica y la batalla por la influencia geopolítica. En ese escenario, la UE -que Estados Unidos considera blanda, sobrerregulada e incapaz de defenderse a sí misma; y China ve como una entidad cuya política común puede romperse si corteja a distintos países con distintos intereses- tiene que decidir cómo se posiciona. Esto, después de décadas de pensar en China únicamente como una fuente de inmensos beneficios económicos, pero no de quebraderos de cabeza geopolíticos.

Ante este escenario, “la Unión Europea tiene cuatro opciones”, dice Miguel Otero, investigador principal del Real Instituto Elcano y especialista en las relaciones entre Estados Unidos, la UE y China. “Puede mantener la alianza con Estados Unidos y asumir su modelo. La segunda posibilidad es una alianza más estrecha con China, y con Asia en general, donde a fin de cuentas se va a producir un mayor crecimiento. La tercera opción es desarrollar una mayor autonomía estratégica: crear un tercer bloque que intente ser lo más neutral posible o, por decirlo de otro modo, mantenga la mayor autonomía estratégica mientras se interrelaciona con los otros dos. El cuarto escenario sería una Unión Europea dividida, donde ciertos países se vayan más al lado estadounidense y otros se vayan más al lado chino”. El proceso acaba de empezar. Otero apuesta a que, a largo plazo, la UE buscará la autonomía estratégica. Pero mientras tanto se producirá cierta fragmentación.

Todo esto sucede en el contexto de la visita a Italia del presidente chino, Xi Jinping, mañana viernes. Se espera que ambos países firmen un acuerdo para la inversión china en Italia, dentro del programa de inversión global chino en infraestructuras llamado Nueva Ruta de la Seda.

El presidente chino Xi Jinping habla durante el Foro 'Belt and Road' en el Centro Internacional de Conferencias en el lago Yangqi, al norte de Pekín, en mayo de 2017. (Reuters)
El presidente chino Xi Jinping habla durante el Foro 'Belt and Road' en el Centro Internacional de Conferencias en el lago Yangqi, al norte de Pekín, en mayo de 2017. (Reuters)

Cambio de percepción

La Comisión Europea ha publicado un documento estratégico que llama a China “rival sistémico”, y amenaza con endurecer las regulaciones para sus inversiones en Europa. “En Europa existe una creciente sensación de que el equilibrio entre los retos y las oportunidades que presenta China ha cambiado”, dice el documento. Pero para otros, no hay motivo de alarma. Durante la crisis, China detectó que “podía comprar en Portugal activos muy baratos, como la red eléctrica; también compró parte de la red eléctrica de Italia y Grecia”, recuerda Otero. Y en las inversiones de China deben considerarse, además del elemento geoestratégico, la búsqueda de la rentabilidad, la adquisición de marcas y la compra de tecnología. Pero, “lógicamente, también elementos políticos: aumentar la influencia china en la toma de decisiones de determinados países de Europa y un elemento de ‘soft power’”. Varios países que han hecho negocios con China, como los mencionados Portugal o Grecia, y otros del Este, como Hungría, han resaltado que se ha tratado de relaciones normales sometidas a la reglamentación habitual.

Pero el recelo franco-alemán ha crecido, después de ciertas inversiones chinas en sus sectores estratégicos, como la banca o la robótica, e incluso se ha empezado a especular con un regreso a la vieja política de creación de “campeones nacionales” (grandes industrias patrocinadas por el Estado) que hagan frente a la competencia china. Además de la implantación de ciertas medidas veladamente proteccionistas que impidan que China, al introducirse cada vez más en la economía europea, pueda hacerse con inteligencia política.

Esa está siendo la gran duda con el caso de Huawei, un gigante de telecomunicaciones chino que se ha ofrecido a desarrollar las redes 5G en Europa. Estados Unidos ha pedido a los europeos que se nieguen por posibles cuestiones de seguridad; Reino Unido ya ha afirmado que no ve mayores problemas en dejar entrar a Huawei en ese sector delicado; y los operadores alemanes son particularmente proclives a la utilización de tecnología china en sus redes. Que, además, es barata.

En Occidente, durante las últimas décadas, uno de los mayores errores del pensamiento mayoritario liberal ha sido considerar que en China la creciente prosperidad y el surgimiento de una amplia clase media urbana harían inevitable una progresiva apertura y la democratización del país. No ha sido así y quizá sea ingenuo pensar que vaya a ocurrir a medio plazo. Lo que la UE está asumiendo ahora es que China ya no solo se trata de ese lugar al que vender maquinaria para que nos devuelva productos baratos, sino que quiere ser un socio en igualdad de condiciones y tiene los recursos para hacerlo. La búsqueda de la “autonomía estratégica” por parte de la UE será trabajosa, y en el proceso seguramente provocará nuevas tensiones entre países miembros que ya tienen decenas de agravios entre ellos, y entre los partidos políticos europeos tradicionales y los nuevos populismos. Empezaremos a verlo hoy en el Consejo Europeo. Lo veremos un poco más en la cumbre del 9 de abril entre la Unión Europea y China. Pero su progreso quizá sea el gran tema a medio y largo plazo. Tenemos que hablar de China.

Tribuna Internacional
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