El Brexit de Peter Pan

El problema viene de atrás: los gobernantes británicos se atribuyeron méritos que correspondían a la Unión Europea y cargaron a esta con fracasos que eran de su responsabilidad

Foto: Dos carteles con la imagen de la primera ministra británica, Theresa May, y del líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn. (EFE)
Dos carteles con la imagen de la primera ministra británica, Theresa May, y del líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn. (EFE)

El miércoles 27 de marzo, mi colega Richard Ashworth, eurodiputado británico, se levantó de su escaño e hizo un breve discurso con la voz rota en el que señalaba que dos tercios de los británicos no habían votado a favor del Brexit y que cientos de miles se habían manifestado pidiendo un nuevo referéndum. Fue un momento emocionante que nos recordó a todos que detrás de lo que está sucediendo en Reino Unido hay personas que viven estos días con angustia y rabia. Personas cuyas vidas se verán irremediablemente afectadas. Es importante tener esto presente, porque, si no, podríamos pensar que estamos simplemente ante un elaborado 'sketch' de los Monty Phyton.

El fracaso de la clase política británica es inmenso. Ashworth nos recordó que el origen del problema no está solo en la miope mezquindad de un primer ministro —David Cameron— que quiso ganar votos jugando con fuego. El problema viene de más atrás: los gobernantes británicos se atribuyeron méritos que correspondían a la Unión Europea y cargaron a esta con fracasos que eran de su responsabilidad. Los medios de comunicación explotaron ampliamente estas falacias (además de inventarse otras, añado yo) y el resultado fue que los británicos recibieron una información sesgada sobre Europa durante décadas.

Todo parte de las mentiras, por lo tanto. Pero hay algo más. Desde que se conoció el resultado del referéndum de 2016, incluso desde que el Gobierno de Theresa May activó el artículo 50, los políticos británicos han tenido tiempo de sobra para reflexionar y tomar decisiones. La primera en hacerlo tendría que haber sido la primera ministra. Ella estaba a favor de la permanencia y por tanto no podía engañarse sobre lo que significa la salida de la UE. Sabía que la consulta se había realizado en medio de una brutal campaña de desinformación, incluso con la injerencia de Rusia. Sabía que se enfrentaba a problemas sin solución, como el de la frontera irlandesa. Sabía que el Brexit no era positivo. Entiendo que tenía el mandato de negociar la salida, pero una vez que quedó en evidencia que jamás haría del Brexit un éxito (como prometió a su llegada a Downing Street), debió trabajar para revertir el proceso bien en el Parlamento o bien mediante un segundo referéndum.

La primera en hacerlo tendría que haber sido May. Ella estaba a favor de la permanencia y por tanto no podía engañarse sobre lo que significa la salida

Buena parte del Partido Conservador se ha comportado como una bandada de buitres. Los Johnson, Davis o Rees-Mogg han demostrado estar más preocupados por ocupar el cargo de May que por ayudar a su país. Criticar el acuerdo alcanzado por la primera ministra era lo más fácil del mundo. Claro que es un mal acuerdo, pero eso se debe a que era imposible lograr uno bueno. Ellos no lo habrían hecho mejor. En la bancada de enfrente, el laborismo, bajo el mando del inefable Jeremy Corbyn, ha dado una muestra de incompetencia tal que a día de hoy, con la que está cayendo, sigue saliendo en las encuestas por detrás de unos 'tories' totalmente divididos. Era Corbyn quien estaba en mejor disposición de defender la opción de un segundo referéndum para elegir entre el acuerdo de May y la permanencia. No lo hizo porque es un eurófobo que apenas sabe disimularlo. Es a Gordon Brown lo que Trump a Obama.

El espectáculo parlamentario británico se presta, desde luego, a la sátira. Los diputados votan no a todo. No quieren el acuerdo firmado, no quieren un Brexit sin acuerdo, no quieren un segundo referéndum, no quieren la unión aduanera. El 27 de marzo votaron no a ocho alternativas, el viernes 29 volvieron a rechazar otro grupo de alternativas. Westminster se comporta como un niño, un niño colectivo y malcriado incapaz de renunciar a su deseo pueril y que dice no a cualquier alternativa disponible en la realidad. Amenaza con dejar de respirar, pero si lo hace mucho tiempo, quien se asfixiará será el conjunto del país.

Estamos ante el Brexit de Peter Pan, el niño que se fue al país de Nunca Jamás (no, no y mil veces no) para no tener que crecer. Y, por desgracia, lo que estamos presenciando no es un síndrome únicamente británico. La política occidental lo padece en diferentes grados. Estamos en un momento de profundo infantilismo en el que se rehúyen las cuestiones más urgentes, se estimulan las pasiones más bajas y se rechaza el pacto. La pelea por la superioridad moral impide que se escuchen (incluso que se emitan) palabras adultas explicando a los ciudadanos que no se puede tener todo, que hay grandeza en la renuncia y que cuando todo es una cuestión de principios, al final nada lo es.

Estamos en un momento de infantilismo en el que se rehúyen las cuestiones urgentes, se estimulan las pasiones más bajas y se rechaza el pacto

Lo hemos visto en el caso de Cataluña, donde el delirio se extendió como una peste. Lo hemos visto en el caso de Trump y su empeño en que México pagaría un muro que no quiere. Lo hemos visto en el Gobierno griego cuando aseguró que no pagaría la deuda pública. Hay un preocupante distanciamiento de la verdad, una atracción por el relato épico que pretende convertir al ciudadano en protagonista de una maravillosa aventura, un deslizamiento hacia el narcisismo que nos hace vernos a nosotros mismos y a los nuestros más bellos moralmente de lo que somos y a los otros más ruines y mezquinos de lo que son. Este es el clima en el que reaparecen la xenofobia, el racismo y el nacionalismo.

Siempre he defendido que lo mejor para el Reino Unido era un segundo referéndum que diera a los ciudadanos la posibilidad de cambiar de opinión a la luz de los hechos. Pero a estas alturas, con la presión que aporta el calendario electoral (hay comicios europeos entre el 23 y el 26 de mayo, y Reino Unido debería participar si sigue para entonces en la Unión), solo unas elecciones generales inmediatas que renueven los actores en el Gobierno y en el Parlamento pueden posibilitar un desbloqueo que permita adoptar una decisión y, de paso, renovar los liderazgos de los partidos. Me duele, por ejemplo, que el partido Liberal-Demócrata no haya aprovechado el desconcierto de 'tories' y laboristas para ofrecerse como el partido de la realidad. No del 'remain' ni del anti-Brexit, sino de la pura y dura realidad. Tienen a su disposición un mensaje adulto que muchos británicos están esperando: no solo importa lo que queremos, también importan los hechos y sus consecuencias. En cualquier caso, incluso para convocar elecciones hace falta un cierto acuerdo parlamentario que no se vislumbra.

Solo unas generales que renueven los actores en el Gobierno y en el Parlamento pueden posibilitar un desbloqueo que permita adoptar una decisión

Me gustaría decir que lo más importante sería evitar el Brexit sin acuerdo, pero a estas alturas ya no es cierto. Porque si lo fuera, tal vez la Unión tendría que asumir que está negociando con un niño que se niega a crecer y hacer concesiones para que vuelva a respirar. No, lo más importante es que la realidad se imponga. La UE negoció de buena fe y de acuerdo con sus intereses. Era imposible que el Brexit fuera exitoso para nadie, y menos que nadie para los británicos. Así eran las cosas, así son ahora y esto no va a cambiar. Lo mejor que podemos hacer por los ciudadanos a los que aludía mi colega Ashworth es mantener nuestra posición y confiar en que, aunque sea en el último segundo, el sentido común se imponga y los gobernantes británicos comiencen un proceso que permita revertir el Brexit. Debemos confiar en que la realidad se imponga a la fantasía y Peter Pan se resigne a crecer y a abandonar el País de Nunca Jamás.

Tribuna Internacional
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