Europa, ‘El mundo de ayer’ y la seguridad del mañana

Es posible que la UE haya entendido la obra de Stefan Zweig, y decidido que la virtud más atractiva de la Unión no es la apertura, aunque esta sea innegociable, sino la seguridad

Foto: Protesta a favor de la huelga de profesores en Varsovia, Polonia. (Reuters)
Protesta a favor de la huelga de profesores en Varsovia, Polonia. (Reuters)

A principios del siglo XXI, tuvo lugar en España un suceso editorial extraño. La obra del escritor austriaco Stefan Zweig (1881-1942), un 'bestseller' global de las décadas de 1920 y 1930, se convirtió aquí en un fenómeno. Las traducciones de sus obras nunca habían desaparecido de las librerías españolas, y varias editoriales las publicaban una y otra vez, pero en ese momento la prestigiosa, sofisticada y muy europeísta Acantilado recuperó buena parte de sus libros de ficción y no ficción y convirtió en un éxito su autobiografía, 'El mundo de ayer'. Se trataba de un voluminoso libro en el que Zweig, aterrado por la llegada al poder del nazismo en Alemania y la anexión de su país, Austria, a ésta, rememoraba la Europa abierta, cosmopolita e innovadora previa a la Primer Guerra Mundial y Hitler, la Europa del Imperio de los Habsburgo.

“Fue la edad de oro de la seguridad -decía en el libro-. En nuestra monarquía austriaca casi milenaria todo parecía creado para durar, y el mismo Estado parecía la garantía suprema de esta estabilidad. Los derechos que otorgaba a sus ciudadanos estaban garantizados por el Parlamento, representación del pueblo libremente escogida, y todos los deberes tenían unos límites bien fijados (…). Todo el mundo sabía cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué estaba permitido y qué prohibido. Todo tenía su norma y su medida (…). Nadie creía en guerras, revoluciones ni cataclismos. Radicalismo y violencia parecían del todo imposibles en una era de la razón”.

El retrato que Zweig hacía del viejo Imperio austro-húngaro sin duda estaba embellecido por la nostalgia, lo cual es comprensible, puesto que Zewig terminó de escribirlo en su exilio de Brasil poco antes de suicidarse. Pero había en él algo que incluso los liberales de hoy en día podríamos suscribir: una Europa sin pasaportes, donde la pertenencia a una nación pequeña y el reconocimiento de sus rasgos particulares no impedía sentirse parte de algo más grande, donde unas formas políticas no desarraigadas del todo de la tradición convivían con la innovación cultural, el comercio y un cosmopolitismo propositivo, al menos entre las élites.

El primer capítulo de 'El mundo de ayer' se titulaba, significativamente, “El mundo de la seguridad”. La Unión Europea se ha comparado en múltiples ocasiones con el Imperio de los Habsburgo. Para lo bueno, en la diversidad en la unidad, el aliento a la innovación dentro de un orden, una cosmovisión progresista -en el sentido de considerar la historia un proceso de ascenso material y espiritual, por decirlo con palabras de entonces-. Para lo malo, el académico húngaro Ivan Krastev lo resumió de manera precisa y sin rodeos en su libro 'After Europe' (que podría traducirse como “Después de Europa”), publicado hace un par de años: si el Imperio austro-húngaro desapareció debido una mezcla de desequilibrios internos, presiones externas y nacionalismos, que nadie dude que también la UE podría desaparecer. Con suerte, sin necesidad de que se produjera una tercera guerra mundial.

Es indemostrable, pero tiendo a pensar que el éxito de Zweig en España a principios de siglo tuvo que ver con el momento de mayor entusiasmo europeísta (a fin de cuentas, la entrada en vigor física del euro se produciría el 1 de enero de 2002). Pero en el tiempo transcurrido desde entonces, aunque la UE haya seguido viéndose a sí misma como un proyecto para restaurar la Europa mitificada, pero extraordinariamente valiosa, de Zweig que las dos guerras mundiales habían destruido, olvidó el título de ese primer capítulo: “El mundo de la seguridad”. En los tiempos posteriores a la gran crisis financiera y la subsiguiente crisis política, en los que somos un poco más reticentes a las ideas de transformación constante, el cosmopolitismo tecnocrático y la desnacionalización total de las políticas, la seguridad parece la clave. Un buen resumen de la ideología política que el centro podría recuperar para el centro sería algo así como: “Cuando las cosas vayan bien, deja que la gente prospere; cuando las cosas vayan mal, ofrécele seguridad (económica e identitaria)”.

Por suerte, es posible que la UE haya entendido esto, y decidido que la virtud más atractiva de la Unión no es la apertura -para las personas, las mercancías, los servicios y los capitales que cruzan las fronteras-, aunque esta sea innegociable, sino la seguridad. Seguridad en varios aspectos: por ejemplo, la creación de herramientas para crear un estado de bienestar supranacional, como un fondo para un subsidio de desempleo europeo, o mecanismos que impidan que, cada vez que aumentan las primas de riesgo de la deuda de los países europeos, el estado de bienestar se recorte.

Pero también la percepción, basada en la realidad, de que, tras el Brexit, la enorme ampliación que Trump ha provocado en la brecha Atlántica, las molestas y reiteradas interferencias rusas y el intento ya evidente de China de ser una superpotencia global con influencia en todo el mundo, el papel de la UE puede ser el de una potencia democrática y comercial razonable.

Para ello, debería asumir que quizá su discurso no debe ser tan idealista como con frecuencia ha pretendido. Sí, la UE existe para preservar la paz y el entendimiento entre naciones que se pasaron siglos en guerra y que ahora creen en la democracia. Pero incluso aunque no compartamos del todo sus tan cacareados valores -que Zweig compartiría hoy, y que yo suscribo-, nos sigue interesando estar juntos por intereses prácticos como los que unieron a la monarquía de los Habsburgo hasta hace poco más de un siglo.

“Este sentimiento de seguridad era la posesión más preciada para millones de personas, el ideal común de vida. Solo con esta seguridad valía la pena vivir la vida y círculos cada vez más amplios codiciaban ser parte de este gran bien”, dice Zweig, idealizando el pasado. Pero también la Unión Europea se ha idealizado a sí misma, y eso ha dejado de serle útil. Debe volver a tener una función fácil de identificar: proteger a los ciudadanos, y con ello protegerse a sí misma de su posible destrucción.

Tribuna Internacional
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