Caballos de Troya de la democracia europea

El número de europeos con gobiernos populistas o de coalición con al menos un populista en el gabinete ha aumentado de 12.5 millones a 170 millones en las últimas dos décadas

Foto: Salvini junto a Olli Kotro, de Verdaderos Finlandeses, o el copresidente de Alternativa Para Alemania. (EFE)
Salvini junto a Olli Kotro, de Verdaderos Finlandeses, o el copresidente de Alternativa Para Alemania. (EFE)

Tras el debate sobre los nacionalismos que tanto ha envenenado en el siglo XX la vida política y la convivencia en Europa, vuelven con fuerza las voces del populismo de derechas que reclaman demandas de mayor soberanía e identidad nacional, endurecimiento de las políticas migratorias y muestran abierto escepticismo y hostilidad hacia la Unión Europea.

Por poner dos claros ejemplos, en Polonia, el gobierno populista-nacionalista de Ley y Justicia (PIS) y en Hungría, la deriva autoritaria e iliberal del partido en el gobierno, Fidesz, de carácter conservador y nacionalista, han alejado a estos países de las normas democráticas liberales, acaparando cada vez mayor poder en las manos de los gobiernos y limitando derechos y libertades, reduciendo así su calidad democrática.

El número de europeos con gobiernos populistas o de coalición con al menos un populista en el gabinete ha aumentado de 12.5 millones a 170 millones en las últimas dos décadas. Aunque a escala europea movilizar el voto de cara a las elecciones de mayo será más difícil para estas nuevas formaciones políticas, algo empieza a gestarse. El líder de la extrema derecha italiana, Matteo Salvini, ha anunciado recientemente la formación de un nuevo movimiento insurreccional populista y de derechas a escala europea mediante la formación de alianzas de partidos y grupos eurófobos.

El ambicioso objetivo de todos los que están bajo esta formación es crear un grupo fuerte en el próximo Parlamento Europeo que "cambiaría las reglas de Europa”, en palabras del propio Salvini. Pese a que la derecha radical europea es demasiado heterogénea como para ponerse de acuerdo, parece que ya hay formaciones políticas que aceptan salvar sus diferencias para crear un bloque euroescéptico más fuerte en el próximo Parlamento con hasta 59 asientos, según recientes estimaciones.

Si estos partidos obtienen mayor representación tras las elecciones y consiguen construir un bloque fuerte en el Parlamento Europeo, van a establecerse como caballos de Troya dentro de las instituciones para reconstituir y dar legitimidad a sus discursos y movimientos en los países en los que gobiernan y a nivel supranacional. Por lo tanto, los europeos debemos preguntarnos hasta qué punto las instituciones democráticas deben integrar estos movimientos en sus instituciones sin haber establecido mecanismos de control y blindaje.

Hay quienes de entrada aceptan la institucionalización de estos movimientos alegando que la democracia europea es representativa, y si estos partidos tienen poder en los países miembros, es natural y lógico que lo tengan en el Parlamento Europeo. En este punto, solo hay un límite: el respeto a la legalidad. ¿Qué ocurre si normalizamos y asimilamos partidos que vulneran el Estado de derecho, la separación de poderes y otros derechos y libertades en los países donde gobiernan?

Este debate deriva, naturalmente, en un debate sobre la democracia representativa. Si entendemos la democracia como un mero ejercicio de representación ciudadana, estamos dando a entender que un país que por ejemplo no garantiza libertades políticas es una democracia porque su gobierno ha sido elegido en las urnas. A este respecto es interesante recordar algunos apuntes de Tocqueville sobre la confusión en el empleo de las palabras democracia y gobierno democrático. “Mientras no lleguemos a definirlas claramente y a entendernos sobre su definición viviremos en una confusión de ideas inextricables para beneficio de los demagogos y de los déspotas. (…) Llamar democrático a un gobierno en el que no hay libertad política es decir un contrasentido flagrante en relación al verdadero sentido de la palabra”.

La primera ministra serbia, Ana Brnabic (i), y su homólogo húngaro, Viktor Orban (d), ofrecen una rueda de prensa en Subotica. (EFE)
La primera ministra serbia, Ana Brnabic (i), y su homólogo húngaro, Viktor Orban (d), ofrecen una rueda de prensa en Subotica. (EFE)

Un paso en la dirección correcta

El empecinamiento por igualar democracia a las decisiones derivadas de la voluntad popular da lugar a situaciones como la que hemos visto en Hungría. Viktor Orbán, quien se presenta como un paladín de la cristiano-democracia, se enorgullece de que ”las decisiones de Hungría se toman por los votantes en elecciones nacionales”. Como tantos nacional-populistas, se escuda en sus votantes para justificar su deriva autoritaria y su progresivo acaparamiento del poder.

No hay que ser muy imaginativo para adivinar cómo la democracia puede acabar en gobiernos con tintes autoritarios si no existen contrapesos en las instituciones.Que el Parlamento Europeo haya aprobado por primera vez un mecanismo de sanciones a los países que emprendan reformas que violen la independencia judicial, la lucha contra la corrupción, los derechos fundamentales o de las minorías o la competencia desleal en materia fiscal es un pequeño paso en la dirección correcta.

Si la Unión Europea no se blinda ante valores e ideas populistas y autoritarias, puede acabar abanderando estos movimientos desde dentro

La democracia europea es vulnerable, y debe crear un mecanismo mas efectivo de sanciones directas en los casos en los que un país emprenda reformas contrarias a la normativa comunitaria. El primer peligro que puede derivarse de un Parlamento Europeo con una coalición fuerte como la que contempla Salvini es que utilicen las instituciones para normalizar e introducir la demagogia populista dentro del 'establishment', mientras continúan con su deriva autoritaria en los países donde gobiernan, o incluso como algunos ya han señalado, sumir a la UE en una crisis política.

Si la Unión Europea no se blinda ante valores e ideas populistas y autoritarias, puede acabar abanderando estos movimientos desde sus instituciones y, en última instancia, legitimando sus políticas en los países donde gobiernan.

*Cristina Casabón es periodista, editora y colabora de la revista Letras Libres

Tribuna Internacional

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