Ya no queda ningún antieuropeo... y decir lo contrario es un argumento perezoso

Todos los partidos populistas han desarrollado ideas propias con respecto a la UE y han dejado claro lo que pretenden: transformarla en algo esencialmente distinto de lo que es

Foto: Marine Le Pen. (Reuters)
Marine Le Pen. (Reuters)

Durante décadas, los europeístas hemos vivido instalados en una gran comodidad retórica. Hasta hace no mucho, en países afortunados como España había un fuerte consenso europeísta y solo en los márgenes se pronunciaban opiniones abiertamente contrarias al proyecto europeo de integración progresiva la unión monetaria, o a la supervisión europea de las fiscalidades nacionales.

Pero incluso cuando en otros países empezó a articularse un nítido sentimiento contrario a los llamados “valores de la Unión Europea” o a su trayectoria económica, que pasó a ocupar el centro de las discusiones en la política nacional –en España, este rechazo sigue en los márgenes–, los europeístas teníamos una respuesta fácil y automática: quienes estaban en contra de la UE tal como es eran, simplemente, antieuropeos o euroescépticos.

Es una respuesta que, con el tiempo, ha demostrado estar claramente equivocada. Aún hoy, si uno asiste a reuniones de 'think tanks' europeos, de las secretarías de internacional de algunos partidos ortodoxos o de grupos de presión europeístas, es habitual oír cómo esta respuesta se sigue repitiendo. Pero creer que los Gobiernos de Polonia o Hungría, que partidos que gobiernan como la Liga italiana, o ejercen una gran influencia como Agrupación Nacional (el viejo partido refundado de Marine Le Pen), u otros más marginales como Alternativa por Alemania o Vox en España son simplemente antieuropeos es un error perezoso.

Cambiar la Unión Europea

No pretendo ni por un momento defender sus posiciones, que me parecen, como mínimo, equivocadas. Pero en la última década, todos esos partidos han desarrollado ideas propias con respecto a la UE y recientemente han dejado claro lo que pretenden: transformarla en algo esencialmente distinto de lo que es. Lo han dicho de manera más o menos explícita; quieren frenar la integración, devolver a los países las competencias en inmigración y reducirla y restringir seriamente la libertad de movimiento en la zona Schengen.

Además, algunos consideran que determinadas políticas progresistas se han institucionalizado y, en algunos casos, que Europa está renunciando a su legado cristiano. Cuando, hace poco, Le Pen presentó su programa para las elecciones europeas, no pidió un referéndum para que Francia abandonara el euro o la UE. Dijo que quería “salvar a Europa de la Unión Europea que la está destruyendo”, sustituirla por una “alianza de naciones europeas” y ajustar la política monetaria del Banco Central Europeo a las necesidades de la economía real y no de las finanzas.

No hace falta estar de acuerdo con estas propuestas para reconocer que son legítimas. Pueden considerarse un plan disparatado, irrealizable o puro maximalismo, pero se parecen bastante a un plan. Y quienes tradicionalmente hemos creído tener el monopolio del europeísmo deberíamos combatir estas ideas con otras, de una manera no tan distinta a como, dentro de las democracias nacionales, contraponemos proyectos de país.

Es decir, que el viejo sueño de convertir la UE en una entidad política normal, con un demos comprometido y plural, consciente de que las decisiones adoptadas en el seno de las instituciones influyen en su vida y, por lo tanto, quiere influir en esas instituciones, se ha hecho realidad.

La politización de Europa

En muchos sentidos, la política europea por fin existe para los votantes, aunque para conseguirlo haya hecho falta la sucesión de una gran crisis financiera, la amenaza real de la expulsión de un país de la unión monetaria, la llegada de unos cuantos millones de refugiados, la salida del club de uno de sus miembros más importantes y antiguos y una insurgencia cada vez más organizada y con poder real en algunos lugares.

Curiosamente, esto no lo había logrado el optimismo tecnocrático de la eurolengua. Pero sea como sea, si esto es así, no debemos rechazar ahora la politización de Europa refugiándonos de nuevo en nuestra vieja respuesta, según la cual todo esto no es más que un intento de derribo.

Esto, por supuesto, no supone comprar la mercancía averiada que los populistas suelen tratar de vender. “Para todo problema complejo –decía el humorista estadounidense H. L. Mencken– hay una respuesta clara, sencilla y equivocada”. Y eso es lo que por lo general ofrecen los nuevos nacionalistas. Pero hay que entender que ese nacionalismo ya no es un accidente cuyas consecuencias pasarán con el tiempo, ni una expresión marginal de ira que se apaciguará cuando se demuestre que lo tenemos todo controlado.

El movimiento que quiere transformar de arriba abajo la UE es ahora una parte integral de esta. El 10 de octubre de 2010, cuando se intuía la magnitud de la peor crisis económica europea desde la Segunda Guerra Mundial, Angela Merkel y Nicolas Sarkozy se reunieron en Deauville, Normandía, y llegaron a un pacto entre lo que entonces eran las dos grandes maneras de entender la UE: la alemana, con una visión moral de la economía, reacia a las deudas abultadas y, aún más, a los rescates de quien hubiera sido irresponsable, y un apego estricto a las reglas; y la francesa, partidaria de la flexibilidad, de adherirse más al espíritu que a la letra de las reglas y dispuesta a hacer cosas excepcionales en tiempos excepcionales.

Dar la bienvenida

Era un choque ilustrativo de dos visiones contrapuestas, del que ha surgido la UE tal como la conocemos. Para bien o para mal, si hoy se celebrara otra reunión que sintetizara los conflictos intelectuales de la UE, se debería incluir a un Nigel Farage, un Viktor Orbán, una Marine Le Pen o un Jaroslaw Kaczinski. Ellos también son ahora una fuerza política estructural en la UE. Y su cometido es el mismo.

Con la posible salvedad del primero –aunque, visto el ritmo al que avanza el Brexit, quién sabe–, su objetivo no es en absoluto salirse del club, sino reorganizarlo a fondo con la promesa de que, así, sus respectivas políticas nacionales saldrán ganando. Es probable que no consigan esa transformación, y aunque la lograran es poco previsible que resultara beneficiosa. Pero ahora es necesario explicárselo a los ciudadanos, en lugar de alarmarse moralmente por el hecho de que ese plan existe y es serio.

Tribuna Internacional
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