Los nuevos líderes de la UE no sufrieron la Europa de ayer

Napoleón decía que si querías conocer a alguien tenías que ver cómo era el mundo cuando tenía 20 años. Los hombres y mujeres que van a liderar la UE no vivieron sus crisis fundacionales

Foto: Sebastian Kurz y Emmanuel Macron. (Reuters)
Sebastian Kurz y Emmanuel Macron. (Reuters)

Se suele atribuir a Napoleón la frase según la cual para conocer a un hombre –y hoy añadiríamos que a una mujer– hay que conocer cómo era el mundo cuando tenía veinte años. Es algo a tener en cuenta ahora que, tras las elecciones del 26 de mayo, en un plazo relativamente corto muchos de quienes ocupan los cargos más altos de las instituciones que rigen la Unión Europea se retirarán y serán sustituidos por gente de la siguiente generación.

Cuando Mario Draghi (1947), el presidente del Banco Central Europeo que abandonará su cargo en octubre de este año, tenía veinte años, en Italia aún gobernaba la democracia cristiana surgida tras la Segunda Guerra Mundial. Cuando Jean-Claude Juncker (1954), el presidente de la Comisión Europea que se retirará el próximo noviembre, tenía veinte años, en su país, Luxemburgo, el acero empezaba a dejar de ser el producto básico de la economía –el mercado común del carbón y del acero, acordado en el Tratado de Roma, supuso el primer paso de la integración europea– en favor de las actividades bancarias y financieras.

Cuando Donald Tusk (1957), el presidente del Consejo Europeo, que también dejará su cargo a finales de año, tenía veinte años, Polonia era una férrea dictadura comunista en la que ni siquiera se había formado Solidarnosc, el sindicato que tendría un papel principal en su derrocamiento. Angela Merkel (1954) no es un alto cargo de la UE, pero ha sido su líder de facto en la larga década transcurrida desde la crisis financiera y también ha anunciado que se retira, aunque no conocemos la fecha. Cuando tenía veinte años, Alemania estaba dividido en dos, y la mitad en la que ella creció era una dictadura.

Por su propia experiencia vital los actuales líderes europeos conocen de primera mano las razones por las que se fundaron los precedentes de la UE: en primer lugar, para poner las bases de un sistema que hiciera imposible la repetición de la gran catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, pero también la creación de un marco para una apertura comercial creciente, la consolidación de los principios liberales, un crecimiento rápido del estado del bienestar y una oposición firme, aunque no necesariamente sorda, al comunismo soviético.

Todos estos objetivos más o menos se cumplieron, y más tarde la Unión Europea decidió avanzar en la integración por razones que tenían sentido político y económico –incluir a los países del este para frenar la influencia rusa e intentar acabar con siglos de miseria política, y tener una voz única en los acuerdos comerciales– pero que ahora se cuestionan. Sea como sea, en el corazón de la UE sus orígenes aún estaban presentes.

En la cumbre de la semana pasada en Sibiu, Rumania, en la que los líderes europeos empezaron a hablar de los relevos posteriores a las elecciones, el primer ministro austriaco Sebastian Kurz pidió un “cambio generacional” (cuando Kurz tenía veinte años, el euro llevaba cuatro en circulación y en España gobernaba José Luis Rodríguez Zapatero). Se ha convocado una nueva cumbre el 28 de mayo para continuar discutiendo esos relevos, ya con los resultados de las elecciones. Se espera que el proceso termine antes del verano.

Si se produce ese cambio generacional, la Unión Europea se convertiría, dentro de su excepcionalidad como proyecto político singular, en algo un poco más normal: los recuerdos personales de sus líderes ya no estarán vinculados a su fundación.

Si se produce este cambio generacional, la UE se convertiría, dentro de su excepcionalidad como proyecto político, en algo un poco más normal

En muchos sentidos, podría ser una buena noticia. Sería la prueba evidente de la supervivencia de la UE, pero también el reconocimiento, sellado por el tiempo, de que, aunque por muchas razones nos hallemos en un momento crítico, las peores amenazas –el comunismo, el nazismo, las guerras entre países europeos, los duros y torpes procesos de descolonización– son un recuerdo no vivido.

Los nuevos dirigentes ya no gobernarán pensando en no repetir esos traumas, sino con la prosperidad, la libertad y la igualdad en mente, pese a que todo eso esté en crisis o precisamente por ello.

Sin embargo, es casi inevitable sentir un leve desamparo. En muchos sentidos, los orígenes de la UE, como los de la democracia liberal, fueron eminentemente defensivos. Y en gran medida respondían al recuerdo de las catástrofes pasadas, lo cual hizo que al construir el proyecto sus promotores mantuvieran una mezcla de tenacidad y prudencia.

Quizá eso empezó a cambiar en Maastricht cuando, tras la caída del muro de Berlín y los primeros indicios de una nueva oleada de globalización, la entonces llamada Comunidad Europea dio un giro mucho más propositivo y ambicioso. Pero en todo caso algo ha cambiado y lo hará aún más cuando se produzca ese nuevo cambio generacional.

En un largo ensayo publicado recientemente en ‘The Guardian’, el historiador Timothy Garton Ash afirmaba que “la Unión Europea hoy, como Alemania o Francia o Reino Unido, es una entidad política madura, que no necesita derivar su legitimidad de alguna clase de futuro utópico".

Y Garton Ash añade: "Ahora hay un argumento realista, conservador (en el sentido literal), para mantener lo que ya se ha creado, lo que, por supuesto, requiere necesariamente reformarla. Solo con que preservemos durante los próximos treinta años la UE de hoy en día, con sus niveles actuales de libertad, prosperidad, seguridad y cooperación, ya sería un logro asombroso”. Es la tarea que tendrá ante sí la nueva generación. Deseémosle suerte.

Tribuna Internacional
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