Una presidenta ortodoxa para una Comisión continuista

Confirma una creciente tendencia en las instituciones europeas: los procesos son tortuosos, se fuerzan los tiempos y se llega a soluciones que no se sabe si son imaginativas o desesperadas

Foto: Ursula von der Leyen. (Reuters)
Ursula von der Leyen. (Reuters)

La alemana Ursula von der Leyen, designada para el cargo por el Consejo Europeo a principios de mes después de un largo y torpe proceso de negociación entre los países miembros, ha sido ratificada por el Parlamento Europeo con 383 votos a favor, una cifra inferior a la de su predecesor Jean-Claude Juncker, que logró 422. No está claro, sin embargo, que esto condene el mandato a la debilidad.

Una presidenta ortodoxa para una Comisión continuista

Pero confirma una creciente tendencia en las instituciones europeas: los procesos son tortuosos, se fuerzan los tiempos, se llega a soluciones que no se sabe si son imaginativas o desesperadas -como el nombramiento de la propia Von der Leyen o el de la previsible nueva presidenta del BCE, Christine Lagarde-, pero al final se logran consensos suficientes que permiten afirmar con razón que se han cumplido las reglas, se han conseguido los objetivos y se puede chutar para adelante.

En su discurso para cortejar a la cámara, Von der Leyen -todavía ministra de Defensa de Alemania- retomó algunos de los viejos pilares ideológicos centrales de la UE, como la defensa de la ley: “No se pueden hacer cesiones con el Estado de derecho”, dijo, en un mensaje para Hungría y Polonia, pero que dice algo también de lo que los independentistas catalanes pueden esperar de ella. Y recogió también nuevos lemas oficiosos, como la defensa macroniana de 'L'Europe qui protège', un pequeño giro a la izquierda en cuestiones económicas.

En lo que ya se parecía un poco más a un programa electoral, se comprometió a tomar fuertes medidas de protección del medio ambiente y contra el cambio climático -incluso prometió lanzar un 'Green Deal', una expresión que suele utilizar la nueva izquierda estadounidense para paquetes de medidas radicales en ese ámbito-, anunció que pondría fin a las trampas fiscales que los gigantes tecnológicos llevan a cabo en Europa y apoyó un seguro de desempleo para toda la UE, al tiempo que se mostraba osada en su defensa del europeísmo y lanzaba un mensaje feminista.

No parecen los rasgos ideológicos propios de una candidata perteneciente a la democracia cristiana alemana -aunque siempre ha mostrado una cierta heterodoxia- y al Partido Popular Europeo. Pero Von der Leyen necesitaba apoyos muy dispares dentro de la cámara, y esa fue su estrategia para conseguirlos.

Por lo demás, se trata de compromisos endebles: muchas de esas cosas no están en manos de un presidente de la Comisión, y aunque si se empeña puede ponerlos sobre la mesa de las negociaciones, las decisiones finales corresponden siempre a los países miembros. Son compromisos, además, que refuerzan una tónica habitual en las instituciones europeas: la tendencia a hacer discursos grandilocuentes sobre reformas profundas y medidas radicales que luego, precisamente porque las decisiones se toman a partir de negociaciones entre los países miembros, se quedan en medidas insuficientes o deformes.

Nada como la UE ilustra el dicho anglosajón según el cual cuando un grupo demasiado grande de decisores se pone a diseñar un caballo, lo que le sale es un camello. Europa no da para más que eso. Pero a pesar de ello funciona con más eficiencia de la que en ocasiones se le concede.

La presidencia de Von der Leyen será continuista con la de Juncker (también miembro del Partido Popular Europeo). Quizá pondrá más énfasis en la seguridad y las relaciones exteriores, quizá será más dura con China, es posible que esté más dispuesta a enfrentarse a las estrategias fiscales y monopolísticas de las grandes compañías tecnológicas estadounidenses y que realmente coloque la lucha contra el cambio climático en un lugar central de la agenda.

Pero todo esto eran ya tendencias cada vez más asentadas en las grandes maquinarias de pensamiento político de Bruselas y no suponen ningún cambio sustancial. Aunque será la primera alemana en ocupar la presidencia de la Comisión, ello tampoco significa necesariamente un aumento del poder de su país en la UE, vista la lenta retirada y previsible pérdida de influencia de Angela Merkel.

La Unión Europea se rige por un principio poco épico: la consecución de acuerdos que no satisfacen del todo a nadie, pero que se pueden considerar aceptables para una mayoría. Ese principio se repitió ayer. Es posible que eso sea decepcionante para los funcionarios, los 'think tanks' y los europeístas más ingenuos que se empeñan, con buenas intenciones, en imbuir a la UE de ilusión, optimismo y excelencia en los modos.

También decepcionará a quienes afirman creer en el proyecto europeo pero exigen que este cambie. La elección de Van der Leyen es ortodoxia pura, aunque se haya producido de una manera más fragmentada que refleja la mayor atomización política de la Eurocámara y de la mayoría de países europeos. Eso puede dificultar su liderazgo, pero está por ver. Las cosas siempre acaban sucediendo en Europa, la mayoría de las veces simplemente porque no pueden no suceder. Había que tener una presidenta de la Comisión. Y aquí está.

Tribuna Internacional
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