Los tres motivos por los que hay que tener miedo a Alemania

Washington matonea, Londres y Roma siguen abocados al caos, y Berlín podría decidir no hacer nada. Los ingredientes de la tormenta perfecta

Foto: Máscaras de Olaf Scholz, Angela Merkel y Annegret Kramp-Karrenbauer. (EFE)
Máscaras de Olaf Scholz, Angela Merkel y Annegret Kramp-Karrenbauer. (EFE)

El miedo volvió a recorrer Europa estos días, y la causa fue Alemania. Los medios de ese país hablaban de señales fatídicas, muchos usaban el término 'Angst', esa palabra tan germana para denominar el miedo o la ansiedad, y otros veían el país acercándose peligrosamente al abismo. ¿El motivo? La reciente publicación, por parte de la Oficina Federal de Estadística de Alemania (Destatis), de unas cifras macroeconómicas que indican que la locomotora germana amenaza con griparse. Algún diario recurrió a otra frase predilecta de la opinión pública local y advirtió —casi hasta con regocijo— de que el país está de nuevo en camino de convertirse en el "paciente de Europa". En un país enfermo, vamos. Una sentencia manoseada a menudo no para apuntar a la insalubre fortaleza teutona de otras épocas, tan temida entonces por sus vecinos, sino a su presunta debilidad.

El paciente germano

Las estadísticas, en efecto, son preocupantes. Según Destatis, el PIB germano se contrajo en un 0,1% en el segundo trimestre del año en relación con los tres meses anteriores. En caso de que la tendencia se mantenga, algo que parece probable dadas la coyuntura global actual y las previsiones para la segunda mitad del año, Alemania podría entrar técnicamente en recesión a partir de octubre, al encadenar dos trimestres consecutivos de contracción económica. La caída del PIB alemán se explica por varios factores, una tormenta perfecta resultado sobre todo de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, algo que es veneno para un país tan dependiente de las exportaciones y los mercados externos como la potencia europea; de los temores a un Brexit caótico, un escenario que parece cada vez más realista, y de la flaqueza del sector industrial alemán, en particular del sector automotor, este último la joya de la pujante economía germana.

Las estadísticas son preocupantes. El PIB germano se contrajo en un 0,1% en el segundo trimestre del año en relación con los tres meses anteriores

Entre varias voces de alarma también hubo matices, sin embargo. Porque, pese a que los signos globales son de tempestad ('The Economist'), ningún país europeo está aún en recesión y el pánico puede parecer exagerado a estas alturas. Alemania prevé todavía un crecimiento del 0,5% para este año y algunos analistas, como los del Deutsche Bank, vaticinan todavía un crecimiento para economías paticojas como Grecia (1,9%) o para actuales maestros del caos político como Reino Unido (1,5%) o Italia (0,3%). En el caso germano, está además la solidez de sus cuentas públicas, lo que se traduce en unos bolsillos llenos tras años de bonanza económica y manías de ahorro ejemplares en tiempos de vacas gordas. Eso convierte el país, en teoría, en uno de los mejor preparados para afrontar posibles turbulencias globales.

El sacrosanto 'cero'

Pero en realidad hay también otros factores para temer un catarro de Alemania que contagie al resto de países de la eurozona, también a España, más allá de la mera ralentización económica. Se deben, sobre todo, a la inercia política. En primer lugar, al venerado dogma del déficit fiscal cero, la política implantada por el exministro de Finanzas Wolfgang Schäuble y considerada hasta ahora intocable en la era de Angela Merkel. Pocas cosas mueven en estos días tanto a los comentaristas económicos germanos como el debate sobre la conveniencia de acabar con la política del endeudamiento cero, ahora que además algunos socialdemócratas del SPD, socios de gobierno de los conservadores de Merkel, también cuestionan ese dogma en su búsqueda a la desesperada de una receta que evite su propio naufragio como fuerza política. Las propuestas van desde la bajada de impuestos hasta ideas más atrevidas como la creación de unos fondos de inversión pública a largo plazo, por ejemplo, para modernizar algunas maltrechas infraestructuras y para impulsar la digitalización.

Merkel no ha dado hasta ahora muchas pistas de querer abrir la cartera. Fiel a su estilo de gravitar el mayor tiempo posible en la divagación y la vaguedad políticas —no digas ni una cosa ni la otra, que todo puede ser usado en tu contra—, la canciller, en pleno receso estival, comentó más o menos de la siguiente forma la posibilidad de aprobar un paquete de medidas para reanimar la coyuntura: “Vamos a actuar según lo requiera el momento”. Ajá.

El otoño de la matriarca

El otoño de la matriarca es, por último, otra de las razones por las que hay que temer las inercias teutonas. La canciller se acerca irremediablemente al ocaso de su larga regencia, y mientras algunos comentaristas preparan ya sus elegías o empiezan a verla con la mirada benévola con que se recuerda el pasado, otros se muestran escépticos de que pueda mostrar aún suficiente músculo político para afrontar una nueva crisis económica global.

Los socios de gobierno de los conservadores de Merkel también cuestionan ese dogma en su búsqueda de una receta que evite su naufragio

La Angela Merkel de 2019 no es la Angela Merkel de 2008. La canciller alemana, postulada a menudo como la nueva 'líder del mundo libre' tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, lucha hoy contra la parálisis política en casa. Con un socio de gobierno —los socialdemócratas— que se desmorona y su propio partido, la Unión Democristiana (CDU), atemorizado y desnortado por el auge de Los Verdes en las encuestas, así como por la presión de los populistas de la xenófoba Alternativa para Alemania (AfD). Los titubeos de Berlín enervaron en los últimos tiempos incluso a Emmanuel Macron, fascinado aún por la posibilidad de poner en marcha el famoso motor político franco-germano en la Unión Europa apenas instalado en el Elíseo hace dos años.

Es posible que la crisis global esté de verdad a la vuelta de la esquina, pero también que el virus germano contagie al resto de países europeos, entre ellos España, que tiene en Alemania a uno de sus principales socios comerciales, pese a que su economía, más enfocada en el sector servicios, parece haber sido menos afectada, por ahora, por las peleas de Trump y Xi Jinping o la sinrazón y la anarquía de Londres. Es imaginable, por ejemplo, que Berlín no se atreva a romper sus tabúes fiscales para reanimar la coyuntura hasta que todo esté mucho peor y quizás a punto de saltar por los aires. Hay que temer a Alemania, sí, pero no a una matonería como la que está en boga en otros sitios, sino a su timidez. Hay que temer su inacción.

*Isaac Risco es escritor, periodista y analista político. Autor de 'Crónicas del deshielo'.

Tribuna Internacional
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