El Brexit y la "relación especial" de EEUU y Reino Unido: ¿amenaza para Occidente?

Un Brexit sin acuerdo podría reactivar el "vínculo anglosajón": un Reino Unido alejado del continente contribuyendo a los planes de EEUU para debilitar Europa

Foto: Reunión bilateral entre el 'premier' británico Boris Johnson y Donald Trump, presidente de los Estados Unidos. (Reuters)
Reunión bilateral entre el 'premier' británico Boris Johnson y Donald Trump, presidente de los Estados Unidos. (Reuters)

Ante la creciente posibilidad de un Brexit sin acuerdo, ha ido tomando cuerpo la hipótesis de que ese escenario pudiera facilitar el relanzamiento de la famosa “Special Relationship” entre el Reino Unido y Estados Unidos.

Así, el “vínculo atlántico”, base conceptual y práctica de Occidente, como bloque fundamentado en valores e intereses comunes, quedaría sustituido por un pretendidamente renovado “vínculo anglosajón”, interesado ahora en aprovecharse de una Unión Europea debilitada y con algunos gobernantes de Estados miembros que no ocultan su cercanía con el presidente Trump.

El primer ministro Boris Johnson (d), durante la pasada reunión del G7 en Biarritz, Francia, a la que también acudió Donald Trump (i). (Reuters)
El primer ministro Boris Johnson (d), durante la pasada reunión del G7 en Biarritz, Francia, a la que también acudió Donald Trump (i). (Reuters)

Obviamente, esa hipótesis cambiaría sustancialmente los parámetros del escenario geopolítico global y cabe preguntarse por sus efectos sobre el papel de Europa en el mismo y, particularmente, sobre la persistencia del concepto de Occidente, tal como fue pergeñado al final de la Segunda Guerra Mundial.

La relación entre Reino Unido y EEUU, tras un Brexit sin acuerdo, podría sustituir el "vínculo Atlántico" y remodelar Occidente

Un concepto —“the West”— que agrupa a países occidentales de las dos orillas del Atlántico y que tiene su máximo exponente en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), pero que incluye a otros países fuera de ese ámbito geográfico que comparten los valores de la democracia liberal y representativa, la economía de mercado basada en la iniciativa privada, y la sociedad abierta (como la definió Karl Popper) centrada en la libertad individual y en la igualdad.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, en una rueda de prensa durante la pasada reunión de los ministros de Defensa en Bruselas. (EFE)
El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, en una rueda de prensa durante la pasada reunión de los ministros de Defensa en Bruselas. (EFE)

O el denominado “orden liberal internacional” nacido en Bretton Woods, que primó el multilateralismo, la cooperación, el libre comercio, el respeto al derecho internacional y la renuncia al uso ilegítimo de la fuerza, así como el respeto y la protección de los Derechos Humanos recogidos en la Declaración de Naciones Unidas. Nos referimos a naciones como Australia, Nueva Zelanda, o Japón y Corea del Sur, en Asia-Pacífico, o, de manera más controvertida, a buena parte de América Latina.

Parecía que la hegemonía occidental era indiscutible y sus valores, imparables. El famoso 'fin de la Historia' de Fukuyama

Paradójicamente, el concepto de Occidente entra en crisis a partir de su aplastante victoria en la Guerra Fría que vivimos en la segunda mitad del siglo pasado y que tiene su máxima expresión en la caída del Muro de Berlín hace ahora treinta años, y en el desmoronamiento de la Unión Soviética poco después. Parecía que la hegemonía occidental iba a ser indiscutible y la generalización de sus valores, imparable. El famoso “Fin de la Historia” de Francis Fukuyama.

Hoy sabemos que no ha sido así y que, al poco tiempo, comprobamos que ese nuevo orden global con una única superpotencia, tenía formidables enemigos (el terrorismo internacional) y adversarios cada vez más potentes (en particular China y una renacida Rusia) que han propiciado una nueva Guerra Fría (con China sustituyendo a la Unión Soviética, y con un actor de reparto tan relevante como la propia Rusia, junto a otros secundarios como Irán o Turquía) y que buscan el debilitamiento de Occidente y su papel como determinante en un nuevo orden mundial.

En particular, conviene recordar que el objetivo explícito de China es ser la mayor potencia global del planeta a mediados del presente siglo (en concreto, en 2049, centenario de la creación de la República Popular), superando lo que los propios chinos han llamado el siglo de la humillación, desde mediados del XIX hasta mediados del XX).

Trump y Putin se reúnen en Osaka. (EFE)
Trump y Putin se reúnen en Osaka. (EFE)

Pero, además de esa paradoja (una clara victoria que se transforma rápidamente en declive aparentemente irreversible), hoy observamos otra. La oposición a los valores del orden liberal internacional viene también desde dentro de las propias sociedades occidentales y, sorprendentemente, desde el país que ha liderado Occidente con claridad, hasta hoy: Estados Unidos.

Y el apoyo de la Administración Trump al Brexit es un ejemplo paradigmático, porque quiebra la solidaridad con Europa, debilita la Unión Europea como ejemplo prístino de integración liberal no basada en el uso de la fuerza, y pone en cuestión a la propia Alianza Atlántica. Aún más, Estados Unidos encabeza los movimientos contrarios al libre comercio y, en general, al multilateralismo, propugnando relaciones bilaterales en las que, aparentemente, Estados Unidos puede mantener posiciones de mayor fortaleza.

Y ese es el punto sobre el que conviene poner en su contexto el apoyo a un Brexit abrupto y la eventual renovación de la llamada “relación especial”. Un breve repaso por la historia de las relaciones bilaterales entre los dos polos del mundo anglosajón nos puede ofrecer cierta luz al respecto. Porque ha habido de todo. Enfrentamientos, desencuentros y, sobre todo, subordinación británica.

América y sus mensajes a Europa

No hace falta remitirse a la Guerra de Independencia o a la posterior de 1812 y las disputas por y con Canadá. Baste recordar la Doctrina Monroe, expresada en 1823, claro mensaje a las potencias europeas con posesiones territoriales de que no eran bienvenidas en territorio del continente americano. Afectaba a España, pero también al Reino Unido.

De hecho, el enfrentamiento entre ambas potencias, una establecida (el Reino Unido) y otra emergente (Estados Unidos), es uno de los escasos contraejemplos que Graham Allison (“Destined for War”) plantea en los diferentes casos históricos de la llamada “Trampa de Tucídides”. A principios del siglo XX, los británicos asumen que caer en la Trampa sería completamente suicida para ellos, y aceptan, resignados, la supremacía norteamericana.

El apoyo de Trump al Brexit es un ejemplo paradigmático, porque debilita la UE como ejemplo prístino de integración liberal no violenta

También en su tradicional hegemonía naval. En concreto, la no aplicación de la “Two-Power Standard” a Estados Unidos, según la cual la Armada británica debía ser tan numerosa como la suma de los dos posibles inmediatos competidores. Dicha norma se aplicó sólo a las otras potencias europeas y fue uno de los puntos de partida de la I Guerra Mundial, ante la pretensión del Kaiser alemán de disponer de una fuerza naval equivalente a la del Reino Unido.

Otra muestra de la ausencia de la “relación especial” es la negativa del presidente Wilson, después de que Estados Unidos decantara la Guerra en favor de los aliados contra las potencias centrales, a aceptar que existiera tal relación. En famosa frase, “no somos primos y mucho menos hermanos”. Y consideraba inexistente el llamado mundo anglosajón. Aunque compartieran ideales e intereses, por definición volubles en el tiempo.

El secretario encargado del Brexit, Stephen Barclay, durante una charla en Madrid el pasado jueves. (Reuters)
El secretario encargado del Brexit, Stephen Barclay, durante una charla en Madrid el pasado jueves. (Reuters)

La puntilla práctica se produjo, sin embargo, al final de la II Guerra Mundial, en la Conferencia de Bretton Woods, en la que Estados Unidos, a través de Harry Dexter White (que después se demostró que era un espía soviético) y del Secretario del Tesoro de Roosevelt, Henry Morgenthau, se impusieron a la brillantez gigante de John Maynard Keynes, quien encabezaba la delegación británica. La derrota fue clara.

El Reino Unido —su economía—, muy debilitado, debía demasiado y necesitaba aún demasiado a Estados Unidos para no tener que ceder. Así, renunciaron a las llamadas “preferencias imperiales” (esquema comercial privilegiado con las colonias) y, sobre todo, a cualquier papel relevante de la libra esterlina, en detrimento del dólar. Es más, tuvieron que asumir que las sedes del FMI o del Banco Mundial estuvieran en Washington.

Y previeron que los máximos responsables de ambos fueran también norteamericanos. No fue así, al final, en el caso del FMI, porque su candidato, el propio White, fue apartado por la circunstancia arriba citada y se aceptó que fuera un europeo. Todo ello se describe muy bien en el libro de Benn Steil, sobre “La batalla de Bretton Woods”.

El propósito norteamericano era claro: el Reino Unido tenía que renunciar al Imperio y a cualquier pretensión hegemónica en el nuevo orden mundial. La presión por la descolonización fue muy intensa y particularmente en el caso de la India. Otra humillación llega con la exigencia de Eisenhower a británicos y franceses de retirarse del Canal de Suez, que habían ocupado, con Israel, a raíz de la nacionalización egipcia del mismo por parte de Gamal Abdel Nasser. Y hay muchos más ejemplos de ausencia de relación especial y, en realidad, de subordinación británica.

Una relación con antecedentes

Es cierto que ha habido momentos en que ha parecido que existiera tal relación. Pero ha tenido más contenido ideológico y de carácter personal que estrictamente política. La relación entre Thatcher y Reagan cabe encajarla de ese modo, aunque permitió la, al principio, dubitativa posición de Estados Unidos en la Guerra de las Malvinas (en clara contradicción con la Doctrina Monroe).

Aunque, con anterioridad, quien la formuló, sobre la base de los valores compartidos frente a la amenaza de la Unión Soviética, fue Winston Churchill, en su memorable discurso en Fulton, cuando introdujo también el concepto del “Telón de Acero”. Pero, en cualquier caso, la aceptación del predominio norteamericano en esa relación fue inequívoca. De hecho, la jefatura militar de la OTAN ha estado siempre en manos de Estados Unidos, aunque el Secretario General haya sido siempre europeo. Una relación asimétrica que también se puso de relieve en las Guerras de Afganistán e Irak, en la época de Tony Blair.

Tony Blair, George Bush y José María Aznar, durante la cumbre de Las Azores. (EFE)
Tony Blair, George Bush y José María Aznar, durante la cumbre de Las Azores. (EFE)

Por tanto, lo que puede acontecer no es tanto la recuperación de un inexistente vínculo anglosajón, sino la contribución británica al objetivo estadounidense de debilitar y suprimir el vínculo atlántico y a la propia Unión Europea. Por ello, Trump busca también apoyos dentro de la propia Unión.

En un claro olvido de esa sabia máxima según la cual “si quieres ir rápido, vete solo, pero si quieres llegar lejos, ve acompañado”. Y ello sí que constituye una tragedia histórica.

Lo que puede ocurrir no es tanto recuperar el vínculo anglosajón, sino la contribución británica al objetivo de EEUU de debilitar a la UE

En cualquier caso, y afortunadamente, la Unión Europea se ha mantenido unida frente al Brexit y frente a Estados Unidos. Y tiene la obligación de retener, en la medida de lo posible, el vínculo atlántico, absolutamente necesario no sólo en términos económicos o de seguridad y defensa, sino también en términos políticos. Buscando aliados en América Latina y apoyando sus procesos de integración regional, y fortaleciendo lazos con Canadá, Japón o Corea del Sur, absolutamente conscientes de que la vigencia de Occidente es lo único que puede detener el ambicioso expansionismo chino o la creciente agresividad de Rusia.

Sólo así se podrá evitar que el Brexit sea el inicio del fin de Occidente, como entidad basada en los valores comunes que se derivan del Siglo de las Luces y la Ilustración. En definitiva, la libertad y la igualdad individuales y su protección frente a los poderes públicos.

Algo que, además, está en riesgo por la utilización de la revolución digital en un sentido contrario al que nos interesa a quienes defendemos esos valores como supremos. Esa es la gran pugna geopolítica de este siglo. Y la van ganando quienes no creen en ellos. Y lo que es peor, ayudados objetivamente por quienes hasta ahora eran sus máximos adalides.

Tribuna Internacional
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